Textos

domingo, 20 de agosto de 2017

YO SÍ TENGO MIEDO



                                               




No quisiera dármelas de “poriga” (miedosa), pero yo si “tinc por, molt por”. No puede ser de otra manera cuando escuchas las contradictorias noticias sobre los atentados de Barcelona. Además de contarnos mil versiones sobre los hechos, la primera información que se suponía fidedigna y cotejada, fue la que dio el conseller catalán de interior, Joaquín Forn. Dijo que solo había un muerto confirmado, cuando el mundo entero ya sabía que por lo menos eran doce los fallecidos. Si lo hizo para dejar mal a la policía, al gobierno español, a los medios de comunicación o a todos a la vez, lo desconozco, pero que aquello fue una gran mamarrachada, no me lo pueden negar.
Aunque lo peor no fue eso, sino que los terroristas vivían o se reunían sin ningún tipo de problema en una casa okupada, hecho que por otra parte empieza a ser la mar de común en nuestro país, con el peligro que eso entraña. Tanto es así, que a los okupas los conocía todo el mundo, no en vano llevaban meses metiendo bombonas de butano en el chalet sin llamar la atención de los Mossos. Dicen que hasta llegar a la cifra de ciento seis bombonas. Cuentan los vecinos de la izquierda, que incluso les preocupó que les pudiesen robar electricidad, luz o internet. Para que algún extranjero puede entender este surrealismo, habría que remontarnos a nuestras leyes, la gran posibilidad de dar una patada en una vivienda ajena y hacerse fuerte dentro. De lo mucho que tardan los tribunales en echar a un okupa y de lo fácil que lo tiene los terroristas en este momento para ocultarse. Lo sabe todo el mundo, hasta el vecino de la derecha, okupa también, al que han entrevistado para pedir su opinión. Ha dicho que los chicos que se reunían en el chalet eran majos pero silenciosos. Contó que, minutos antes de la explosión, saludó a uno de ellos que estaba en la terraza. Dice que cuando estalló el chalet de… ¿nadie? ¿de un banco? él salió volando hasta el segundo piso de su casa okupada.
A los mossos d´esquadra ni se les pasó por la cabeza que pudiera tratarse de un arsenal yihadista, más que todo porque estábamos en alerta 4. Lo dejaron estar como un simple arsenal de droga o algo por el estilo, nada de enjundia.
Cuando los yihadistas se pusieron cinturones de explosivos en Cambrills para asustar a los policías por si la cosa se ponía mal, debían desconocer que los mossos no se asustan así como así, y disparan sin encomendarse a dios ni al diablo, explote el cinturón o no. La suerte fue que los terroristas iban de farol.
En fin, todo es un despropósito. Tampoco entiendo cómo después de haber perdido a tres atacantes, en espera de detenerlos, sabiendo que son peligrosísimos y que están desesperados, animen a la población a ponerse chula y salir a la calle a decir que no tienen miedo, que qué va a pasar porque unos locos anden sueltos con posibles cinturones de explosivos en medio de la multitud. Si llegan a ser de los que se inmolan...
Del Imán que vivía en Ripoll, una población pequeña, que no digo que lo fuese tanto como para que se reunieran el médico, el farmacéutico y el Imán para jugar a las cartas, pero casi, porque lo conocía  todo el mundo. De eso ya ni hablo.
Que sí, que parece que todo está controlado, pero esto me recuerda al chiste en el que un hombre está a punto de caer por un barranco y una voz le dice que se arroje sin miedo porque él es el padre celestial y lo recogerán todos sus ángeles en la caída. A lo que el hombre contesta: Gracias, pero… ¿hay alguien más?


sábado, 12 de agosto de 2017

BALADA DE AGOSTO

Imagen:Chema Madoz



Llueve, pero no detrás de los cristales, como decía Serrat. Llueve sobre las cortinas de mi dormitorio. No llueve sobre los chopos medio deshojados, ni sobre los pardos tejados. Llueve sobre la taza del wáter, sobre mi colcha de rayas, sobre mis zapatillas y mi batín. Llueve sobre el móvil y sobre el e-book. Llueve y llueve. Tampoco lo hace en otoño sino en pleno agosto. Ni siquiera te podría contar que está quemándose el último leño en el hogar, porque lo que está quemándose es mi paciencia. He avisado al administrador de mi apartamento numerosas veces, le he dicho que la obra que hicieron en la fachada hace tan solo tres años y dieciocho mil euros por barba, fue una gran pifia. Pero él es de los que siempre dice que sí. Sabe dar buena impresión. Se ha debido estudiar todos los manuales de asertividad, por lo que resulta imposible enfadarse. Invariablemente, cuando entro furibunda en la oficina, mira tú qué casualidad, le he pillado hablando con la empresa que va a venir a reparar mi avería. Yo, para no ser menos, me ha apuntado a un curso de comunicación no violenta. Le digo con una sonrisa esplendorosa, que en mi casa entra agua, ya no solo cuando hay gota fría sino cuando menos te lo esperas. Entra el agua en el dormitorio y en el cuarto de baño, por debajo del armario. Él sonríe con unos dientes blanquísimos y me dice que está en ello. Me explica que va a enviar a unos escaladores para que se suban a mi piso, el veinticuatro, y arreglen lo que sea menester. Y yo no vivo pensando en los escaladores, en la lluvia, y en la sonrisa encantadora del administrador.
Temo mucho a los que jamás pronuncian un no, porque, no solo no te cogen el móvil por mucho que insistas, sino que cuando te ven entrar en la oficina echando espuma por la boca, se te comen a besos y te dejan descolocada.
Es agosto. Me entró el tembleque nada más ver el cielo cárdeno y los rayos acercarse hacia mi casa en plan broncas. Fue a media noche, sentí gotas de lluvia sobre mi cabeza. Luego arreciaron de tal forma que casi me ahogo. Pensé que por fin se había conseguido el trasvase del Ebro, porque jamás había visto tanta agua junta y, mucho menos en mi lecho. Aquello no era normal. Tiré toallas y barreños encima de la cama, en el suelo y en el cuarto de baño. Gracias a que no era gota fría, dejó de llover al momento, y yo de temblar. Hoy le he enviado al abogado de mi seguro el vídeo que hice. Los ha debido amenazar con un juicio sumarísimo, si es que todavía existe algo rápido en nuestro país. Esta tarde, mientras duermo la siesta, escucho golpes en la fachada, supongo que son los escaladores, pienso en asomarme, pero me abstengo. Arrebujada entre las sábanas intento dormir. Sueño que se desploma el techo dejando entrar al administrador con una manguera dirigida a mi cara.  Me ahoga sin cambiar el gesto, con su sonrisa de dientes inmaculados.
Esta noche no se espera lluvia sino las Perseidas.
¿Lograrán entrar por mi fachada? El administrador me reconforta anunciándome que está en ello.


martes, 8 de agosto de 2017

DESCONCENTRADA PARA EL TERROR


IMAGEN: RAFAL OLBINSKI



Están pasando tantas cosas últimamente que se me acumulan los miedos y se quedan en nada. Ya ni me asusto cuando el siniestro de mi vecino de garaje se esconde tras una columna para saludarme de soslayo. Antes, cuando lo descubría tras la puerta del maletero trajinando, me subía en el coche y arrancaba a toda velocidad por si sacaba la motosierra, escondía un cadáver putrefacto, un arma fratricida o un móvil dentro de la rueda de repuesto. Dicen que es un lugar ideal para infidelidades. Yo, la verdad, lo veo complicado. Pero ahora, después de todo lo que llevo escuchado este verano, ya ni me importa, hasta le doy conversación tras la columna o tras su capó. Y es que una no puede con todos los acontecimientos que suceden alrededor. Los catalanes, sin ir más lejos, me tienen muy preocupada, no porque se quieran separar, sino porque se llevan de pena los unos y los otros. Ya me dirás qué pinta Ana Gabriel de la CUP y la independentista Alba Tous, presidenta de la joyería Tous. En cuanto se independicen, se lían a gorrazos por incompatibilidad de caracteres. Si los Pujol se llevaron el dinero crudo y no pasa nada, pues que no pase. Ese ya no será mi problema. Si echan a los turistas y ponen un mercadillo en la Sagrada Familia, pues a lo mejor recaudan lo perdido.
Mi problema hasta hace poco era Kim Yong-un. Mi hermano dice que no tiene armas nucleares, que va de farol, que son petardos de fiesta camuflados. Pero si fuese así, los americanos no enviarían sus flotas, ni Trump se pasaría la vida amenazando al coreano por twitter. ¿A qué no?
 El caso es que cojo el periódico con una mano enguantada para que no me contagie, y continúo leyendo. Trump además de estar muy enfadado con Kim Yong-un, se ve que también lo está con todos, es un estar mal y enfadarse porque sí, y se pone a despedir “a calzón quitado”: fiscales, miembro de la inteligencia, ayudantes, militares…, un desmadre. Claro, como allí no tienen que indemnizar con 20 días por año trabajado, despide sin resuello, aunque no a tantos como Maduro, que a ese no le duelen prendas, no solo invade, ataca sedes, secuestra, pega tiros…, sino que luego busca a los invasores atacantes, secuestradores y tiradores como si la cosa no fuese con él. Los podemitas y las podemitas mantienen un sesudo silencio al respecto porque eso no son más que mentiras de fachas. Rajoy tiene lumbago de tanto como se mueve, en círculo, por supuesto, pero eso también debe lesionar. Putin es amigo de Trump pero en plan colegui, no en plan EEUU and URSS.
Las mafias campan a su aire aprovechando las guerras y el hambre sin que nadie ponga fin al dinero que las mueve, léase paraísos fiscales y demás. De los yihadistas ya ni hablo.
Y son tantos y tan espantosos los presagios, que ya no sé a quién dedicar mi insomnio. Ando sonámbula y derrotada por los pasillos buscando algún tema para concentrarme. Creo que va a ser mejor dedicar uno por noche: esta noche, se lo dedico al vecino del garaje, más que todo por la proximidad; mañana, a los petardos o bombas atómicas de Kim Yong-un; pasado mañana, a Nostradamus, que era un lince vaticinando futuros desoladores. Así, por partes, el susto se hace más terrorífico. Y es que todo a la vez, como que se diluye, y una acaba pensando tan solo en el calor.

Ché, qué caloret fa.