Textos

jueves, 26 de diciembre de 2013

LAS COPAS DE LA VAJILLA










Es Nochebuena, busco la cristalería de mi madre para doce. Entonces éramos ocho y los tíos. Ahora solo quedan seis copas de agua, siete de vino y casi todas las de licor. Pero da lo mismo, porque ya no somos ocho sino cuatro,  y además ya no nos reunimos, nos hemos multiplicado y cada uno se reúne con su propia familia, la nueva, la que hemos creado con los años.
Sin embargo yo, en Nochebuena, no logro olvidar a la vieja, a la de entonces. Solo por un ratito, mientras saco la cristalería y observo los vasos, miro la mesa de mi infancia con doce copas. Mi madre cuadra la mesa como si cuadrara un balance.
 ¿Mamá, esta noche nos gusta todo? Preguntarán los mellizos porque son los pequeños, y se sacrificarán en aras a la perfección de la mesa, de los cubiertos, de los vasos, de las fuentes. Y mi madre dirá que sí, porque es Nochebuena y nadie tiene que sacrificarse ni siquiera por la perfección. “No hay suficientes copas pero lo arreglaremos.”
Mi hermano Carlos, como es el mayor, trata de sacar el corcho a una botella. Me cuentan los mellizos que a una prima le saltó un ojo porque le golpeó el tapón. Me escondo bajo la mesa. “Eso son tonterías”, dice mi madre. Explota un cohete que ha traído el tío Paco, está lleno de regalos y de confetis. En el centro de la mesa hay tres pajaritas que he hecho en el colegio con papel de plata, sirven para poner velas dentro. Mi madre las coloca en el centro y yo se lo agradezco. Sé lo importante que es para ella que todo salga perfecto y mis pajaritas dejan mucho que desear.
A mi padre le ha tocado la pedrea pero ya no le queda nada. A base de regalar a todo el mundo, ha tenido que poner dinero de su bolsillo. Ha regalado al portero, al frutero, a mis tíos... Todos tenemos regalo menos él, que ahora tiene que pedir adelanto. Pero eso no importa porque le encanta obsequiar. Se le ha quedado olor a musgo, a turrón y a acebo. Acaba de llegar del mercadillo. Trae nueces, dice que son de La Vera, e imita al vendedor entonando un soniquete mientras toca la zambomba: “Son de La Vera, de La Vera son”
Voy limpiando las copas, las seis copas que quedan, el resto se han ido rompiendo de tanto usarlas, de tanta Navidad, de tanto hermano,  sobrino y cuñada. 
Ya no está el lote completo, dicen mis hermanos cuando nos repartimos los recuerdos. Pero no importa, porque yo las quiero más que nada en el mundo. Quiero mi Navidad de entonces, un trocito de recuerdo para guardar en un armario,  abrirlo solo un día al año y quitarle el polvo. Porque sé que cuando saque las copas veré a mi padre con la zambomba, y al tío Paco con el cohete, veré las pajaritas envueltas en papel de plata y  a una prima con parche en el ojo. Y por un momento, solo un instante, el que invierto en limpiarlas, ellos regresarán, y los mellizos seguirán siendo dos, no como ahora que Kiko se ha marchado dejando cojo a Javier, y a mí, y a todos.
 Quiero los vasos y mis recuerdos. Quiero a Kiko y a Carlos, quiero a mis padres. Quiero recordar a mis tíos lanzando cohetes.
Voy limpiando las copas que quedan. Se han ido rompiendo de beber con ellas, de usarlas,  de risas y zambombas, de tanto recuerdo. 
Y ahora me faltan copas y me faltan ellos. “Son de la Vera, de la Vera son”, canto a mis nietos, acompañada de una zambomba, porque quiero que algún día, alguno de ellos, mantenga en sus manos la última copa cargada de recuerdos y piense en mí, porque entonces yo pensaré en aquellos y todos regresaremos para vivir en el recuerdo. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

LAS PALABRAS DE GEMMA






Gemma perdió las palabras un veintitrés de diciembre, mientras escribía versos. Dijo que éste no y éste tampoco. Tachó adjetivos y quitó verbos. Decidió que tanto sustantivo estorbaba. Luchó por la concisión y la rima. Fue arrojando palabras, una tras otras. Algunas cayeron encima de la alfombra, otras dentro de la papelera, la mayoría encima del sofá.

Tantas palabras le habían sobrado que decidió  hacer una sopa con ellas. Las fue recogiendo una a una, y cuando las tenía todas las ordenó por terminaciones, las alternó de mil formas. Después de haberlas contado las hirvió en caldo de pollo y se cenó dos sonetos, tres redondillas, un romance, un madrigal y cinco alejandrinos.

A las doce sintió escalofríos, a las dos retortijones, a las tres la tripa empezó a hincharse. A las cinco estaba tan congestionada que tuvo que acudir a urgencias.
La operaron de inmediato. Le sacaron las palabras como pudieron. Los verbos salieron solos, los adverbios con fórceps, los adjetivos con pinzas, los pronombres con tijeras.

Las palabras que habían brotado de su tripa se colaron por debajo de la puerta del quirófano. La sala de espera se inundó de razones, los enfermos de argumentos, la dirección de condenas. Y las palabras siguieron su rumbo fuera del hospital.

“Se aproxima una tormenta de palabras”, anunciaron en la prensa. “No salgan de sus casas”
Pero la gente quería saber lo que era eso, y se lanzó a la calle.
La palabras volaban libres, se metían por las ventanas de las casas, de los coches, por las bocas del metro, por las cúpulas de las iglesias, los puestos de los mercados.

Algunas parejas las cogieron temerosos, y al usarlas e intercambiarlas, se descubrieron. Los hermanos  se reconciliaron, los amigos se aceptaban, los empleados y los jefes lograron sacar sus proyectos adelante. Los políticos cambiaron su lenguaje vacío por palabras cogidas al azar, llenas de verdades. Los banqueros cuadraron sus cuentas, los maestros instruían, los alumnos comprendieron.

Cuando Gemma despertó de la anestesia ya era Nochebuena. Quedó sorprendida de lo contentos que estaban todos. Pero lo que nunca supo, porque nadie se lo había explicado, es que aquellas Navidades fueron distintas gracias a lo alto que habían volado sus palabras.



martes, 10 de diciembre de 2013

ÚLTIMA NAVIDAD CON ESTHER



                           







Hace un año, tan solo uno, que nos  reunimos para hacer pollo trufado en tu casa. Queríamos dar una sorpresa a nuestra familia en Nochebuena. Recuerdo que habías comprado un pollo de corral y unas trufas fantásticas. Yo llevaba un pollastre corriente y trufas de bote. Nos reímos sacando la piel al pollo, extendiendo carne picada y oliendo a Navidad. José Manuel adornaba la casa  y Analía planchaba. Eran una Navidad más, una de las mil Navidades que todavía nos quedaban por pasar. “El año que viene no nos metemos en esta”, decías, y yo cosía la piel del pollo jurando en arameo.
Los Reyes os trajeron un viaje a Berlín y me llamaste para ver si os acompañábamos.
“Date prisa, que si no os quitan el vuelo”, me dijiste. Lo logramos. Ya solo necesitábamos reunirnos para hacer planes. Llenábamos la mesa de panfletos sobre Berlín y organizábamos el itinerario. Subrayábamos lugares cuyos nombres estaba llenos de consonantes, impronunciables. “Si compramos la tarifa semanal nos ahorramos una pasta”, decías mientras acompañábamos con jamoncito y queso nuestros descubrimientos.
Eran tardes de sábado, tardes para disfrutar organizando, tardes de amigos, de ilusiones y proyectos.
Nos tuvimos que marchar solos.
Tú estabas enferma y yo fui dejando una vela encendida en cada una de las iglesias que nos encontrábamos, eran iglesias para creer, para tener fe. Y mi fe estaba en tu curación. Encendí velas para que repitiéramos el viaje con vosotros, para repetir las visitas, para enseñaros lo ya visto. A veces te llamaba solo para contártelo, porque sin vosotros nada era igual.
Hoy me he despedido de ti, Esther. Estabas rodeada de flores que habían enviado tus amigos, tus compañeros, tu familia, los que te quisimos. 
Hoy he puesto cara a muchas personas de las que me habías hablado
Mientras regresaba a casa he recordado el acento circunflejo en el que se convertían tus cejas al reír. Y también las veces que entraba en tu despacho muerta de angustia y salía muerta de risa. Sabías desdramatizar como nadie, imitar como nadie, sacar punta a las penas, expandir el aire cuando se viciaba.
Eras fuerte, pero sobretodo, eras mi amiga.
Me han dicho que tu hija te leyó un trozo de mi última novela y me gustaría pensar que fue el fragmento dedicado a la amistad. Porque es para ti, porque te lo dedico con toda mi alma.
La amistad crece igual que las plantas, lentamente, sin ninguna prisa. Se echan unas semillitas de respeto, dos o tres gotas de risas, algún apretón de manos para felicitar por los logros. Se cubre con paciencia. Se abona con perdones, se riega con palmadas en la espalda, y cuando está a punto de salir se le pueden hacer confidencias sin ningún miedo, porque lo más seguro es que ya haya florecido y mantenga nuestros secretos como si fueran suyos.”