La
tía Aurelia me llama para que le diga qué debe meter en el kit de primeros
auxilios. Ella es muy de guardar y tiene recopilados periódicos de la guerra
civil española. Le he dicho que, mira tú por dónde, son útiles en estos momentos,
y que si los lanza a redes se viralizan.
Pero no sabe de qué le hablo y continuamos con el kit.
Por
mucho que hayamos evolucionado, como los primeros auxilios de los neandertales,
ninguno, le explico. Ellos no hablaban de física cuántica para sobrevivir, ni
falta que les hacía. Eran homínidos prácticos. Con dos piedras y paciencia, ya
tenían su kit. Nosotros es que necesitamos un montón de cosas.
Aurelia es una Diógenes ordenada, agrupa los
periódicos por años o por sucesos, depende del día. Algunos, incluso por
asesinatos, los más cruentos primero, pero mantiene un orden caótico por lo que
no puede pretender que yo le aconseje.
Cuelgo
el móvil pensando que la he convencido, pero no. insiste. Dice que en la tele
ha salido un hombre que aconseja meter en el kit seis vendas. Eso supone que me
voy a lesionar seis veces en setenta y dos horas y por tanto, también necesito
agua oxigenada, betadine y alcohol.
No
creo que te lancen los rusos tanto misil, ya sería mala idea, le animo
Eso
digo yo, con una venda y unas tijeras me
apaño.
Agua
embotellada, mínimo 5 litros. Yo no bebo tanto, y para la guerra no me pienso
dar un baño de espuma, me explica. ¿Y las barritas adelgazantes? las veo una frivolidad. Ah, y una radio de pilas. Pero
si eso ya no lo tienen ni los nonagenarios. Bueno, le digo, pero te sirven para
la linterna.
Yo no
uso linterna, uso la del móvil, me dice convencida, le explico que no habrá
móviles porque no son elementos bélicos y nos los confiscarán. Se enfada. O sea
que no podremos hablar mientras llega la invasión. Pienso que no, además eso sí
es una frivolidad. Pues, qué quieres que te diga, lo haría mas llevadero. Asegura
que no piensa jugar al Candy Crush, en
esos momentos tan luctuosos, pero que sí comprará papel higiénico como en la
pandemia... De pronto nos acordamos de la pandemia y cambia nuestro humor. Me
pregunta que cuántos se forraron con la nimiedad de las mascarillas. Yo
continuo a lo mío a ver si la despisto: combustible, cerillas, un hornillo para
hacernos una fabada asturiana. Quizá la fabada desdramatice el instante, le
insinúo para sacarla del recuerdo del Covid19 y las ventajas de aislarnos.
Le propongo
de pronto que tire a la basura los periódicos del asesinato de Kennedy, que
haga hueco para las mochilas de salvamento. Aunque una muda sí, por si te sacan
entre los escombros con las bragas agujereadas. Sería una vergüenza familiar. Mientras
le hablo, ella continua con las ganancias de los políticos y adláteres en la
pandemia. Trato de desviar de nuevo su atención. Le hablo de las latas que debe
apilar en la despensa: de espárragos mejor que de anchoas. Las de anchoas dan
sed y los barriles de agua se acaban antes.
Continuo con los avíos para no pasar hambre y
ella dice que no, que nos la están colando de nuevo. Que sí, Aurelia, que lo
importante es no pasar necesidad mientras nos devastan los drones cargados de
proyectiles. Un hornito con botella de gas, dos sartenes, una lupa. por sin se
cuela una mosca en la fabada, tijeras, bobina de hilo de varios colores, por si
te sale un agujero en el calcetín de pronto. Un libro largo, “En busca del
tiempo perdido” de Proust, por ejemplo.
Se
le pone la voz triste y dice que es todo mentira, que lo que quieren es
asustarnos para que gastemos en defensa lo que necesitamos para salud y
educación, y repartírselo ellos, como ya hicieron con la pandemia.
Me
quedo pensando y asiento, pero no me ve porque hablamos por el móvil.
Hemos
llenado tres paginas de necesidades con letra pequeña e interlineado sencillo y
no tenemos ni para empezar.