Textos

jueves, 28 de febrero de 2008

VOLAR

(imagen MARGARITA DIAZ LEAL)


Todo empezó un lunes de mayo. Me asomé al balcón y vi que era de día y de noche, es decir, las dos cosas a la vez. Un sol inmenso ocupaba la derecha del cielo, y un cuarto creciente tenue y plateado iluminaba la izquierda. Pensé aprovecharlo para echar una voladita de las que a mí me gustan. Me levanté y subí a la barandilla para lanzarme. Entonces pasó el padre de Miguelito volando, pero no como lo hacían los demás, a braza o a crawl, no. Él volaba sentado en un sillón de orejas, la mar de confortable. La verdad es que en ese momento me pareció alto y fuerte, y diferente a los otros, los que volaban a braza o a crawl, por ejemplo. Y fue entonces cuando sucedió. Al pasar por la barandilla en donde yo ya estaba dispuesta para saltar, me ofreció un ladito en su sillón con un gesto de la cabeza, y me animé. La verdad es que entonces pensaba que no tenía nada que perder pues siempre quedaba la posibilidad de volver a mi balcón volando a braza.
El sillón era amplio y cabíamos los dos sin estrecheces. El llevaba un mando a distancia que manejaba con seguridad, y yo me deje guiar. Volamos por encima de la Albufereta, por la autopista de Valencia, y por fin, nos adentramos en el mar por el cabo de las Huertas. No hablaba pero tenía una mirada preguntona, y yo se lo conté todo. Era como si mi vida hubiera dejado de tener secretos. Le conté que mi matrimonio no andaba muy bien, que Antonio era muy bruto y que no me hacía ni caso. Que yo tenía ganas como de dejarlo todo pero que me sentía mayor y sin ánimo, o sólo algo mayor. Él seguía dirigiendo el sillón con su mando a distancia y preguntando con la mirada mientras volábamos por encima del mar, que estaba muy azul. Algunas gaviotas volaban alto moviendo sus enormes alas y dando graznidos. Al pasar nos miraban, y la brisa salada se me metía en los ojos, mientras le contaba que Antonio, mi marido, trabajaba mucho y que casi lo prefería, porque cuando estaba en casa, lo único que hacía era decirme que era una inútil y que no servía para nada. Viajaba bastante y yo me tenía que ocupar de todo, del niño, de la casa, del trabajo y de darle clase, y que eso no era plan.
Volábamos por encima de Menorca cuando comenzó a sonar una música suave y repetitiva, “El Bolero” de Ravel. Yo llevaba el ritmo con los pies, cuando observé cómo daba la vuelta al sillón e iniciaba el regreso. Le miré a los ojos, y como seguían siendo preguntones, le conté también cosas de mi infancia. Luego me dejó en el balcón y nos despedimos hasta el día siguiente. Bueno, no me dijo, ni sí ni no, pero yo supe enseguida que volvería, porque en ese sillón se sabía todo, aunque nadie te lo dijera.
De pronto se mezcló el sonido de los timbales con la voz ronca de Antonio, mientras yo veía cómo el padre de Miguelito se alejaba con su sillón verde y su mando a distancia. Intenté quedarme un poquito más pero la intensidad de la música aumentaba y Antonio me gritó:
-¿Quieres apagar eso de una vez?
“El Bolero” de Ravel se había quedado dentro de mí y lo escuchaba en todas partes; en la cocina mientras echaba los Frottis de Kellogs a la leche, en el baño mientras me enjabonaba, y hasta en el ascensor dónde descubrí al observarme en el espejo, que mi mirada reflejaba un brillo de mar y sal, muy delator.
Fue al acercar a mi hijo Raúl a la parada, cuando lo vi de nuevo. Y así, en la parada, parecía menos fuerte o quizás menos intrépido pero le noté enseguida que no quería comprometerse, porque ésas son cosas que las mujeres nos tomamos muy en serio, pero para ellos no es más que una voladita sin consecuencias. Yo no le dije nada pero lo miré con rencor y me alejé dejando a Raúl con la madre de otro niño, para que no creyera que me importaba su desprecio, y que a mí también se me había olvidado lo nuestro.
Por la noche me acosté antes de lo normal.
-Pero ¿no quieres ver la televisión? -me dijo Antonio al ver que me dirigía a la cama a las diez menos cinco.
-No, es que estoy muy cansada.
Sólo pensaba en el balcón, y no estaba segura de cómo estarían las cosas en aquel cielo en el que era la mitad de día y la mitad de noche. Cuando abrí los ojos vi que un puntito verde en el horizonte se acercaba a gran velocidad.
Él llegó puntual y me recogió en su sillón verde sin hacer alusión al desprecio de la mañana, pero yo estaba enfurruñada. Al principio volamos en silencio como si no hubiera sucedido nada, pero mi actitud le acabó enfadando y me preguntó sin preguntarme, que qué era lo que me pasaba. Yo seguí en silencio. “Es que las mujeres todo os lo tomáis por la tremenda”, me dijo con los ojos, como lo decía él todo. “Os creéis que por dar un vuelo por aquí y otro por allá, tenemos que comprometernos para toda la vida”. Y continuó diciendo que si todo lo estropeamos con esa idea de infinitud que se asienta en vuestras neuronas, con lo bien que todo resulta dejándose llevar sin compromisos ni promesas. Yo me estaba poniendo de tan mal humor que salté del sillón verde y me dirigí hasta mi balcón volando a mariposa. Pero él, al ver que me iba tan enfadada, me siguió y dejó un confetti rojo en el bolsillo de mi falda. En él había escrito mucho. “Que si no seas tonta, que si yo te quiero pero no puedo dejarlo todo por ti, que si ¿por qué estropear una historia tan bonita, con un compromiso que no va a ningún lado? ¿Es que crees que volaríamos mejor si estuviéramos comprometidos?, pues no, sería más cotidiano y perdería ese no sé qué que nos hace tan felices. Ese estar rompiendo las normas tan a lo grande. Cerré el confetti y lo volví a guardar en mi bolsillo. Él me sonrió con una sonrisa preciosa y yo hice una pirueta en el aire y me colé en su sillón de nuevo para abrazarle mucho y para seguir volando por encima del mar.
Aquel día no interrumpió nuestro vuelo el Bolero de Ravel sino un locutor ronco que nos avisaba de que iba a hacer mucho frío. El padre de Miguelito me dijo con la mirada que me abrigara no fuera a coger un catarro, y yo agarré mi confetti y me estiré.
Pasé el día escondiéndome de Antonio porque se me salían las gaviotas por los ojos y temía que se diera cuenta. Escondí el confetti en la sortija y me fui a preparar el desayuno.
A partir de entonces nuestros encuentros se han repetido bastante y Antonio ha empezado a preocuparse porque dice que cada vez estoy más ida y que parezco una marmota, pero a mí me da lo mismo lo que piense porque ya no quiero hacer nada más que volar y volar por encima del mar.
En la parada nos miramos como diciendo. Lo de ayer fue estupendo ¿verdad? Pero no nos hablamos, porque no queremos que nadie sepa lo nuestro. Sólo cuando él tiene muchas ganas, cierra los ojos en un gesto dulce y yo busco un lugar apartado, esté donde este. Porque todo me ha empezado a traer al fresco, y si me echan del trabajo o se me quedan algas enredadas en el pelo, pues también me da lo mismo, porque siempre me cabe la posibilidad de esperar en el balcón a que él me recoja en su sillón verde.

viernes, 22 de febrero de 2008

Un cuento para Bea




TERAPIA DE FAMILIA.





Ya hacía tiempo que don Punto rondaba a doña Coma. Se había enamorado de ella. Le regalaba flores, la invitaba al cine, la llenaba de atenciones. Las letras sabían que antes o después ella acabaría cediendo, aceptaría al bueno de don Punto. Aunque eso sí, jamás por su palabrería, quizás más bien, si lo hacía, sería por su tozudez, por su insistencia, por su bondad.
Don punto era tajante, escueto, conciso, sin demasiadas florituras. Lo de regalarle flores fue una idea que le dio una amiga; la hache, y que él aceptó como un paso necesario para conseguir conquistar el corazón de doña Coma. Eran tan diferentes. Él era un hombre cabal, iba siempre al grano. Doña Coma era otra cosa: Mucho más alegre, aunque algo dispersa, es cierto. Se perdía en explicaciones, ampliaba la información, algunas veces, no siempre, solo en ocasiones, lo hacía por el puro placer de decir. Los adjetivos la querían mucho, eran sus aliados. Pero sobre todo, por encima de todo, las oraciones subordinadas. Siempre la estaban llamando para cualquier cosa; para merendar, para ir de compras. Ella se dejaba querer. Y quizás fue por eso, por lo diferentes que eran, porque los extremos se atraen, por lo que un día de mayo ella dijo sí. Las letras no estaban seguras de cómo habría podido convencerla. Pero lo cierto es que se casaron.
Por fin se celebró la boda. Fue una ceremonia magnífica y multitudinaria. Invitaron a las láminas de colores, al diccionario, a los verbos. Las letras se agolpaban a la salida de la iglesia para ver a esa doña Coma parlanchina dar un beso al sesudo don Punto.
Los novios iban de la mano, andaban bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. Don Punto y doña Coma se sentaron en la cabecera de la mesa y bebieron en copa de plata.
-Está claro que se aman –dijo una de las oraciones afirmativas- ¡Tan claro como el cristal!
-¡Que honor! - exclamó la admiración.

Y fueron felices, aunque no sin ciertos roces, claro. Ella reía, y él ponía orden en la casa. Ella hablaba y hablaba, y él centraba el tema.
Tuvieron dos hijos, dos preciosos niños a los que les pusieron por nombre: Dos puntos y Punto y coma. Eran chiquillos alegres, despreocupados como su madre, y a los que a don Punto le costaba mucho educar.

Fue una tarde, los niños llegaron del colegio con malas notas. Pero eso no era la primera vez que ocurría, qué va. Don Punto estaba cansado de esos ceros peloteros en casi todo, y dijo una vez más que la culpa la tenía su mujer por consentirles tanto, por ser como era; dispersa, atolondrada, poco rigurosa.
-Nunca te ocupaste de mantener el orden en esta casa- dijo él- Ni siquiera les tomas la lección.
Sin embargo aquella vez no fue una pelea como otras. Doña Coma no fue comprensiva como lo había sido hasta entonces. Dijo que ya no aguantaba al aburrido de su marido ni un minuto más, y abandonó la casa con sus dos hijos. Quizás porque ya estaba harta, quizás porque fue la gotita que colmó el vaso. No sé sabe exactamente qué pasó. Pero lo cierto es que don Punto sufrió mucho por aquello. Dijo que lo echarían de menos, que ya verías tú como volverían, que qué iban a hacer sin él, sin su orden, sin su cabeza. Pero… no fue así. Y poco a poco la melancolía se fue adueñando de él. Se negó a trabajar, dejó de afeitarse, de lavarse. Y así pasaba el día, quejándose de su mala suerte.

Sin embargo las letras eran felices. Se dejó de cumplir el horario, se dejo de trabajar en serio. Nadie ponía orden en los textos. Todo eran florituras, frases enormes, divagaciones que los niños se encargaban de acrecentar. Punto y coma, por ejemplo, se dedicaba a aclarar lo ya dicho por su madre. Dos puntos siempre confirmaba lo que doña Come acababa de decir, o la resumía. Y ella daba vueltas y más vueltas a las frases sin atreverse a ir al grano.
Pero pasó el tiempo y las letras acabaron por cansarse de no decir nada. Los hijos fueron los primeros que notaron la falta de su padre. Tan serio, tan conciso. Poniendo cada cosa en su lugar. Y ahora… Se lo pidieron con lágrimas en los ojos a su padre. Fueron a casa y llamaron al timbre, pero don Punto no abrió, estaba adormilado y triste. Los niños gritaron desde la puerta:
-Queremos volver, papá.
Él los escuchó al fin, y loco de alegría fue a abrir la puerta. Pero cuando abrió parecía serio. Los abrazó solemne y aceptó, aunque puso una condición. Una sola, dijo: Sí, volverían a ser una familia. Está bien. Pero si ellos aceptaban no volver a trabajar. Él sería el que trajera el dinero a casa, al que obedecerían sin rechistar, el que iba a poner orden. Y ellos aceptaron.
Así fue. Su familia se quedó en casa, y él, y solo él, se marchó al trabajo.

El orden volvió a las letras. Todo parecía controlado de nuevo. Ellas se sentían seguras, a salvo. Pero tampoco esto duró mucho, tan solo unas semanas. Los textos se convirtieron en algo rígido, las frases, contundentes. El mundo se volvió extremo; blanco o negro. Y fue entonces cuando las letras se manifestaron, pidieron la paz de la familia. Ellas ya no podían más, dijeron. No podían andar a paso militar a toda hora, dijo la be, a golpe de corneta confirmó la uve. Y fue por eso; por los ruegos, por la soledad, porque los quería, y por miles de razones más, por lo que don Punto, avergonzado y cabizbajo, pidió perdón a su familia. Y por lo que cada uno volvió a ocupar el lugar que le correspondía.

Y tan felices fueron, tan compenetrados estaban, que se consolidó la familia de don Punto y doña Coma con un nuevo hijo; un niño en el que don Punto había depositado todas sus esperanzas. Pensó que sería una replica de él, su sucesor. El ser riguroso y serio con el que podría entenderse. Pero ese nuevo niño, al que todos recibieron con mucho amor, no fue otro que el ambiguo y despistado: Puntos suspensivos.

martes, 19 de febrero de 2008

HASTA QUE LA MUERTE OS SEPARE




Hoy le he descerrajado dos tiros en la cabeza a Gustavo. Ha caído en el acto y a mí me ha sabido mal. Sé que tengo que tener más contención. Un poco de mano izquierda, dice mi hermana Carolina.
-Hija, si es que te lanzas como un toro y a la pobre vecina ya no le queda sangre en el cuerpo –me dice.
Y es verdad, ella no se hace a mis prontos y por eso llama a la policía a la primera de cambio.
-Si lo mataras más suavemente, ella no se enteraría y podría ahorrarse muchos disgustos –me dice Carolina que está al tanto de todo
Pero es que yo ya no puedo más Y la policía, tampoco. Está harta de venir y de tomar declaración a unos y a otros. O sea que ya ni vienen. La conocen. Lo peor es su familia, que enseguida la ingresan en un sanatorio para enfermos mentales y aunque yo les digo que la dejen que eso no es peligroso, ellos se empeñan en que no está bien. La pobre, me da mucha pena. Si yo pudiera contarle. Pero no puedo. Se descubriría todo. Y lo malo de esto es que no sirve para nada, porque a la mañana siguiente Gustavo vuelve a quitarme el baño y a decirme que se le hace tarde y que le prepare el desayuno. Y de todo esto la culpa la tiene Carolina que siempre se está metiendo en lo que no le importa. Ella dice que lo hizo por mí, por lo mucho que lloraba cuando me enteré de que Gustavo me la estaba pegando. Si se va, Carolina, dice que yo le decía. Si se va y me deja. Yo, yo, no sé lo que puede ser de mí. Me mataré, Carolina. Lo haré cualquier día. Y no digo yo que no lo dijera. Pero son cosas que se dicen en esos momentos. Uno siempre cree que si su pareja le abandona se morirá, o se acabará el aire, o habrá un cataclismo, y que la pareja reaccionará y volverá arrepentida. Yo qué sé. Pero no es así, no suele ocurrir nada de eso. La vida sigue, y al final uno, no voy a decir que se alegra pero sí que se hace a todo. Son cosas que se piensan en el momento. Pero Carolina es de las que se toma todo al pie de la letra, y sufre, claro, de tanto darle vueltas. Dice que no pudo soportar la idea de perderme, que tuvo miedo y que por eso lo hizo. Por eso empezó a venir a casa y a grabar Gustavo en video.
-¿Qué haces?-le preguntaba él.
-Pues nada. Es para tener un recuerdo tuyo- contestaba.
Algunas veces lo hacía a escondidas, o dejaba la cámara oculta en la cocina o en nuestro dormitorio. Pero a mi tampoco me quería decir para qué tanto vídeo y tanta grabación.
Fue el día de mi cumpleaños. Gustavo hacía un mes que se había marchado de casa y a mi no me llegaba la camisa al cuerpo, cuando apareció Carolina de la mano de Gustavo.
-Saluda a tu mujer. Hombre. No seas vergonzoso.
-Y Gustavo entró tan propio, me preguntó sin alharacas que si ya estaba la cena porque tenía prisa. Dijo que lo esperaban los de la timba a las once. Luego entró en casa, pasó por delante de mí sin siquiera saludarme, cogió el periódico y se puso a leerlo.
-Gustavo, cariño. Has vuelto –le grité. Pero él no hizo alusión a mi algarabía y preguntó por sus pantalones grises.
-Gustavo –grité desconcertada – ¿Has vuelto para siempre?
-Te puedes creer que al tío Manuel le ha salido un sarpullido en la oreja y ahora le tienen que operar –dijo sin hacer alusión a mi alegría ni a mi pregunta.
-¿Otra vez? Si eso ya le pasó el mes pasado. ¿Gustavo te pasa algo? –pregunté. Y al intentar abrazarlo se diluyó. Sin más.
-Gus, Gus –gritaba a su imagen transparente sentada en el sillón.
Carolina me apartó con cariño.
-No lo abraces. Es lo único que no puedes hacer con él. Pero te da lo mismo porque tampoco os abrazabais cuando vivíais juntos.
-¿Se puede saber que es lo que está pasando aquí?
- Siéntate, cariño. Verás, es que este no es Gustavo. Quiero decir el Gustavo de carne y hueso, sino su holograma. Lo he adquirido en el mercado negro. Algo que está todavía sin desarrollar. Se vende de tapadillo. Mira, mira todo lo que es capaz de hacer –dijo ella, y se colocó tras unas cortina y se puso a manipular una especie de proyector que hacía un ruido enorme.. Al momento Gustavo se puso a pasearse por la habitación, se fue al baño, llamó por teléfono, y me insultó. Gustavo hizo una representación de sus movimientos habituales con la precisión con la que lo había hecho todo en su vida.
Me quedé paralizada y le pedí a Carolina que me enseñara a usar ese extraño aparato.
Al principio me sentí bien. Era como volver a tener compañía. Las tardes viendo la tele, los domingos viendo el futbol, las noches escuchándole roncar, y sin pegar ojo. Todo de pronto me pareció idílico. Las cosas que tanto me molestaban se convirtieron en un sustituto de mi soledad. ¡Qué bien me encontraba de nuevo!
-¿Vamos al cine, Gus? Le preguntaba sólo por escuchar sus exabruptos.
- ¿Al cine? ¿Cómo se te ocurre a estas alturas pretender llevarme al cine? Anda, llama a tu hermana y déjame pasar la tarde tranquilo.
Yo entonces me marchaba con mi hermana a merendar y a contarle lo acompañada que me sentía de nuevo y lo feliz que me había hecho con el holograma ese.
Fue poco a poco, al principio ni me di cuenta. Por algún extraño motivo no podía controlar el proyector a mi voluntad. Ni siquiera apagarlo un rato. Y en medio de la noche me pedía los pantalones grises o me contaba la operación de oreja de su tío Manuel. ¿Es que no me has preparado el café?, me gritaba.
-Pero, hombre, si son las tres.
- Pues yo me largo al Futbol porque a ti no hay quien te aguante- me decía.
-No podemos seguir así –le dije a Carolina-. Debes llevarle el proyector a los que te lo vendieron. Ellos sabrán sincronizarlo.
- Trataré de ponerme en contacto con el servicio técnico –dijo ella.
- Y si es posible, pregúntales si lo podría desconectar algún ratito. Me haría tanto bien.
-Eso ya es más dificil.
- Entiéndeme, no es que no quiera tener a Gustavo cerca pero, de vez en cuando...
Era lunes el día que llegó Carolina la mar de alterada. Entró en casa y se puso a hablar bajito, como si la persiguiesen. Dijo que habían detenido a todos los que estaban implicados en la trama de los hologramas y que ahora ya no se podía resolver el conflicto.
-Qué quieres que te diga. Lo tienes para toda la vida. Ya sabes, en las alegrías y en las penas, hasta que la muerte os separe.
-No puede ser.
-Lo siento, yo creía que te iba a hacer feliz. Estabas tan sola.
Y así vivo desde entonces, atormentada por la imagen repetitiva de Gustavo, viendo como va al lavabo, escuchando sus ronquidos nocturnos, la búsqueda de sus pantalones grises que había echado a lavar, sus insultos. Gustavo está ahí más que nunca. Tan igual a sí mismo que ya no lo soporto. Noche tras noche invento formas de asesinarlo. Le pongo cianuro en la leche, le empujo por la ventana, arrojo aceite hirviendo sobre su cabeza. Y los días en que pierdo los nervios le descerrajo dos tiros en la nuca. Pero él vuelve una y otra vez. Vuelve a pedirme el desayuno. Me cuenta lo de su tío Manuel y la operación de la oreja. Y yo ya no puedo más. Pero la única que ha salido malparada de todo esto es la vecina que llama una y otra vez a la policía. Dice que escucha tiros. Mire usted, les dice a los de la científica, que yo les prometo que ella lo mata noche tras noche. Y la familia pidiendo disculpas y jurando que la van a volver a ingresar. Pero yo no puedo hacer nada. Me da mucha pena pero si no lo mato, si no le descerrajo dos tiros noche tras noche, me acabo tirando por la ventana.

El amor


No sé como tuve fuerzas para arrastrar el cuerpo y cubrir el agujero.
Él estaba allí y lo miré. Lo convertí en mi centro de atención. Quería que se sintiera único. Le dije frases insinuantes, cambié de color. Mi voz era cálida. Él se acerco, sonreía. Trató de atraparme y me alejé. Se quedó desconcertado, extraño, un poco mohíno. Luego, cuando intentó alejarse, lo llamé. Sonreí. No le perseguí, nunca persigo. Solo le dije algo divertido. Y luego le hice sentirse importante, dependiente de mí. Olimos nuestras feromonas. Copulamos durante horas, y después…Después lo devoré. Dejé poco, lo suficiente para poder arrastrarlo.
Soy una mantis religiosa ¿Qué otra cosa podía hacer?

sábado, 16 de febrero de 2008

UNA NOCHE EN URGENCIAS


Sucedió el día de mi cumple. No es que tuviera nada que ver, podría haber sido el miércoles de ceniza, o el día del padre, qué se yo. Pero fue el día del cumple, y eso ya es un mal presagio. Cuando las mujeres cumplimos años una enorme grieta se abre bajo nuestros pies. Empiezas a borrarte lentamente y lo haces desde abajo, justo desde el dedo gordo del pie. Cada cumpleaños una enorme e invisible goma de borrar va subiendo poco a poco, año tras año, lentamente, hasta que llega al pecho. Y es entonces, en ese momento, cuando comprendes que has atravesado la barrera del sonido, y que ya nadie volverá a mirarte de soslayo, ni a decirte impertinencias, ni a entregarte invitaciones para discotecas marchosas. Te llamarán de usted y te dejaran el asiento en el metro. Un silencio de desierto se instala en tu vida Y aquellas miraditas que te horrorizaban, aquellos piropos zafios que te ponían de los nervios, los llamas: juventud. Por eso el cumple y la goma tienen efectos devastadores en las mujeres. Ya no hace falta que pase nada más para deprimirte. Pero en este caso pasó.

Había despedido a mis invitados y me encontraba viendo “Mujeres desesperadas” cuando el corazón se me puso loco. Mi corazón no es que se ponga loco ahora, es que de siempre está como una cabra. Pero hasta hacía un mes era una cabra controlada. Y digo un mes porque en la última revisión de había desmadrado bastante. Un, ahora voy a toda pastilla, ahora a paso lento, y ahora, como a Dios le de a entender. Es decir, una veces lato, y tres no. En resumen, que se me ponían los pelos de punta cuando lo sentía tan a su aire. Mire usted, me dijo mi cardiólogo habitual, su corazón se ha revuelto más de la cuenta. Hay que hacer un cateterismo para saber a qué se debe tal descontrol. Y fue entonces, en espera del dichoso cateterismo, cuando pasó lo de “Las mujeres desesperadas”, y cumple, y el susto.

Le pedí a mi chico que me llevara a urgencias por si la cosa se ponía peor. Y ahí empezó todo.
Expliqué mi problema a un hombre con bata y ordenador que escribía hasta los suspiros, y me indicó que esperara. Lo hice en una gran sala llena de personas variopintas, algunas se las veía realmente fastidiadas, y otras…pues eso, acompañantes.
Al momento llegó una enfermera que grito: Silverio Hernández.
Un hombre enjuto y despeinado se levantó:
-Soy yo.
-Pues orine en este bote y guárdelo hasta que se lo pidan.
Nueva entrada: esta vez una chica rubia y desganada
-Silverio Hernández
Contestación al unísono de los allí reunidos:
-Orinando.
La enfermera abandona la sala y vuelve Silverio. Le contamos que han venido preguntando por él y sale ilusionado. Se la carga.
- No se mueva de su sitio hasta que no vuelva alguien a buscarlo.
- Pero yo…
-¿Es que no me ha entendido? -le dice el tío del ordenador, el que lo escribe todo.
Silverio asiente y se sienta.
Se instala de nuevo el silencio en la sala.

Por fin me llaman. Me recibe un médico alto, sudamericano, cardiólogo y silencioso que ni me mira. Quiero hablar pero no me deja. También escribe. Escribe mucho. No sé el qué porque todavía no he abierto la boca, pero lo hace. Es concienzudo, se nota un montón. Quiero hablar pero me interrumpe.
- Usted conteste lo que le pregunto- me dice. Y yo obedezco. No me deja contarle lo de mi cardiólogo, la prueba que llevo encima, mi cateterismo. Nada. “Usted conteste lo que le pregunto”.
Ya no solo me siento invisible sino también superflua, intercambiable. Me entran ganas de orinar, como Silverio, pero no me atrevo a decirlo. No me lo ha preguntado.
Pregunta al fin
-¿Desde cuándo siente palpitaciones? ¿Es alérgica a algún medicamento?
Luego se levanta, dice que me van a hacer un electro y se marcha.

Llega una enfermera
- Sígame
Le sigo
-Desnúdese de cintura para arriba.
-Pero oiga, que estoy en un pasillo –le digo pudorosa.
-Lo siento, no hay sala para reconocerla.
-Ya pero… ¿y el cojo que acaba de entrar en esa sala? ¿Acaso no podría cederme la intimidad de su habitáculo ya que él no se desnuda?
Lo piensa pero le parece una pérdida de tiempo.
-No, qué va. Es que es peor el remedio que la enfermedad –dice la chica y me trae un biombo. Uno de esos biombos de tres hojas y tela beig que no acaban de cerrar. Y me desnudo, y me hace el electro, y me pincha en una vena tres veces porque no logra cogerla bien, y me hace un daño enorme, y luego saca la aguja aunque el médico le había dicho que mantuviera la vía por si acaso. Mientras esto ocurre voy viendo pasar cojos, heridos, doloridos y maltrechos por las intersecciones del biombo. Algunos se asoman y les saludo, otros más discretos pasan haciéndose los locos. Todos me ven. No importa, soy superflua.
De pronto vuelve la enfermera y me dice que debo seguirla.
-Sígame- me dice- pero el acompañante no puede.
La sigo por pasillo largos, nos metemos por vericuetos extraños, y aterrizamos en una sala llena de camas separadas por cortinillas verdes.
-Desnúdese, póngase esto, y deje su ropa en esta bolsa –me dice un enfermero lacio y con coleta que me ofrece una bata verde y una bolsa de basura verde, a juego con el resto del mobiliario.
-¿Pero cuánto tiempo voy a estar aquí?
-No sé –dice, y se va.
-¿Y quién lo sabe?
Se encoge de hombros y se dirige a la puerta. Un vecino de cama y separado por la cortinilla se queja amargamente. Es Silverio, lo reconozco al instante. Duerme o se hace el dormido. Las enfermeras hablan de su gravedad, de su hemorragia interna a voz en grito. Silverio se mantiene en silencio. Una enfermera le pega un empujón.
-Silverio, ¿duerme?
El asiente. Tiene la bolsa de basura a los pies de su cama y un gotero en la vena diestra. A mi me da la luz en toda la cara. Escucho al médico preguntar a la enfermera si ha mantenido mi vía.
-No –dice la enfermera.
-Mira que se lo dije. Habrá que pinchar otra vez.
Me asusto. Chisto a Silverio a través de la cortina. Abre un ojo.
-¿Le han dicho cuánto tiempo va a estar aquí?
-A mi no ¿Y a usted?
-Tampoco.
-Pues duerma
-No puedo, no paran de hablar y la luz me da en la cara.
-Ya.
-Me van a pinchar de nuevo –le cuento.
-Dios mío –dice y vuelve a cerrar los ojos. Cierro la cortina y llamo al lacio, el la coleta que está intentando ligar con la rubia del pelo rizado. Ella ríe sonoramente. Se escuchan quejidos tras las cortinillas.
-Necesito avisar a mi acompañante –le digo a una enfermera que pasa de refilón por mi lado.
-Ya lo haré yo. Usted descanse.
-Pero si usted no sabe quién es mi acompañante- le digo, pero ya se ha marchado.
Me siento sola. No quiero que mi único enlace con el exterior se marche. Me entra el pánico. Me visto y salgo corriendo, me sigue una enferma con cánulas en la nariz y arrastrando el oxigeno. Ha aprovechado mi huida para largarse ella también. Le gritan las enfermeras y la persiguen.
-Eh, oiga que se le va a caer el oxigeno.
La han atrapado a tiempo y yo he aprovechado la confusión para escapar. Busco la salida. Me pierdo en los pasillos hasta que me doy de bruces con el médico. Grita:
-Caso insólito. Esto es insólito. La primera vez que una enferma huye.
-Pues me voy, le digo. Usted no me ha explicado nada. Y yo quiero irme.
-Bajo su responsabilidad- me dice.
-Dónde hay que firmar.
Llamaré a su acompañante porque necesito un testigo.
-Eso, eso. Mi acompañante. ¿Dónde está?

Ha llegado mi chico y lo abrazo hasta hacerle daño. El médico me paga la bronca. Trato de explicarle que solo quiero contarle lo de mi prueba, lo de mi cateterismo. Quiero saber si estoy peor que cuando me hice la prueba, que quiero enseñársela. Le digo que ya conocía mi problema y que he acudido a urgencias solo para saber si he empeorado.

-Está bien –dice el tío-. Voy a leer su informe
Me siento corpórea de nuevo. Soy alguien, una persona que habla, gesticula y trata de hacerse entender. El médico se coloca las gafas y lee lo que le enseño. Dice que sí, que lo que tengo es lo mismo que figura en la prueba.
- Está bien, espere el resultado de los análisis y si no hay nada más, le daré el alta
Me dice que si me pongo peor que vuelva. Le pido disculpas y me comprende. Lo empieza a comprender todo Nos despedimos y un momento después vuelvo a casa. Mi casa, mi cama, mi vida de nuevo. El corazón ha vuelto a su ritmo y yo pienso en Silverio. ¿Lo habrán dejado descansar el lacio y la pizpireta rubia? Quizás la luz le incida en los ojos, quizás la señora del oxigeno haya podido escapar al fin.
-Si me pongo otra vez mal, no me lleves a urgencia, llama a un sacerdote ¿vale? –le digo a mi chico.
Sonríe y asiente. Luego nos dormimos.





martes, 5 de febrero de 2008

EL SILENCIO


Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Tus ojos sobre los ojos del otro. Adivinar el significado de los brillos. Leer el futuro inmediato más allá de la pupila.

Aguántate las ganas de decir muchas cosas. Aprieta los labios. Permite que las ideas circulen sin que salgan al exterior. Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas. Deja que los músculos se dibujen en el rostro. Manten las respiración. Piensa que el otro también piensa Analiza. Espera. No todo lo que cruza la mente puede convertirse en palabra... Entender que se puede hablar con el gesto, que el silencio a veces grita

Se guarda silencio por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto. Silencio cuando el llanto se agota y agota al que llora.

Habría que aprender a callar: callar para escuchar, para mirar, para aprender, para covertir el silencio en cómplice. Para saber si el eco existe. Callar para saber que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos.


"Cuando hables procura que tus palabras sean mejores que tus silencios" (provervio indú)

"El silencio es el único amigo que jamás traiciona" (Confuccio)

domingo, 3 de febrero de 2008

POR EL SIMPLE ROCE DE MIS DEDOS


Nada más especial que los momentos anteriores a la redacción de un relato. Cuando todavía no hay una historia definida, cuando todavía no albergo la esperanza de terminarlo. No quiero rebuscar todavía entre mis notas, o perseguir la imagen sugerida por cualquier pensamiento entre sombras y recuerdos. Aun no me apetece convocar alguna música, y solo el repiqueteo constante de la lluvia en los cristales rompe el silencio. Y es que es en este momento, cuando puedo mirar con los ojos cerrados. Porque solo cerrando mis ojos podré conseguir abrirlos de veras.
Puedo saborear lo que la magia, si es que crees en ella, está a punto de deletrear desde una voz tomada. Determinar los secretos de cualquier fantasía y percibir en cada uno de ellos lo lejos que estoy de sentirme a salvo de morir destilando sus venenos.
Mis dedos se alzan sobre el teclado a punto de clavarse sobre mil vidas distintas, en un centenar de mundos imaginarios, en mil islas desprovistas de banderas, o en una simple y escueta premisa; la estela de un beso.
Porque muchas veces una llega a percibir que el acto mismo de la escritura, el hecho en sí, no su propósito, es la forma más ambiciosa de una intuición. Y es por esto que antes de dejar grabadas las oscuras huellas en un papel en blanco necesito pararme un rato, dejarme guiar por ese impulso.
No hay libertad parecida. Dentro de un instante seré capaz de horadar murallas hasta entonces inexpugnables con el simple roce de las huellas de mis dedos, o aplacar una revolución. Podré llamar de nuevo a ese astuto pirata que tantas veces me presta su barco para ver pasar olas sobre un horizonte de sonrisas. Todo es posible, escribir sobre la paz, sobre duendes heréticos o sobre esa mujer, quizás chiflada, que se llama como yo y que no sabe creer en la maldición de lo que ella considera un talento.
Y aunque la certeza solo dura un instante podría jurar que tengo la cabeza llena de vientos.
Y por fin, como sumo cuidado, voy abriendo los ojos. El cursor se hunde y flota en el lago gris de la pantalla. No tardo en acudir a su llamada. Porque me basta con mantener apretada una sola tecla para representar una ráfaga de ametralladora o el grito de la siguiente víctima al descubrir que su vida está en mis manos.