Textos

jueves, 31 de enero de 2008

AHORA Y ENTONCES





Quiero saber por qué te busco ahora. Por qué te fuiste entonces.
Quiero saber qué fue lo que callaste, y lo que no escuché cuando tú hablabas.
Porque lo necesito ahora, háblame desde la tierra
Ahora que estoy aquí, dónde tu estuviste, sintiendo tu enfermedad que ahora es la mía, te sé solo y sin consuelo. Pero lo sé ahora y no entonces, ahora que no te tengo, ahora que te reproduzco. Vivo lo que tú viviste, estoy en tu piel y lo percibo. Siento tu soledad con tanta fuerza que ya no estoy segura de si es la tuya o la mía la que llevo dentro. Un viento helado sopla esta noche y no puedo soportarlo. El frío me hiere.
Abrázame como yo no lo hice. Sujétame con esos enormes brazos que ya no tienes.
Deja que mis lágrimas empapen tu tierra, que desborden los cielos, que retrasen el tiempo para que pueda reencontrarte en algún lugar, aunque sea muy lejos. Para darte lo que no te di entonces, lo que necesito ahora.
Si pudiera hoy estar en el ayer contigo, tapando con mi manto tu soledad pasada. Porque sé lo que duele te siento cerca. Hoy he vivido tu angustia y aunque ya no estés, me acuerdo.
Hoy la pena es mía, aunque quizás mañana, alguien, en algún momento, cualquier otro día, supongo, dentro de mucho tiempo, estará como estoy ahora, y querrá que le abrace con los brazos que ya no tendré, y saber las palabras que dije y no escuchó. Y se preguntará por qué me busca, y querrá saber por qué me fui.

CONSEJO


Comienza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que resulta ir por ahí desentonando con todo el mundo.

domingo, 27 de enero de 2008

DOS FORMAS DE ENFRENTAR EL PROBLEMA


Acabo de leer Memorias del subsuelo. La razón funcionarial es donde se mueve el narrador. Me ha parecido rotunda y sincera. Es un antihéroe funcionario. Ahonda en la naturaleza humana de forma trágica como lo hace él siempre. Cada autor lo hace a su manera. Mark Twain, también obsesionado con la maldad humana, lo analizaba con un lenguaje mucha más coloquial, con humor, con malentendidos "mi vida ha sido dedicada, con bastante constancia, al estudio de la raza humana, es decir, al estudio de mi mismo, porque en mi persona individual soy la raza entera comprimida...Como resultado mi opinión privada y secreta de mi mismo no es halagadora."

Ambos nos dejan un fatalismo y una profunda melancolía.

"Memorias del subsuelo" de Fiodor Dostoievski. Un estupendo estudio del hombre en lo más profundo de su alma.

"Huckleberry Finn" Mark Twain La misma búsqueda con un arma bastante eficaz, la risa. Uno de sus personajes dice "El poder, el dinero, la súplica, la persecución, todas estas cosas pueden intentar el derrocamiento de un engaño colosal..., pueden empujarlo un poco...,debilitarlo un poco, siglo tras siglo; pero la risa puede hacerlo estallar de golpe, dejando solo trapos y átomos, contra el asalto de la risa nada puede quedar en pie..."

sábado, 26 de enero de 2008

RELATO









EL LENGUAJE DEL CUERPO



A Samuel lo conocí porque me inoculó un herpes en el ojo derecho. No fue a mala idea, ya lo sé. Esas cosas nunca se hacen a conciencia. Lo raro es que se le colara un virus a él, un hombre tan cuidadoso.
Samuel hacía poco que había puesto la consulta en la misma calle donde yo trabajo, sólo dos manzanas más allá. Y a mi me acababa de salir un orzuelo.
Mis orzuelos no son como los que salen a todo el mundo, esos granos que inflaman el párpado y que antes o después acaban poniéndose como unos zorros para terminar desapareciendo. No, los míos se paralizan en un momento determinado del proceso, a la mitad más o menos, y se acomodan a mi organismo. Es como si entre mis leucocitos y los virus se estableciera una especie de pacto de no agresión. Algo así como quedar en tablas en una partida de ajedrez. No se agreden, no se molestan, y terminan conviviendo sin interferencias. Los virus se acomodan en mi cuerpo que los recibe sin encono, y se hacen a mí, como si cogieran el mando a distancia de mi organismo y tomaran posiciones en mi sofá. No era la primera vez que tenía que acudir a un oftalmólogo para que me sajaran ese forúnculo de grasa. Algo desagradable.
-Usted es que somatiza mucho –me dijo una vez el médico de la empresa.
Por eso no quise ir a su consulta en aquella ocasión. Él siempre ata cabos, descubre por qué somatizo. Me dice que le pregunte al orzuelo, que le haga preguntas sin miedo, me dice que le pida explicaciones de por qué ha salido, que qué hace ahí. El médico de la empresa es que además es psicólogo, y cree que el organismo te habla y te cuenta esas cosas y otras más. Pero yo no creía que mi ojo fuera a darme explicaciones. Por eso acudí a Samuel. Fue tres días después de que la jefa me llamara inútil. Lo dijo así, tal cual: Eres una inútil por escribir esto tan enrevesado, y aunque no lo había escrito yo, aunque lo cierto era que lo había escrito ella, no fui capaz de decírselo y me empezó a picar el ojo. Por eso decidí ir a consulta.
Samuel parecía un hombre muy cuidadoso y esmerado, me hizo levantar varias veces del asiento, una porque la silla estaba en línea recta con los alógenos del techo, y si se desprendían podrían caer justo encima de mi cabeza. Otra porque la silla estaba colocada en ángulo recto con la puerta y la ventana. Y otra, porque en la pared de mi espalda caía el hueco del ascensor. Eran cosas que a Samuel le preocupaban.
Quizás fue por todas esas precauciones por lo que nunca me expliqué el descuido del virus. Parecía tenerlo todo tan controlado.
-Vamos a medir la tensión del ojo –me dijo. Y me hizo sentar en una silla giratoria. Allí me pidió que mirara dentro de un cono oscuro y que no cerrara el ojo. No lo hice. Una ráfaga de aire penetró en mi pupila y en principio no pasó nada más.
-Póngase este colirio –dijo- Y también esta pomada, y vuelva la semana que viene.
Y volví, pero el ojo, lejos de mejorar, había crecido una barbaridad. Era tan grande que casi no lo podía cerrar. Sentía como si toda la arena de la playa se hubiese metido en él y el agua del mar saliera a borbotones por el lagrimal.
-¿Usted cómo lo ve?
Samuel me miró con estupor, se levantó del sillón giratorio, dio unas cuantas vueltas por la habitación y luego se volvió a sentar Pero lo extraño fue que durante el paseo percibí una débil cojera en su pierna izquierda.
-Esto se está poniendo mal. Muy mal -dijo.
Después de reconocerme insinuó que la cornea se empezaba a resentir. Me dijo que tirara todas las cremas que me había recetado la vez anterior y que me pusiera unas nuevas, un tratamiento consistente en gotas, toallitas, enjuagues, y lavados.
Semana tras semana acudía a su consulta con el ojo peor y síntomas de contagio en el otro. Y él me recibía aumentando cada vez más su cojera hasta que comencé a percibir también un leve tartamudeo al hablar.
Fue después de un mes, cuando ya Samuel en silla de ruedas, tartamudo y sin olfato, me aconsejo que pidiera una nueva opinión, cuando me decidí a hacerlo.
-La opinión de un colega –dijo rendido, como sin ganas. Daba mucha pena la forma en la que me lo dijo.
- Es un herpes –dictaminó el nuevo oftalmólogo. Le han debido inocular un virus que ahora será difícil de curar. Los aparatos de tomar la tensión a veces son armas peligrosas. Puede que un paciente anterior…Quién sabe.
Recordé la ráfaga de aire pero no quise contárselo a Samuel. A esas alturas habíamos intimado, y sabía que una afirmación de ese calibre iba a poder minar las defensas de su organismo hasta niveles preocupantes.
Acudía a su consulta regularmente, como si sólo él me pudiese curar, y como mis ojos iban mejorando con el tratamiento del otro oftalmólogo, él también mejoraba. Empezó con el gusto, continuó con el tacto, dejó el tartamudeo, y por fin volvió a tener movilidad en las piernas. Recuperó plenamente la salud el día que yo recuperé mis dos ojos y los virus desaparecieron. Pero no dijimos nada, era como si continuáramos la consulta, él me daba cita para la semana siguiente y yo acudía puntual. Él me miraba el ojo totalmente curado y yo le sonreía. Él me decía que debía tener mucha higiene en ese ojo y yo asentía. Así día tras día nos fuimos contando cosas, cosas de aquí y cosas de allá. Le hablé de las somatizaciones y de la posibilidad de someter a nuestro organismo a un proceso de preguntas, una especie de test psicotécnico para saber a qué se debía su extraño comportamiento. A Samuel todo aquello le hizo gracia y dijo que estaba de acuerdo, y que era mejor esperar a que él cerrara su consulta para hacer preguntas al cuerpo. Que las preguntas que se le hacen al cuerpo son íntimas, y que era mejor que no hubiera pacientes en la sala de espera. Dijo que el cuerpo es muy suyo, y que tiene sus cosas. Dijo que le preguntaríamos. Y así, casi sin darnos cuenta, hemos acabado liándonos. Su cuerpo y el mío nos lo pedían a gritos. Y nadie como nosotros sabe lo peligroso que puede llegar a ser llevarle la contraria al cuerpo.





Llueve. No ha parado de llover en toda la noche. He soñado que me perdía. Hacía mucho tiempo

que no soñaba algo así. Una ciudad, un lago o el mar que me impiden cruzar. No tengo dinero para cruzar en el trasbordador y no puedo llegar por otro camino. He olvidado el nombre de la ciudad a la que me dirijo. Nadie me puede ayudar a encontrar lo que busco. Una feria del libro, muchas casetas, y yo, perdida, angustiada, sin saber a dónde voy. ¿Tan frágil es lo que tengo que se lo puede llevar la lluvia?

Me despierto de nuevo, ya hay claridad. La casa no está en penumbra. No ha sido más que un sueño. Qué bien, pienso. Y sin embargo… ¿Por qué continua lloviendo?

viernes, 25 de enero de 2008

ESCRIBIR












Escribir es una gran compensación egoísta, una manera pusilánime e imaginaria, de dar salida a pulsiones profundas de tu ser.


Para que una novela haga daño es preciso que sea leída y entendida. La novela sigue siendo la convocatoria de un hombre a otros hombres a encontrarse en lo imaginario, para desde allí entender como insuficiente la vida.


A veces basta con empezar a escribir para que una cierta confianza te gane, para que un cierto sentimiento de exaltación reemplace el desencanto y la parálisis.

volar

Imagen. (MARGARITA DIAZ LEAL)





"Aquellos que vuelan muy alto son vistos como pequeños por aquellos que no saben volar"
Friedrich Nietszche