Textos

viernes, 22 de febrero de 2013

CONDENAS EJEMPLARES






He leído en la prensa que han sido detenidas cinco mujeres bosnias por atracar en el metro. Habían cometido trescientos treinta atracos. Tenían una gran pericia, ha comentado la policía. Llevaban robando diez años. Eran carteristas que aprovechaban la entrada y salida de viajeros para rodearlos y sacarles el monedero en plena confusión. No podían hacer nada contra ellas porque… “pagaban el billete”. Las han pillado, por lo que se ve, una vez más. Las han amonestado, una vez más, y el juez harto de tanto robo, tanto delito y tanta amonestación, las ha condenado a algo terrible, doloroso, a algo que va a producir su reinserción inmediata: No acercarse al metro. Les ha impuesto una orden de alejamiento como a los maltratadores, pero no de su pareja sino de su medio de vida: “el metro y las carteras ajenas”. ¡Qué duro!
Me ha dado qué pensar. Creo que de ser así no me importaría que como condena por no declarar mis ingresos en el IRPF me obligaran a alejarme de la Delegación de Hacienda unos metros o quizá kilómetros. Y si quieren ponerme una cadenita que pite cada vez que me aproximo, pues que pite que yo me avengo. Incluso  estaría dispuesta a sufrir tamaña condena en lo que respecta a Tráfico, Seguridad Social, Ayuntamiento. Yo no pago mi deuda, el juez me condena a una orden de alejamiento con pulsera pita, pita incluida, y aquí paz y después gloria.  

viernes, 1 de febrero de 2013

CUANDO EL UNIVERSO SE EXPANDE








Son  difíciles de  distinguir las agresiones del “amigo”; las perdonas, las pasas por alto, las minimizas, sientes una difusa incomodidad, pero no sabes detectarlas.  Te sientes inadecuado en su presencia, como si te olieran los pies o tuvieras rodales de sudor debajo del brazo, pero no sabes darle un nombre a ese malestar. Recibes una puya tras otra, doble intención. “Es una broma, mujer.” Y vas soportando, día tras día. Hasta que de pronto dices: “Basta.” No sabes a ciencia cierta qué ha provocado ese abracadabra tan espontaneo porque la ofensa es parecida a las de siempre, pero lo has dicho con tanta fuerza y has expulsado tanto aire de tus pulmones que sabes que se acabó de verdad.
Y aunque al principio te quedas como vacío y extraño, poco a poco notas que la habitación se agranda y que el parque donde paseas tiene más arboles o más bancos. Tus pulmones se vuelven esponjosos, notas subir y bajar el diafragma. Y hueles a verano, y a menta, y a rebujito de El Rocio, y a tantas cosas que te gustan. Y es entonces, en ese instante,  cuando te das cuenta de que el espacio que se ha abierto a tu alrededor es inmenso, que el universo se ha expandido aunque nadie se haya dado cuenta, y de que te sientes tan ligero que hasta podrías pilotar el Meteosat por la órbita geoestacionaria y mirarlo todo desde el cielo.
 Y ese amigo que crecía tres palmos cada vez que te corregía, “por tu bien, mujer.” O esa amiga que no paraba de hablar de sí misma o de su dinero o de sus importantes reuniones, ya no están, se marcharon por fin  como sombras macabras dejando una esplendida expansión en el cosmos y a tu alrededor.