Textos

domingo, 28 de diciembre de 2008

NAVIDAD


La Navidad está hecha de ausencias. Es peligrosa porque al principio te lo da todo, hasta la magia. Pero de pronto, y sin saber porqué, comienza a arrancarte pedazos de lo que tú considerabas un derecho, de lo tuyo, de lo de siempre. Lo primero que te arranca es la ilusión, la simple ilusión de que unos reyes a los que no conoces, que viven muy lejos y visten capa de armiño, te quieran, te llamen por tu nombre y acaricien tu pelo delante de un fotógrafo. Seres superiores, magos y poderosos, que llenan tus zapatos de ilusiones. Y todo porque sí, porque así es la vida en ese momento, y así piensas que será para siempre. Nadie te va a querer nunca tan gratuitamente como lo hicieron ellos. Y esa es la primera ausencia, el primer engaño que debes digerir, el del amor. El cariño, la amistad y el respeto te lo tienes que ganar. Además, quién te asegura que no vas a recibir a cambio carbón; un carbón hecho de traiciones y engaños.
La Navidad regresa año tras año, a pesar de las ausencias, de la falta de seres queridos, de los reveses económicos y de las enfermedades. La Navidad vuelve con sus luces en las calles, con sus castañas asadas, con sus reyes dispuestos a querer a alguien a quien no conocen. Y la calle se viste de fiesta una vez más, aunque siempre habrá quien quiera arrancar las luces a bocados, que pedirá a gritos que callen los villancicos, que esos parientes de pacotilla dejen de sentarse a su mesa solo porque es Navidad.
Y sin embargo, este año, por primera vez después de muchos otros, disfruto de la Navidad. He paseado y mirado los escaparates con ilusión. He comprado dulces y turrones. He adornado mi casa y he organizado cenas familiares. Y la razón es sencilla, el año pasado, justo un año atrás, estuvo en peligro mi vida. No eran las ausencias de los otros lo que me deprimía, ni sus traiciones, ni sus engaños. No era una desgana festera, un desaliento por la fantochada, era mi propia ausencia lo que estaba en juego. No eran recuerdos de reyes ni de camellos, ni comidas tristes, ni rencillas. Era la realidad frente a frente, inmensa y dolorosa. Y la ausencia dejó de ser parcial para abarcarlo todo. Y quizás por eso dejé de recordar, desapareció el pasado, ya no programé el futuro, y la vida se redujo a un único día; el que vivo.
Hoy de nuevo es Navidad y la calle está adornada. Me gustan los belenes de la plaza mayor, huele a castañas asadas, el quiosquero me felicita las pascuas, y voy a regresar pronto a casa porque tengo que preparar un pavo relleno, y mañana… ¿Qué mañana?

martes, 23 de diciembre de 2008

SAN VALENTIN


Qué rara es mi mujer, pero mira que es rara.
No me habla desde esta mañana y yo no tengo ni idea de por qué.
Todo empezó ayer, que va y me dice por qué no hacemos footing, que si necesita correr, que si está anquilosada, que si patatín. Y yo le digo que bueno. Me pongo las zapatillas que respiran y ella el chándal.
El caso es que de correr nada porque no habíamos recorrido ni cien metros cuando se detiene delante de un escaparate de bolsos. Que si espera un momento, Gregorio, que ese bolso me chifla. El caso es que pierdo el ritmo y las zapatillas dejan de respirar. Porque mi mujer llama hacer footing a cualquier cosa.
Entra en la tienda, coge un bolso negro y se lo prueba encima del chándal. "¿Te gusta Gregorio?" me pregunta. Y a mí ¿cómo me va a gustar con esa facha? Pero no se lo confieso, le digo que sí, mujer, pero vámonos ya, que perdemos el ritmo.
Oye, no habíamos recorrido ni trescientos metros y se mete en una tienda de audios. Se me estaba poniendo un humor de perros cuando me enseña un compact de Perales.
"¡Cómo me gusta Perales!", me suelta. Tuve que ponerme serio y decirle que o continuábamos corriendo o me volvía a casa. Me siguió, claro que me siguió, pero con una cara que daba pánico, aunque mi determinación debió asustarla porque se puso a correr a buen ritmo sin detenerse durante unos quince minutos. Hasta que se paró en otra tienda, esta vez de ropa, y se puso a mirar un abrigo negro, que la verdad, no tenía nada del otro jueves. "Me gusta, Gregorio, me gusta muchísimo. Es que me encanta." Menos mal que conseguí sacarla de allí con la escusa de la marisquería de Sainz de Baranda. Una marisquería la mar de buena, le dije. Lo cierto es que yo se lo decía por cambiar de tema, por no entrar en la tienda del abrigo y tener que ver como se probaba todas las tallas y salía sin llevarse nada, que es lo que suele hacer. Pero otra vez se indignó y me dijo que si todavía, a estas alturas, no me había enterado que a ella no le gustaban las marisquerías, que a ella lo que le gustaban de verdad eran los restaurantes románticos, esos que tienen velas en las mesas, un pianista tocando boleros y un maitre que te echa un poquito de vino sólo para que lo pruebes, y si no te gusta, se lo lleva y te trae otro. Fíjate, un restaurante de esos, con la mariconada del maitre sirviéndote el vino a poquitos y un pianista tocando boleros. Con lo buenos que están los percebes, los langostinos y todas esas fuentes llenas de patas que chupas y chupas, mientras en la barra se tiran las cañas una detrás de otra y el camarero grita: "marchando otra de cañas."
Después de haberme hecho pasar un sábado tan aciago, va esta mañana y la que se enfada es ella, oye. Todo porque es San Valentín y le he dicho que no le había comprado nada porque no se me ocurría qué regalarle.
No sabes la cara que se le ha puesto.
"Esto no te lo perdono", Gregorio: "No te lo puedo perdonar."
Que las mujeres son muy raras. Qué le hubiera costado, digo yo, haberme dado alguna pista. Pues no, prefirió ponérmelo difícil y dejarme mal el día de los enamorados para poder mirarme como si fuera un pedazo de carne con ojos.
Y que no me venga con que me ha dado pistas, que no me venga con esas, porque no.
¿Tú crees, que si la llevo a cenar a una marisquería de esas que gritan: "marchando esas cañas"y la invito a percebes, se le pasará el disgusto?













miércoles, 10 de diciembre de 2008

SECRETOS


El viernes me contaron un secreto. No se lo cuentes a nadie, me dijeron. Y yo, que creo mucho en esas cosas, lo guardé como oro en paño. Pero no me sirvió de nada porque era un secreto a voces. Se conoce que esa misma retahíla se la dijeron a varios y compartíamos el dichoso secreto un centenar de personas. Cómo se debieron reír cuando me vieron callar y poner cara de haba cada vez que se insinuaba el asunto de marras.
No me gustan los secretos porque luego la que queda de pena eres tú. Que “zorreta” eres, me dijo alguien. O sea, que lo sabías y como si nada.
Siempre he pensado que la gente necesita desahogarse, decir cosas que le queman por dentro, o por lo menos eso es lo que me ocurre a mí algunas veces. Y es entonces cuando necesitas confiar en alguien, abrir las esclusas y dejarte llevar frente a una amiga. Sí, ¿verdad? Pues craso error. He aprendido algo, y es que lo del secreto solo sirve para que alguien te escuche. Es una forma como otra cualquiera de darle intriga a tu existencia, imprimirle un sello de trascendencia a lo intrascendente, darle morbo a tu insulsa vida: un “leit motiv”, que dirían los guionistas.
En esta sociedad tan egocéntrica que tenemos, si no dices que vas a contar un secreto muy gordo, pues como que te dan de lado.
En una ocasión guardé un secreto quince años. Qué contención, madre mía. Y venga a escuchar hablar sobre el tema, y opinar unos y otros. Mientras yo me hallaba como investida de un secreto de confesión. Hasta que me enteré de que lo sabía todo el mundo. Y lo que es peor, lo sabían desde hacía quince años y un día, como una condena.
Por favor, no me contéis secretos ¿vale?