Textos

miércoles, 3 de junio de 2009

ESTADOS DE ÁNIMO




Unas horas antes de su muerte, a las doce de la noche del día de su santo, Juan Valero decidió escribir una carta de despedida a su amada. Una carta póstuma. Había ido al cuarto de baño, había sacado todas las pastillas del armario y las había ido poniendo en la mesa de la cocina por colores, por tamaños y por densidad. Pensó que la mezcla de barbitúricos, aspirinas, vitaminas, jarabe para la tos, y ginebra, iba a ser suficiente para acabar con toda esa desazón que le oprimía.
Poner fin a su vida después de que Milagros se hubiera marchado con ese hombre; el maestro, como ella lo llamaba, era lo más lógico. Sabía que no iba a ser capaz de sufrir la humillación de despertarse cada mañana sin ella. La mujer que había ocupado el centro de su vida hasta ese momento, le había dejado por un profesor de griego. Un hombre de letras, ilustrado. El hombre que le iba a declinar día tras día el verbo “Lío”. Ese verbo tan raro que se escribía en otro alfabeto. El que le iba a hablar de Agamenón y de Aquiles noche tras noche mientras ella se fuese bebiendo a sorbitos lentos su coca cola con ginebra. ¿Cómo iba a continuar viviendo después de eso? ¿Cómo iba a poder levantarse por las mañanas sabiendo que Milagros estaría desayunando café con magdalenas mientras el hombre de letras le podría estar recitando los versos más hermosos de la Iliada o la Odisea?
Su muerte, después de todo, no sería más que una trasgresión a la normalidad de sus vidas. Les recordaría que no hay felicidad posible si se monta sobre la desgracia ajena. Sólo su muerte lograría hacerles saber que él había sufrido. Confiaba en que a partir de entonces las vidas de ellos no iban a poder ser más que un continuo recuerdo de su fechoría.
Y fue entonces cuando se le ocurrió la idea de escribir esa carta.
Mientras buscaba folios se imaginó a Milagros desencajada cuando la llamara el juez para darle la noticia. “Ha dejado una carta para usted. Una carta póstuma”, le diría. Imaginó su expresión de dolor. Y a él, al maestro, mesándose los cabellos al darse cuenta de que su felicidad se había truncado por culpa de ese hecho tan luctuoso. Diría algo, en latín o griego, claro, cuando la viera echarse a llorar desconsolada, porque comprobaría que a Milagros después del dolor le venía el resentimiento, y después la culpa. Y es que ella se acusaría de no haberlo sabido comprender, de haber sido cruel. ¿Acaso tú, maestro, hubieras sido capaz de quitarte la vida por mí como lo ha hecho él? le preguntaría. Y él, no sabiendo qué responder, se alejaría cabizbajo, derrotado y hundido. Seguramente en ese momento comprendería que ya nunca iba a poder ser feliz con esa mujer eternamente enamorada de un espectro. Y con esa esperanza comenzó a escribir: “Son las doce de la noche del día de mi santo. Me voy, Milagros. Me voy porque no podría soportar un día más sin sentir tus piernas enlazadas a las mías mientras dormimos. Ni podría verte agarrada del brazo de ese hombre que te encandila. Comprendo que no puedas amarme pero debes entender que yo sin tu amor, tampoco pueda vivir...”
Cuando repasó lo escrito hasta ese momento pensó que la palabra encandilar a lo mejor se escribía con hache. Que ella se había marchado con su profesor porque lo admiraba, y no iba a escribir una carta póstuma llena de faltas de ortografía. De esa forma lo único que iba a conseguir era confirmarle que él no era más que un patán, un inculto
Se fue a buscar un diccionario y encontró la palabra encandilar, pero también encontró otras muchas que le gustaron. Encontró engaitar: que significaba engañar con promesas y con palabras artificiosas, embaucar. Y pensó que era correcta, ¿Qué había hecho ese hombre con Milagros si no eso? La palabra le pareció rotunda. Y continuó mirando el diccionario por la misma letra. Y encontró engibar: Hacer jorobada a una persona. Y decidió que sería una buena idea utilizarla. Puso que era mejor que muriese porque si no, a lo mejor le pegaba una paliza al maestro que lo dejaba engibado ya para toda la vida, y que él no se podía hacer responsable de lo que un estado de ánimo le impulsara. Luego miró engolillado: chapado a la antigua. Y escribió que ese engolillado no se merecía a una mujer como ella. Y que lo que pasaba era que ella nunca había sido capaz de quererle, y que lo que había hecho era engarbullarle, porque se había enterado de que eso significaba enredar.
La carta póstuma tuvo varios borradores; un montón de folios arrugados se encontraban desparramados por el suelo. Sentado en la silla de la cocina, envuelto en la bata de dormir, y con la única compañía del ruido de la nevera, fue buscando una tras otras las palabras que mejor expresaban su estado de ánimo. Y fue corrigiendo la ortografía, y trató de mejorar la redacción. Buscó después un libro de lengua, y probó a variar las frases, hacerlas más largas, cambiar de lugar el sujeto. Intercaló palabras homónimas, homófonas, y parónimas. Y así, casi sin darse cuenta, llegó el amanecer y se sintió agotado. Volvió a leer la carta, y se dio cuenta de que aquello era un galimatías que había acabado por no significar nada, por lo que decidió irse a dormir.
Ni siquiera se acordó al acostarse de que le faltaban las piernas de Milagros. Es más, pensó que quizás en el fondo era una suerte poder acostarse solo en una cama tan grande. Abrió las piernas ocupando todo el espacio disponible, y llegó a la conclusión de que menos mal que se le había ocurrido escribir esa carta póstuma, porque de no haber sido así, a lo mejor lo hubieran descubierto a la mañana siguiente “exangüe”, ¿o…quizás tan sólo “extinto”?

3 comentarios:

NIKE dijo...

hi carmen, mira que lo he leido detenidamente e hipnotizado por la imágenes del tal juan..pensé que se iba a suicidar a la primera...la sola primera carta estaba bien no sé por que se hizo tanto rollo..en fin sorprendió y (que bueno) el final, creo que la final la flojera lo desanimó de quedar "extinto" creo que ahora voy a pensar bien las cosas antes de hacerlas je je ya veis que el resultado al final es una vida.
bueno un abrazote!!!!!!!

Carmen dijo...

Hola Nike.
Yo creo que si esperamos un poco y dejamos que las obsesiones se calmen, podemos ver las cosas de otro modo.
Somos taaaantos personajes dentro del mismo disfraz.
Un beso muy fuerte.

leo dijo...

Para que luego digan que no valen de nada los diccionarios.
El único modo que tenemos los obsesivos de calmarnos es saber cambiarnos de tercio, distraer nuestros pensamientos de la obsesión. Eso es lo que nos salva la vida, a veces (pero también lo que nos impide terminar acabar las novelas mucho antes; o acabarlas, en cualquier caso).
Besinchissssss