Textos

domingo, 31 de mayo de 2015

PREMIO NARVAL


                                  






Feria del libro 2015, once y media de la mañana. El sol no pega todavía con la fuerza que él sabe hacerlo. Me esperan en la caseta 288 de Narval porque entregamos el premio de Fomento a la lectura. La ganadora ha sido Inés Ramos Pastor. He leído su trabajo tantas veces que hasta me lo sé de memoria. Ni la reseña más importante en el cultural de moda me hubiera conmovido tanto. Estoy deseando conocerla. Tenemos dispuesto el premio, un lote de libros de la editorial. Merche tiene preparada una caja muy bonita con pompón incluido. El sol empieza a atacar con fuerza pero no tengo calor, la expectativa me alivia. Ni siquiera me abanico. Me siento tan bien. No hay mayor ilusión para un escritor que una buena crítica que salga del corazón. A mi derecha se apilan los libros de “¡Vuela, Iván!” que en su condición de recién nacido ocupa el lugar central de la caseta. A su lado, un poco más oculto, como un hermano mayor un poco celoso, está “Gus y la casa voladora” Lo veo mohíno, como mi nieto Nicolás cuando nació Gonzalo. Lo quiere, sí, pero…, hombre, que ya no soy el rey. Le hablo bajito y le cuento que está a punto de volver a serlo, que viene una niña a ensalzarlo. Que va a volver a ser el rey por unos minutos. Como lo fue Nicolás el día de la fiesta del colegio.
Ese libro me ha conectado con Inés, mi lectora, y con otros muchos niños. Me ha dado tantas alegrías que lo voy  a continuar. Te vas a hacer más grande, ya lo verás, tonto, le digo a Gus que yace en el rinconcito un poco mosca.
Se acerca una niña seguida de su padre y hermana. Soy Inés, dice. Le doy un beso muy gordo y le agradezco su reseña, su gran reseña sobre ese amigo que nos unió por unos días. Dice que se le hizo corto, que le gustaría más. Le guiño un ojo a Gus.  Inés entra en la caseta y nos hacemos mil fotos. Se fotografía con el libro en una mano y el lote con lazo en la otra, pero no sale. Con lo bien que lo había dejado Merche. No importa, seguro que alguien habrá hecho alguna foto panorámica. Su padre mete el paquete con los libros en una mochila y ella le pide que saque “¡Vuela, Iván!” ¿Pero ahora? Asiente y se pone a leerlo allí mismo. No tiene arreglo, nos explica. Ella me cuenta que también escribe, que ha escrito cuentos. Serás una gran escritora porque eres una gran lectora, le digo, y ella sonríe, con esa sonrisa que solo tienen los niños que parecen estar a punto de dejar de serlo, pero que nunca lo dejaran del todo. Como yo, como tantos escritores. Te deseo lo mejor, Inés.
El sol se ha ocultado por unos momentos. Se acercan muchos padres con niños. Merche les pregunta la edad para dirigirlos a la lectura apropiada, si son muy pequeños les hace un cuenta cuentos improvisado. Los niños se suben a un poyete y la escuchan. Los padres preguntan a sus hijos cual les gusta. A mí los que me gustan son ellos por el interés que ponen en inculcarles a sus hijos la ilusión de leer, de imaginar. Siento que podrán cambiar los formatos, podrá existir el cine y los video juegos, pero mientras haya padres así, mientras haya colegios que fomenten la lectura con ilusión, nunca tendremos hombres máquinas incapaces de pensar por sí mismos.
El sol ya no calienta tanto, una brisita se cuela por la puerta entreabierta de la caseta. ¿De qué va este libro?, me pregunta un niño. De aventuras, de viajes en el tiempo, de familias numerosas… ¿Y éste? De persecuciones, de superpoderes… ¿Me lo compras papá? El padre sonríe mientras Merche continúa contando cuentos a los más pequeños. Ya es la una de la tarde y el Retiro está a reventar. Un cantante famoso ha escrito un libro y las colas dan varias vueltas a la caseta donde firma ejemplares. A lo lejos veo acercarse a unas amigas. Quiero los dos para mi nieta. Pero si tiene un año. No importa, que se lo lea su padre cuando crezca. Amistad, cariño, juegos, imaginación y un sol soportable para esta estupenda mañana de Feria.

Gracias a Gus, a Iván, a Inés, a Maristas, María Auxiliadora, Esclavas del Sagrado Corazón, Ángel de la Guarda, a mis amigas que compran libros a sus nietas aunque tengan tan solo un año. Gracias a los padres que procuran tener unos hijos fuertes y con criterio, a los niños que lo preguntan todo. Gracias a Narval a los cuenta cuentos y al sol por no achicharrarnos. Pero, sobre todo, gracias a Inés por hacerme tan feliz en una mañana de mayo. 

sábado, 30 de mayo de 2015

FELIZ EN TU DÍA


                                  







El lunes, nada más abrir el móvil, apareció un mensaje que me pareció críptico, no por la misiva en sí, sino por el profundo conocimiento de mi entorno que demostraba. Me informaba de que era el cumpleaños de mi abuela Jimena y me preguntaba si estaba en mi ánimo felicitarla. Pues vamos allá, contesté un poco por compromiso. A mí, la verdad, que conozcan mis planes para la noche del sábado, dónde guardo las sartenes, el aceite de oliva virgen extra o los huevos poché, lo paso. Paso incluso por que me sigan por la calle, vean en qué restaurante ceno, la marca de las gafas  de bucear  que uso para pescar pulpo o el contenedor al que arrojo los semisólidos. Pero que sepan el día que cumple años mi abuela Jimena, para la que se detuvo el tiempo y las velas a los treinta y cinco, que ha dejado escrito en su testamento que el que ponga en la lápida su fecha de nacimiento, pierde la mejora y la libre disposición. Pues qué quieres que te diga, mosquea.  Menos mal, pensé,  que como no tiene ordenador, no entra en las redes sociales y ocupa la totalidad de su tiempo disponible en hacer croquetas y ganchillo, no se enterará de que la he felicitado. Pero cual ha sido mi sorpresa cuando me ha llamado mi primo Eliseo esta mañana para decirme que estoy desheredada yo y toda mi descendencia por enviarle por google a la abuela una tarta de cumple llena de velas. Lo de desheredarme me da un poco igual, porque entre todos los que somos y lo poco que tiene, pues casi mejor, me ahorraré impuestos. Pero el come/come que se me ha quedado con la noticia de que google ha llegado a ella a través de sus ganchillo y sus croquetas para entregarle la tarta vía “on line”. Eso, eso no tiene nombre. Eso va contra la Ley de protección de datos, el derecho a la intimidad, la asociación ilícita para delinquir y muchas cosas más. 
¿Es que acaso no hay nadie que nos proteja?












miércoles, 27 de mayo de 2015

SILVIA Y LA ENTREVISTA DE JORDI ÉVOLE


                      
Imagen. Oswaldo Guayasamín. 






He leído tu carta, Silvia,  la que escribiste sobre la entrevista que Jordi Évole le hizo al etarra que asesinó a tus padres. Me he sentido muy mal y he tenido que buscar la entrevista para ver hasta dónde puede llegar un ser humano. Y al verla, ha sido cuando me he derrumbado del todo. 
Mark Twain, dijo que todo aquello que anida en el corazón del hombre, anida en el suyo. “Os conozco”, decía,  “sois ruines, malvados, envidiosos, dispuestos a todo por avaricia, por lujuria, por debilidad. Y os conozco porque soy uno de los vuestros.”
Esas palabras me calaron muy hondo cuando las leí, y me han acompañado durante toda mi vida, en lo bueno  y en lo malo. Cuando he contemplado algo tan maravilloso que me ha tocado el corazón, he pensado: si esto lo ha hecho un hombre es como si lo hubiera hecho yo, porque estamos hechos de la misma pasta, tenemos los mismos instintos, compartimos los mismos deseos. Es de mi raza  y por tanto mío. Me entra una sensación de globalidad humana que me reconforta. Pero cuando encuentro el asesinato, el odio, la crueldad y la barbarie, siento un miedo atroz. Cada nacimiento humano es la promesa de una innovación maravillosa a veces y terrible e incomprensible otras. ¿Sería capaz de hacer yo una cosa así si las circunstancias fuesen las mismas? Y esa pregunta me atormenta. La mayoría cree que no, duerme feliz pensando que son monstruos sin acabar, seres sin alma, sin cabeza, que están en el otro lado. Pero yo no lo tengo tan claro. No es ya la sinrazón de ETA, es que  todos hemos escuchado atrocidades de la guerra civil española, de la posguerra. Las denuncias por envidia, por nimiedades. “Cuando usted mata, ¿que siente?” le preguntó mi abuela a un hombre que la encañonaba mientras saqueaban su casa. “Pues al principio cuesta, no se lo quita uno de la cabeza, pero te vas acostumbrando, y al final es como si fueras al pim, pam, pum de la feria.”
Cuánto he despreciado yo a Bolinaga desde que vi su crueldad con Ortega Lara. Puedo entender  que un ser débil sea manipulado por un monstruo, como le ocurrió a Rekarte, un casi niño de 17 años.  ¿Pero que un adulto disfrute con ello? ¿Estar dispuesto a dejar que muera de hambre por el gusto de hacerlo?
Yo también, como tú, Silvia, me gustaría saber, entender,  entrar en esas mentes y contemplar su odio, sus rencores, poder ponerme en su lugar y decir: ahora lo veo claro. Pero no puedo, no entiendo. Locura es la palabra que utilizamos para constatar que no entendemos nada.
Me contaron que hubo una manifestación en Palestina en la que mujeres a las que los israelíes habían matado a sus hijos, se abrazaron a mujeres a las que los palestinos habían matado a los suyos, porque esa era la única forma que se les ocurrió para poder acabar con la locura del enfrentamiento. Desgraciadamente no lo lograron porque detrás de toda guerra hay dinero, intereses.
Hoy he leído que el libro que ha escrito Rekarte está entre los cien más vendidos. No sé qué decirte. Supongo que nos interesa saber por qué a un asesino no le interesa el nombre de sus víctimas, el rastro del dolor que dejó tras él, por qué ni siquiera lo hizo por odio.
Hannah Arent trató ese tema en su obra “La banalidad del mal”, después de presenciar el juicio a Eichman, el nazi que dirigió las SS y los campos de concentración. Descubrió un tema que aterroriza, y es que personas normales pueden convertirse en asesinos brutales. Esta filosofa judía es odiada por los que prefieren explicarlo todo con esquemas simples que no dejen dudas y no obliguen  a reflexionar. Ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo.
“Lo hacía porque cumplía ordenes” Así, sin más. Qué horrible reflexión.
Solo te puedo decir que ETA ha dejado de matar, que ojalá no haya más hijos que tengan que ver lo que tu has visto, que no tengan que vivir lo que tu has vivido. Me gustaría decirte que esos criminales han sido vencidos con la  templanza, con la persistencia, pero es que no lo sé, es que no lo tengo claro.
Me gustaría que bastara con decirte que ya no habrá más niños sufriendo lo que tú sufriste. Me gustaría, pero no puedo.

Es difícil, lo sé, pero lo único que nos queda después de tanto dolor, es el perdón, la vida, el futuro  y el olvido. De otra forma quizá nunca logremos detener ese odio que crece y crece, que se trasmite de generación en generación, que nunca muere, que aniquila y manipula a otros para sacar tajada. Me gustaría confirmarte que algún día dejaran de existir esos seres banales, numerosos, incapaces de conectar con su propia conciencia cuando reciben una orden, los irreflexivos, los convencidos de su superioridad moral, los que reducen la vida a blanco o negro, pero no puedo.

martes, 19 de mayo de 2015

Programa Feria del libro de Madrid:

Caseta 287 (Editorial Verbum)


29 de mayo de 17 a 21, 30 firmo ejemplares de "Relatos de amor" con otros participantes en el concurso.
30 de mayo de 17 a 21,30 firmo ejemplares de "Atrapados en las leyendas de Madrid" Y "Fotos en el congelador",

4 de junio de 11 a 14. "Fotos en el congelador" y "Atrapados en las leyendas de Madrid"




Caseta 288 (Narval editores)

31 de mayo  de 11 a 14 . "Gus y la casa voladora" y "¡Vuela, Iván!







POR CIENCUENTA CÉNTIMOS.







Ahora que tengo la moral por los suelos me persigue un nigeriano que vende dvd`s  bajo manga. Me parece que es lo que en la época de mi padre se llamaba “estraperlo”. Es que mi padre tenía su propia forma de llamar a las cosas. Por ejemplo llamaba  frizider a la nevera y aeroplano a los aviones, igual que yo llamo tomavistas a los proyectores de vídeo, y radio cassette a un artilugio que yace abandonado en mi cocina. Cada época tiene su forma de designar, por eso mi abuela antes de hablar anteponía el termino en mi tiempo.  No es que vagara por extrañas dimensiones en aquel momento, que tuviera que hablar en pasado como de una antigua vida, es que las cosas cambian tanto que hasta los conceptos se transforman. Pero a lo que íbamos, al nigeriano con los dvd´s me lo encuentro cuando voy a comprar el pan, lleva un gorro de lana aunque la temperatura pase de los treinta grados, también se cubre con un chaleco que por la forma y textura yo diría que es antibalas. Un día me vendió una peli en ruso y desde entonces no me lo quito de encima. El primer día que lo vi le dije que eso no se hacía. “Yo cambiar, no problema” dijo sin quitarse el gorro de lana. Desde entonces me trae la misma peli sucesivamente y en varios idiomas. Se llama Henar y me tiene harta. “Que no quiero películas”, le grito. “Estar bien la cinta, yo comprobar antes.” He tenido que  cambiar tantas veces el dvd que ya chapurreo el ruso y hasta algo de polaco. Sin embargo, desde entonces, nuestra amistad se ha afianzado. Me persigue por las aceras, por los andenes, por las vías y los parques para que le compre. Dice que si en vez de una, le compro dos, me rebaja 50 céntimos. “Una, tres euros; dos, cinco euros. Yo vigilar que esté bien”
Reconozco que a mí así se me gana. No creo que los estafadores de Fórum Filatélico o Afinsa estuvieran tan ufanos de su fechoría como yo cada vez que me ahorro 50 céntimos por comprar películas a granel. “Yo haber vigilar que sean en español”, me dice Henar.
Lloro mucho. Henar sabe cómo sacar la congoja de mis entrañas. Cuando las películas que me vende no tratan sobre una chica que le diagnostican Alzheimer, tratan sobre los padres de un niño desahuciado. “Henar, que no estoy yo para eso” “Ver bien, yo vigilar que no esté en ruso.” Que no quiero películas tristes, ni en ruso ni en croata”. “Mira, tener de vaqueros, detectives, francotiradores, comedias”, me explica mientras se desabrocha el chaleco antibalas y despliega su mercancía. No me suena ninguna y le digo que otro día. Se vuelve a colocar las pelis y el chaleco y me cuenta que tiene lo último, lo que acaba de estrenarse. Le explico que esas no las quiero porque se escucha hasta el estornudo del de la fila de atrás y me contagia. “Yo vigilar no estornudo” Todavía no he descubierto qué esconde tras el gorro de lana pero en cuanto lo descubra, llamo a los de la grúa o a los de la hora, lo que sea con tal de que se lo lleven y me deje en paz. No puedo más. ¿Por qué se me ocurriría comprar bajo cuerda películas, si estoy contra los que trafican con los derechos de autor? ¡Con el daño que hacen!


domingo, 17 de mayo de 2015

BUDAPEST Y RAYANAIR

















El día de San Isidro no lo he pasado en La Pradera, ni en Las Vistillas, ni siquiera he visto a los políticos haciendo campaña. Esa era mi intención al comienzo de la tarde, ante el sol, los pajaritos, las rosquillas tontas y las listas. Ya me estaba yo preparándo para salir cuando se me ha ocurrido abrir el ordenador. Ha sido en ese instante, justo ahí, cuando ha cambiado el rumbo de mi vida. Se ha producido lo que los escritores llamamos “el conflicto”, porque para que se inicie una historia que cambia tu vida tiene que haber un conflicto, y el mío es que se abre una página de vuelos baratos. “¿Por qué no se va usted a Budapest?” Y me entra el cosquilleo. Llamo a mi marido  la mar de ilusionada y nos chafamos el programa entero de “Españoles por el mundo: Budapest”. Un tío que vende cuadros nos enseña el parlamento;  otro, que se dedica a la informática, el paseo por el Danubio; otro, que se había enamorado de una húngara sosísima, los restaurantes de moda.
Nos podíamos ir los dos, cuatro días, tan solo por 350 euros ida y vuelta con hotel cuatro estrellas incluido.”
Abrimos la página de contratación ilusionados. Ponemos nuestros nombres una docena de veces, buscamos el pasaporte, le contamos a Rayanair hasta nuestro más ocultos pensamientos porque nos lo pregunta todo, que si quiere seguro, que si le facturamos la maleta, que si coche. Todo lo dan por hecho, así que tienes que buscar el medio para poner que no sin que se den cuenta, porque si se dan, caduca la página y te dejan empantanado.
 Son las siete y media de la tarde cuando llega el momento álgido, el nudo parece haber terminado, y comienza el desenlace: los datos de la tarjeta.  ¿De debito o crédito?, ¿Master Card o Visa?, y dentro de Visa, ¿electrón o de andar por casa?” No sé, lo normal. “Y dentro de master card…”
Llamo a mi hija que trabaja en un banco para que me oriente pero no me lo coge, le envío un mensaje poniéndola verde por no ayudar a su madre en un momento tan delicado. Está en La Pradera y pasa de mí.
De nuevo caduca la página y hay que volver a empezar. De pronto se abre una ventanita en la parte superior derecha que dice que has superado el tiempo y que mientras tanto ha subido el precio. De nuevo, los datos, las preguntas para pillarte desprevenida y colarte el seguro, el alquiler del coche. Vuelvo a ponerlo todo, vuelven a ponerme los que ellos quieren. Después de varios intentos, logro de nuevo llegar a la fase final, la más delicada: el número de la tarjeta. Se vuelve a abrir la ventanita “Su vuelo ha subido de precio.” Ya no nos importa, el culminar el proceso  se ha convertido  en una cuestión de honor.
Lo siento, el número de su tarjeta es erróneo, dice. Se abre otra ventanita arriba a la izquierda  con la foto de una chica muy mona que se ofrece a ayudarnos, pero es pinchar y desaparecer. Mi marido se rinde pero yo he entrado en un proceso de ansiedad que me  impide dejar de teclear los datos de nuestro DNI, nuestra  fecha de nacimiento, nuestro número de Visa. Aparece un teléfono por la esquina inferior izquierda para comunicarnos que si nos estamos liando, llamemos al 11816 (y que nadie olvide ese número, porque es un número de información de telefónica por el que te cobran cinco euro, solo por el establecimiento de llamada). Casi me da un soponcio y cuelgo. Vuelve a aparecer la chica mona por si tienes pegas. A esas alturas lo único que puedo hacer es aporrear el teclado mientras noto como va saliendo un sarpullido por mi cuerpo. De pronto me preocupa la cantidad de veces que hemos tecleado nuestros datos y los de nuestras tarjetas de crédito. Recuerdo entonces que un vendedor de billetes del Ave me había contado que un anciano en plena vorágine de contratación “on line”había pagado hasta diez billetes de una tacada.
Cierro el ordenador, anulo los datos y apago la luz para que no me vean, sobre todo los de telefónica. Ya son las diez de la noche, la Pradera a rebosar y a mí no hacen más que enviarme mensajes por el móvil los de Rayanair, los de E Dreams, los de Rumbo ofertas. Quizá haya reservado con todos. No me atrevo a abrir el ordenador por si me están esperando para abrir ventanas arriba y abajo.
Tampoco  enciendo la tele, temo que salgan los españoles en Budapest y se meten en mi casa. Me tomo un Lexatín, dos bolsitas de Duerme bien, y una infusión de Relax. Antes de apagar la luz recibo un mensaje, el viaje ya cuesta mil quinientos euros, pero eso sin contar la factura de telefónica.