Textos

lunes, 28 de septiembre de 2009

RECICLADO









Estoy un poco confusa con el reciclado. No es que me niegue a reciclar, todo lo contrario. A mí todo lo que tenga que ver con la capa de ozono, la fundición de los casquetes de hielo del Polo Norte y de la Antártida, el cambio climático y el efecto invernadero, me trae de cabeza. Estoy dispuesta a hacer lo que me digan para que eso no ocurra, para dejar un mundo mejor y más limpio a las generaciones venideras. Faltaría más. Mi problema ahora es que noto cierto afán recaudatorio en los políticos. Un afán descontrolado y cicatero que aprovecha la mínima para sacarte el dinero. Tengo una sensación como de cabeza de turco, como si tuviéramos que pagar los contribuyentes el desaguisado en el que nos han metido otros. No sé, es una sensación difusa pero aterradora. Ya solo el hecho de que quieran cambiar la estatua de Colón de lugar así porque sí, me produce desasosiego, desconfianza. Y no veas si lo que trasladan es el Oso y el Madroño. ¿Para qué cambiarlos? No, verás, me explica Sagrario. Es por dar trabajo a los parados. Ah, y ¿por qué no adecentan barrios más pobres que no hay quién limpie y dejan a Colón y al Oso ubicado dónde siempre? Pero ella no me contesta, quizás porque tampoco lo tiene muy claro. Bebe un poco de café y me dice que no me lo tome a la tremenda, que últimamente me ve un poco como obsesiva. Y es posible que tenga razón, quizás esté entrando en un proceso de neurosis crónica, o de manía persecutoria. Y eso me desconsuela porque no lo puedo evitar. Sueño que un grupo de seres con gabardina y gafas de sol controlan todos mis pasos para pillarme en falta y sancionarme. Porque sí, oiga, porque la hemos visto tirando un chicle al contenedor equivocado. No ha cumplido las normas con la diligencia del buen padre de familia, como dicta el Código Civil. Y me despierto empapada en sudor y escorada a la izquierda de lo mal que lo he pasado.
Esta mañana, por ejemplo, me ha dicho Sagrario que si no reciclo bien, me pueden poner una multa de 750 euros. Oye, que no lo digo yo, que ha salido en la prensa, me dice, y luego se sube las gafas. Madre mía. ¿Y cómo saben que he sido yo la mal recicladora? Pues porque van a poner personal experto, y husmearan en las basuras. ¿Los mismos que van a cambiar a Colón de sitio, o contrataran a nuevos? No lo sé, pero ni se te ocurra echar a la basura un sobre con tu nombre, tus huellas dactilares, o tu dirección. Cualquier dato puede identificarte. Y ellos … Ellos saben en todo momento si has echado el yogur a medio terminar en el bote orgánico o en el inorgánico. ¿Y qué debo hacer? Muy fácil, primero echas el resto del yogur en el orgánico y el envase en el inorgánico. Ah, y cuida mucho que no te quede leche en el bric cuando la tires porque eso esta penadísimo. Lo peor, me dice bajando la voz, son los papeles de envolver el pescado. Uno nunca sabe a dónde echarlos, por el olor, más que todo. Yo lo echaría al contenedor de papeles, que no se si es el mismo de los cartones. Y ten en cuanta que la chapa de la cerveza es diferente al vidrio y que una copa rota no es vidrio sino cristal. Si queda pescado adherido al papel, despréndelo antes de tirarlo, porque si no ya la has liado, porque entonces echas el papel al cartón y el pescado a las pilas y … Te multan fijo.
Acabo de llegar de la compra, he subido escondiéndome de los vecinos, no quería que nadie me identificara. He limpiado los envoltorios con agua y jabón, he arrojado las espinas al orgánico, el envoltorio de plástico al inorgánico. He echado al water las cartas del banco, los anuncios a mi nombre, las cartillas de Caprabo, las revistas de la semana fantástica y la de Ikea, la lista de la compra, por si han contratado a algún grafólogo. Todo lo que he encontrado por la casa. Pero se ha atascado. Y ahora estoy aquí encerrada en el baño, sin querer abrir a nadie y tratando de desatascar el inodoro para poder anular mi identidad, que ya no sé si es orgánica, inorgánica, de papel, de cartón, alcalina o de niquel camio.

lunes, 21 de septiembre de 2009

COLAS



Tengo una fobia. Es una fobia rara, inhabitual. No puedo soportar las colas. Según mi psicólogo eso debe ser porque de pequeña me debió pasar algo en la cola de un cine, y lo he olvidado. Es que él es muy freudiano y todo lo lleva a la más tierna infancia. Aunque yo reconozco que no es habitual, porque a la mayoría de gente le vuelve loca. Es más, si ven una cola les entra un gusanillo de curiosidad que les impele a ponerse al final y luego preguntar.
No vi la Expo de Sevilla por no hacer colas. No he visto la exposición de Sorolla, por lo mismo, ni la de Velazquez. No sabe usted que hay cuadros de Sorolla que nunca más volveremos a ver, que son de colecciones privadas. Es cierto. Pero lo entendería si el que me lo dice es un gran aficionado a la pintura, si entiende, si la disfruta. Pero ¿cuántos visitantes saben de verdad lo que están viendo, lo que significa esa luz, ese brochazo, ese color, esa estructura, esa composición? Y si eso fuera así, sería estupendo, un país de gente sensible y culta que hubiera desechado ya Gran Hermano, a María Teresa Campos, y los programas de cotilleo.
Que a mí no me la dan, hombre, que Belén Esteban o Sorolla.
Me pierdo cosas, es cierto. Si tuviera paciencia y ganas de echarle horas de pie, podría estar tan al día, contarlo a todo el mundo. Decirles que me anonadé viendo al Cristo de Velázquez, como le pasó a una señora a la que le preguntaron en Televisión si le había gustado la exposición itinerante de Velázquez, y contestó que sí, que sobre todo el Cristo. Qué bonito el Cristo, madre mía. Solo por eso merece la pena el tiempo de espera, dijo. La pobre no sabía que el Cristo está en el Prado desde tiempo inmemorial, y que no hacía falta esperar tantas horas a la intemperie, ni una exposición itinerante para poder verlo, que se puede ver cualquier día sin excesivo problema. Pero es que el Cristo sin cola, es como si ya no tuviera tanta gracia, ni fuera tan velazqueño, ni tan antiguo. Porque ir al museo Sorolla un día cualquiera, así, sin más, es hasta aburrido, oiga, porque ahí no va casi nadie. Y en un lugar dónde no hay nadie, donde no se forma una cola en condiciones, es como si se perdiera el tiempo, como si se viera algo sin valor. Y es que hoy el valor nos lo dan las cifras y las colas. Sobre todo, las colas. Si no que se lo digan a todos esos que se pasaron la noche en blanco haciéndolas para que les repartieran un globo, para que les hicieran un dibujo, para que les dejaran tocar en la orquesta de botes que montó el Corte Inglés. Colas para ver las cocinas del Palacio de Oriente y para visitar la Casa de la Moneda, colas para entrar en el Banco de España o en el Círculo de Bellas Artes. Colas para cenar en la Finca de Susana o para tomar una copa en el hotel de Las Letras. Colas y más colas. De todas formas, las mejores, las que más me fascinan son las que se forman en la puerta del metro para conseguir bollitos de chocolate o sobrecitos de Nescafé gratis. Eso sí es pasión.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

INVIERNO DURO


Fotografia: Elena Artigues



La verdad es que este invierno se presenta duro. Más que duro, extraño.
Todavía no se sabe si van a congelar el sueldo a los funcionarios o se les subirá un poquito, para que no digan. Si subirán las retenciones del trabajo personal, solo las del ahorro. O quizá, más bien, los impuestos indirectos. Si pagaran los “ricos” que cobran a partir de 23.000 euros al año, o los que cobran a partir de 60.000. Si los pensionista pagarán el pato o lo pagarán los niños porque no se les piensa vacunar. Si hay vacuna o no. Porque si “Nos enfrentamos a un virus desconocido, casi imposible de detener y capaz de infectar a toda la población mundial” como ha dicho Margaret Chan, directora de la OMS (Organización Mundial de la salud) y máxima responsable del control de la pandemia, ¿de qué vacuna nos están hablando? ¿No dicen que es desconocido? ¿Qué virus nos inoculan, entonces? ¿El primero que pase por ahí?
Mira, de verdad, con esas noticias tan contradictorias con las que nos desayunamos todas las mañanas, han conseguido que no me llegue la camisa al cuerpo.
Por qué no se callan, lo piensan, y luego emiten un comunicado. Yo lo digo más que nada por eso de la credibilidad, y el pánico, y la confianza.
Mientras enciendo la tostadora suben los salarios, cuando ya están las tostaditas calientes, los salarios se congelan. Mientras enciendo la cafetera, solo habrá vacuna para los enfermos crónicos, cuando sale el café, ya hay vacuna para todo el mundo. Al extender la mantequilla CMM es absorbida por Ibercaja, al dar el primer bocado, ya no la absorbe nadie porque el Estado se hará cargo. Cuando meto la cuchara dentro de la mermelada me entero de que van a probar la vacuna en unos niños. Y cuando la saco pienso. Menuda pachorra tienen los padres de las criaturitas en aceptar algo así. Porque ni parece saberse nada de la gripe A, ni de la crisis B, ni de la solución C. Así que, como decía al principio; menudo invierno nos espera.

martes, 1 de septiembre de 2009

ROSA


FOTO: CARPOCRATES



Tengo siete años, ella se llama Rosa y viste de negro: la veo con tanta claridad que pienso que el tiempo no existe, que no es más que una puerta que se abre o cierra a voluntad. Un agujero negro que traspaso. Ella está allí, haciendo ganchillo. Dice que no me preocupe, que se quedará tejiendo hasta que me duerma. Tengo miedo, y por la rendija de la puerta veo la luz de su habitación, una luz constante. Una luz que jamás se apaga. Pero eso ahora no importa, porque es por la tarde y hace ganchillo, y me cuenta que en la plaza de Benejúzar, su pueblo, se tocan pasodobles los domingos. Suspiros de España, me explica. Que su casa está cerca de un río que yo imagino caudaloso, porque no existen más ríos que los que ella me cuenta. Habla despacio y luego ríe, y al hacerlo enseña las encías. Tiene una boca grande y sus dientes son blancos como su pelo, lo tuvo siempre blanco. Quizás nació con el pelo blanco y con vestido negro.
-¿Por qué vas de luto?- le pregunto.
-Por los muertos.
-¿Quién se ha muerto?
- Ya ni me acuerdo -me dice, y mete el ganchillo alrededor de su dedo para coger el hilo.
A veces reza rosarios, dice que lo hace porque sabe que cuando muera nadie los rezará por ella, dice que quiere tener saldo positivo por si eso pasa. Lo del saldo no lo dice pero yo lo entiendo así.
Ha sonado el timbre, es el cartero que me pide que firme un impreso.
Ya no tengo siete años, ella ya no está en la habitación de al lado haciendo ganchillo. Apago la televisión y rezo por ella, por haber mantenido la luz encendida durante tanto tiempo, por quitarme el miedo, por su pueblo, por los pasodobles de los domingos, por su inexplicable luto. Pero sobre todo, por encima de todo, por haber estado allí cuando yo tenía siete años.