Textos

lunes, 23 de abril de 2018

FEMINISMO





El feminismo ha logrado partirme en dos, como la verdad y la postverdad. Por una parte pienso que si no te radicalizas, nadie te toma en serio. Las feministas más exacerbadas de finales del XIX y del XX lograron que artículos como el del código civil que proclamaba, sin ápice de vergüenza, que la mujer obedecería al marido y este la cuidaría, fuesen erradicados. Y no se hubiera logrado de no haber sido por los movimientos radicales que lograron mover las conciencias. Con paños calientes se consigue poco. Las buenas palabras no sirven para erradicar paradigmas incrustados desde siglos. Pero también es verdad que todo movimiento que ataque o ningunee al otro, que lo degrade y lo convierta en victima de agresiones, no es más que un movimiento nazi y peligroso. De nuevo el término medio, ese que proclamó Aristóteles a los cuatro vientos. La mujeres hemos sufrido ninguneo y agresiones desde la infancia, no lo voy a negar, pero también es cierto que algunas, aprovechando la situación mediática del momento, han atacado sin piedad a hombres que no se lo merecían, solo porque coyunturalmente tenían la sartén por el mango, y lo que es más duro, cuando se ha demostrado la falsedad de sus denuncias, no ha caído todo el peso de la ley sobre ellas o por lo menos no hemos sabido de ello. No se les ha dado la publicidad necesaria. Conocemos casos por la revistas, nos escandalizamos, pero cuando la sentencia les ha quitado la razón porque se ha demostrado la falsedad, no hemos visto los mismos titulares, la misma presión, ni la misma contundencia. He leido que diariamente hay 400 denuncias falsas como media. Somos mujeres, es cierto, pero también somos madres, hermanas, amigas, y sabemos las artimañas que algunas mujeres emplean contra los hombres para conseguir la patria potestad, un buen convenio regulador o una buena prestación de alimentos. Desgraciadamente viví con sufrimiento el caso de una amiga, la cual logró desenmascarar a su nuera gracias a una pura casualidad que puso en evidencia su mentira. De no haber sido así, su hijo hubiera permanecido en la cárcel. Se solucionó el asunto, pero esa mujer, no tuvo la presión mediática ni la reclusión que habría sufrido su víctima de no haber sido porque mientras la mujer denunciaba a su marido por presentarse en su casa amenazándola e incumpliendo la orden de alejamiento, un matrimonio pudo ver al marido a muchos kilómetros de distancia, estudiando frente a la ventana de su casa. Su denuncia logró desenmascarar esas y otras mentiras que fueron investigándose gracias a la casualidad de aquel día, en aquella ventana. Y esa coartada que el chico no creía tener, apareció de pronto. La policía, decidió poner una trampa a la mujer y descubrió otras muchas falsedades. Y si no hay justicia, no hay feminismo que valga. Rompería una lanza por al movimiento feminista, pero siempre que no lleve en su interior la injusticia y el dolor de padecerla. Mujeres sí. Ya es hora, pero justicia para las que se aprovechen del movimiento feminista para degradarlo con sus mentiras. Me he enterado que le han dado el premio Filoxera del ayuntamiento de Jerez a una mujer que defiende el feminismo pero no traga por la mentira. Pide la igualdad real. Decidió presentarse para explicar sus razones. No gustó. La abuchearon, intentaron acallarla, no la dejaban explicarse porque no querían la verdad, como si la verdad nos hiciese menos fuertes. Ella habló y me alegro. Estamos inmersos en una postverdad que no es más que la mentira asquerosa de toda la vida, y lo que es peor, queremos creérnosla y no admitir que tiene matices.

sábado, 14 de abril de 2018

LLAMADAS CON FILTRO

                                               




Antes, me refiero “al jurásico”, cuando no se había impuesto todavía el whatsApp, llamábamos por teléfono a lo vivo. Era un “aquí te cojo, aquí te pillo”. Es cierto que tenía sus inconvenientes, porque a veces te pillaba tu prima Secundina, pongo por caso, en plena elaboración de una tortilla de patatas, y aquello se acababa convirtiendo en un ladrillo deconstruido, por no saber cómo quitártela de encima. Los había que se enrollaban como persianas, con una cadencia tonal que te iba adormeciendo hasta dejarte huérfana de reacción. Resultaba peligroso y extenuante, lo reconozco.
Luego llegaron los teléfonos con información de número, y tú, si no te veías con suficiente ánimo y energía para enfrentarte al interlocutor en ese momento, lo aplazabas. Pero jamás dejabas de devolver una llamada si no querías caer en el ostracismo por grosera y despectiva. La mayoría de las veces para que no olvidaras que te tenía en la lista, te dejaba un largo mensaje en el contestador, en el que te comunicaba que solicitaba tu oído, o mejor, tu oreja. A veces el mensaje que recibías era equivocado, como me pasó con el teléfono de la playa, en el que el contestador insistían en que llamara a una tal Marisela que acababa de dar a luz a una niña encantadora, y como no tenía ni idea de quién era la tal Marisela ni la niña encantadora, pasé del asunto. Cuando regresé otro fin de semana, tenía seis mensajes de la madre de la tal Marisela poniéndome a caldo por no haber tenido a bien llamarla. Menuda agresividad. Supongo que alguna vez se aclararía el asunto. Con  esto quiero señalar lo mal que se llevaba que no se devolviera la llamada.  
Pero las comunicaciones avanzaban a pasos agigantados y aprendimos a desconectar el contestador para ahorrarnos afrentas y disgustos.
Luego llegaron los mensajes de texto, Facebook, los emoticones, Twitter e Instagram, pero lo de tener una secretaria particular que filtrara tus llamadas, no llegó hasta que el WhatsApp se hizo un hueco en nuestras vidas.
Ahora nos comunicamos por ese invento anodino y con plantilla, que te permite soltar una fresca con emoticón sonriente, como si añadieses: “Si es broma, mujer.” El problema es que cada día se acrecienta más la costumbre de no contestar al teléfono, no devolver la llamada y dejarte como un trapo sucio e inútil en medio de la calzada (lo siento, mi autoestima es así).
Estoy indignada porque ahora ya no me coge el móvil ni mis propios hijos “Que si estaba dándole la merienda al niño, durmiéndolo, llevándole a actividades diversas, preguntándole la lección...” Menudos rebotes me estoy llevando. He decidido que cuando alguien no me devuelva una llamada, lo borro de mi lista y aquí paz y después gloria. A partir de ahora, si quiero comunicarme emplearé Facebook, emoticones de WhatsAPP o fotografías de amaneceres en Instagram. Todo menos sufrir desplantes.
Ya domino WhatsApp, sé quién me lee, quién ha recibido mi mensaje, cómo borrar sin que nadie se entere, leer en la clandestinidad.  Lo único que me falta es saber si una conversación está finiquitada, pues cuando creo que ya está todo dicho y no hay más tela que cortar, me preguntan por qué no contesté a su contestación.

Oye, un sinvivir.

jueves, 5 de abril de 2018

DE DRONES, CHULETAS Y MASTER






Me hubiese gustado vivir mis años universitarios ahora, sobre todo por los drones. Era tan complejo copiar cuando yo estudiaba, que casi no merecía la pena. Aunque había de todo, los que invertían horas y más horas para elaborar una buena chuleta y los que preferían darle al café y a la memoria. Y es que las chuletas solían ser muy sofisticadas. Recuerdo que tenía un amigo, de esos entregados, que al verme tan agobiada con los mil exámenes que se me venían encima, me propuso hacerme una chuleta de penal. En principio me pareció una idea excelente, incluso me hizo mucha ilusión. Era como traspasar una barrera infranqueable, un triple salto mortal: de “pringada” a “malota”. Estaba la mar de conmovida. Me sentía un poco como en el hampa, y la posibilidad de que me pillaran, le daba un regustillo al examen que me subía la adrenalina. Aquella mañana apareció mi amigo en la residencia con un rulo diminuto, estaba recogido con un goma de pelo que permitía girarlo de un lado para otro sin problemas ni ruidos. En él se agrupaban con imperceptible letra; los delitos, las penas, las faltas, la aplicación de la condena según la comisión del delito. Bueno, una gozada. “Delito continuado: la pena máxima en su grado mínimo. Delito de hurto...” Que guay me pareció todo . Creo que aquel día me enamoré del intrépido amigo elaborador de semejante artilugio. Lo hacías rodar con sumo cuidado e iban apareciendo leyes, agravantes, atenuantes. La verdad es que era un buen invento, pero como no tenía practica en copiar, llegado el caso, me puse como una moto, descuajeringué el dichoso rollito, se me partió por tres partes y acabó en el bolsillo hecho un gurruño, mientras intentaba memorizar lo que había estudiado por las noches. Los dos pasamos algunas noches en vela, pero jamás le confesé que el examen lo saque yo solita por puro ataque de pánico. Hoy las cosas han cambiado mucho, y supongo que dentro de nada te llevaran la chuleta escondida en drones disfrazados de mosca cojonera o mosquito tigre. Pero para eso, como siempre, habrá que tener tablas: engañar, copiar y poner cara de yo no he sido. Aunque lo mejor, mejor, mejor, dónde se va a comparar, es meterte en política. Allí no se necesitan ni drones, ni rollitos, ni llenarte los muslos de cuadros sinópticos, ni disimulo. Algunos lo tienen fácil para sacar master, oposiciones, carreras y demás glorias, sin siquiera aparecer por las aulas, menudo incordio. Y luego, una vez apalancado en un porvenir seguro, por si la cosa política se tuerce, tienen un empleo per saecula saeculorum y una jubilación de por vida por solo siete años en política. Y lo más triste es que ni los que engañan ni los otros, tratan de cambiar eso, porque no van a ponerse tiquismiquis con títulos, medallas y prebendas que a todos consuela. Lo malo es que, de la misma forma que algunos no sabemos copiar y hacernos los malotes, tampoco tenemos madera de políticos, ni morro para negar verdades como puños, ni podemos hacer nada contra las leyes que ellos promulgan. Para eso hay que nacer ya con una chuleta debajo del brazo.

domingo, 18 de marzo de 2018

¿POR QUÉ ABUELAS?

Si hay algo que no puedo soportar es la condescendencia con los inferiores que se utiliza cada vez con mayor frecuencia en nuestro país. Lo comprobamos en los hospitales, cuando se llama al enfermo: “Ramón, cariño ¿cómo hemos pasado la noche?” “Pues ni la hemos pasado juntos, ni soy tu cariño.” Ramón, en este caso, es un ser en inferioridad de condiciones respecto a la enfermera que le inquiere. Está ingresado en una clínica, jorobado y a merced de la “melosa” sanitaria que así lo trata. Si Ramón fuese el jefe de sección, de cardiología, pongo por caso, dudo mucho que la enfermera se dirigiese a él en esos términos. Tampoco hablaría así un cliente cuando se dirigiese al interventor del banco, no ya para hacer una gestión del tres al cuarto, sino para pedir una hipoteca. “Lorenzo, cariño, que me habéis cobrado un cinco por ciento de intereses por una monda y lironda transferencia.” No, claro que no, ni se le ocurriría, y no se le pasaría por la cabeza porque a lo mejor al cariño, pichurri, chiquitín de Lorenzo, le parece una falta de respeto que se dirijan a él en esos términos y le sube el interés a sus máximos permitidos. Tampoco le dirías al inspector de hacienda que esta inmerso en tus ingresos y gastos de cuatro años; “¿Cielo, qué tal si me quitas la cuota, la sanción y los intereses de demora? ¿Por qué, entonces, nos dirigimos a los enfermos y a los mayores como si fuesen niños a los que se les puede dar una bofetada en cualquier momento? “Cariño, no te muevas que te doy un mamporro si me doblas la aguja.” Es una costumbre odiosa, por eso mi amiga Clara advierte a sus hijos de que por muy mayor que se haga y por muy mal que esté, no se les ocurra ingresarla en un geriátrico, de los que te llaman “bonica” Pues tiene razón, ni Excelentísima Clara, ni bonica, sino una cosa intermedia, como lo harías con el inspector de hacienda, el policía o el interventor de un banco; con respeto. La verdad, no lo veo tan difícil. Y todo este rollo viene a cuento, además de porque estoy harta del dichoso “cariño” del “bonica” y del “cielo mío”, porque he leído esta mañana (domingo 18 de marzo) un artículo en El País firmado por Iñigo Domínguez, en el que bajo el título “Abuelas gritando bajo la nieve” se despacha a gusto con sus lirismos humillantes “...Entre olor a puro, a colonias de señor mayor, a cremas hidratantes de las abuelas, se veía gente de todo tipo...” Pero vamos a ver, ¿cuantas abuelas del señor Domínguez se habían sumado a la manifestación? ¿A qué huelen las colonias de señor mayor? ¿Cómo ha conseguido percibir que todas sus abuelas llevaban cremas hidratantes? ¿Eran cremas Nívea que gran textura y untuosidad, de las que dejan la cara blanca, o se lo imaginaba? ¿Se atrevería el periodista a hablar de las colonias y de las abuelas si de un jefe o un alto ejecutivo se tratara? Se puede pensar que soy susceptible porque me toca de cerca, pero lo he visto así desde que tengo uso de razón. Nunca me han gustado las palabras condescendientes, humillantes y descalificadoras dirigidas a los que consideran inferiores por edad o coyuntura.

lunes, 12 de marzo de 2018

DESAYUNO CIRCADIANO Y LOS CHINOS

Hoy se me ha atragantado el desayuno, y eso que era circadiano. Me refiero que estoy siguiendo un régimen en el que todo lo que debes comer en el día se reduce al desayuno. A partir de ese momento lo que comes ya no es nada, nimiedades; una cereza por aquí, un melocotón por allá... Frugalidades para aguantar hasta el desayuno del día siguiente. Es un método que sigue a rajatabla los ciclos circadianos, por lo que a primeras horas de la mañana se queman más calorías que en todo el resto del día. Si te tomas un yogur, pongo por caso, a las doce de la noche, el michelín lo tienes asegurado. El yogur, se trasforma en glucosa y luego en grasa, por ser ingerido a horas intempestivas, y deambula por recovecos de tu anatomía hasta que decide quedarse donde más rabia te da. Por eso cuando desayuno no me gusta que me interrumpan, ni me den malas noticias, ni siquiera llamen a la puerta, Me pongo en modo zen e ingiero. porque si me desconcentro se me para el metabolismo y engordo. Es algo complicado. Por eso, esta mañana cuando he escuchado en la radio que los chinos han inventado unas gafas que te permiten saber la vida y milagros del que miras, se me ha acelerado el pulso y desacelerado el metabolismo. Me ha crecido la tripa una barbaridad. Así, sin comerlo ni beberlo, por la noticia. Esas gafas no sólo detectan rostros de sospechosos, sino también son capaces de ofrecer información detallada de las personas. Si te metes en una página porno o llamas clandestinamente al macizo de recursos humanos, ellos lo detectan y te tiene cogida para chantajearte, extorsionarte y humillarte. Esas son sus armas. Cada par de gafas cuenta con una cámara del lado derecho y están conectadas a un dispositivo móvil muy similar a un smartphone, este dispositivo se encuentra en constante comunicación con la base de datos de la policía, por lo que es posible acceder a los nombres de las personas escaneadas, así como sus direcciones, etnia, género, ocupación y hasta historial de navegación en internet. Pero si un agente decide realizar una búsqueda a fondo de los antecedentes de cualquier persona, sólo necesitara mirarte y recibirá la información en su dispositivo, todo esto sin que la persona se dé cuenta. Imagínate si te cogieron copiando en primaria o compraste al árbitro en secundaria. Siempre encontraran un hecho delictivo y vergonzoso de tu vida para tenerte en sus manos. Las gafas fueron fabricadas por la compañía LLVision Technology en Beijing y cuentan con muchos aspectos que nos recuerdan a las Google Glass, cómo toda la polémica de privacidad que desató en Estados Unidos y varias regiones del mundo. Y como sabemos, esto no es nuevo, es sólo es una parte del gran despliegue tecnológico de China, donde ya han implementado un brutal sistema de cámaras con inteligencia artificial, así como el nuevo puntaje ciudadano basado en la confiabilidad, por lo que seguramente seguiremos viendo parte de estos proyectos donde la privacidad se ha dejado de lado. Y lo peor no es el disgusto de que van a conocer hasta mis más ocultos pensamientos, sino que ya no puedo ingerir alimentos hasta mañana por la mañana, ni entrar en un chino sin que se me desmadren los ciclos circadianos. Menudo futuro nos espera.

lunes, 5 de marzo de 2018

EL TÉRMINO MEDIO Y LAS “P”

Cuando uno lee los comentarios en las redes sociales se da cuenta de que Aristóteles y los griegos no dieron una en relación a su análisis sobre el ser humano y el bien. Es muy bonito dogmatizar en un Ágora, rodeado de hombres superiores, decir que el ser humano tiende al bien, que esa es la plenitud de su esencia, que a ella se llega practicando virtudes morales e intelectuales. En fin, una ingenuidad que solo se perdona por la falta de redes sociales de la época. Si lo pillara ahora, le diría: Pero, alma de cántaro, ¿Te has paseado por las cloacas de la sociedad?, ¿Te has enfrentado a los miles de cerriles que pueblan la tierra? ¿Entraste en Twitter alguna vez, aunque solo fuese por cotillear? Pues ese es el problema. Nosotros, los del siglo XXI, hemos visto con toda nitidez la versatilidad de humanos que habitan nuestro plantea, y hemos llegado a la conclusión de que no queda más remedio que levantar un muro de hormigón alrededor de nuestras casas para defendernos de tanta miseria. Hemos entrado en nuestro propio Ágora: Instagran, Twitter, Facebook... Hemos analizado comentarios volcados sin rigor ni argumentación. Han inventado una palabra para las mujeres que llevan la contraria, que se rebelan, para las que ponen el intermitente para pedir que les cedas el paso, para las que piden el libro de reclamaciones cuando se sienten engañadas, para las que exigen sus derechos laborales y piden igualdad... A todas la misma, la única palabra convertida en vocativo y que no tiene genero, es muy concreta y lo abarca todo. Es la piedra filosofal del insulto y la zafiedad: "PUTA". No la soporto. Si una política gana elecciones, se la llama “P”, porque no se necesitan más argumentos ni más explicaciones; “P” y nada más que “P”. Las mujeres que piensan diferente a ti son “P”, no porque tenga que ver con el caso sino porque es muy de machos o de mujeres tan feministas que piden que sean violadas las oponentes. No existe traducción al masculino. No es como la palabra portavoz, que siempre se puede feminizar en “portavoza” por muy aberrante que parezca. “P” es la palabra por excelencia, ese inclusivo que tanto odian las feministas de boquilla. Aristóteles, que era un ingenuo de catálogo, decía que en el término medio está la virtud. ¿Entre quienes? le preguntaría; ¿entre indepes y fachas?, ¿entre agresión sexual y seducción?, ¿entre libertad y sedición?, ¿entre mujeres que buscan igualdad trastocando el lenguaje? ¿Existe acaso ese termino medio que nos permita sentarnos a dialogar? De no haber existido las redes sociales no nos habríamos enterado de la mezquindad e incultura que nos rodea. Ahora tenemos un Ágora mucho más extenso que el de Grecia, lleno de insultos y post verdades, de injusticias y agresiones, de delitos de corrupción que prescriben y de políticos que para lo único que se unen es para no renunciar a sus prebendas. Se nos ocurrió mandar a un hombre al espacio, dejamos un satélite para comunicarnos y enterarnos de todo lo que pasaba en el mundo, y ahora que lo sabemos, no nos queda más que una imagen triste y desoladora de lo que podemos esperar del ser humano y de la búsqueda de su esencia. Lo asiento, Aristóteles, pero la filosofía también nos la quitan de los planes de estudio, aunque puestos a analizar lo que vemos, es casi mejor no calentarnos más la cabeza.

martes, 27 de febrero de 2018

REFLEXIONES DE UNA LECTORA DE BEST SELLERS (III) LEONOR S. MARTIN

25 DE FEBRERO DE 2018 Traigo noticias frescas: escribir novelas no es fácil. Exige dominar las herramientas técnicas de la narrativa; también tener sensibilidad verbal, tiempo, paciencia y una historia que contar. Si, además del vicio de escribir, se tiene la secreta aspiración de convertirse en escritor, además han de reunirse otras cualidades: un extra de esa paciencia antes mencionada; amor propio, para dedicar tanto tiempo y sacrificio, en la confianza de que nuestras historias merecen la pena, y que el esfuerzo reportará algún beneficio; una piel dura, por la exposición a la opinión ajena; un trabajo que deje tiempo y energía, y/o un cónyuge generoso/a y con trabajo estable… Los aspirantes más ingenuos aún pensarán que escribir una novela supone ganar fama y dinero. Muchos se perderán por el camino, al descubrir la realidad. Como todos sabemos, hoy en día ganarse la vida con la escritura de ficción es un privilegio al alcance de muy pocos. Los números son los que son. La mayor parte de las novelas publicadas no pasa de la primera edición. Según datos de la Federación de Gremios de Escritores de España, en el año 2016 la tirada media de cada edición fue de 2.749 ejemplares. El precio de venta promedio, 14,74 euros. De ese precio, el autor recibe el 10%, y luego, los impuestos. Hagan ustedes la cuenta. EN 2016 LA TIRADA MEDIA DE CADA EDICIÓN FUE DE 2.749 EJEMPLARES. EL PRECIO DE VENTA PROMEDIO, 14,74 EUROS. DE ESE PRECIO, EL AUTOR RECIBE EL 10%, Y LUEGO, LOS IMPUESTOS No me imagino a un fontanero que arregle desagües por amor al arte. Sin embargo, los escritores de raza no pueden dejar de hacerlo. Ya sé que no estoy descubriendo el motor de agua. Sólo reflexiono en voz alta. Todo esto de los best sellers (BS), la Gran Literatura, los intereses comerciales, el arte, la calidad, el dinero… al final termina en esos seres humanos, a menudo menesterosos, que son los escritores. Y digo menesterosos sin ánimo de faltar, porque junto a ese esfuerzo notable de escribir, lo normal es que surja la necesidad de una retribución: ya sea dinero y/o reconocimiento. Una necesidad que incluye un anhelo de excelencia; e incluso una vocación de servicio, de utilidad, que excede a su control, pues depende también de otros, editores, lectores, etc.; y también, el ego. Parece que, en cualquier ámbito de la vida, y quizá con mayor razón en este que nos ocupa, que se mueve en el resbaloso terreno de lo subjetivo, hacemos más lo que podemos (o nos dejan) que lo que queremos. Esta idea, sin embargo, entra en conflicto con algunas manifestaciones que, a cuenta de la Literatura y los BS, hacen algunos escritores. Un conflicto –llamémosle la guerra del BS– que se presenta como una guerra civil, pues se libra entre hermanos de oficio. Aunque las que pelean en verdad son las sombras en la caverna: la vanidad, la envidia, el ansia viva (de dinero, de influencia, de notoriedad). Las municiones son palabras, agrupadas en argumentos, y el campo de batalla se encuentra allá donde haya un medio escrito. Es decir: hasta en la sopa. Dicha munición a veces se compone de insultos singulares: así que cuidado si les llaman escritor “profesional” o escritor “intelectual”. En esta guerra las victorias son pírricas: quien dispara se expone, gana y pierde adeptos y respeto, al mismo tiempo. A veces son batallas personales, y los demás nos vemos en medio de un fuego cruzado. ¿Daños colaterales? Acaso esa entelequia de la inteligencia colectiva salga herida, lo que supone un ejercicio de optimismo. Y entretanto, como siempre, la banca gana. Resulta lógico, y hasta loable, que alguien emprenda una cruzada para defender la calidad del producto que fabrica, en cualquier industria. Lo que es más complicado de entender es que se critique con tanta fiereza la cualidad de los artefactos, habida cuenta de la abundancia, de la heterogeneidad del mundo, o, si me permiten el refrán, de que, para gustos, los colores. Las recriminaciones son bastante duras. Se acusa a los autores de BS de estar obsesionados por ser leídos, hasta el punto de, a sabiendas, prescindir en su escritura de cualquier elemento complejo, o que pueda incomodar al lector; también se les acusa de estar siempre a la defensiva, de ser nuevos ricos, arribistas; de usar sus cifras de ventas para intentar colarse en la categoría de buena literatura, y así ganar una consideración que no merecen. Incluso se da leña a los lectores de BS, a quienes se recrimina que les guste leer una y otra vez la misma historia ramplona, llena de lugares comunes, que les hace sentir sagaces, incluso cultos, o lo que es más: que les hace soñar. En la otra esquina del cuadrilátero, hay autores de BS que tachan a los autores literarios de esnobs que olvidan a los lectores para mirarse el ombligo. Los condenan por escribir historias aburridas (“sus historias son siempre sobre personas incapaces de hacer algo para cambiar sus circunstancias; lo único que hacen es estar sentadas y sufrir”, Ken Follet dixit); por usar el estilo como una defensa, el lenguaje como un fuego de artificio, solo porque son incapaces de construir tramas sólidas; por renunciar a entretener, a divertir… al lector, en definitiva. Lo que implica, en su lógica, renunciar a las ventas. Dudo mucho que ningún escritor, del pelaje que sea, se levante por la mañana, se siente frente al teclado y se diga a sí mismo: “Voy a escribir el texto más aburrido y excelente del mundo”, o “Voy a escribir una mierda que me dé mucha pasta”. Si pudiéramos, no es descabellado pensar que todos crearíamos obras de arte, profundas e intensas, que además fueran entretenidas, divertidas, emocionantes; narraciones que atraparan a los lectores, y que se vendieran a carretadas. Pero a la vista está que no nos sale. A eso me refería antes: a que cada uno hace lo que puede, con los mimbres de los que dispone. Tal vez haya escritores que, llamados por la necesidad, se sorprendan a sí mismos haciéndose preguntas: ¿cómo tengo que escribir para cuajar un BS? ¿Qué ingredientes debo reunir? ¿Cómo los organizaría? ¿Qué añadir, o quitar, para dar a mi BS calidad literaria? Puede que hasta alberguen dudas morales: ¿es condenable que un autor artístico emplee en sus historias técnicas narrativas propias del BS, como elementos de intriga, ganchos, digresiones informativas sobre el contexto histórico? ¿Es lícito abordar temas de actualidad? ¿Qué pasaría si me pongo un poco sentimental? ¿Reprobarán los editores, o los críticos, o incluso los lectores, que los personajes sean aventureros y no obstante presenten inquietudes y conflictos humanos? TAL VEZ HAYA ESCRITORES QUE, LLAMADOS POR LA NECESIDAD, SE SORPRENDAN A SÍ MISMOS HACIÉNDOSE PREGUNTAS: ¿CÓMO TENGO QUE ESCRIBIR PARA CUAJAR UN BS? Quizás estas preguntas esquiven lo esencial: ¿cómo tiene que mirar la realidad un escritor para que su texto resulte “literario”? ¿Qué campos de la experiencia atañen a la Literatura, y cuáles no? ¿Deben los escritores dejar de ser quienes son, y de entender la vida como la entienden, para satisfacer vaya usted a saber quién? ¿Acaso hay modo de escribir y dejar de ser quienes somos? No hay fórmula para el BS, lo mismo que no la hay para una obra maestra. Ahora bien, ¿sería tan revolucionario admitir que pueda haber obras maestras del BS? ¿Es que la Literatura debe renunciar a lo que tiene por única misión la de entretener y divertir? ¿No tendría más sentido consensuar la calidad, protegerla y admitir la diferencia? Me vienen a la mente esos escritores míticos que se ganaban la vida redactando novelitas de kiosco, mientras creaban su propio proyecto literario “de calidad”. Me temo que son pocos, a pesar de que haya quien asegure que los buenos escritores son capaces de escribir también mal. Parece que si hay un ingrediente común en todas las buenas novelas que triunfan es esa verdad genuina, intangible pero evidente: el entusiasmo de quien cuenta la historia que de verdad quiere contar. Lo que quizá explicara la posibilidad de ese otro mito: la famosa “novela alimenticia”, que haberlas haylas. No debe de ser fácil componer un proyecto narrativo coherente bajo la amenaza de perder tu silla, si mantienes las anteriores ventas. Escribas lo que escribas: de lo superficial o de lo profundo. Tampoco debe de resultar sencillo resistirte a cambiar tu historia, merced al editing, a sabiendas de que si te mantienes firme y tu criterio resulta equivocado, es decir, si fracasan las ventas, perderás la silla. Tampoco sostenerse debe resultar fácil para esos autores comprometidos con la calidad artística de sus obras, que son publicados en tiradas cortísimas, sin apenas difusión, con las que es simplemente imposible soñar con convertirse en mainstream. Y dando gracias por la oportunidad (nunca a salvo del editing) de haber sido publicados. Por no hablar de que hay que nadar y que tu cabeza destaque entre los otros 85.999 títulos de tu promoción anual (dato de FGEE, año 2016). En un mundo ideal, la guerra del BS no existiría, pues los escritores dominarían esa humana tendencia natural a la contienda, escribirían y leerían lo suyo, y comprenderían que los demás hicieran lo propio. Los responsables velarían porque sus BS dignificaran a la Literatura, a la que pertenecerían en igualdad de derecho que otros géneros; el editing se dirigiría más a la calidad que a la “mercantilidad”. Harían un esfuerzo por publicitar a los autores interesantes, aunque no tan comerciales a priori, de manera que dieran la oportunidad de probar nuevos sabores. Aunque pudieran perder unos eurillos, cribarían las obras con un tamiz más fino, selectivo en calidad, para lanzar igual número de ejemplares, pero menos títulos tal vez, y con mayor trabajo de promoción cada uno. En ese mundo ideal todos leeríamos un libro al día, desde pequeñitos, y, por supuesto, no habría piratería. No me resisto a mencionar a Dan Brown, como mágico fin de fiesta: media humanidad lectora le pone a caer del burro, pero vende millones. Viaja camuflado con gorra y gafas de sol para que nadie pueda deducir, por su ubicación, de qué irá su siguiente novela, pero asegura que el dinero nunca le ha importado. Afirma que sus novelas son obras de arte. Y punto pelota. Un tío feliz, claro que sí. ¿No es acaso a eso a lo que hemos venido?