Textos

miércoles, 23 de junio de 2010

CUANDO ESTAMOS EN PELIGRO VOLVEMOS A SER NIÑOS


Tengo a veces deseos de ser
Nuevamente un chiquillo
Y en la hora que estoy afligido
Volverte a oir
De pedir que me abraces y lleves
De vuelta a casa
Que me cuentes un cuento bonito
Y me hagas dormir

Muchas veces quisiera oirte
Hablando sonriendo:
“Aprovecha tu tiempo
Tú eres aún un chiquillo”
A pesar la distancia y el tiempo
No puedo olvidar
Tantas cosas que a veces de ti
Necesito escuchar

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura hazme dormir
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Tantas veces me siento perdido
Durante la noche
Con problemas y angustias
Que son de la gente mayor
Con la mano apretando
Mi hombro seguro dirías:
“Ya verás que mañana las cosas
Te salen mejor”

Cuando era un niño
Y podia llorar en tus brazos
Y oir tanta cosa bonita
En mi aflicción
En momentos alegres
Sentado a tu lado reía
Y en mis horas difíciles
Dabas tu corazón

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura,, y cuéntame un cuento
Lady Laura, y hazme dormir
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura llévame a casa
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura

Tengo a veces deseos de ser
Nuevamente un chiquillo
El pequeño que tú todavía
Aún crees tener
Cuando a veces te abrazo y te beso
En silencio entendido
Tú me dices aquello
Que yo necesito saber

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y llévame a casa
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, Lady Laura, Lady, Lady, Lady, Lady, Lady Laura
Lady Laura, Lady Laura, Lady Laura

jueves, 17 de junio de 2010

RETORICOS


Tengo un amigo retórico. Me refiero a que es de estos que te convencen a penas abre la boca. En la facultad ya lo hacía bien. Salía al podium, decía cuatro obviedades y se llevaba a la gente de cabeza. Qué suerte tienes, tío, le decía embobada. Es que convences al más “pintao”. Sí, así es, me contestó él tratando de disimular su desmesurado orgullo.
Convencer, es vencer con la palabra. Los griegos dominaban el arte de la retórica.
Un día le dije a mi amigo el retórico que cómo se sentía después de llevarse de calle a la gente, a las masas, a la muchedumbre. Poderoso. Es algo indescriptible, me confesó. Ver como dominas las voluntades a tu antojo. Debía estar borracho de megalomanía porque me lo confesaba sin ningún pudor. No lo he olvidado. Cuando veo a un político soltar un discurso, con su entonación, sus largos silencios, sus momentos álgidos y su énfasis, me acuerdo de mi amigo. Ellos votarán lo que nosotros queramos que voten, me dijo un día, cuando todavía era ingenua, cuando creía en el valor del trabajo, del esfuerzo de la verdad. Cuando pensaba que los demás pensaban.
Los retóricos se mueven bien, ya sea en un escenario, en su lugar de trabajo, en una orquesta, en el mundo editorial, en la televisión y hasta en la cárcel. Son como anguilas que siempre encuentran su hueco, se entremezclan entre los poderosos para embaucarlos.
Con vencer. Vencer con la palabra. Tuyo es el mundo, amigo retórico. En tus manos está el corazón de los lectores, de los jefes, de los contribuyentes, de los espectadores, de los empleados. Parecen algo, pero si los tocas se diluyen entre las manos, no son reales, no quieren nada ni a nadie, solo brillar como proyecciones holográficas en tres dimensiones. Bonitos silencios, bonitas palabras, bonitos fuegos artificiales.
“Polvo serás, pero polvo embaucador”.

miércoles, 16 de junio de 2010

Protección de datos


Últimamente me siento vigilada. Si engordo dos kilos, mi buzón de llena de cartas anunciándome las últimas cremas anticelulíticos o los mejores métodos de adelgazamiento sin pasar hambre. Si me voy a pasear por la feria del libro, a mi regreso encuentro anunciada la enciclopedia británica a cómodos plazos mensuales. Si me sale una arruga intempestiva, el anuncio es para un viaje de la tercera edad a las Lagunas de Ruidera. Y así todo. He llegado a pensar que los que me robaron el bolso la semana pasada habían sido los de la compañía de seguros. Se pusieron en contacto conmigo nada más suceder el hecho para ofrecerme un seguro de cerrajero inminente con anulación de tarjetas.
Ya no sé dónde esconderme de tanta vigilancia. Observo las paredes para ver si han escondido micrófonos o vídeos camuflados entre los azulejos de mi baño. Desmonto la televisión para saber dónde está el interruptor por el que conocen mis preferencias de audiencia. Es un sin vivir. Ya ni cojo el teléfono por si son los del super que se han enterado de que me acabo de tomar un zumo de naranjas y necesito reponer.
Y así andaba yo, desasosegada y con peluca para pasar desapercibida cuando fui a visitar a una amiga a la clínica Quirón. Me llevé una gran sorpresa, la verdad, porque al preguntar por el número de habitación, se negaron a dármelo.
-Esa es información reservada por la ley de protección de datos- me dijo una señora con gafas de concha y corrector en la boca.
Le ofrecí mi carné de identidad, mi carné de conducir, mi certificado de nacimiento, oiga, lo que sea antes de volverme de vacío. Con lo lejos que está.
-Lo siento, son normas. La ley de protección de datos es muy rigurosa. ¿Es que acaso no lo sabía?
-Puessss.
Al volver a casa me encontré en el buzón un montón de cartas, llamándome pardilla y ofreciéndome los servicios de un detective privado al que por una suma de dinero ridícula me informaban del número de la habitación de mis amigos pacientes, y por otro ridículo suplemento, me proporcionaban un taxi para que no dejara a mi pobre amiga sola y desamparada.
Efectivamente, ella me llamó por la noche.
-Nadie, entérate bien. Ni un solo amigo ha venido a visitarme- me explicó hecha polvo. Lo que no sabía era que nos habían largado a todos para protegerla.
Esa misma noche recibió en su buzón miles de páginas de contactos.
“No se sienta sola, mujer. Nosotros podemos ayudarla a encontrar al hombre de su vida en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quiere gozar?”
Pero eso ya fue otra historia.

domingo, 6 de junio de 2010

Saberlo todo


Hoy me he despertado omnisciente. No era algo que tuviera previsto, ha sido de pronto. Llevaba yo tiempo queriendo serlo, la verdad. Me lo decía todo el mundo. Es que siempre lo ves todo desde un punto de vista muy personal, deberías cambiar. Ya es hora de que te acostumbres a ser omnisciente, por ejemplo. Pero yo me resistía. La vida siempre me ha parecido muy personal, muy..., cómo diría yo, creada por cada uno a su conveniencia.
A veces, cuando bajaba al metro, me preguntaba cómo vería el andén la señora del vestido rojo, o el tío de la rasta, o el niño de la mochila.
-¿Te gustaría ser uno de esos? –me preguntó Catalina, que también le da muchas vueltas a todo.
-Pues francamente, no.
-A ellos tampoco les gustaría ser tú.
Así que desde entonces comprendí que nunca podría ser omnisciente, que eso era muy difícil, para gente que cree saberlo todo, comprenderlo todo. Pero no para mí que siempre estoy más liada que las patas de un romano, que no logro aclararme con nada. Por eso, cuando está mañana he salido a la calle y me he visto tan sabihonda, me he llevado una agradable sorpresa.
Al entrar en el metro, detrás del niño que arrastraba la mochila con ruedas, una voz en mi interior ha dicho: “El pasillo le parecía más largo que antes, más que ningún otro día. Estaba cansado, un poco dormido aún. Un pedazo de cielo asomaba por la rendija de una puerta abierta allá, en la calle, en el portal 35 de la calle Albarán. Una mariposa activó las alas, y la envergadura del colibrí era a penas más estrecha que el pasillo del barco”.
Jo, qué chulo, pero si por fin soy omnisciente, he pensado.
“El quiosquero de la esquina había oído cómo lo llamaba una voz por el auricular de su móvil, mientras el hombre de la chaqueta gris había echado a correr por el pasillo para ver si todavía cogía el metro a punto ya de partir. Pero las risas burlonas del conductor del vagón resonaban en el andén cuando él todavía intentaba entrar. Había cerrado las puertas justo cuando el hombre de gris tenía medio cuerpo dentro. El chulo de mierda del conductor, había pensado el impecable hombre de traje gris. Y había aguantado el dolor de verse atrapado sin aparentar desconcierto. Su rostro adquirió una tonalidad verdosa, pero no quería aparentar susto. De hecho aparentaba ser fuerte, valeroso. Era la primera vez que se enfrentaba a la prepotencia de un conductor del metro. El conductor, por su parte, enroscó los dedos alrededor de las palancas de mando y cayó en la cuenta de la cantidad de tiempo que había pasado desde que se había despertado esa madrugada, de que no estaba de humor para dejar que un miserable hombre de gris llegara a tiempo a su trabajo. Le faltaba mucho todavía para el relevo. El loco ese se había quedado atrapado en la puerta, pues que se jorobe, pensó, que se hubiera levantado antes como él. Pero tuvo que abrir las puertas, no sin cierto resentimiento. Por él lo hubiera dejado ahí, atrapado, confuso, asustado. Pero al supervisor no le iba a gustar su comportamiento y estaba seguro de que lo vigilaba desde su cabina.
Esteban, el supervisor, desde la cabina de mandos, percibió su turbación.
Un brillo de perspicacia asomó a los ojos del joven de las rastas, y el niño de la mochila colgada al hombro esbozó una sonrisa radiante porque le había gustado el salto del hombre del traje gris.
El quiosquero que se hallaba en la superficie, dentro de su quiosco, se retorció con gesto avergonzado. Eso era exactamente lo que temía, que su amante lo llamara justo a la hora en la que su mujer llegaba al quiosco para sustituirle”.
Qué confusión, Dios mío. Todo el mundo pensando a la misma vez y yo escuchándolo todo. He cerrado los ojos y me he tapado los oídos. Lo tengo absolutamente decidido: no quiero ser omnisciente porque a mi qué me importa que al quiosquero lo haya pillado in fraganti su mujer, que el conductor tenga un mal día y se alegre de pillar entre las puertas a un pobre hombre de gris, que el niño de la cartera se ria, y que el chico de la rasta sea un perspicaz de la vida.