sábado, 21 de enero de 2017

UNA MALA NOVELA



                                                 




Fernando se despierta porque algo debajo de su almohada le incomoda, es algo duro que se le mete en la oreja cada vez que da una vuelta. Introduce la mano  y descubre una pistola del nueve largo. Respira profundamente y piensa que deberá utilizarla, aunque nadie le ha enseñado a disparar. Es muy propio de él, piensa. Ni siquiera ha tenido la perspicacia de mostrar la pistola unos capítulos antes, ni de enseñarle a usarla, pero eso sí, como él es muy de prontos, habrá decidido que se convierta en el justiciero de Alabama la noche anterior. ¿A ver cómo lo consigue?, porque lo cierto es que lo creó en Albacete y tiene que currarse el trayecto a prisa y corriendo para llegar a tiempo a su destino, piensa. Luego Fernando se tendrá que ir a desayunar: tomará café con leche desnatada, tostadas y un poco de margarina. Más adelante se afeitará de forma parsimoniosa, lenta, cachazuda, tranquila, minuciosa, y se lavará los dientes uno a uno, porque no ahorrará ni una sola nimiedad de su vida. Piensa que lo del arma debajo de la almohada habrá sido por alguna película que vio antes de acostarse, o por un mal sueño. ¿Qué sabrá él?
Y es que Fernando Cantalapiedra es el protagonista de la novela que Eusebio Cantó está escribiendo esa mañana. Fernando se sabe plano, absurdo, de prontos y arrebatos. También sabe que no es la primera vez que le hace una cosa así: está acostumbrado. Lo ha creado cobarde, pusilánime, cojo y tartamudo. No le ha enseñado a pelear, pero sí a desayunar, lavarse los dientes y merodear por sombríos bosque henchidos de nieve o a asomarse a herrumbrosas ventanas a cada momento. Fernando Cantalapiedra no sabe pelear, ni siquiera recuerda cuando Eusebio le ha podido meter el arma debajo de la almohada, pero sabe que la usará cuando menos pegue, quizá mientras se afeite o cuando se encuentre con el pobre portero que no tiene ninguna culpa. De este hombre no hay quién se fie, piensa, y continua poniendo margarina a la tostada. Ya hay más margarina que pan, pero Eusebio está enjugascado con los adjetivos; envasar, embadurnar cubrir, engrasar… Mientras Eusebio se pierde en divagaciones, Fernando pasa hambre, no puede darle ni siquiera un mordisquito a la tostada. Y lo malo es que Eusebio, el autor, no deja de vender ejemplares y de conceder entrevistas. Su anterior novela va ya por la cuarta edición, y él, Fernando Cantalapiedra, será un hombre de los que hablara todo el mundo. ¿Qué por qué lo sabe?, pues porque es el protagonista de su decimo cuarta novela: un protagonista absurdo, confuso y desconcertante, que lo mismo mata con un revolver del nueve largo, con una flecha de indio, o  con un cuchillo jamonero, aunque eso sí; afilado, cortante, incisivo, agudo… que  acaba de descubrir debajo de la almohada en el capitulo noventa y cinco.

Un día se revelará, un día se negará a continuar por esos derroteros, pero mientras Eusebio acumule premios, entrevistas y superventas, Fernando tendrá que continuar poniendo margarina a sus tostadas y descubriendo pistolas, flechas catanas y cuchillos en sus manos que ni sabe de dónde han salido ni las sabe utilizar.

martes, 17 de enero de 2017

NOSOTROS MISMOS




                                               








Desde hace un tiempo tengo la sensación de que ando solitaria por la vida. No es que no haya gente a mi alrededor, hay mucha pero van a su bola. Cada día encuentro más personas que hablan solas. Desde que me compré las gafas de espejo tengo menos cuidado a la hora de mirar. No digo que no haya mucho móvil escaqueado en la oreja con pinganillo incluido, ni que estén las calles hasta la bandera de gente que chatea o mejor, guasapea, pero todavía quedan solitarios parlanchines.
 Me bajé un audio para relajarme que insiste en que si dejo de pensar dejo de sentir. Es decir, que primero viene el pensamiento y con él la emoción. Es cierto, pero reconozco que es muy difícil dejar de pensar. Quizá es por eso por lo que me encuentro por las aceras, los bares, los jardines y los autobuses, a gente indignada que se cuenta sus afrentas, o las afrentas que imagina una y otra vez. Y lo peor es que se indignan cada vez más alto, a veces con malos modos. Y yo, que soy curiosa por naturaleza, acerco la oreja lo más posible. Me gusta saber qué es lo que se cuentan para sufrir tanto. Ya no solo nos inventamos los hechos para salir indemnes de cualquier situación, es que la película es cada vez más truculenta y tiene menos que ver con la realidad.
El otro día una señora casi se pega. Fue muy violento porque discutía consigo misma. Era un manipular sus propias palabras para convencerse de algún agravio ancestral que le había sobrevenido al echarle las cartas una vidente en el Retiro. Le había dicho que un extranjero se iba a presentar en su vida para ponerla patas arriba. A cualquiera nos hubiese gustado el vaticinio. Yo, sin ir más lejos, hubiese imaginado a un danés de grandes ojos claros, estatura considerable y yate aparcado en el estanque, trasformando mi vida para acercarla a un palacete de esos que salen en El Hola con 300 habitaciones y 1500 baños solo para invitar amigos y presumir. Pero esa mujer debía tener una visión negativa del mundo y de los extranjeros, por lo que casi le tira la mesita con tapete incluido a la vidente por haber vaticinado el giro en redondo de su existencia. Me hubiese acercado para consolarla, para explicarle que se lo estaba montando todo ella solita, y que con hacer las paces consigo misma, el foráneo le traería la esperanza. Me contuve porque si ve que una señora con gafas de espejo le lee el pensamiento; el desasosiego y su negatividad, hubiese descargado su furia contra mí.
 Y es que vivimos en nuestro mundo, con nuestras cosas, con nuestro pareceres y nuestros argumentos. Cambiamos las sugerencias de los otros según el estado de ánimo que tengamos en ese momento o la actitud a la que nuestro organismo tienda. Nos importa un pimiento las opiniones de los otros a no ser que se parezcan a las nuestras, nos reafirmen y nos completen, y de ese bucle en el que nos movemos es difícil  salir.

Los observo con mis gafas raras y me pregunto si cuando dejo de cotillear a los demás, también hablo sola, y me enfado, y me estreso, y acabo derrengada de tanto sufrirme. Algunas veces veo a alguien que me mira condescendiente y pienso que sí, que acabo de hablar sola y además me he tratado con crudeza. La pena es que cuando nos muramos no nos habremos enterado absolutamente de nada porque todo estaba en nuestra manipuladora mente. ¿En ese caso nos reencarnaremos o nos iremos al limbo? ¿Que lo han quitado? Pues vagaremos cabreados para siempre jamás.   

martes, 10 de enero de 2017

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA Y EL RATÓN PÉREZ

                                              








Me siento un poco obsolescente. Todo empezó ayer, cuando fui a  IKEA a sustituir una de las cuatro sillas que tengo en la cocina: se había despachurrado, bueno, desencajado, el despachurrado fue el que estaba sentado en ella.  Lo primero que me sorprendió fue el color. Ya no quedaban color abedul, solo quedaban de color roble y otras posibilidades que no contemplaba. Oye, una nimiedad pero que joroba. La dependienta me había informado de que las de color abedul las habían descatalogado. No teníamos más solución que comprar otras cuatro iguales y tirar a la basura tres si queríamos mantener una cierta armonía en la cocina. Nos quedaba también la posibilidad (último grito en decoración, ahora comprendo por qué), de poner cada silla de su padre y de su madre. Pero aún así, se debe mantener un equilibro, un cierto desorden ordenado; por ejemplo dos color naranja y dos color abedul, más que todo por no tirar tres así, a lo tonto. Decidí intentar hacer una chapuza con la estropeada y continuar con la gama de los abedules hasta nuevo despachurramiento. Pero eso solo demostró lo atrasada que me encuentro con las nuevas tecnologías y planteamientos consumistas, porque también habían descatalogado la copa de vino rota, la taza de te, los platos de todos los días,  y más adelante, en “O Gato Pretto” el vaso de agua color ámbar, “descatalogado, señora”. No es que no tuvieran otros, pero…, “mire usted, es que los de color ámbar no creo que vuelvan”. El extractor de humos nuevo se queda cojo con el embellecedor de la cocina, y el fabricante ha descatalogado el modelo. Dicen que todo se debe a la obsolescencia programada, no van a permitir que mantengas una vajilla más de dos años, pues estaríamos buenos. Tampoco una secadora, ni un horno. Vale, si yo comprendo que hay que vender a troche y moche, pero da no sé qué ver en el trastero vasos, platos, sillas, hornos, armarios y demás familia. Todos se hallan arrinconado por culpa de un pequeño desconchón, una pieza que ya no se fabrica, un tornillo…, en fin, una parte mínima de un todo ya inservible. Y así, entre mitades y descatalogo, nuestra vida ha sufrido un derrumbamiento sin precedentes. Esta mañana me ha dado un calambre en la pierna pero no se lo he dicho a nadie. Quizá yo también tenga obsolescencia programada y si me voy a un hospital a lo mejor me dicen que ya no quedan piernas, ni brazos, ni dientes para mí, que los han descatalogado. A lo mejor mi familia me tiene que cambiar entera, o mezclar con otra para mantener una cierta armonía en el ambiente.

A lo mejor ese es el motivo de la cantidad de divorcios y separaciones que hay.  Somos unos obsolescentes programados y cada día duramos menos. No pienso contar  a nadie lo del calambre de mi pierna, y he convencido a mi nieto de que ni se le ocurra contarle al ratoncito Pérez que se le ha caído un diente. Voy a pegárselo a la encía lo mejor que pueda, no vaya a ser que también esté programado para la obsolescencia y acabe en el trastero.

viernes, 6 de enero de 2017

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS

                                               








Siempre pensé que envejecer sería horrible. Me deprimía mucho imaginarme mayor. No soportaba fantasear con dolores y arrugada, pidiendo compañía y haciéndome la simpática para que no me dejaran sola.
Quizá cuando eres joven tu superficialidad llega a tal extremo que hasta los límites los estableces demasiado pronto.
En enero cumplo años y como se acaban de marchar los Reyes, tengo la sensación de que son ellos los que me los van quitando a poquitos, que se están llevando sigilosos mi juventud, por la noche, entre balcón y balcón, mientras dejan bicicletas y Barbies, mientras engullen peladillas que los niños les han depositado en sus zapatos. Luego se marchan a Oriente con el año que me han quitado, con los  dulces de los niños, con las copitas de licor. Por eso, siempre que abría el balcón, pensaba en la perdida de la lozanía, de ese esplendor que se iba oscureciendo, tan importante para una joven, y pensaba también que si los Reyes y enero continuaban a ese ritmo, pronto dejaría de caberme la ropa, se me formaría una pequeña calva en la parte posterior de la cabeza, perdería las llaves y pasaría días y días acusando a todo el mundo de habérmelas quitado a mala idea, que acabaría  descubriéndolas en el congelador, junto con los guisantes y las espinacas, que cuando me interrumpieran en una conversación, perdería el hilo y me quedaría como alelada. Que me extraviaría por la calle y hasta olvidaría como funciona el Google Maps. Que los zapatos que usara tendrían que ser planos y con plantillas.
Hoy de nuevo han llegado los Reyes, esos que se han llevado año tras año mi juventud. Pero por primer vez me he dado cuenta de que debajo del sofá, casi escondido,  habían dejado algo, un regalo valioso pero pequeño. Un regalo que se perdería si no era capaz de verlo, que se desharía como polvo si no lo recogía a tiempo.  Y ese regalo ha consistido en darme cuenta de que las arrugas han salido de tanto reírme, de que los michelines se han formado de tanta sabiduría acumulada en la cintura y en la tripa, que me siento tan llena que ya ni me abrochan los cinturones. Se me ha metido la experiencia hacia adentro y me he dado cuenta de que ahora es muy difícil hacerme sentir culpable o manipularme, que gano olfato para detectar a gente tóxica aunque lo pierda para percibir que se me están quemando las lentejas. Que a cambio de mis dioptrías me han dejado una visión panorámica de las cosas, y que aunque cada vez me cuesta más ver las hojas, observo con más nitidez el bosque. Que aunque tengo que renunciar a los tacones  mis pasos son cada vez más seguros, que me avergüenzo menos y disfruto más. Que no aguanto una noche de fanfarria pero que lo paso genial con un libro o imaginando los asesinatos que pienso cometer en mi nueva novela. Que tengo un imán que me dirige hacia aquellos que me aportan experiencia, conocimientos, comprensión y risas. Que desde la perspectiva que los Reyes me han ido dejando año tras año, doy un giro en cuanto huelo a un vampiro emocional, a un envidioso, a un criticón, a un victimista. Que me siento bien cuando estoy sola y también cuando estoy acompañada, que las buenas conversaciones y las risas se comparten con los que las tienen y no están relacionadas con la edad. Que hay jóvenes soporíferos y mayores que saben detener las horas con sus ocurrencias, su cultura y su alegría. Siento que esta etapa de mi vida, como aquella otra en su momento, merece la pena ser vivida y disfrutada, que puede ser corta, que llegaran los achaques pero también sé que es el bosque, con su profundidad y su negrura, el que aporta una visión panorámica y apasionante de la vida.
Ahora comprendo por qué los indios y algunas tribus consultaban a sus ancianos los problemas diarios. Y es que cada pérdida, arruga o michelín, trae su magia y su relleno.



sábado, 31 de diciembre de 2016

LA ETERNA JUVENTUD, LOS TELÓMEROS Y LA TÍA TELESFORA



                       






Todos los años viene a tomarse las uvas con nosotros la tía abuela Telesfora. Nadie tiene muy claro a qué rama pertenece pero nos hace ilusión. Es un poco por tradición y otro, porque no viene a celebrar un nuevo año sino a celebrar su pérdida. La tía abuela suele perder años en vez de cumplirlos y cada vez está más... ¿cómo diría yo?, más embalsamada. Ella no lo cree así y se mira al espejo con ilusión. ¿Cuántos años me echas?, le pregunta a mi hermano Raúl, incapaz de dar una mala noticia ni aunque participara en un pelotón de fusilamiento. “Pues uno menos que el año pasado”, le contesta mientras le arranca el jamón de pata negra que trae envasado al vacío y con el que nos obsequia cada año.
La esperamos siempre con regocijo porque en vez de comerse las uvas una a una, las vomita una a una, y lo hace con una pericia digna de encomio. Dice que le da suerte. No es fácil, por supuesto, pero ella domina el acto de descumplir, desandar, desenvejecer y desdormir. Dice que le están saliendo los dientes, que recupera dioptrías, que crece cada año un poco más, que el pelo se le ennegrece. En fin, que cada cirugía, implante o acido hialurónico que se inyecta, lo llena de fantasía. 
La cirugía que se hizo el año pasado la dejó un poco "inamovible", como los muñecos de los chinos, esos que a ellos les traen tanta suerte y que solo mueven un brazo de arriba abajo mientras el resto del cuerpo se mantiene rígido. No sabemos a ciencia cierta qué es lo que trae buena suerte a los chinos, pero la familia aprovecha para pasar por su lado y acariciarle la espalda, el brazo movible, el encogido, el cogote dorado... No sé, es difícil saber lo que trae suerte a los chinos, y nosotros por si acaso la manoseamos disimuladamente. No suele cambiar nuestra suerte porque la toquemos, como no le cambia a los que compran lotería en doña Manolita, pero nos preguntamos qué pasaría si no lo hiciéramos ¿Se nos pifiaría  el año?, ¿un poco más? No sabemos.
Este año esperábamos al jamoncito y al muñeco chino con gran expectación, cuando sonó el timbre de la portería. Raúl regresó la mar de ilusionado. “¿Quién es?”, preguntó el tío Ramón “Una chica impresionante” contestó él sofocado. “¿Has abierto?, cabeza de chorlito”. “Sí, porque asegura ser la tía abuela Telesfora “¿Telesfora? Ya te han timado. Seguro que es una banda de rumanas, polacas o austrohúngaras  dispuestas a robarnos.”
Y así, en plena pelea y divagaciones sobre el imperio austrohúngaro y la civilización grecorromana, sonó el timbre de casa. Telesfora nos dio su santo y seña y la dejamos pasar: vestía pantalones de mezclilla, cazadora de cuero, botines de ante y blusa blanca de seda. Tenía el pelo rojo y los labios brillantes. Este año había descumplido, no uno sino varios años. “Ahora tengo dieciocho y ahí me voy  a plantar”, nos explicó dejando la cazadora en el perchero y dirigiéndose a la cocina para dejar  el jamón envasado. No quiso tomarse las uvas ni vomitarlas. Dijo que así estaba bien. Luego nos confesó que había participado en un programa nuevo y secreto que se llamaba “Ratón Matusalen” y estaba dotado con tres millones de dólares: consistía en reforzar los telómeros para evitar el envejecimiento en el ADN de las células. Nos habló de biología, de neurociencia, de un novio nuevo que estaba probando en ella lo que otros probaban con ratones. Nos contó que los telómeros son comparables a los protectores de plástico de los cordones de los zapatos en sus extremos, que evitan que los cromosomas se deshilachen y se peguen entre sí cada vez que hay división celular. La charla fue larga; nos perdimos las uvas y el programa de fin de año, pero no importó porque todos soñamos esa noche en telómeros.
La tía Telesfora después de bailar reguetton, salsa, zumba, skybeat y tangos se había marchado a las cinco de la mañana
Nos enteramos al día siguiente, se  había resbalado al cruzar la calle y un coche la había atropellado. No se pudo hacer nada. Murió en olor de juventud y más borracha que una cuba.
Desde entonces no hemos parado de buscar al amigo investigador de telómeros para ver si nos podemos ofrecer de ratones de investigación, no por los tres millones de dólares, que también, sino por lo de descumplir años. Por ahora no nos han dado rezón. ¡Qué mala suerte!, tendremos que seguir tomándonos las uvas, cumpliendo años y envejeciendo sin siquiera el consuelo del jamón de pata negra.



FELIZ AÑO NUEVO Y QUE VENGA LLENO DE TELÓMEROS