Textos

miércoles, 15 de diciembre de 2010

MOROS Y CRISTIANOS




La fiesta de moros y cristianos llegó por fin.
Ramón, el capitán moro, entró en el pueblo con su caballo negro, su sable y la capa ondeando al viento.
Trotó a lo largo de la avenida de la Constitución, y luego frenó en seco.
Saludó elevando los brazos y sacó el sable en un gesto agresivo y triunfante.
El público en las gradas aplaudía entusiasmado, y sus hombres, es decir, las filas moras, esperaban su indicación para iniciar la marcha hacia el castillo, contra los cristianos.
Ramón inclinó su cabeza a ambos lados y luego hizo un gesto con el brazo. Una fila de moros perfectamente alineados comenzó entonces su marcha. Todo un alarde de colorido y destreza.
Detrás iba Fabián, el hermano mayor. Desfilaba con sus hombres del bando cristiano; cruzados, contrabandistas, templarios. Toda una mezcolanza dispuesta a conquistar el castillo que ya ocupaban los moros.
La fachada del castillo, de cartón y púrpura, estaba sostenida por grandes tablones de aglomerado, tras los cuales, unas rudimentarias escaleras permitían la subida al torreón. Ramón se asomó desde lo alto y saludó victorioso. Y así fue como esperó la llegada de los cristianos.
Llegó Fabián a sus puertas, se entrecruzaron frases provocativas y burlescas. Formalizaron retos y arengas, se fueron ajustando al combate a base de ensordecedores disparos. Y fue entonces, en ese momento crucial en el que Ramón debería haberse rendido, cuando se negó a hacerlo. Y aunque ensillado y hambriento de venganza, debería haber caído inerte porque el capitán cristiano lo habría logrado vencer un año más. No fue así, no cayó fulminado como exigía el guión de las fiestas. Ramón, disfrazado de capitán Moncofar, ante la rabia que le producía el fracaso, la ya inminente victoria de Fabián, se mantuvo firme en lo alto del castillo. Ni siquiera la soldadesca mora huyó hacia la playa como estaba previsto que ocurriera si su capitán hubiera sido vencido. Pero no sucedió como se esperaba. No este año. A su mente llegaron un montón de recuerdos infantiles, de afrentas, de comparaciones. Se sintió fuerte, por fin iba a vencer a su hermano.
Las cosas empezaron a torcerse cuando Ramón, movido por ese súbito deseo de venganza se negó a dejarse ganar por los cristianos. Todo el pueblo lo miraba incrédulo. Él gritó desde la torre que no entraría ese vil cristiano, esa chapuza de hombre, ese enmascarado y torpe. Y se mantuvo inflexible ante el ruego del público que le pedía que se dejara de tonterías y que cediera la torre de una vez, como todos los años, que esto, al fin y al cabo, no es más que una representación, una obra testimonial, sin trascendencia. Pero él, haciendo caso omiso a sus filas, levantó el sable y le gritó a Fabián que subiera a la torre si era valiente.
-Ramón, hombre –le gritó su hermano- que eres el moro, que debes entregar el castillo. ¿Es que la tienes que montar siempre?
Pero él ya no escuchaba, sólo quería continuar con su desafortunada batalla.
-Y una mierda –respondió Ramón, loco de envidia -. Tendrás que arrebatarme el castillo con las armas. Lucha, cobarde y chapucero.
Hasta que Fabián, cansado del empecinamiento y chulería de Ramón, le dio la espalda, levantó su brazo en señal de despedida, y se sumó al griterío, a los vinos, a la fiesta del pueblo.
Los pocos soldados moriscos que se habían quedado observando el castillo, se cansaron también de esa lucha absurda de celos y venganzas, por lo que al escuchar los acordes de la orquestina instalada en la plaza mayor, se sumaron a la fiesta.
Y así fue como él solo, enfervorecido y babeante por la rabia. Llamándose el mejor y el conquistador del castillo, insultaba a Fabián desde lo alto de esa torre de aglomerado y cartón, mientras una fina lluvia comenzó a caer sobre el pueblo.
Eran ya cerca de las tres de la madrugada cuando los vecinos pidieron a la guardia civil que bajasen al fantoche ese que no paraba de dar gritos desde lo alto de una escalera.
Y es que esa noche el agua había deshecho el castillo y la fachada de cartón había cedido bajo el peso de la lluvia, dejando tan solo a la vista una vulgar escalera desde la que Ramón se sentía “victorioso”.

lunes, 22 de noviembre de 2010

PERRA VIDA






Qué preocupada me tienen los mensajes. Enciendo el ordenador y me avisan de que si por la noche me cruzo con un coche que lleva las luces apagadas, no se me ocurra hacerle señales. Se trata de una banda de rumanos, cuya prueba de iniciación para poder entrar en la susodicha banda consiste en matar a todos los ocupantes del primer vehiculo que les haga luces.
Consejo; si ves un coche en esas circunstancias, llama a la policía y huye.
Decido no salir de casa a partir de las seis de la tarde en invierno, nueve y media en verano. Sin embargo, el siguiente mensaje me hace pensar que no por eso voy a librarme.
Si lanzan huevos al cristal de tu vehiculo, no enciendas el limpiaparabrisas porque se te formará una plasta que te dejará invidente, y ayudará a los rumanos (se supone que a los ya iniciados) a entrar en tu coche y robarte mientras tú no sabes qué está pasando.
Decido apagar el ordenador y contratar una cabina antipánico para el coche, pero mi vecina me cuenta que cuanto más segura te sientes encerrada en el bunker, los ladrones les prenden fuego y te achicharran. Comprendo que es mejor los huevos. Dentro de todo es lo menos agresivo.
El ordenador parpadea de nuevo. Que no, que no lo abro, me digo. Pero mi voluntad flaquea y lo abro.
No se te ocurra bajar sonidos de llamadas al móvil porque te pillarán la cuenta, llamarán a partir de ese momento desde tu número de teléfono a cualquier lugar del mundo. Y que sepas que ni telefónica, ni vodafone, ni orange, te darán razón de las facturas millonarias que a partir de ese momento recibirás.
De nuevo pienso en la cabina antipánico, me veo achicharrada y me entran unas ganas enormes de vomitar. Otra vez el parpadeo. Un nuevo mensaje:
No dejes la tarjeta de la habitación que te den en los hoteles al marcharte. Tienen todos los datos de tu vida, la cuenta bancaria, el número secreto, tu santo y seña, los informes de tu jefe. Saben hasta cómo se llaman tus seres queridos y dónde encontrarlos. En fin, tu vida y milagros en una tarjetita. ¿Qué cómo han logrado meter toda esa información en la llave de la puerta? Pues ni idea, pero el mensaje es muy claro, dice que destruyas la tarjeta en cuanto te marches.
Apago el ordenador y me tumbo en el sofá a hacer respiraciones profundas con la tripa. Noto como si fuera a tener una crisis de ansiedad.
Todavía no han llegado los rumanos, ni los ladrones, ni los de telefónica, ni los empleados del hotel, y yo ya estoy híper ventilando como una loca.
Suena el teléfono, es del banco, que dicen que me han embargado la cuenta por una multa publicada en el boletín oficial de la provincia cuyo término municipal es “Cuculina de la sierra” lugar donde excedí la velocidad. Cometí la supuesta infracción en un día y hora que ni recuerdo. Por no recordar no recuerdo qué hacía yo en “Cuculina” a la hora de la siesta y a toda pastilla.
No puede ser que me embarguen, si no me lo han comunicado, pienso inocente. Llamo a “Legalitas” o a “Devuelta”, que ya ni me acuerdo. Me dicen que ahora no tienen por qué comunicármelo a mi domicilio. Que todas esas seguridades legales son muy antiguas, del jurásico, señora. Me explican que lo de embargarte la cuenta sin comerlo ni beberlo, es la mar de legal, ¿o es que vive usted en Babia?
La multa, que fue publicada en el boletín oficial de “Cuculina de la sierra” no ha recibido alegaciones, ni descargos, por lo que procede cobrarse sin reducción, con sanción, e intereses de demora.
Lloro amargamente agarrada al teléfono, y ellos, me refiero a los de Legalitas o Devuelta, me dicen que por una módica cantidad se encargan de recurrir y todo lo que necesite, faltaría más.
Pues dígame si tengo alguna multa, le pregunto para probarles, porque ya sé que soy objeto de embargo y escarnio. Me dicen que no, qué suerte ha tenido usted. En los archivos a nuestra disposición no consta multa a su nombre. Lo dice y queda tan pancho, el tío. O sea que ni ellos han logrado encontrar el boletín que avala el despojo de mi efectivo.
Lloro más y cuelgo.
Decido coger el coche al anochecer, hacer luces a todo bicho viviente que se tropiece conmigo por la carretera. Busco rumanos en proceso de iniciación para ver si dejo esta perra vida de una vez. Pero de pronto me acuerdo de que ni tengo coche, ni sé conducir.
Qué mal rollo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LES SUENA



El caso Gurtel, Brugal, la exis y la zeta, no tendrían importancia si los ciudadanos tuviésemos una escala de valores lo suficientemente depurada como para no perdonar esos desmanes. Pero lo peor es que los escuchamos como el que oye llover, nos parecen hasta normales. Si lo hacen todos. Qué más da. Esa aceptación de la inmoralidad como un mal menor, ese no castigar a los que la cometen, ese dejar hacer o mirar hacia otro lado demuestra que nuestra sociedad está enferma, agonizante, carente de principios, embotada.
¿Es que acaso tú no lo harías? ¿No cogerías de aquí o de allá una chispirritina?
Pone los pelos de punta el dinero invertido en obras que se inauguran, que hacen salir en la foto al político de turno, pero... ¿Y los baches? ¿Se inaugura el arreglo de los baches? ¿Y la salubridad de los barrios marginales? ¿Y las ayudas a la dependencia? Se acabó el dinero, mira tú qué pena, pero no me dirás que no ha quedado hecha un pincel la calle Serrano, hombre, con sus aceras tan anchas y lustrosas. Pues yo prefiero que la calle Serrano tenga las aceras más estrechas, y que dejen de marear la estatua de Colón de una vez, pero que las personas dependientes sean ayudadas, y los enfermos no tarden tanto en ser atendidos, y que se invierta el dinero en lo que no se ve pero se siente.
A lo mejor algún día el dependiente eres tú o tu madre, y entonces que no vengan a contarte que se les acabó el dinero para ayudas pero que te van a montar un concierto en la calle que vas a flipar, porque no.
Vendrán las elecciones, los políticos pactarán hasta con el demonio para conseguir votos. Nosotros no podremos ni siquiera elegir a quienes respetamos porque nunca habrá listas abiertas. Votaremos, y con nuestro voto y nuestra anuencia, pondremos el granito de arena para que continúe la corrupción sin control.
¿Acaso es que tú no pillarías una chispirritina de aquí y otra de allá?
Pues mire oiga, no. Y no quiero dejar esos principios a mis hijos o nietos.
Frente a mariscadas, aviones privados, hoteles de lujo, comilonas, regalos, dispendios y enchufes. Valores humanos, principios, moral, ética, coherencia. ¿Les suena?

lunes, 1 de noviembre de 2010

DESPIERTA











Hoy no me he despertado omnisciente, hoy simplemente me he tomado la libertad de convertirme en un narrador en tercera persona. Y la culpa la ha tenido Ana. Me ha dicho, como sin darle importancia, que ayer me vio hablando sola por la calle, qué graciosa ¿no? La verdad, a mí no me ha hecho ni pizca de gracia. Me he imaginado como esos majaras que andan ensimismados con sus problemas, esos que hacen gestos por la calle, de disgusto o de aceptación, qué sé yo. Los hay a miles; en el metro, en las tiendas, dentro de sus coches. Y hasta ahora yo me creía a salvo de todos esos alardes de mismidad. Pero no, el desvelamiento de Ana me ha alertado. Y el caso es que observándome, observándome, he descubierto que es cierto, que me paso la vida conmigo, que no me entero de casi nada de lo que me rodea, que voy del pasado al futuro, sin pasar por el presente. Y de pronto me he sentido muy agobiada. Me he visto dentro de un oscuro y estrecho túnel, regodeándome en mis propios pensamientos, la mayoría de ellos agresivos, como si me clavara una daga cada vez que pienso en lo que me hizo tal o cual persona. He descubierto mi vida de tacita de chocolate, de terroncito de azúcar, y lo he decidido. Se ha acabado, me he propuesto. Me voy a ver mundo. Y es por eso por lo que he decidido abandonar ese túnel oscuro en el que doy vueltas y más vueltas alrededor de mi misma, inapropiada siempre, y lo que es peor, contándomelo hasta en voz alta.
He decidido emprender un viaje de aventuras. El viaje al presente, al narrador en tercera persona, ver sin juzgar.
Un narrador en tercera persona es aquel que cuenta solo lo que ve, no juzga, no se implica. Constata, como un notario, lo que pasa a su alrededor. Así, por ejemplo, vemos que Dashiel Hammet en “El halcón maltés” comienza su tercer capitulo de la siguiente forma “Cuando Spade llegó al despacho a las diez de la siguiente mañana, Effie estaba sentada ante su mesa, abriendo el correo matutino. Su cara de muchacho estaba pálida, bajo la piel tostada por el sol. Dejó sobre la mesa el puñado de cartas y la plegadera de metal blanco y dijo en voz de aviso...”
Y así he pasado la mañana, observando caras de muchacho tostadas por el sol. He comprobado como un hombre conduciendo escribía encima del volante mientras se metía por el carril de su izquierda, he confirmado que hay una calle que tiene escaleras y al final se cierra con una verja. He visto como Lola, mi compañera, se inventaba su vida, y después de colorearla la envolvía en un lazo rosa. He visto como el conductor del autobús se ha bajado en Cuatro Caminos y nos ha dejado quince minutos esperando porque le ha apetecido, como la señora que tenía frente a mí se tocaba el pelo y cerraba los ojos, como la chica de enfrente comía una ensaimada mirando el cielo. He observado que un hombre miraba fijamente a una mujer mientras subíamos en el ascensor, y como ella no apartaba los ojos del suelo. Y ¿por qué, todo eso? pues no lo sé, ni siquiera importa, porque solo soy un narrador en tercera persona, pero lo que sí tengo claro, es que hoy no he hablado sola, ni siquiera sé cómo me sentía. No he recordado afrentas ni remordimientos. Hoy no me he sentido culpable ni indignada, el mundo estaba ahí afuera y se movía. Estaba en el presente, y pasaban cosas, y yo solo las veía, despierta y callada.

miércoles, 20 de octubre de 2010

JUSTICIA TARDÍA



Esta mañana he leído en el “Qué”, en un recuadrito de nada, ya ves tú, en la parte superior derecha de la página siete, una noticia que se titulaba “Justicia tardía” Y como no tengo arreglo, voy y me la leo. No me he leído la pagina principal que trataba sobre como las modelos altas, delgadas, y estilosas marcan tendencias, noticia que me hubiera dejado fría como mi ritmo cardiaco exige, no. Me voy a la página superior derecha, y me entra un mosqueo de padre y muy señor mío. “Justicia tardía” hablaba de un hombre; Alejo Pozo, un padre al que la justicia le dio hasta doce veces la razón, después de que irregularmente le retiraran la custodia de sus hijos. Murió ayer, y se solicita una indemnización por los daños causados y la posible relación entre dicho sufrimiento y el cáncer que lo mató. Murió en Sevilla sin haberlos podido recuperar. Los niños fueron entregados a una familia de acogida al nacer y ya tienen once años. La junta se había negado a entregarlos al padre a pesar de las sentencias dictadas a su favor.
Estas cosas pasan aunque nos parezcan imposibles, y suceden mientras comemos, paseamos, o las estilosas marcan tendencias. Y nosotros, a veces, ni nos percatamos de ese recuadrito de “chichi y nabo” que no es casi noticia.
No comprendo como algo así puede suceder. El abogado pedía para su cliente ya fallecido 2,4 millones, sí ¿pero de qué le sirven ahora? Quién es el responsable directo e indirecto de que no se cumplan las doce sentencias. ¿No hay alguien que debió haber tomado cartas en el asunto? Le continuaremos llamando “Junta de Andalucía”, así, en general, como a una ambigua y feroz tormenta inevitable.
Cuando leo noticias de este tipo es cuando me doy cuenta de que somos supervivientes, de que nos jugamos la vida a cada paso, de que nadie nos protege, de que nadie se responsabiliza ni tan siquiera de hacer cumplir, no una, sino hasta doce sentencia.
Da miedo, de verdad.

lunes, 4 de octubre de 2010

“EL AMERICANO”





Recuerdo que Enrique Páez dijo que para aprender a escribir, nada mejor que leer un libro malo. Y yo añado, o una peli mala. La buena literatura te lleva, y aunque quieras desbrozar las estructuras y los métodos que ha empleado el autor, te involucras a la primera de cambio. Y es que un buen autor sabe llevarte de la mano con tanta maestría, y te hace disfrutar tanto, que maldita las ganas que tienes de descubrir sus estructuras y sus ritmos. No pasa lo mismo con la mala literatura. Ves venir al autor desde mil kilómetros. Ah, mira, acabáramos, eso es lo que quería hacer y no le sale.
Y todo esto viene a cuento por la película que he visto este fin de semana. “El americano” Si alguien quiere ir a verla que no lea esto porque la voy a destripar.
La peli comienza con un hombre que parece muy enamorado y al que disparan. Él mata a todos, a los malos y a la chica. Una se queda como atontada ya que la escena anterior es muy romántica y da la sensación de que ambos se quieren un montón. Pero dices, bueno, a ver qué va a pasar aquí. Y no pasa nada. Llama a un hombre monosilábico e inexpresivo, que se supone es el jefe, y le dice que ha tenido que matar a todos. El jefe lo cita en un bar, total para nada, para decirle que tiene un coche en la calle tal y que se pire. A partir de ahí todo es un despropósito. Recorre kilómetros y kilómetros a tiempo real. Le persigue alguien pero no se sabe quién, ni por qué. El inexpresivo le da un móvil para poder ponerse en contacto con él, y él, rebelde, lo arroja por la cuneta. No se sabe por qué, ya que luego se pasa vida llamándolo por cabinas urbanas. Aparece un cura que lo quiere llevar por el buen camino, una chica dura, también inexpresiva y cada vez teñida de un color diferente, que le encarga una pistola de morirte. Con mira telescópica, le dice, que dispare cada cinco segundos. Vamos, una metralleta pero muy, muy precisa. Eso dice el chico, que por cierto, se me había olvidado, es George Clooney.
La chica parece que va a realizar un atentado de envergadura. Una cosa así como Chacal. Necesito mucha distancia, mucha precisión, insiste.
A todo esto no hacen más que aparecer chicos que lo quieren matar, y él por fin se confiesa y le cuenta al inexpresivo y a los espectadores, que son los suecos. Eso a esa la altura de la película, ya ni siquiera importa. Sobre todo porque sabemos que no nos piensa contar en ningún momento quienes narices son esos suecos, ni por qué lo persiguen. Y por no querer saber ni siquiera quieres saber quién es el inexpresivo y la chica de los mil colores.
Un autobús de niños de colegio aparca en una gasolinera, y piensas si no va a ser uno de esos niños el jefe de los suecos. Las verdad, no te ibas a extrañar lo más mínimo. Es más, estás tan cansada y tan enfurecida que hasta lo agradecerías. Pero no, los suecos siguen apareciendo por doquier, y el monosilábico continúa quejándose de que no lleve el móvil al cinto. Él se enamora mientras tanto de una prostituta que lleva una pistola en el bolso, cosa que le escama muchísimo. Además habla con unos chicos así, como quién no quiere la cosa, y el se mosquea más todavía. Pone cara de preguntarse ¿Serán los suecos? Se va de picnic, y la chica mete la mano en el bolso, él mete la mano en la cesta de la merienda, ella se queda un rato buscando algo, él agarrado a la pistola. La chica saca crema bronceadora, él suelta el arma y saca el chorizo. La chica lo invita a una procesión tipo “Las tentaciones de Benedetto” porque la acción transcurre en un pueblo italiano. Él dice que sí, como podría haber puesto una escusa. Sin embargo todo el mundo sabe que acudirá porque es allí donde se produce el desenlace. La decolorada se sube con el arma de precisión a un tejado y le apunta. Para eso quería el arma de precisión, para cargárselo a él. No era para cargarse a un jefe de estado, ni a un alto dignatario, no. Solo a él, que unas escenas antes, en la gasolinera, está a punto de cargárselo con una pistola de bolsillo. O sea, que si llega a disparar con la birria de pistola que llevaba entonces, menudo desperdicio de ametralladora de precisión. Menos mal que no puede. Ella llama al inexpresivo para contárselo y él se queda..., pues como siempre, estático.
Termina la peli con que la decolorada va a disparar al chico pero alguien le dispara a ella. ¿Quién? pues no se sabe. A esas alturas ya estaba preparada para que me dejaran “in albis”. El cura le da la absolución a la chica, y él dispara al monosilábico. Los monaguillos salen corriendo para atender al hombre sin soltar la inmensa cruz que portaban en la procesión. Luego él se va a buscar a la prostituta al río porque era buena, aunque lo hubiera invitado a la procesión donde se iba a montar la marimorena. Creo recordar que alguien le dispara, o quizá no. Ya ni me acuerdo. A esas alturas de la película mi cabreo es supino y me da igual que lo maten lo suecos o los grecorromanos.
¿Y cual crees tú que es la catarsis?, me pregunta mi amiga al salir. Pues que se convierte al catolicismo, le explico. Ah, dice, y se pone la chaqueta.
Afuera se ha montado una tormenta terrible. Qué tomadura de pelo, nos decimos a modo de despedida.

domingo, 19 de septiembre de 2010

LA TELE





Últimamente mi afición favorita consistía en ir a Mediamark y conocer los últimos adelantos tecnológicos. Más que todo para no perderme.
Mire usted, me dijo el encargado. Esta tele se ve en tres dimensiones. Y efectivamente, casi me pica un mosquito, o me da un zarpazo un aguerrido tigre de la selva. ¿Pero es TDT o LCD? Le pregunté para que se diera cuenta de que controlaba. No, es LED. Ah.
Pregunté precios, hice cuentas y propósitos de la enmienda. Si dejara de comprar en la galería de alimentación de mi barrio y fuera al mercado central, si no utilizara el móvil más que al anochecer con tarifa plana, si en vez de ir al cine, paseara. Si sacara los libros de la biblioteca en vez de comprarlos. Si comprara los bolsos en los “top mantas”
Sí, señor la quiero. Está decidido.
Preparo mi cena en una bandejita y me dispongo a ver la fauna y flora en mi salón. Espero oler el suave aroma de geranios y jazmines, el cosquilleo de las mariposas en mis orejas, el rumor inaccesible de las cascadas. En fin, todo ese rollo. Pero es encenderla y aparecer Carmele Marchante, se sienta a mi lado y pica una patata de mi plato. Empieza contando que tuvo un lío en una isla griega, allá por los años noventa. Un tal Kiko, le contesta que él sabía eso y mucho más, porque la pareja, no se sabe si hombre o mujer, se lo había contado con pelos y señales en su día. Carmele se ofende muchísimo, deja mi patata, se levanta y dice que se marcha. Todos le piden que se quede, ella dice que no, y Jorge Javier Vazquez, el glamour hecho hombre, escupe en su vaso y le pide que beba de él. Ella hace caso omiso a la humillación y dice que si Kiko cuenta lo que sabe, ella se marcha. Deja el vaso con el escupitajo de Jorge Javier en mi bandeja de la cena, y se levanta a recoger sus enseres. Todos intentan convencerla de que se quede, mujer, que no es para tanto. Me llevo la bandeja a la cocina y lo tiro todo a la basura. Desde allí escucho a Carmele peleándose con todo bicho viviente. La gente que acude al plató ha tomado posiciones en el sofá de mi casa, me arrincona y aplaude enfervorecida, no sé a quién ni por qué, aunque a estas alturas ya me importa un pimiento. Entró en el salón haciéndome un hueco y cambio de canal lo más deprisa que puedo. Un anciano de ochenta y nueve años busca pareja. No más de sesenta y cinco, y que no sea culona, exige el tío que es selectivo a pesar de no tener un solo diente. Yo funciono todavía, le explica a la audiencia y a mí, porque también ha entrado en mi casa. La mujer que me consiga debe saber que tiene hombre para rato. Luego se desnuda de cintura para arriba para que veamos sus tetas caídas y su tripa gelatinosa. Quiere salir de la tele para que compruebe sus protuberancias. Tengo el tiempo justo para cambiar de canal. Un chaval se mete en mi casa y baila rap, un rap ramplón, para salir del paso porque va a entrar en Fama. Una de las chicas del jurado, muy mona ella, pone cara de madre mía que mina hemos encontrado. Saco una escoba y le pego dos o tres escobazos al rapero hasta que logro meterlo de nuevo en la tele. Estoy agotada pero hago un último intento. Belén Esteban baila un vals. Logro apagar antes de que se me cuele. Subo el televisor tridimensional el trastero, cierro con llave, busco un trabuco del diecinueve largo, y un cuchillo jamonero. Temo que se escapen los personajes durante la noche. Los escucho golpear las paredes, rascar la puerta. Bajo las escaleras sin hacer ruido, me meto en la cama e intento dormir, pero no puedo. Escucho los insultos de Kiko Matamoros, los escupitajos de Jorge Javier, los gritos de la Patiño al ex de Concha Velasco que quiere pegarse con no sé quién. Llamo a la policía, me dicen que si es por una alarma que se ha disparado, marque el uno, si han forzado la cerradura de mi casa, el dos, si...
¡¡Socorro!! No quiero tres dimensiones, no quiero tecnología punta. Sáquenlos de mi vida, de mi casa, por favor. Con la programación que tenemos mejor con rayos catódicos y blanco y negro de toda la vida.
En ese caso marque el trescientos cincuenta y siete con nueve, dice la grabación. A ser posible en números romanos
Me he despertado sudando, he llamado a Mediamark para anular el pedido y me he tomado una tila.

viernes, 10 de septiembre de 2010

ADOPTE A UN PERSONAJE LITERARIO






Personajes abandonados, otras víctimas de la crisis.
Las causas que favorecen el abandono son la baja apuesta de las editoriales, la quiebra de alguna de ellas, la necesidad de mantenerse
La razón es la crisis del mundo literario que hace que las editoriales cada vez tengan menos dinero para apostar fuerte, para salir adelante sin someterse a las exigencias del mercado. Aunque los únicos culpables sean los autores, resaltan los amantes de la literatura, también se ha notado que cada vez hay menos ganas de acabar, de perfilar a todos esos personajes que deambulan a medio hacer, como un bizcocho que se derrite en la mano al sacarlo del horno, inacabados y superfluos, sin evolución personal, apostilla un portavoz. Además la cifra de personajes desamparados, abandonados a su suerte, cada vez es más difícil de recoger. La mayoría acaban atropellados o muertos de hambre en las inmediaciones de los parques, hurgando entre los contenedores para encontrar la identidad que el autor se niega a darle. Y se niega por desaliento, por pereza, por desgana, por frustración.
Se ha observado un mayor número de abandonos en primavera, cuando se suelen fallar la mayoría de los premios literarios. Por eso se pide a todo contertulio televisivo, con imagen, mediático, y con amigos en el mundillo, adopte a alguno de esos personajes desvaídos y andrajoso. A ser posible sin la esterilización de su incipiente hondura
Se solicita a un dueño que se apiade de ellos tras su nacimiento, porque la literatura también es víctima de la crisis.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LISTAS ABIERTAS YA





SE ADMITE INFORMACIÓN DE CUALQUIER SIGNO, CONDICIÓN, Y COLOR. (YA ESTÁ BIEN)

EN 2010

Diez ejemplos de despilfarro público made in Spain
La reducción del gasto público es la asignatura pendiente para muchos políticos. Gastos excesivos en personal o la inversión en obras y mobiliario inútiles son desembolsos de los que no nos hemos librado en 2010.

Beatriz García

Centenares de millones de euros de despilfarro público es la cifra que ha sido malgastada por políticos irresponsables en proyectos absurdos y sin sentido. Valgan como muestra los siguientes 10 ejemplos de gasto público innecesario en lo que va de año, de entre los miles de casos existentes.

1. Asesores: concejal de Gobierno, coordinador general, secretario técnico, director general, subdirector general, jefe de servicio... Así hasta 1.525 asesores. Estos fueron los cargos de confianza que tenía el Alcalde de Madrid Alberto Ruíz-Gallardón en el primer trimestre del año, tres veces más que los que tenía el Ayuntamiento en 2003, cuando el alcalde era José María Álvarez del Manzano. ¿El coste para los madrileños? La friolera de 31 millones de euros.

2. Papeleras: el alcalde de Madrid también fue el artífice de un polémico cambio, consistente en sustituir las papeleras de la ciudad por otras prácticamente idénticas, sólo que con un cenicero para colillas, una inscripción en braille para ciegos y, en algunos cubos, bolsas biodegradables. El precio: 1.133,78 euros por cada unidad. En total, un coste para los madrileños de 72 millones de euros.

3. Presidencia de la UE: otro político que se juega el crédito de sus ciudadanos es el presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero. La presidencia de España en la U, también llamada "presidencia florero", ha costado varios millones de euros.
Por un lado, los 3 millones que fueron a parar a una empresa especializada en muebles de diseño para engalanar las cumbres y reuniones que organizó la Presidencia española. Como engalanados estuvieron también todos los mandatarios y delegados que acudieron a ellas y que recibieron como regalo corbatas los hombres y pañuelos las mujeres. Dichos agasajos costaron otros 100.000 euros.

4. Carteles del Plan E: dejando a un lado el despilfarro del Plan E, lo que más puede sorprender es que en algunos casos hasta el precio de los carteles que anunciaban la obra fue más elevado que el importe total de la misma.

5. Expo de Shangai: España presentó uno de los cinco proyectos más caros de toda la Expo de Shanghai, de los 190 que existentes. La partida a desembolsar por Rodriguez Zapatero fue de 74 millones de euros, comparable al coste de construcción de todos los pabellones iberoamericanos juntos.

6. Traductores: el Senado tampoco se libra de desembolsos inútiles. La Comisión General de Comunidades Autónomas se caracteriza por ser el único foro del Senado en el que está permitido intervenir en cualquiera de las lenguas cooficiales del Estado (catalán, euskera, gallego y valenciano)
Esto permitió al presidente de la Generalidad, José Montilla, realizar su intervención en catalán, si así lo deseaba. Pero Montilla sorprendió a todos los presentes realizando su discurso primero en catalán y luego en castellano para, a continuación, utilizar el gallego y finalmente el euskera. El primer resultado fue que el traductor no podía seguir su ritmo y tampoco traducir lo que decía en otras lenguas y, el segundo, un coste de 6.500 euros (sólo en esa sesión).

7. Encuestas: en Barcelona el despilfarro llega a extremos alarmantes. Su alcalde, Jordi Hereu, se gastó 3,5 millones de euros para convocar una consulta popular sobre la necesidad o no de reformar la Avenida Diagonal. El coste estimado de la obra ascendía a 70 millones de euros. Los barceloneses votaron un rotundo no.

8. Aviones: utilizar aviones militares como si se tratasen de simples aviones comerciales es una práctica habitual entre los políticos. Pero el escándalo es aún más grave si son tres los aviones militares que utilizan tres ministro para viajar al mismo sitio -Bruselas- y el mismo día.

9. Cursos: un Ayuntamiento que tampoco tiene problemas en añadir gastos a las arcas municipales es el de León. Su alcalde, Francisco Fernández, ha tenido el detalle de gastarse 5.400 euros por los dos cursos de extensión universitaria, matrícula incluida, realizados por su concejal del Urbanismo, Francisco Gutiérrez, "que no forma parte del cuerpo de arquitectos del Ayuntamiento de León y quien tampoco goza de dedicación exclusiva en el mismo". Derroche que ha sido denunciado por el PP en León.

10. Teléfonos: Sabíamos que el número de teléfonos móviles que utiliza el Gobierno se ha cuadruplicado en cinco años, pero lo que no sabíamos era el uso que podían llegar a darle los políticos.
El alcalde del pueblo de Vallelado (Segovia), José Luis Garrido, en lugar de preocuparse por atender las necesidades de su Ayuntamiento utilizaba su teléfono móvil oficial para realizar llamadas a líneas eróticas. Las llamadas no fueron algo esporádico debido a que sus facturas ascienden a 5.700 euros. Cuando han descubierto el pastel, la excusa de Garrido ha sido que la terminal de su teléfono "era nueva y se debió quedar conectada a un número de esos".

jueves, 26 de agosto de 2010

ALBERTO MORAVIA





Siempre pensé que existe una edad para escribir. Que por muy buen escritor que uno sea necesita vivir, tropezar, descubrir y fracasar. Necesita conocer otros mundos, necesita dejar los garitos de la noche de juerga, los porros y el sexo. Necesita conocer precisamente lo que menos le interesa: los viejos, los caminos andados, la vida que se mueve tras los que no importan, los perdedores, los que miran hacia atrás y no ven nada. Qué hace de los hombres lo que acaban siendo.
Pensaba que para saber qué es exactamente lo que se cuece en el fondo del ser humano, sea joven o viejo, hay que haber vivido. Y es precisamente la edad la que nos enseña que hay muchos mundos, infinidad de ellos, caminos que nunca llegan a rozarse aunque transcurran de la mano, palabras que nunca llegan a oírse aunque se griten a los cuatro vientos. Porque hay puntos ciegos que jamás serán percibidos, que moriremos sin haber entendido casi nada de nuestra vida.
Este verano he tenido que reelaborar mis creencias, que desdecirme, recoger velas. Y, sobre todo, admitir que no existen fórmulas. Que algunos jóvenes pueden ser más maduros que algunos viejos, y que algunos viejos son más interesantes y están más vivos que algunos jóvenes.
Es verdad que un adolescente nos habla de sus noches locas y de su mundo pequeño y simple, y que al hacerlo puede ser bueno, interesante, y gustar, sobre todo a los que como él son jóvenes, viven esas mismas noches y esas mismas inseguridades e inquietudes. Pero hablar de una burocracia marchita, aburrida y mezquina, hablar del abandono y la falta de ganas de vivir, de la indiferencia, del aburrimiento cuando se tienen tan solo veintidós años, es sorprendente.
Siempre debemos estar dispuestos a corregir nuestras ideas. Y esta vez ha sido de la mano de Alberto Moravia con “Los indiferentes”. Me costaba creer que la novela fuese escrita cuando tenía solo veintidós años: la hondura de los personajes, el conocimiento de una sociedad que por su edad se le debería haber escapado, la sutileza de los diálogos, las acertadas descripciones, precisas como bisturí de cirujano. Sin ápice de palabrería, de ornamentación, solo lo justo, el hastío, y la decadencia. Precursor de otros grandes como Albert Camús, o Sartre. Todo está ahí porque debe estar. Si esa fue su primera novela, quiero leer otras, todas.
Estuvo cinco años postrado por una tuberculosis, no terminó sus estudios, consiguió la secundaria con esfuerzo, y la obra la escribió durante ese duro periodo de su vida. No es el primer escritor que ha realizado su mejor trabajo en la convalecencia de una enfermedad. Y eso sí confirma mi opinión. Todo lo que sucede tiene una consecuencia positiva que sin ella no habría sucedido, y precisamente cuando uno mira hacia atrás comprende por qué fue todo. Por eso pensaba que solo a partir de los treinta y cinco años o más, se podría escribir, por eso me equivoqué. Quizá sin su tuberculosis no hubiera escrito algo tan grande. Quizás el destino nos dirige a donde debemos ir, quizás nuestra vida sea un rompecabezas del que hay que alejarse para poder ver el dibujo que formó nuestra existencia. Quizás la edad no tenga nada que ver con la madurez. Quizás juzgamos muy a la ligera.

martes, 24 de agosto de 2010

TARDE DE AGOSTO


Veinticuatro de agosto. Son las seis de la tarde. No refresca ni el mar. Mientras escribo escucho el motor de un yate, si me asomo a la terraza veo velas, veo sombrillas, veo patines y tumbonas. Y desde este piso veinticuatro, con el sol iluminando la playa, las olas, el mar, recuerdo la UVI, recuerdo el despertar en un lugar desconocido, en una jaula de cristal, en una pecera. No hay ventanas, el silencio es absoluto. Las luces del techo están encendidas las veinticuatro horas del día. Personas con bata verde entran y salen sin decirte ni una palabra, sin dirigirte una sonrisa amistosa. Duermo a ratos, intercalo momentos de consciencia e inconsciencia que me trasportan a la brisa de una tarde de agosto. Las constantes luces del techo me hacen recordar dónde me encuentro. No es que nadie hable, sí lo hacen, y hablan mucho, pero no me hablan a mí. Yo no importo, importa mi vía, mi gotero, mis constantes. Me siento como uno de los bolígrafos que guardo en el bote de mi despacho, como expedientes que abro o cierro. Mi cama es un cajón del archivador. Haz una fotocopia, escucho decir, y alguien se acerca para ver si todo anda bien, si la copia sale por los dos lados, si es buena la impresión, como mi gotero con su ritmo programado. Alguien cuenta lo que le pasó ayer al cruzar la calle, los bolígrafos no se alteran por la conversación, no son más que bolígrafos, y nosotros pacientes que necesitamos descansar, que no nos importa lo que les pasó a los que cruzaron la calle, que pedimos ser, que pedimos la sonrisa que se le niega a las cosas, la palabra de consuelo, o quizá tan solo un silencio respetuoso por nuestro dolor, por nuestra fragilidad.
Ya ha pasado todo. Estoy en la terraza de mi apartamento, hace mucho calor y escucho el motor de un yate, las risas de la gente en la playa. Y les deseo de corazón que tarden mucho, muchísimo, en convertirse en bolígrafos, y descansar en archivadores como meros expedientes, escuchando bajo una luz que nunca se apaga, las triviales conversaciones de personas vestidas de verde que no saben ni que existes.

viernes, 20 de agosto de 2010

MI TÍA ANGELITA Y EL PATO DONALD


.


Mi tía Angelita me contó que cuando estudiaba derecho en Murcia, allá por los años sesenta, ella y once más, decidieron jugar un partido de futbol. Querían recaudar fondos para el viaje de fin de carrera. Dice que las burradas que tuvieron que escuchar por llevar pantalones cortos, eran de alivio. Pero lo peor no fue eso, ni siquiera que cuando terminara el partido se echaran al campo los espectadores para pellizcarles el culo. Sino que cuando llamaron a la policía para que las protegieran, se sorprendieron al ver que lejos de protegerla les pellizcaban también.
Y es que la mujer siempre lo ha tenido crudo. O te vestías de ursulina, o eras una perdida. Como decía Sor Juana Inés de la Cruz:
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis
Eran tiempos duros para la mujer, no digo que no. Tiempos en los que el Código Civil declaraba sin pudor en el artículo 57 que la mujer debía obedecer al marido y éste protegerla. Eran tiempos en los que el marido era el administrador de los bienes de la mujer. Eran tiempos en los que en clase de Derecho Canónico, el profesor, cura él, para explicar lo que era un matrimonio religioso válido, se ponía a hablar en latín sin venir a cuento. El matrimonio debe ser rato y consumado. Rato es celebrado. Y consumado..., consumado... Requiere tres fases:”Erectio, penetratio et eyaculatio”.
Qué dice ese, gritaba mi tía Angelita que le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Pues eso, que en los sesenta esas sinvergonzonería solo se podían decir en el latín de Cicerón para no escandalizar a las chicas, pobres, aunque estuvieran estudiando la carrera.
Y cuando ya pensábamos que todo eso había pasado. Cuando ya creíamos superado el machismo, cuando ya las mujeres conducen autobuses, van a la guerra, y hasta van a poder conducir una góndola, madre mía. Nos levantamos con dos noticias de allende el siglo:
UNA: El pato Donald acosó sexualmente a una visitante de Disney World en el 2008 “La mujer se quedó muy traumatizada porque le tocó una teta”. Según los titulares, socarrones ellos: “La pobre ha sido incapaz de superar el trauma psicológico, tiene pesadillas con Donald y, debido a esto, sufre dolores de cabeza, ataques de pánico, náuseas y problemas de digestión. La mujer demanda una compensación de 50.000 dólares”.
LA OTRA: Fue en la frontera de Melilla con Marruecos, en el 2010. Colocan un nuevo cartel contra las mujeres policía que las retrata como a basura.
Pobre tía Angelita, con lo traumatizada que andaba ella por las vejaciones que sufrió en aquel histórico partido de futbol. Y ahora, después de todo, tiene que comprobar que los años sí pasan en balde.

miércoles, 28 de julio de 2010

LOS OTROS






He comprado el libro inédito de Carver “Principiantes”, la versión original de “De qué hablamos cuando hablamos de amor". Es curioso. Carver era el hombre a imitar para cualquier alumno de taller de escritura. Era el ejemplo a seguir, y seguido por miles de aspirantes a escritores. ¿Cuántos filetes podridos en nevera estropeada nos hemos encontrado entre los premios literarios? ¿Cuántas chaquetas gastadas?, ¿Cuántos inválidos intentando hacer fotos de una casa?, ¿Cuántos observando a sus vecinos?, ¿Cuántos bichos asquerosos como fondo de una historia? Unos ligeros cambios aquí o allá, y Carver renacía una y otra vez. Miles de metáforas de situación, mejor o peor imitadas. El realismo sucio hasta en la sopa. Solo se requería un buen vocabulario, unas cuantas frases cortas y frías, un objeto escamoteado, y que cada uno interpretara a su manera. Lo demás estaba hecho. Solo se podían conseguir premios literarios si eras capaz de imitar a Carver. No muestra, solo señala huecos, nos decían, como agujeros negros que en su perfil se descubre lo que está debajo, explicaban. Y a ver quién era el guapo que se atrevía a no entender sus fríos relatos. Mostraba la realidad desde una crudeza enorme “utilizaba el inglés como una cuchilla”. Todos podíamos ser uno de esos hombres que acaban tirando piedras a dos chicas que pedalean en bicicleta. Porque sí, porque el hombre se comporta de forma gratuita sin ningún motivo, en una tarde de aburrimiento. Un paseo inocente con un amigo, unas cuantas cervezas de más, y surge la complicación. ¿Cuál? No se sabe. Tira piedras, no a una, si no a dos chicas. ¿Las mata, las hiere? Eso no importa, porque Carver no explica, solo muestra.
Ahora sabemos que no, sabemos lo que realmente escribió y lo que su editor, Gordon Lish anuló. Un relato de 19 paginas que el editor dejó en 9. No se trataba de un hombre que sale con su amigo y acaba tirando piedras a dos chicas, no, esa no era la versión inicial de Carver. La versión era otra. Uno de los hombres se va excitando poco a poco, viola a una de las chicas, la persigue, y luego, horrorizado por lo que ha hecho, y por la consecuencia que puede tener su acto, la mata, con saña, con sadismo. Qué diferente historia. Un relato lleno de indicios, de frases que nos acercan a la tragedia. Su editor le cambió hasta el sentido de sus frases. Uno es Carver, el otro su editor. Carver acepta esa guillotina, acepta que le cambien conceptos, palabras, frases, puntos y comas. Carver acepta lo que le proponen, ¿por dinero, quizá?, no sé. O tragas o no serás nadie. Y no solo Carver, todos aquellos seguidores de Carver, imitadores de Carver, fanáticos de un Carver que no es Carver. ¿Hasta donde llega la mentira en literatura?
Él enseñaba, el mostraba, él daba indicios, y él terminaba sus relatos. Su editor supo ganarse al publico con lo no dicho, sin indicios, con relatos sin terminar, con la ambigüedad.
"Si alguna vez hubo alguna pieza literaria que nunca requirió enmienda alguna fue esta. Pero su publicación inicial no solo fue corregida sino terriblemente mutilada por un editor corrector". (Philip Roth)
"El verdadero Carver es más tierno, menos crudo. El verdadero Carver da cabida a digresiones secundarias. El verdadero Carver no es carveriano" (Blake Morrison)
La conclusión es que la literatura no está en manos de sus autores, sino de “los otros”.

lunes, 26 de julio de 2010

MULTAS




Vendí el coche en abril y ya me han puesto dos multas por aparcar sin distintivo de la hora, ambas en junio, en días sucesivos. Reiterativa que es la compradora. Eso no debería importar, pero importa, porque si no protesto a la que embargan la cuenta es a mí. Me lo ha explicado el de la ventanilla K. Aunque en tráfico ya deberían saber que he vendido el coche, porque he realizado todos los trámites oportunos, no lo saben. Ellos son así. Me envían la multa a mí porque están hechos a mi nombre y a mi dirección.
Aprovecho que estoy de baja, porque el horario es solo de 9 a 13, para desplazarme a la calle Albarracín, 33 con todos los recursos preparados; las fotocopias de la venta, el permiso de circulación, los impresos que puedes bajarte de Internet, y los que yo buenamente he preparado por si acaso. Cuando llego a la Subdirección General de Gestión de Multas de Tráfico, me encuentro con un montón de colas. Todas a reventar. Pregunto, nadie me da razón. Saque número, me dice un hombre bajito y con mala idea.
Se puede sacar número de la A a la Z. Pero nadie te explica o no puede explicarte, cual es la correspondiente a tu caso. Si quieres saberlo debes pedir número para la L que es “Información general”, y cuya cola da la vuelta al recinto. Una vez informada convenientemente de tu letra, tienes que sacar número otra vez y volver a empezar. Si no tienes impreso porque no sabías que se podía bajar de Internet, lo tienes que comprar en la cola G, rellenarlo, y volver a sacar número para la cola pertinente.
Algunos sufridores para no perder la mañana habían decidido sacar número de todas las letras y, claro, se mantenían en un sin vivir por si les tocaba en dos ventanillas a la vez y no daban con la verdadera. El estrés se palpaba en el ambiente. A ver, que otra cosa se puede hacer, me explica una mujer con bastón que no encuentra silla para la espera.
La suerte está de mi parte. La cola de los que vendieron el coche y sin embargo los continúan multando es la K, la mía. No me lo creo. Ha sido pura potra pero aún así he tardado tres cuartos de hora en que tocara mi número, nada en comparación con los que han tenido antes que pedir información.
¿Por qué me envían las multas a mí?, le pregunto ingenua al que me atiende. Pues será por que no saben que lo ha vendido o porque todavía no nos han mandado información los de tráfico. ¿Y si la compradora se dedica a aparcar dónde Dios le de a entender? Pues tendrá que volver a recurrir para que no le embarguen la cuenta. ¿A mí? Sí, a usted. ¿Y cómo puedo yo arreglar esto? Pues llame a la compradora y convénzala de que aparque bien.
Se me ponen los pelos de punta. O eso o cojo número para todas las colas y echo el verano a perros. .
A ver que le contestan, ha dicho al despedirse el de la ventanilla. Y usted que lo vea, le he contestado.

Ah, también se puede llamar por teléfono pero les da mucha risa porque nadie lo coge.

sábado, 10 de julio de 2010

FOBIAS, ESTIMULOS, Y ANSIEDAD




Mira que tengo tendencia a creérmelo todo.
Un día se me acercaron dos señoras con misal para preguntarme si yo creía en “el inicuo”.
- -Pues sí -les contesté. No tenía razones de peso ni para creer ni para no creer. No suelo pensar en lo inefable.
Y ellas aprovecharon para concertar una cita conmigo, y darle vueltas al asunto. Pero como una cosa es creer en todo, y otra muy distinta pasarse una tarde hablando del inicuo, decliné la invitación con cara de qué más quisiera yo, oiga. Con lo interesante que eso parece.
Otro día me abordó por la calle un hombre bajito y peludo para preguntarme si quería medir mi nivel de estrés gratuitamente. Y entre que me encanta lo gratuito, y que no tenía una prisa loca, dije que bueno, que midiera lo que quisiera.
-Dios mío –dijo fuera de sí, una vez conectados los parámetros de medida- No tiene nada de estrés.
-Ya ve- contesté orgullosa.
-Usted toma pastillas, no lo niegue.
-Bueno, alguna Dormidina para soportar las noches de excesivo calor...
- Está dopada. Compre este libro que le va a ayudar mucho, y nos pondremos en contacto con usted.
Compré el libro para no hacerle el feo y me pareció tan peñazo que hasta logré cambiar la Dormidina, por dos o tres páginas del dichoso librito.
Lo recuerdo todavía, hablaba de que si un día te roban el bolso, pongo por caso, te arrastran con la moto varios metros, y a la vez suena el pitido de la olla a presión que sale de un piso cualquiera. Tu mente borra la agresión de los moteros, y te deja en recuerdo el pito de la olla a presión. Y cada vez que lo escuchas, te entra una congoja inexplicable que te produce sudores fríos, y taquicardias, y canguelo. Y a eso se le llama trasposición de elemento, cambio de estímulo, o fobia.
Me pareció muy fuerte que además de robarte el bolso, olvidarlo, no ir a la policía a denunciar y anular las tarjetas, te dediques a huir despavorido cada vez que escuchas el pitido de una olla a presión.
Y es que la vida está llena de incógnitas sin desentrañar. Por eso me dejo abordar en la calle por cualquier iluminado, y gracias a eso he llegado a saber lo que no está escrito.
Sin embargo no tenía claro lo mucho que todavía me quedaba por aprender. No era consciente de que existía un pulpo, un tal Paúl, que vaticinaba el triunfo de un equipo en los mundiales, que ya han salido tascas en las que ha dejado de servirse pulpo a la gallega para no ofender a Paúl.
Qué pena que Paúl no nos avisara a los ciudadanos y funcionarios de que la Ley de Presupuestos se la iban a cargar de un plumazo, que nos iban a bajar sueldos ya aprobado, que iban a dejar a los pensionistas a dos velas, que iban a abaratar el despido, que no iba a reducir ni un duro los despilfarros de las entidades financieras. Como dijo Lula. “No podemos permitir que las ganancias de los especuladores sean privatizadas, mientras las pérdidas sean invariablemente socializadas”

Paúl, yo solo quiero saber si mañana me van a destinar a “Cuculina de la Sierra” por un real decreto ley (ratificada en el Parlamento con sus extraños pactos), si me van a echar con cajas destempladas de mi puesto de trabajo, si cuando me levante mañana por la mañana, ya no me pueda jubilar hasta los setenta y siete años con efectos retroactivos, si van a coger mi nómina y se la van a dar a cualquier mindungui que tenga dinero escondido en cuentas suizas.
Y es que mientras pensamos en Paúl, no le damos vueltas a los precedentes que se están creando en nuestra sociedad. Yo creo que eso es una trasmutación de elementos, un cambio de estímulo, una fobia, vamos.
Usted preocúpese del mundial, y de Paúl, y del pitido de la olla a presión, que nosotros nos ocuparemos de pasar a toda pastilla con una moto y robarle todos los logros sociales alcanzados con tanto esfuerzo y durante tantos años.
Así de simple.

viernes, 9 de julio de 2010

VEINTINUEVE DE JUNIO



Imagen: Margarita Diaz Leal

Dejar la mañana traspasada. Saber que ese día, el veintinueve de junio, no lo vas a vivir, que será tu día de sueño. Un sueño largo y frío del que quizá no despiertes.
Saber que te vas, ¿pero a dónde? Darte cuenta de lo poco que importaba eso, y aquello, y lo de más allá. Mirar el sol y verlo extraño, helado, intemporal. Los pasillos atestados de gente que no conoces, que nunca conocerás. Qué más da que vayan de un lado a otro. Lo único trascendente es que tú llevas un gorro verde, y un historial encima de tu cuerpo. Que un camillero te trasporta. Saber que te has equivocado en todo. O quizá en más cosas de las que pensabas. Mirar a los ojos de los que se cruzan en tu camino y no encontrar nada. Ojos frío como el sol del veintinueve de junio, el que un momento antes has visto por la ventana de tu habitación, antes de que vinieran a recogerte, antes de todo. Saber que siempre estarás porque lo único que se puede diluir es tu forma, tu estructura, pero nunca tu energía. ¿Volarás? te preguntas.
Madrid está atascado. Hay huelga de metro. Pero no importa lo que vaya a ocurrir, ocurrirá y será lo que tenga que ser.
De pronto tienes tanto frío que crees que te han congelado.
A lo lejos observas una noria. Estas en una feria, pides algo para cubrirte, echan sobre ti una manta y lo agradeces. Alguien te quita una sonda de la cara y sonríes. Alguien moja tus labios con una gasa.
Todo ha salido bien, escuchas que alguien dice. Entonces recuerdas; los ojos vacíos, el sol que no calienta, la mañana traspasada, el día veintinueve. Enfermeras merodeando, los brazos conectados a un gotero. Sigues muerta de frío, de sed, de miedo, pero no te has diluido. Han pasado diez horas pero has regresado con tu estructura, tu forma, sin volar. Tienes otra oportunidad, aunque... No te acuerdas en qué te habías equivocado, qué era lo que querías cambiar, qué era exactamente lo que no importaba. Debes recordarlo pero no puedes. Empezar de nuevo, sí pero cómo. ¡Qué cansancio, qué sed, qué miedo! El sueño te desorienta. Ganó España, escuchas decir a un enfermero del nuevo turno. Ya debe ser treinta de junio.

sábado, 3 de julio de 2010

MI EGO Y LA UVI







El día treinta me abandonó mi ego. Llevaba ya tiempo poniéndome las cosas difíciles. Sabia que me iba a operar y no le daba la gana de aceptarlo.
-Pero vamos a ver. ¿A ti que te va y que te viene con que yo me opere? –le pregunté un día harta ya de sus monsergas.
-Porque lo sé, porque he hablado con otros egos y sé que esto puede ser muy traumático para mí.
-Te vendrá bien, adelgazaras algo, que te estás poniendo como un toro.
-Eso es lo que piensas ¿no? Pues que sepas que te puedes morir.
Y es que mi ego lo de la UVI lo traía a mal traer. Habló con el ego de Juan, mi vecino del once, y le debió contar miles de horrores. Que si allí no eres nada, que si te dejan hasta de dar de comer, que si un número más.
Al final decidí no hacerle caso y me operé de una fibrilación auricular por un nuevo método.
-Difícil, complicado, pero en tú caso más seguro que los que hay ahora -me explicó el médico. No me evitó los pormenores. Pero también me pidió que confiara en él, que estaba en el momento propicio -Si dejamos pasar más tiempo, quizá ya no tenga remedio.
A ver, qué iba a hacer yo. Pues acepté
-Eres la típica insensata. Estas como una rosa, la fibrilación ni la sientes. No sé por qué te dejas convencer por ese hombre –me dijo el ego siempre tan incisivo.
Me operé, y la operación duró diez horas. Me cauterizaron las venas pulmonares que producían las arritmias. Luego me llevaron a la UVI para reanimarme. Y eso debió de ser lo definitivo. Tardaron media hora porque me habían producido una hipotermia. Frío, vamos. Desperté llena de tubos, sondada, y con miles de venas agarradas a goteros.
Yo creo que fue eso lo que hizo disminuir a mi ego, hacerse nada. No pudo soportarlo. Eso, o quizás el hecho de que escuchara como las enfermeras me llamaban “la cardiaca”
-¡La cardiaca! –me gritó- Pero se puede saber que es esa falta de respeto.
-Acéptalo. Aquí no somos más que un número.
De pronto lo vi claro, su adelgazamiento, su deteriorada forma de andar, su cara demacrada. Me di cuenta entonces que lo de abandonarme estaba tomando cuerpo en su cabeza.
Me habían dejado la cama en un box, un box es un cuartito con las puertas abiertas a otra sala a la que dan los box de todos los enfermos. Las enfermeras merodean por ese recinto hablando de sus cosas, hasta que saltaba alguna alarma: Piiiing, piiiing, piiiing.
-Ese es el infartado, que se le ha acabado el gotero
-Piiiing, piiiing.
-Anda, la hipotensa, esa es mía. Voy a ver qué pasa.
Y así fueron pasando las horas, o los segundos. Porque el tiempo en la UVI, no pasa, se produce un agujero negro sin espacio ni tiempo que te deja perdida. Estaba muerta de sed porque me habían entubado, y la voz me salía extraña. Confiaba que sonara alguna alarma para que se acercara una enfermera, para pedir agua. Por fin sonó:
- Piiing, piing.
Y al pasar la cuidadora por delante de mi box, aproveché para pedir:
-Agua
-No puede beber.
-¿Y mojarme los labios?
-Bueno, ahora le traigo un recipiente con gasas mojadas.
Y así pasé la noche, muerta de dolor por la espalda rígida de la operación y por la inmovilidad de las femorales, con una sed que me hacía absorber las gasas como si pudiera sacar de ahí las profundidades del océano. Desnuda, enchufada a mil cables, y sin siquiera saber si era de día o de noche.
Mi ego, estaba destrozado. Lo veía adelgazar a marchas agigantadas.
-Te vas a morir como sigas tomándote las cosas así. Es lo que nos toca y punto -le grité.
-No me importa. Me voy. Ahora mismo me voy y te dejo. Al fin y al cabo fuiste tú la que te quisiste meter en este berenjenal.

Cada nuevo turno de enfermeras que entraba le daba el parte de lo acontecido hasta ese momento.
-Entró fatal, chico. La cardiaca entró fatal. Si la llegas a ver, media hora para reanimarla.
Por fin se hizo de día, no lo supe por la luz de la calle, sino por el nuevo trasiego de cambio de turnos. Y entró mi cardiólogo, y mi cirujano. Todos coincidieron en que había sido difícil pero que estaban muy contentos con el resultado. Mi ritmo por fin era bueno, y tenían esperanza de que ya no volvieran las arritmias. El cardiólogo me dijo:
-Bueno, ahora ya no nos veremos tanto.
Me supieron tan bien esas palabras, que busqué a mi ego para compartir esa alegría, pero no lo encontré.

Desde que salí de la UVI no lo volví a ver. Hoy ha aparecido muerto en la estación de metro de Ciudad Lineal. Se había tirado a las vías. Lo he sentido, en serio. Pero es tan difícil conservar el ego después de estar en una UVI, que ya sabía yo que algo iba a cambiar en mi vida.

miércoles, 23 de junio de 2010

CUANDO ESTAMOS EN PELIGRO VOLVEMOS A SER NIÑOS


Tengo a veces deseos de ser
Nuevamente un chiquillo
Y en la hora que estoy afligido
Volverte a oir
De pedir que me abraces y lleves
De vuelta a casa
Que me cuentes un cuento bonito
Y me hagas dormir

Muchas veces quisiera oirte
Hablando sonriendo:
“Aprovecha tu tiempo
Tú eres aún un chiquillo”
A pesar la distancia y el tiempo
No puedo olvidar
Tantas cosas que a veces de ti
Necesito escuchar

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura hazme dormir
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Tantas veces me siento perdido
Durante la noche
Con problemas y angustias
Que son de la gente mayor
Con la mano apretando
Mi hombro seguro dirías:
“Ya verás que mañana las cosas
Te salen mejor”

Cuando era un niño
Y podia llorar en tus brazos
Y oir tanta cosa bonita
En mi aflicción
En momentos alegres
Sentado a tu lado reía
Y en mis horas difíciles
Dabas tu corazón

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura,, y cuéntame un cuento
Lady Laura, y hazme dormir
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura llévame a casa
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura

Tengo a veces deseos de ser
Nuevamente un chiquillo
El pequeño que tú todavía
Aún crees tener
Cuando a veces te abrazo y te beso
En silencio entendido
Tú me dices aquello
Que yo necesito saber

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y cuéntame un cuento
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte
Lady Laura, y llévame a casa
Lady Laura, un beso otra vez
Lady Laura

Lady Laura, Lady Laura, Lady, Lady, Lady, Lady, Lady Laura
Lady Laura, Lady Laura, Lady Laura

jueves, 17 de junio de 2010

RETORICOS


Tengo un amigo retórico. Me refiero a que es de estos que te convencen a penas abre la boca. En la facultad ya lo hacía bien. Salía al podium, decía cuatro obviedades y se llevaba a la gente de cabeza. Qué suerte tienes, tío, le decía embobada. Es que convences al más “pintao”. Sí, así es, me contestó él tratando de disimular su desmesurado orgullo.
Convencer, es vencer con la palabra. Los griegos dominaban el arte de la retórica.
Un día le dije a mi amigo el retórico que cómo se sentía después de llevarse de calle a la gente, a las masas, a la muchedumbre. Poderoso. Es algo indescriptible, me confesó. Ver como dominas las voluntades a tu antojo. Debía estar borracho de megalomanía porque me lo confesaba sin ningún pudor. No lo he olvidado. Cuando veo a un político soltar un discurso, con su entonación, sus largos silencios, sus momentos álgidos y su énfasis, me acuerdo de mi amigo. Ellos votarán lo que nosotros queramos que voten, me dijo un día, cuando todavía era ingenua, cuando creía en el valor del trabajo, del esfuerzo de la verdad. Cuando pensaba que los demás pensaban.
Los retóricos se mueven bien, ya sea en un escenario, en su lugar de trabajo, en una orquesta, en el mundo editorial, en la televisión y hasta en la cárcel. Son como anguilas que siempre encuentran su hueco, se entremezclan entre los poderosos para embaucarlos.
Con vencer. Vencer con la palabra. Tuyo es el mundo, amigo retórico. En tus manos está el corazón de los lectores, de los jefes, de los contribuyentes, de los espectadores, de los empleados. Parecen algo, pero si los tocas se diluyen entre las manos, no son reales, no quieren nada ni a nadie, solo brillar como proyecciones holográficas en tres dimensiones. Bonitos silencios, bonitas palabras, bonitos fuegos artificiales.
“Polvo serás, pero polvo embaucador”.

miércoles, 16 de junio de 2010

Protección de datos


Últimamente me siento vigilada. Si engordo dos kilos, mi buzón de llena de cartas anunciándome las últimas cremas anticelulíticos o los mejores métodos de adelgazamiento sin pasar hambre. Si me voy a pasear por la feria del libro, a mi regreso encuentro anunciada la enciclopedia británica a cómodos plazos mensuales. Si me sale una arruga intempestiva, el anuncio es para un viaje de la tercera edad a las Lagunas de Ruidera. Y así todo. He llegado a pensar que los que me robaron el bolso la semana pasada habían sido los de la compañía de seguros. Se pusieron en contacto conmigo nada más suceder el hecho para ofrecerme un seguro de cerrajero inminente con anulación de tarjetas.
Ya no sé dónde esconderme de tanta vigilancia. Observo las paredes para ver si han escondido micrófonos o vídeos camuflados entre los azulejos de mi baño. Desmonto la televisión para saber dónde está el interruptor por el que conocen mis preferencias de audiencia. Es un sin vivir. Ya ni cojo el teléfono por si son los del super que se han enterado de que me acabo de tomar un zumo de naranjas y necesito reponer.
Y así andaba yo, desasosegada y con peluca para pasar desapercibida cuando fui a visitar a una amiga a la clínica Quirón. Me llevé una gran sorpresa, la verdad, porque al preguntar por el número de habitación, se negaron a dármelo.
-Esa es información reservada por la ley de protección de datos- me dijo una señora con gafas de concha y corrector en la boca.
Le ofrecí mi carné de identidad, mi carné de conducir, mi certificado de nacimiento, oiga, lo que sea antes de volverme de vacío. Con lo lejos que está.
-Lo siento, son normas. La ley de protección de datos es muy rigurosa. ¿Es que acaso no lo sabía?
-Puessss.
Al volver a casa me encontré en el buzón un montón de cartas, llamándome pardilla y ofreciéndome los servicios de un detective privado al que por una suma de dinero ridícula me informaban del número de la habitación de mis amigos pacientes, y por otro ridículo suplemento, me proporcionaban un taxi para que no dejara a mi pobre amiga sola y desamparada.
Efectivamente, ella me llamó por la noche.
-Nadie, entérate bien. Ni un solo amigo ha venido a visitarme- me explicó hecha polvo. Lo que no sabía era que nos habían largado a todos para protegerla.
Esa misma noche recibió en su buzón miles de páginas de contactos.
“No se sienta sola, mujer. Nosotros podemos ayudarla a encontrar al hombre de su vida en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quiere gozar?”
Pero eso ya fue otra historia.

domingo, 6 de junio de 2010

Saberlo todo


Hoy me he despertado omnisciente. No era algo que tuviera previsto, ha sido de pronto. Llevaba yo tiempo queriendo serlo, la verdad. Me lo decía todo el mundo. Es que siempre lo ves todo desde un punto de vista muy personal, deberías cambiar. Ya es hora de que te acostumbres a ser omnisciente, por ejemplo. Pero yo me resistía. La vida siempre me ha parecido muy personal, muy..., cómo diría yo, creada por cada uno a su conveniencia.
A veces, cuando bajaba al metro, me preguntaba cómo vería el andén la señora del vestido rojo, o el tío de la rasta, o el niño de la mochila.
-¿Te gustaría ser uno de esos? –me preguntó Catalina, que también le da muchas vueltas a todo.
-Pues francamente, no.
-A ellos tampoco les gustaría ser tú.
Así que desde entonces comprendí que nunca podría ser omnisciente, que eso era muy difícil, para gente que cree saberlo todo, comprenderlo todo. Pero no para mí que siempre estoy más liada que las patas de un romano, que no logro aclararme con nada. Por eso, cuando está mañana he salido a la calle y me he visto tan sabihonda, me he llevado una agradable sorpresa.
Al entrar en el metro, detrás del niño que arrastraba la mochila con ruedas, una voz en mi interior ha dicho: “El pasillo le parecía más largo que antes, más que ningún otro día. Estaba cansado, un poco dormido aún. Un pedazo de cielo asomaba por la rendija de una puerta abierta allá, en la calle, en el portal 35 de la calle Albarán. Una mariposa activó las alas, y la envergadura del colibrí era a penas más estrecha que el pasillo del barco”.
Jo, qué chulo, pero si por fin soy omnisciente, he pensado.
“El quiosquero de la esquina había oído cómo lo llamaba una voz por el auricular de su móvil, mientras el hombre de la chaqueta gris había echado a correr por el pasillo para ver si todavía cogía el metro a punto ya de partir. Pero las risas burlonas del conductor del vagón resonaban en el andén cuando él todavía intentaba entrar. Había cerrado las puertas justo cuando el hombre de gris tenía medio cuerpo dentro. El chulo de mierda del conductor, había pensado el impecable hombre de traje gris. Y había aguantado el dolor de verse atrapado sin aparentar desconcierto. Su rostro adquirió una tonalidad verdosa, pero no quería aparentar susto. De hecho aparentaba ser fuerte, valeroso. Era la primera vez que se enfrentaba a la prepotencia de un conductor del metro. El conductor, por su parte, enroscó los dedos alrededor de las palancas de mando y cayó en la cuenta de la cantidad de tiempo que había pasado desde que se había despertado esa madrugada, de que no estaba de humor para dejar que un miserable hombre de gris llegara a tiempo a su trabajo. Le faltaba mucho todavía para el relevo. El loco ese se había quedado atrapado en la puerta, pues que se jorobe, pensó, que se hubiera levantado antes como él. Pero tuvo que abrir las puertas, no sin cierto resentimiento. Por él lo hubiera dejado ahí, atrapado, confuso, asustado. Pero al supervisor no le iba a gustar su comportamiento y estaba seguro de que lo vigilaba desde su cabina.
Esteban, el supervisor, desde la cabina de mandos, percibió su turbación.
Un brillo de perspicacia asomó a los ojos del joven de las rastas, y el niño de la mochila colgada al hombro esbozó una sonrisa radiante porque le había gustado el salto del hombre del traje gris.
El quiosquero que se hallaba en la superficie, dentro de su quiosco, se retorció con gesto avergonzado. Eso era exactamente lo que temía, que su amante lo llamara justo a la hora en la que su mujer llegaba al quiosco para sustituirle”.
Qué confusión, Dios mío. Todo el mundo pensando a la misma vez y yo escuchándolo todo. He cerrado los ojos y me he tapado los oídos. Lo tengo absolutamente decidido: no quiero ser omnisciente porque a mi qué me importa que al quiosquero lo haya pillado in fraganti su mujer, que el conductor tenga un mal día y se alegre de pillar entre las puertas a un pobre hombre de gris, que el niño de la cartera se ria, y que el chico de la rasta sea un perspicaz de la vida.

jueves, 27 de mayo de 2010

LAS GALLINAS


Tengo un vecino que está “majara”. Ya sé que “majara” no es un término preciso, y que una escritora no lo debería emplear jamás, pero es que no soy psicóloga, y no tengo ni idea que enfermedad es la de aquellos que mientras hablan y sin venir a cuento, se empiezan a enfadar y parece que te van a dar una bofetada, aquellos que dicen que la culpa de todo lo que sucede en el mundo la tienen los que mantienen en un corral a las gallinas con la luz encendida para que pongan huevos a toda hora, que también tienen la culpa los albanocosobares o los astrohúngaros o los greco-romanos. No sé, algunos de esos. Los que ven confabulaciones a gran escala hasta cuando cambian de sitio la estatua de Colón o el oso y el madroño.
Sin embargo he comprobado que dentro de su desconcierto cerebral, se produce cuando menos te lo esperas, una lucidez extraordinaria. Como si un rayo de luz cruzara el universo de su mente, y fueran capaces de ver lo que no vemos el común de los mortales. Por eso, y no por otra cosa, cuando me lo encuentro, le pregunto por cuestiones del momento. A ver cómo ves tú esto o aquello, o lo de más allá. Entraña un riesgo, pero merece la pena
Ayer me lo encontré en el metro, y aproveché la coyuntura para que me explicara qué piensa él de la crisis económica. Esperábamos en el andén y casi me empuja en uno de sus ataques de furia. Hubo un momento de gran indignación por su parte en la que temí por mi vida: hablaba como siempre, muy deprisa, atragantándose con las palabras, intercalando incoherencias, y de pronto, lo dijo, lo escuché claramente. La culpa esta vez no la tenían los alvanocosobares ni los greco/romanos, no. Ninguno de ellos había propiciado esta crisis, ni tenía ningún beneficio sobre ella. Eran los bancos, por supuesto, los responsables. El mundo financiero, Carmen, que ha matado a la gallina de los huevos de oro. Pero esos caerán, como todos, por su desenfrenada avaricia. Ya es hora de que te enteres de cómo está montado el tinglado:
Solo se salvarán los chinos. Nos van a invadir, tía. Ya se han quedado con el mercado africano. Han pactado con Argentina. ¿No te das cuenta de que todo lo que se fabrica en occidente, lo fabrican ellos y a más bajo costo? Fabrican los zapatos de Elda, los polvorones de Astorga, las yemas de Santa Teresa, los coches, los electrodomésticos... Todo, absolutamente todo lo consiguen más barato. Se hacen con el mercado. El mundo occidental se muere. El capitalismo se los ha comido a todos, y las vacas a las que ordeñaban están ya demasiado flacas parea alimentar a nadie. Los chinos, Carmen, los chinos, ha repetido. Luego se ha subido al vagón hablando solo, y lo he visto alejarse indignado.
Esta mañana lo he confirmado. Ha sido nada más abrir el periódico ADN.
"Pekín. Los trabajadores de la empresa taiwandesa fax com., tendrán que firmar un documento prometiendo que no se quitaran la vida”. Por lo que se ve en 2009 se la quitaron nueve empleados. La compañía fabrica componentes electrónicos para Sony, Nokia, Appel.
Tenía razón mi vecino, tratan a los empleados como a las gallinas, todo el día trabajando para que el beneficio sea mayor. Se acabarán los logros sociales que tanto costó alcanzar. Y me he imaginado a mi misma, sin siquiera poderme suicidar porque lo he prometido. Me ha entrado un canguelo enorme.
No pienso volver a hablar con mi vecino jamás. A ver, qué necesidad tengo yo de soñar con que pongo huevos a toda hora.

martes, 25 de mayo de 2010

EL PARCHE


UN CUENTO PARA NIÑOS INTELIGENTES
DE BEGOÑA GARCÍA GASTAMINZA




Andrés tiene un ojo vago,
eso ha dicho su oculista.
Con un parche hay que taparlo
para quitarle la vista.

Pero Andrés ha descubierto
que no ha dejado de ver
y en realidad lo que ocurre
es que ve todo al revés.

Con un ojo ve a un hombre,
fumando un puro muy serio.
Con el parche ve un gran puro
que fuma un hombre pequeño.

Un día vio una polilla
volando hacia una farola,
y también vio una bombilla
persiguiendo mariposas.

Un día el profe enseñó
cómo atarse los zapatos
y al mirarse los cordones
vio sus dedos abrochados.

Cuando se lava los dientes,
con el parche suele ver
que sus muelas con cepillos
le hacen cosquillas a él.

Al servirse agua del grifo
mira siempre con el parche,
porque en vez de salir agua
cae leche con chocolate.

Cuando mira la menestra
que se tiene que comer,
a veces come guisantes
y otras le comen a él.

Cuando llueve en la ciudad,
ve gotas caer de cielo
y a la vez las ve saltar
elevándose del suelo.

Un día vio que su padre
reñía con don Tomás
y al mirar por otro ojo
estaban bailando un vals.

Cuando Andrés va en autobús
de camino hacia la escuela
con un ojo ve edificios
y con el otro una selva.

Si al pasear por la calle
ve un paso de peatones,
con un ojo ve una cebra
y con el otro, ratones.

Cuando ve a su abuelo andar
despacito y con muleta,
si lo mira con el parche
va corriendo en bicicleta

Si por las tardes va al parque,
le gusta mucho observar
que en los columpios no hay niños,
los que juegan son papás.

Si mira a través del parche
ve a los perros maullar,
los peces usan manguitos,
y las flores huelen mal.

Ahora le han dicho a Andrés
que su ojo ya está sano,
le van a quitar el parche
y llora desconsolado.

Ya no sabe qué prefiere:
el mundo tal como es
o lo que es más divertido,
cuando lo ve del revés.

Si te ha gustado este cuento
y quieres ser como Andrés,
ponte el parche, mira el mundo
e imagínalo al revés.

martes, 18 de mayo de 2010

CRISIS BASURA


Desde que me he enterado que me bajan el sueldo, recibo cada día mil correos en el que me explican con pelos y señales en qué se gastan el dinero los políticos. La verdad, lo paso fatal. He tenido que tomar pastillitas para poder dormir, tila para no hacer vudu, placa de descarga para no apretar los dientes y quedarme sin dentadura.
Antes, por lo menos, no lo sabía. Quiero decir que vivía en la inopia, y eso me lo ganaba en salud. Ahora sé lo que ha costado la reunión de la cumbre europea, euro a euro, miembros de seguridad a miembro de seguridad. Lo que cuesta traducir a Montilla del catalán al español, que el pobre se trabuca. Las subvenciones a los sindicatos. Las embajadas andaluzas y catalanas que se han montado allende el mar. Lo que cuesta diseñar el mapa del clítoris, y lo que cobran todos y cada uno de los políticos de este país, autonómicos y estatales. Me lo sé como me sabía la lista de los reyes godos. Pregunten, pregunten. También me he enterado de lo que pagan a Hacienda los gerentes, gestores, directores, asesores, enchufado y demás hierbas.
Para qué seguir, un dolor de cabeza tras otro. Me levanto con extrasístoles y me acuesto hecha unos zorros. Sueño con piratas de parches en el ojo, con tesoros escondidos en despachos de abogados, con dinero negro en islas Caimán o Mauricio, en paralelas, en sanciones, en multas, en pérdida de puntos por toser.
Y eso no es nada, me dicen, porque van a subir los impuestos. Prepárate, funcionaria vaga y maleante, que no eres solidaria, que deberías darte con un canto en los dientes por tener trabajo. Y yo me pregunto, en el más puro estilo Leopoldo Abadía. Si yo, pongo por caso, ingreso cien euros en la cuenta de mi banco, ellos me cobran por dejarles mi dinero, por no tenerlo debajo el colchón. Luego cogen mis cien euros y compran lo primero que les viene a la cabeza, que da la casualidad que son bonos basura, que les han vendido los americanos, por cierto. Pierden mis cien euros y el estado les da mis cien euros para que no me cabree al ver mi cuenta a cero, pero como le han dado mis cien euros al banco, se han quedado sin dinero, y me lo tiene que volver a pedir, pero con más gracia, lavándome el cerebro y diciéndome que debo ser solidaria. Y lo que es peor, lo hacen vía bajada de sueldo y subida de impuestos. Los bancos siguen tan ilusionado con mis cien euros, porque a ellos no les puede faltar. Los americanos que nos vendieron la burra de los bonos basura, ahora van y nos pegan la bronca por no ajustar, por no reponer el dinero del estado, que era mío y ahora es de ellos.
¿De quién? Pues ya no lo sé. Creo que me he vuelto a liar.

sábado, 24 de abril de 2010

COSAS DE LA INFORMÁTICA







La informática tiene sus ventajas, no digo yo que no, pero comunicarte con una grabación sin ápice de sentimientos, es cuanto menos, frustrante. Comprendo que ya no tiene vuelta de hoja, pero el caso es que a mí me sigue desasosegando. Mi nuevo coche, por ejemplo, me tiene controlada.
-Él mismo le avisará de cuando debe llevarlo a revisión- dijo el vendedor.
Y es cierto, es como si tuvieras a un marido meticón a toda hora. Que si ponte el cinturón de seguridad, que si corres mucho, que si frena que nos la damos, que si cambia de marcha que no tienes ni pajolera idea de conducir.
Me tiene hasta las narices. Si entro en un túnel, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, enciende las luces y las apaga cuando salgo. Pone en marcha el limpia parabrisas cuando chispea y lo acelera si jarrea.
Abro y cierro mis cuentas por internet, con solo marcar el número que me indica la grabación.
Pero lo peor es que la cosa ha llegado hasta el trabajo, hasta los compañeros, hasta el desayuno. Y es que ahora cuando quiero preguntarle alguna cuestión a mi vecino de despacho con el que suelo desayunar, debo escribirle un correo.
-Escríbeme un correo -me dijo el otro día.
-Pero, hombre, si te lo estoy preguntando.
-Que me lo escribas, mujer.
Se lo he tenido que escribir, que si mira tú por donde se me ha cerrado la pantalla con información que necesitaba, que si ahora qué puedo hacer.
Al cabo de unos días, en los que ya había olvidado la consulta porque había tenido que rehacer el expediente entero, recibí la siguiente respuesta:

Ha sido resuelto el caso HD0000000088585 a su nombre. Para más información, debe acceder a la aplicación de Gestión de incidencias, seleccionar el caso y consultar la pestaña “Soluciones”
Si la solución dada resuelve su incidencia, seleccione en la pestaña “Información del solicitante” Cerrar, en caso contrario seleccione “Reabrir” Pasado un tiempo sin activar el caso será cerrado automáticamente y su cierre será notificado.
Tipo de caso: Incidencia
Resumen: Ha intentado cambiar configuración de pantalla y se ha perdido el archivo.
Urgencia: Baja.
Firmado: Departamento de informática.

Luego llegó como si nada para ver si salíamos a desayunar.
-Mándame un correo –le dije.
-Pero…
-Que me lo mandes.
Dos días más tarde le he contestado lo siguiente.

Ha sido resuelto al caso Cafeconleche a su nombre. Para más información debe acceder a la aplicación “Desayunos a la taza” seleccionar el tipo de café que desee tomar, con cafeina, sin ella, largo o corto, con sacarina, con azúcar. A su vez ese azúcar lo quiere moreno, blanco...
Si la solución dada le sacia el hambre de media mañana, seleccione la pestaña Soluciones. Cerrar en caso contrario. Pasado un rato sin activar, el caso será cerrado automáticamente, y se quedará más solo que la una y sin café.
Tipo de caso: Incidencia
Resumen: Ha intentado desayunar y se le han marchado todos los compañeros sin avisar.
Urgencia: baja
Firmado: La vecina del despacho de al lado.

sábado, 10 de abril de 2010

UN CASTING PARA PATRICIA







Menudo disgusto me he llevado al volver a casa. Ha sido nada más dejar la maleta en el suelo, al salir mi madrastra a recibirme. He pegado un grito casi tan alto como el de ella.
Mi padre se había marchado un mes a Estados Unidos por trabajo, o por yo qué sé. El caso es que he querido aprovechar las vacaciones de Semana Santa y le he dicho a mi madrastra que me iba a casa de Puri, que me había invitado a Sevilla a ver al Cristo de los gitanos y a la Macarena. Ella, me refiero a su tercera mujer, ha dicho que estupendo, porque estaba deseando ir a visitar a su prima Paquita que vive en La Manga y así aprovechar para descansar y tomar el sol unos días. No le hemos dicho nada a papá porque a él lo que le encanta que nos llevemos la mar de bien, que pasemos las vacaciones juntas y de compras. Idos de compras, anda, nos dice continuamente. Pero eso es imposible porque su “tercera”, es insoportable, incluso un poco peor que “la segunda” e infinitamente peor que “la primera”. Me refiero a las “ex” porque la primera, primera, quiero decir, mi madre, les da ciento y raya a todas juntas. Pero eso ahora no viene a cuento.
En casa vivimos todos, como mi padre tiene dinero nos acomodamos, “la primera” y “la segunda” mandan a los niños para que los mantenga y les de una buena educación. A veces se marchan con sus madres, pero eso es esporádico. La primera, aprovechando el tumulto, envía también a sus hijas, las que tuvo con el piloto de carreras, dice que lo hace porque quieren a mi padre una barbaridad, como si fuera su verdadero padre, y lo echan de menos. Son dos gordas que no hay quién empareje. Mi padre dice que serán la alegría de su vejez. Mi padre a veces es un poco duro con mis hermanastras, si es que se les puede llamar así, porque si uno lo piensa bien, qué parentesco tienen los que no comparten ni padre ni madre. Bueno, pues ellas me llaman hermanastra, y yo no discuto.
Pero a lo que íbamos, ella, la tercera, se ha marchado a La Manga y yo a casa de Puri a Sevilla. El soponcio nos lo hemos llevado cuando nos hemos encontrado en el hall esta mañana. Las dos éramos Elsa Pataki. Menudo disgusto.
-Tú no has ido a casa de Puri –ha dicho la muy lista.
-Ni tú a la Manga- le he contestado
-Te callas, maleduca- me ha gritado-.Vete a tu cuarto ahora mismo.
En menudo lío nos hemos metido por no ponernos de acuerdo y acudir a cirujanos plásticos diferentes. Mi padre a punto de llegar y dos Elsas Patakis esperándolo. A ver, qué le íbamos a explicar. No había tiempo para nada y ella me he dicho que me fuera al campo con los hijos de la primera y la segunda, que estaban de acampada, y que mientras tanto ya pensaría la forma de salir de ese embrollo.
No me ha importado, la verdad. Mis hermanastros son simpáticos y bucólicos. Mientras me marchaba he escuchado a mi madrastra preguntarle a la portera que a cual de las dos veía más bella, pero no tenía ganas de esperar el veredicto de la portera, y he salido corriendo con la maleta aún sin deshacer.
He encontrado a mis siete hermanastros en una tienda destartalada y mugrienta. La tenían hecha un estercolero.
-¿Pero se puede saber cómo podéis vivir así? –les he gritado nada más entrar.
-¡Elsa Pataki! –han chillados muy contentos.
-Que no, que soy yo, Patricia, que me he hecho un arreglito y ahora debo esconderme de papá para que no se enfade.
Han tardado en asimilarlo porque todavía son pequeños y bajitos, pero al final hemos pactado. Ellos podrán salir todas las mañanas a hacer senderismo, y yo les recogeré la casa, les limpiaré la tienda, me ocuparé de la comida. Y a cambio ellos me darán refugio hasta que se aclararen las cosas. Se han marchado al bosque cantando y yo he aprovechado para fregar los cacharros.
Todo iba la mar de bien hasta que se ha presentado en casa una de esas naturales que no se retocan, ni se tiñen el pelo, ni nada de nada. Me ha ofrecido un yogur de manzana con antioxidante y rejuvenecedor al máximo. No me gusta la manzana, ni me fío de la alimentación macrobiótica, pero me he sabido mal hacerle el feo y se la he cogido. La pobre era un cromo, llena de arrugas y de canas. Así que ¿qué iba a hacer?
-¿Cuanto se debe? –le he preguntado.
-Nada, bonita. Es un regalo.
Me debía de haber mosqueado porque hoy en día nadie da duros a peseta, pero se lo he agradecido y delante de ella, como dice mi madre que se debe hacer cuando te regalan algo, he dado el primer chupeteo.

Me ha despertado con un tío muy cursi besándome en los labios.
-Pero, oiga –le he gritado fuera de mí.
Siete tíos se han puesto a saltar y a gritar:
-Ha vuelto, ha regresado.
-¿Pero es que me había ido? –he preguntado. Y mientras lo hacía me he dado cuenta de que eran mis hermanastros, pero que estaban de lo más creciditos, hasta con pelos en las piernas y bigote.
Me lo han explicado todo a prisa y corriendo porque el cursi ha dicho que se iba a casar conmigo y que no debíamos demorarnos.
Dicen que he estado en coma por el dichoso yogur de manzana ni se sabe el tiempo, que la culpa ha sido de la tercera ex que no me puede ni ver desde que la portera le dijo que yo era mil veces más bella. Y que el beso del cursi me ha despertado de mi letargo.
He salido corriendo porque no estaba dispuesta a casarme con semejante espécimen por muy bien que besara, que tampoco era para tanto.
He corrido por el bosque sin GPS y he dado más vueltas que un tonto hasta que he visto una casa muy bonita en la que se celebraba una fiesta. Me he asomado por una de las ventanas y he visto a mis dos hermanastras vestidas de pijas, llenas de bisutería, y bailando como peonzas. El caso es que me he animado a entrar. El “segurata” me ha pedido el santo y seña. No me lo sabía pero cuando ya me marchaba, se me ha acercado un tío cuadrado y rubio, tipo Brad Pitt, y me ha dicho que podía entrar aunque no tuviera invitación porque él era Bruster and Bruster junior, y que ahí pasaba el que él quisiera.
Hemos bailado hasta hartarnos. Hip hop, Bacalao, Tecktonick, y sobre todo Reggaeton. Y cuando he bailado “Gasolina” ha sido cuando él no ha podido más y me ha pedido que me casase con él. Dos peticiones en el mismo día. Estaba de lo más subida, es normal. Y en este caso, con Bruster and Bruster junior, nada menos. Le iba a decir que sí cuando he visto a las focas de mis hermanastras acercarse a nosotros, y he salido corriendo. No quería que me descubrieran. Así que he vuelto a mi casa disfrazada de asistenta mora, para que nadie me reconociera.
Creo que Bruster junior ha puesto miles de anuncios en el periódico. “Baila Reggaeton como los ángeles”, pone. Y ha montado un casting para encontrarme. En cuanto pueda me presento y nos hacemos pareja de hecho. Ya no aguanto más madrastras, hermanastra, brujas sin teñir, y enanitos con pelos en las piernas. Me merezco una vida mejor ¿o no?

jueves, 18 de marzo de 2010

UN DÍA VERDE




Aquella mañana el cielo se había teñido de verde. Nadie podía precisar a qué hora exactamente pero lo cierto era que su tono era verde pistacho. Las nubes en vez de tamizarlo le daban un aspecto irreal como de película de dibujos animados.
La señora Torres estaba preparando un cocido cuando entró su hijo muy alterado.
-El cielo está verde. Pero verde, verde –gritó.
Ramón y Blas que descargaban botellas de cerveza en el supermercado “Ahorramas” sintieron como si una nube los cubriera, como si el sol se hubiera escondido. Y escucharon una exclamación, y vieron como los coches se paraban, los balcones se llenaban de gente. Hasta doña Pilar dejó caer las muletas y miró al cielo, sin acordarse de que se debía caer, que sin muletas ella debería estar en el suelo. La gente comenzó a salir de los bares, de las tiendas, de sus coches. Salían mujeres con el tinte en la cabeza, señores con heridas a medio curar, dentistas con la mascarilla, auditores con el portatil.
Todos, absolutamente todo el mundo salió a ver el cielo. Ese cielo color pistacho veteado de nubes. Las bocas se abrieron a lo largo de miles de kilómetros. Bajo la luz del medio día se extendían pueblecitos donde la gente de pie sobre sus sombras alzaba los ojos. La señora Torres tapó la olla, se secó las manos con un trapo, y se fue lentamente hacía el fondo de la casa.
Y comenzó a llover, la lluvia era tan fina y tan persistente que teñía de verde todo lo que encontraba a su paso. Los pelos verdes, las manos verdes, las mascarillas verdes, y los coches verdes. Se perdieron los contornos
A lo lejos, una nave redonda y blanca, se fue aproximando lentamente. Y mientras la gente miraba extasiada como esa nave se acercaba. Gritaron que no iban a consentir que ningún extraterrestre se metiera en sus vidas. “Los echaremos a todos” “Nos avasallarán con sus costumbres” “Nos quitarán el trabajo” “Bloquearán la Seguridad Social” “Fuera, fuera”, gritaban indignados. La lluvia verde iba cayendo lentamente, por encima de sus cabezas, haciéndoles no solos verdes sino irreales, como si fueran monigotes, personajes de cómics que gritaban indignados. “Es nuestra tierra” “No queremos intrusos”
La nave redonda y blanca pasó por encima de sus cabezas, poco a poco. Y fueron saliendo pequeñas virutas que se desperdigaban aquí o allá.
De pronto se dieron cuenta de que ya no estaba Ahorramas, ni Ramón, ni Blas, ni siquiera la señora Torres, ni los dentistas. Conforme pasaba la nave por encima de ellos iban desapareciendo, hasta que no quedó nadie ni nada. Habían sido borrados con una goma Milán.
Y el niño, mientras cerraba el estuche de las acuarelas, pensó que tendría que comprar más verde pistacho porque lo había gastado.