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sábado, 26 de diciembre de 2009

LA NOCHEBUENA








Hay cosas que una comprende con los años. La Nochebuena, por ejemplo. Nunca entendí porqué la casa de mi abuela se llenaba de invitados teniendo en cuenta que ya solo nosotros éramos ocho hermanos, más el abuelo y mis padres. Ni por qué esa noche la abuela invitaba a cenar a un tal Horacio, a su mujer y a sus tres hijos, tan solo porque era argentino y se iba a sentir muy solo. ¿Por qué el argentino se va a sentir solo si son cinco? preguntaba a la abuela mientras se afanaba en preparar la fuente de los turrones para no tener que contestarme. También venían mis cuatro tíos solteros, y otros que no estaban solteros pero que al no tener hijos era como si lo estuvieran, nena, que no sabes lo triste que es la soledad. Y no lo digo por que no me gustara todo ese lío de gente, de pavo, de regalos, y de zambombas. Tenía su encanto. Además Horacito, el hijo pequeño del argentino solitario, tenía una edad similar a la mía, y siempre traía unos cohetes que al explotar dejaban la mesa perdida de confetis y serpentinas.
A la abuela le gustaba vernos arreglados como para una boda, escucharnos cantar villancicos, y engalanar la mesa. Ahí radicaba el primer problema, si faltaban tazas de consomé a juego con la vajilla, a los pequeños no nos debía gustar el consomé; si vasos de la cristalería, la nena es que no bebe en las comidas, es una costumbre de siempre, de toda la vida. Y yo aguantaba con la garganta seca hasta el turrón de jijona, que es de almendra y superseco. Si no había cubiertos de postre para todos, a Ramón no le gustaba el dulce. Por eso, antes de sentarnos a la mesa, los pequeños siempre teníamos la previsión de preguntar a la abuela qué era exactamente lo que nos gustaba y lo que no.
Todo resultaba la mar de conjuntado. Un año la abuela puso tres pajaritas de purpurina inmensas en el centro de la mesa. Explicó que eran los tres Reyes Magos. Ese año creo que no nos gustó el pan a ninguno porque no cabía la panera. Jamás hubo un solo fallo. Yo le cogía el consomé a Horacito aprovechando el momento en que encendía la mecha de su cohete de serpentinas, y Ramón se comía el postre antes de sentarse a cenar para compensar la impuesta desgana de última hora. En más de una ocasión mi padre o mi madre tuvieron que decir que no les gustaba el postre, extrañadísimos de no haber contado bien los cubiertos o la vajilla. Porque jamás era un problema de falta de alimentos, sino de conjunto, de elegancia, de armonía.
Y es que la Navidad es un tiempo de imagen, de ser feliz, de que todo cuadre y esté en su sitio. Es muy doloroso sentarse a la mesa y acabar a bofetadas con tu cuñado, o con tu suegra. Es muy duro darse cuenta de que no por ser Navidad todo el mundo se quiere, ni está de buen humor, ni es un sano peremne. En Noche Buena también muere gente, y se pone enferma, y se descubren infidelidades y traiciones, y se sufre, y se llora como cualquier otro día del año. Pero justo esa noche hay una lupa que te dice al oído lo que de verdad es tu vida, y da como cosa mirar. Por eso es una buena idea invitar a cualquier Horacio, y avisar a tus nietos de que esa noche odian el consomé, y llenar la mesa de pajaritas de purpurina, porque si no lo haces así, si descubres que te sientes como cualquier día del año, que le tienes manía a la misma gente, que no soportas el regalo del cutre de tu sobrino, ni los aires de suficiencia de la prima Clara. Si tu hija te avisa de que se marcha de casa o tu hermano te suelta una inconveniencia, te entra una pena tremenda, y te sientes raro, un poco fuera de lugar, como aguafiestas.
Por eso, porque hay mil cosas que no puedes cambiar solo por felicitar al vecino y darle aguinaldo al basurero, es por lo que salimos a la calle en busca de algún pariente solitario que nos embote, y nos obligue a sonreír aunque se nos rompa en corazón por dentro. Porque cuanto menos confianza tengas con los comensales y más te ocupes de la mesa, mejor. Se evitan tantos roces.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Emule




Me han enviado este correo. No sé si será cierto, pero si lo fuese, es para morirse.

La ley en España... :

A VER SI HAY ALGÚN EXPERTO CONOCEDOR DE LA LEY QUE PUEDA ACLARAR ESTOS DATOS.

1. SUPUESTO

a) PEPE se descarga una canción de Internet.

b) PEPE decide que prefiere el disco original y va a El Corte Inglés a hurtarlo. Una vez allí, y para no dar dos viajes, opta por llevarse toda una discografía. La suma de lo hurtado no supera los 400 euros.

ACLARACIÓN: La descarga de la canción sería un delito con pena de 6 meses a dos años. El hurto de la discografía en El Corte Inglés ni siquiera sería un delito, sino una simple falta (art. 623.1 del Código Penal).

2. SUPUESTO

a) CARMEN se descarga una canción de Internet.

b) CARMEN va a hurtar a El Corte Inglés y, como se la va la mano, se lleva cincuenta compactos, por valor global de 1.000 euros.

ACLARACIÓN: Seguiría siendo más grave la descarga de Internet. El hurto sería un delito, porque supera los 400 euros, pero sería de menor pena que la descarga (art. 234 del Código Penal).

3. SUPUESTO

a) JOAQUÍN , en el pleno uso de sus facultades mentales, se descarga una canción de Malena Gracia.

b) JOAQUIN en un descuido de Malena Gracia, se lleva su coche y lo devuelve 40 horas después.

ACLARACIÓN: Sería mas grave la descarga. El hurto de uso de vehículo tiene menos pena, a tenor del articulo 244.1 del Código Penal.

4. SUPUESTO

a) Ocho personas se intercambian copias de su música favorita.

b) Ocho personas participan en una riña tumultuosa utilizando medios o instrumentos que pueden poner en peligro sus vidas o su integridad física.

ACLARACIÓN: Es menos grave participar en una pelea que participar en el intercambio de compactos. Participar en una riña tumultuosa tiene una pena de tres meses a un año (art. 154 del Código Penal)y el intercambio tendría una pena de 6 meses a 2 años (art. 270 del Código Penal). Si algún día te ves obligado a elegir entre participar en un intercambio de copias de CDs o participar en una pelea masiva, escoge siempre la segunda opción, que es obviamente menos reprobable.

5. SUPUESTO

a) JUAN copia la última película de su director favorito de un DVD que le presta su secretaria Susana.

b) JUAN,aprovechando su superioridad jerárquica en el trabajo, acosa sexualmente a su secretaria Susana.

ACLARACIÓN: El acoso sexual tendría menos pena según el artículo 184.2 del Código Penal.

6. SUPUESTO

a) MÓNICA Y CRISTINA van a un colegio y distribuyen entre los alumnos de preescolar copias de películas educativas de dibujos animados protegidas por copyright y sin autorización de los autores.

b) MÓNICA Y CRISTINA van a un colegio y distribuyen entre los alumnos de preescolar películas pornográficas protagonizadas y creadas por la pareja.

ACLARACIÓN: La acción menos grave es la de distribuir material pornográfico a menores según el articulo 186 del Código Penal. La distribución de copias de material con copyright sería un delito al existir un lucro consistente en el ahorro conseguido por eludir el pago de los originales cuyas copias han sido objeto de distribución.

7. SUPUESTO

a) NACHO, que es un bromista, le copia a su amigo el último disco de Andy y Lucas, diciéndole que es el 'Kill'em All' de Metallica.

b) NACHO, que es un bromista, deja una jeringuilla infectada de SIDA en un parque público.

ACLARACIÓN: La segunda broma sería menos grave, a tenor del artículo 630 del Código Penal

8. SUPUESTO

a) ANTONIO fotocopia una página de un libro.

b) ANTONIO le da un par de puñetazos a su amigo por recomendarle ir a ver la película 'La Jungla 4.0'.

ACLARACIÓN: La acción más grave desde un punto de vista penal sería la 'a', puesto que la reproducción, incluso parcial, seria un delito con pena de 6 meses a dos años de prisión y multa de 12 a 24 meses. Los puñetazos, si no precisaron una asistencia médica o quirúrgica, serían tan solo una falta en virtud de lo dispuesto en el artículo 617 en relación con el 147 del Código Penal.

Hala, ya sabéis: pegad, violad, acosad, robad, pero no uséis el "emule ese".

¡A ver si le damos a esto un paseo por toda la red y, por vergüenza o decencia, algún legislador pone algún remedio... aunque lo dudo!

viernes, 11 de diciembre de 2009

“LA GRIPE A”O "AH, YO QUÉ SÉ"





El jueves Paula se sentía fatal. Metete en la cama y suda, le dije. Ella me hizo caso y se curó pero tan solo un ratito, lo suficiente para creerse que podría ir a trabajar al día siguiente. Por la tarde le subió la fiebre y se fue al médico.
-Tiene usted gripe -le dijo.
-¿Pero gripe A?
-Ah, yo que sé.
Eso fue lo que el medico le contestó. Luego le recetó un antibiótico para la garganta y un analgésico para los dolores, y la mandó para casa a seguir sudando.
Ahora anda descolocada
-No sé qué pensar –me confiesa.
Y yo que no estoy para contagios, le animo a que se meta en la cama y sude sola.
-Pero si hace tan solo unos días a los A los ponían en cuarentena -insiste-. Si aislaron a una promoción entera de estudiantes llegados de Méjico. Si hasta Obama ha solicitado al Congreso que apruebe un crédito para sufragar los gastos de la temida gripe A.
-Habrá mutado- le digo para animarla. Pero ella no se anima, se despista más todavía. Trato de entretenerla, de contarle mil cosas, pero insiste.
-Ni siquiera los Reyes Magos pueden este año besar a los niños para no contagiarles, y a mí no me hacen ni caso. ¿Es grave?, ¿no es grave? ¿Me curaré sola? ¿Contagiaré a todo el vecindario?
Trato de enterarme de lo que está pasando. Me cuentan que es más caro hacer la prueba para saber si es o no gripe A, que curarla. Así que si se cura en tres días es A, y si en seis, es la de toda la vida.
Y es que ha vuelto a pasar lo de siempre, que después de dejarte con la camisa que no te llega al cuerpo, pegan un giro de ciento ochenta grados y no te dan explicaciones.
Como me canso de repetir, los periódicos nos llenan de noticias espeluznantes que desaparecen como por arte de magia. Y yo, como siempre, puestos a tragar, trago por quedarme sin saber si el somalí era niño o varón, si el “Estatut” lo va a discutir nuestro Tribunal Constitucional, el cual parece que ni está ni se le espera, o el de los catalanes. Cosas que soporto con sumisión ciudadana. Pero, mira tú por dónde, por la gripe A no trago. Con la cantidad de Tamiflu que han traído, que tienen guardado para según qué casos Con la dichosa vacuna con la que iban a vacunar a media población, que ya no sabían a quién ponérsela. Y ahora te contestan tan campantes: “Ah, yo que sé”.
Paula me pregunta en qué momento le dirían a los médicos:
-Mira, vosotros pasad de todo, que se nos ha ido de las manos.
-Sí, tuvo que existir ese momento- le digo-. Pero no trates de escenificarlo. ¿Para qué? Te vas a hacer mala sangre
-Es que no es de recibo- dice, y luego tose.
-Tú suda, mujer. Suda mucho y no te muevas de casa.
- ¿Qué te parece si me coloco una mascarilla para no contagiar?
-Ah, yo qué sé.

sábado, 5 de diciembre de 2009

CARTA A LOS REYES MAGOS



Este año les he pedido a los Reyes Magos un corazón. Un corazón nuevo, con ritmo, con sentido de la armonía. No uno de esos roqueros descontrolados, sino algo con clase. Lo que de verdad quería era un corazón lo que se dice, afinado. Lo cierto es que procuré escribir la carta a escondidas, no quería dejar rastro en el correo para que mi antiguo corazón no se sintiera maltratado. No había ninguna necesidad de herir sus sentimientos. No se lo merece, es cierto. Creo que él actúa así porque está en su naturaleza. Pero yo no tengo la culpa, no puedo vivir con él y punto. Lo cierto es que me debí dejar el correo abierto, o se abrió solo, qué sé yo. Porque estas cosas de Internet tienen eso, parece a veces que hay brujas. El caso es que la debió leer en algún descuido. Lo leyó todo; que si lo quería sustituir por otro, que si ya no me funcionaba en condiciones, que si se prolongaba nuestra indivisibilidad se deteriorarían muchas otras funciones en mi vida, que cuanto más esperará en tomar la decisión, peor sería para mis arterias, su estructura. En fin, les explicaba todo eso. Y también les hablaba de que los años pasan inexorablemente y la convivencia se resiente sin solución. A ver qué voy a hacer yo con las arterias coronarias ampliadas y sin fuerzas, no ya para hacer senderismo, que hace mucho que no hago, sino para dar una vuelta por el parque sin cansarme. Todo eso les explicaba a los Reyes Magos para que comprendieran mi necesidad. Y él, me refiero a mi corazón, lo debería haber sabido desde siempre. Pero no, me esperaba sentado en el sillón de orejas, con un vaso de güisqui en la mano, y haciendo ruido con los cubitos. Me quería intimidar, lo noté nada más verlo. Tan estirado, tan suficiente. Algo no andaba bien, y pensé en la carta de los Reyes. Hasta llegué a pensar si se habrían puesto en contacto con él y le habrían avisado. Pero luego me di cuenta de que lo más lógico es que no hubiera cerrado bien el correo. Decidí no darme por aludida y cogí un periódico atrasado que había encima de la mesa. Hice un Sudoku. Él no dejaba de mirarme fijamente a los ojos. No es que lo viera es que lo notaba. Era como si un puñal me sajara de lado a lado, pero continué sin hacer ningún gesto sospechoso, ni siquiera dejé traslucir mi miedo a sus reacciones. Me preguntó al fin con voz agria qué tal me había ido en el trabajo. Contesté con monosílabos, bien, mal, no me acuerdo, pero seguí como enfrascada en el Sudoku. Se levantó de pronto y dio una vuelta por la habitación. Se acercó a la librería y tocó algunos lomos. Luego descorrió las cortinas y se paró frente a la ventana. Tosió, carraspeó, y se giró en redondo. Afrontó el tema sin más rodeos.
-De modo que lo que tú quieres es otro corazón ¿no es así?
Pensé hacerme la loca, decirle que no sabía a qué se estaba refiriendo. Pero ya era demasiado tarde para eso. Me di cuenta de que no tendría ningún sentido, que lo sabía, y que había llegado la hora de afrontar el asunto sin tapujos.
-Pues sí. Ya no puedo más -le dije.
Bebió un sorbo de su vaso y volvió a mover los cubitos. Cerró la cortina y me pidió explicaciones.
-Tengo derecho a saber en qué te he fallado.
Lo miré, estaba frente a mí, el muy cínico, preguntando en qué me había fallado. Cómo si le hubiera cogido por sorpresa, cómo si yo le hubiera asestado una puñalada trapera. Recordé entonces que mi hermana Paula, psicóloga, me había contado que la gente nunca escucha lo que no quiere escuchar, que cuando no quieren saber algo, cierran los oídos a cal y canto y dejan pasar las palabras, como si le cedieran la vez en la caja del supermercado, como si un viento helado los sorprendiera y quisieran evitarlo a base de cerrar las ventanas, de no percibirlo. Me explicó también el motivo de que los psicoanalistas jamás te hablen, que dejen que seas tú misma la que te des cuenta al hablar y hablar, que hay algo que no funciona, que llegues a conclusiones tú solito, porque es la única forma en la que se dan cuenta.”Darse cuenta”, es el secreto, me había dicho ella cuando no conseguía que Pablito se lavara los dientes.
-Un día se los lavará, porque él solo, sin que nadie se lo diga, lo habrá interiorizado. Tendrá la necesidad de verse limpio. Será porque le gusta una chica o porque se han reído de él en el colegio, cualquier nimiedad lo despertará, “se dará cuenta” y ya nadie podrá hacerle desistir de su acto, de lavarse los dientes. Lo mismo pasa con el tabaco, la gordura o los adicciones. “Darse cuenta” por sí mismo, es la clave para evitar que siga haciéndolo.
Todo ese asunto de la sordera me dejó un regustillo amargo pero no llegué a creérmelo del todo hasta que no vi a mi corazón buscando las botas de pre esquí para marcharse de casa ofendidísimo. Ese corazón que me pedía explicaciones cargado de argumentos, todavía no era capaz de entender lo que me estaba pasando.
Puedes hablar hasta hacerte daño, puedes decirle a alguien que algo te molesta, que no lo soportas, pero si no quiere escucharlo, no lo escuchará. Tan solo lo hará el día que decidas marcharte, o pedirle que se marche él, o escribir a los Reyes Magos pidiéndoles que lo sustituyan, pidiendo otro corazón más rítmico, más trabajador, más sensible.
-¿Podrías haber avisado de que no te gustaba mi forma de latir? –me dijo el muy desvergonzado. Y lo más extraño es que parecía decirlo de verdad, como si lo sintiera, como si no se estuviera riendo de mí.
- Tenía derecho a saberlo- insistió.
Cerré el periódico y le expliqué que se me había secado la boca de pedírselo, que eran tantas las veces que se lo había reclamado, que ya salían las palabras de mi boca sin modulación, como si tuviera encendido el piloto automático.
-No es cierto –gritó- Jamás me dijiste que para ti el ritmo era tan importante.
-En fin -le dije-, no importa. Y creo que es mejor que hasta que encuentres otro cuerpo, continuemos viviendo juntos sin molestemos demasiado.
Arrojó el vaso contra la estantería y salió de la habitación. Todavía caían gotitas por entre los lomos de los libros cuando escuché su ruidoso ir y venir. Arrastró una pequeña maleta, era una maleta de ruedas en la que solo cabría algo de ropa interior y alguna camisa. Supuse que se iba a marchar provisionalmente para convencerme de que no iba a ser capaz de soportar su ausencia. Que reconsideraría mi decisión antes de que el saliera por la puerta. Qué sé yo lo que él esperaba con tanto ruido y tanto arrastre de bultos. Lo escuchaba abrir y cerrar cajones con brusquedad. Y fue entonces cuando lo vi recoger las botas de pre esquí. ¿De pre esquí? Y todo porque para cogerlas tenía que hurgar en el armario de la entrada, y yo no tendría más remedio que verle. También recogió sus palos de golf. Pero permanecí hojeando el periódico sin darme por aludida. Luego escuché el portazo de la entrada y cerré los ojos. Necesitaba digerir su marcha. Para mí tampoco resultaba fácil soportar su ausencia. Era irregular y agresivo, es cierto. Era despreciativo y prepotente, claro. Pero también habíamos vivido juntos muchos años. Recordé la primera vez que se desmadró, la primera arritmia, los primeros desacordes de nuestra convivencia. Cómo lloré en aquella ocasión, cómo paseaba por las clínicas como un zombi buscando ayuda, cómo los médicos intentaban calmarlo con miles de fármacos para que volviera a latir en condiciones. Y lo lograban, pero solo por un tiempo. Luego volvía a las andadas.
Al principio sus ataques de descontrol eran esporádicos.
-¿No será que está usted muy nerviosa? -me decía el médico.
- Pues a lo mejor sí. ¿Qué quiere que le diga?, quizás soy yo la culpable de todo, quizás me lo merezca.
Pero cada vez sus desplantes se fueron haciendo más frecuentes. Me dejaba descentrada y muerta de miedo, porque cuando regresaba, parecía que se me iba a salir del pecho y que me dejaría definitivamente. Que me iba a morir de tanto cabalgar sin control.
Ahora se ha marchado y yo ando sin corazón, sin sentimientos, sin amargura. Veo la vida de una forma muy mental. No es que me guste pero me tranquiliza. Ahora domino los Sudokus, incluso estoy aprendiendo a jugar al ajedrez. Son juegos que necesitan mucho cerebro y muy poco corazón.
Espero a los Reyes Magos con alegría. Confío en que mi nuevo corazón sea comprensivo, rítmico, respetuoso. Un corazón que me toque por las noches Take Five, al estilo de Paúl Desmon, que me que arrulle por las mañanas al despertarme, que me quite los rencores y los malos recuerdos, que me haga reír. Y sobre todo, que me escuche cuando hablo. Sueño con ese nuevo corazón que he pedido a los Reyes.
He sido buena, les he dicho en la carta, y no tendría sentido que me fuerais a traer algo deteriorado, arrítmico, descompensado. Porque para eso, para que me traigáis algo rancio, casi prefiero que me dejéis sin corazón. Se ven las cosas fríamente, pero eso, puestos a elegir, tampoco es malo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

MASCARA


Aldous Huxley dijo que toda la historia del universo se haya implícita en una parte de él. Y es quizás por eso por lo que un creador alcanza la cúspide de su grandeza cuando profundiza de tal modo en su destino individual que lo convierte en símbolo sin quitarle ni una sola de sus características de destino único e irreversible.

De la primera aparición de la fractura interior del hombre de pensamiento, se insinúa un poder artistico que se descarga.

Todo creador debería indagar dentro de sí para saber qué es lo que hay, lo que comparte, lo que nos mueve. No se puede leer una novela, cerrarla y que no hayan quedado preguntas, meditaciones. Es muy doloroso para el escritor profundizar en su alma, presentarla descarnada, oscura, frágil, y como realmente es, porque puede ser vapuleada, objeto de mofas, escarnios. Negro sobre blanco. Sabes que eso sucederá y sin embargo arriesgas, te desnudas, buscas, porque sabes que habrá alguien que estará cerca, que no se avergonzará de ser humano, indefenso, perverso a veces. Todo lo demás son divertimentos de seres incapaces de mirarse a sí mismos y reconocerse en lo que ven. Es mejor, por lo que veo, mucho mejor, escribir sobre tramas asesinas, o sobre tramas económicas o sobre..., tramas qué más da, que desnudarse públicamente para saber si hay alguien más, otro hombre, uno cualquiera, que te esté escuchando, que te entienda, que se sienta cercano, que se estremezca contigo. La tragedia griega se basaba en una acción que mediante la compasión (eleos) y el temor (fobos) producía la predicación (catharsis) de dichas emociones. Estamos todos en el mismo saco, otra cosa es cerrar los ojos. No veo la escritura de otra forma. Todo lo demás es máscara.

martes, 17 de noviembre de 2009

Vivir sin vivir






Cuando me preparaba para sacar el carné de conducir, estaba segura de que no lo lograría jamás. Pero, hija, si se lo sacan hasta los zoquetes, me decía mi padre. Pero para mí, eso de desembragar muy despacito mientras aceleraba con la primera puesta, esa tensión contenida, ese ruido del motor que se me metía en los oídos…, era horrible. Y cuando se te iban pasando los sudores ya tenías que volver a embragar de nuevo para poder pasar a segunda, o es que no ves que si no cambias te cargas el motor, me decía el profesor de la autoescuela. Y de nuevo el embrague, y el acelerador, y esa tensión en las piernas. A veces, te adelantaba un coche por la izquierda que tú no habías visto. ¿Pero es que no miras el retrovisor?, me gritaba el tío. Para retrovisores estoy yo ahora, le decía. Si me tiemblan las piernas de tanta contención. ¿De verdad crees que voy a embragar, acelerar, cambiar de marcha, y ser capaz de mirar por el espejo retrovisor? Sí, y no solo el de delante sino también el de ambos lados: izquierda y derecha. Qué no, hombre, que yo eso no lo podré hacer en la vida. Menudo estrés.
Pero lo cierto es que acabas haciéndolo, y lo más gordo, es que no solo controlas todos esos movimientos, sino que eres capaz de enfadarte con el que se te cuela, y a la vez contarle al copiloto la juerga del viernes con todo lujo de detalles. Y es que de tanto repetirlo, los movimientos se vuelven mecánicos, tan mecánicos que no serías capaz de contar las veces que cambiaste de marcha, o adelantaste a un coche durante el viaje. Eso son cosas que pasan solo al principio. Recuerdo cuando mi padre se sacó el carné y nos vinimos de la costa a Madrid para probar. Cuatrocientos kilómetros de tensión. Nos adelantaron todos y cada uno de los coches con los que nos encontramos. De pronto, un camión se rezagó y tuvo que echarle valor. ¿Tú crees que podré?, preguntó muerto de miedo. Claro que sí, papá, tú acelera sin pensarlo. Y lo adelantó. Y fue tanta la alegría que sentimos, que tuvimos que parar en un bar de carretera la mar de ilusionados, para celebrarlo.
Y es que esas cosas solo pasan al principio, cuando es la primera vez y uno le echa mucha ilusión a todo.
Pero después cambia, y la vida se hace rutinaria, aburrida. Y toda esta historia del embrague y el acelerador viene a cuento por los movimientos mecánicos. Es una suerte poder realizar tareas de forma mecánica, hablar con los demás de forma mecánica, andar por la calle de forma mecánica. Comer chicle, sacar el bonobús, conectarte los auriculares y pedirle a la del lado que te deje pasar al asiento vacío. Se aprovecha mucho el tiempo, eso es cierto, pero el problema es que no nos enteramos de la mitad de las cosas que nos suceden.
En cierta ocasión una amiga se paró a hablar con un hombre al que saludó muy efusiva, le preguntó por su familia, y mientras él le contaba que a su madre la acababan de ingresar, ella le dijo: No sabes lo que me alegro. A ver si nos vemos un día de estos. El pobre se quedó alucinado. Y es que ella llevaba el piloto automático puesto y no estaba preparada para la sorpresa, para el cambio de planes.
Mi amigo Alberto, que le da vueltas a todo, dice que si el día del juicio final Dios sienta a la derecha a los justos y a la izquierda a los injustos, él lo pasará fatal porque no tendrá claro qué ha hecho en su vida. ¿Qué obras has hecho, hijo?, preguntará el Padre, y él se quedará en blanco. Pues es que así, de pronto, no me acuerdo de mucho. Yo he vivido con el piloto automático, y ya ve. Pero, se acordará de algo ¿no? Sí, mire usted, el 23 F estaba comprando gominolas y escuché la radio de la quiosquera. Menudo susto, sabe usted. Y también me acuerdo del 11 S. Madre mía, las torres gemelas ardiendo y yo en el taller de automóviles embobado… ¿Pero no se acuerda de más? Bueno, del día que cayó el muro, mi boda, la comunión del pequeño, que se atragantó mi suegra, y cosas por el estilo. Pues váyase al limbo, que usted no ha vivido, le dirá. Usted no ha sido más que un zombi. Y la verdad, bien pensado, Alberto tiene razón. Desde que me lo dijo, trato de fijarme un poco más en lo que me rodea y he descubierto que hay gente que habla sola por la calle, otros que sonríen a nadie, otros que corren como si les persiguieran. Pero no veo yo gente que esté en lo que tiene que estar. Ah, bueno, sí, a los turistas, que hacen fotos super tópicas con unas sonrisas que dan ganas de abofetearles. Esos parecen fijarse más en lo que les rodea. Pero poco más, no vayas a creerte, me dice Alberto.
A partir de ahora voy a vivir como cuando aprendí a conducir, primero se embraga, y muy despacito se va levantando el pie para acelerar. Sin brusquedad, con tino. Hay un momento en que ambos pedales se contrarrestan, y ese es el momento en el que se arranca. ¿Qué los coches ahora son automáticos? Pues la hemos hecho buena, nunca sabremos entonces, como muy bien dice Alberto, si nos tocará estar a la diestra o a la siniestra, llegado el caso.
Menuda forma de vivir.













lunes, 9 de noviembre de 2009

FANTASMAS





Siento una enorme imposibilidad de comunicarme con gente que sin embargo se comunica conmigo cuando le viene en gana, que entra en mi vida como Pedro por su casa y luego se marcha sin dejar una simple tarjeta de visita, sin huellas dactilares, nada. No permiten que los localice, les hable, les pregunte.
Por ejemplo, desde hace unos días me llama alguien. Lo descubrí en “llamadas recibidos” una tarde que había apagado el móvil. Parecía tener una desaforada necesidad de hablar conmigo. Llamaba a las siete, a las siete y cinco, a las siete y diez, a las siete y veinte… Al principio me asusté pero cuando llamé al dichoso número, me contestaron de telefónica que no existía. Esperé a su nueva llamada, y cuando se produjo y lo cogí, no me contestó nadie. Volvió a llamar cada cinco minutos. Me sentí agredida, como si me empujaran en el metro, oye, que hasta sienta mal. Continúa llamando, y en telefónica siguen sin darme razón. Debe ser que como los operadores se encuentran en Uruguay o Paraguay o La pampa argentina. Pues les importa un pimiento lo que suceda allende el mar.
Y así vivo; mal, muy mal.
Y es que cuando no es telefónica es Internet. He descubierto que algunas personas me envían mensajes a mi correo Yahoo y no me llegan. Hasta yo misma lo he probado desde otro correo y nada. He intentado ponerme en contacto con Yahoo pero no encuentro la forma. Algún propio tendrán para estos menesteres, pienso yo. Pero no, lo han camuflado, ellos no están. No puedo preguntar, o por lo menos yo no los encuentro. Unos correos llegan y otros no, a voluntad.
Es tanta la angustia que me produce no poder conectar con los que pululan por mi vida, que ya ni me atrevo a abrir el ordenador.
El último desaliento lo he recibido en mi blog. Había metido en Youtube la presentación de mi libro en Alicante, y pensaba colgarlo de mi blog. Pero no puedo porque en cuanto lo tengo terminado y la mar de mono, se borra mi presentación, y en su lugar me salen cuatro vídeos de rokeros. A veces aparecen sin llamarlos, así, mientras duermes.
He pensado dejarlos, quizás sean ellos los que me llamen desde Uruguay y no me dejan en paz hasta que no los exponga. Todo puede ser ¿Por qué no?
Pero ¿y lo del correo Yahoo? ¿Cómo me puedo poner en contacto con ellos? Si alguien lo sabe, por favor que me lo explique.
Ese Kafka era un genio. Él sabía lo que se nos venía encima. Vamos, si lo sabía.
Y que nadie me diga que estas cosas que me pasan son extrañas porque no.

domingo, 8 de noviembre de 2009

TIEMPO DE VERANO

imagen: HOPPER
Sir escribió algo en su blog sobre lo posible, lo que nunca llegó a ser, y ese es mi tema preferido.
Muchas veces el destino parece que juegue con nosotros, que coloque y descoloque las fichas a voluntad. Y no sabes el motivo de por qué justo el día que vas a conocer a ese chico rubio, que es tu vecino, y que ves todos los días en la playa, y que te mira, y que te sonríe. Ese que hace el pino y el puente para que te fijes en él. Justo el día que por fin se acerca a invitarte a la fiesta de su hermana, justo ese mismo día, el de la fiesta que esperas con una ilusión enorme, a tu hermano le da un ataque de apendicitis y os tenéis que marchar de la playa. Nunca más lo volverás a ver, y lo sabes. Por eso te despides con la mano en alto al verlo asomado a la ventana mientras tú metes las maletas en el coche sin comprender nada. Y ni siquiera importa, porque tú tienes tan solo trece años, y porque él es francés y porque nunca más os volveréis a encontrar. Y porque tampoco acababas de entender muy bien qué era eso que sentías cada vez que lo veías en la sobrilla de al lado mirándote y sonriendo. Ni entiendes la apendicitis de tu hermano, ni para qué sirve todo eso.
Pero luego, después de muchos años, lo ves más claro. Pues porque si no hubiera sucedido, ahora ya ni te acordarías de que a los trece años te había gustado un chico francés, que era muy rubio, y que siempre daba volteretas en la playa. Y sin embargo de esta forma sí, lo recuerdas por inacabado, por posible, porque nunca llagó a ser. Porque lo inconcluso tiene el olor de la esperanza. ¿Por qué justo en ese momento? ¿Por qué él no habló en la biblioteca con esa chica? Quizás porque si hubiera hablado, ya no existiría en su memoria, hubiera olvidado como miles de encuentros que ya no están, que se esfumaron. Y yo no hubiera pasado tan buenos momentos escribiendo una novela sobre el chico rubio de aquel verano cualquiera, de hace muchos años, y de la playa de entonces, y del final de la infancia.













viernes, 30 de octubre de 2009

AHORA Sí








Ella me ha invitado a merendar, quiere enseñarme el estudio que ha alquilado. Solo provisionalmente, me cuenta. Hasta que consiga encontrar uno que pueda pagar con el poco dinero que me han dejado al embargar mi piso. Su piso. No puede pagar lo que encuentra. Está asustada. Nos asomamos a la terraza. Es un piso muy alto, se ve el mar. Un enorme barco iluminado sale del puerto. Es un crucero. ¿Dónde irán?, pregunta. ¡Cómo me gustaría estar allí ahora mismo!, dice. Ir a cualquier parte, alejarme de esta incertidumbre, ser otra, vivir otra vida. La sirena del barco suena una y otra vez. El práctico le precede. Nos hemos quedado mudas mirando las luces, las pequeñas ventanas de los camarotes. Se escucha música de J.Strauss. Imaginamos a un hombre moreno tocando el piano, un salón de baile, otro de cine. Imaginamos la cubierta con madera pulida, botes salvavidas, gruesas cuerdas, tumbonas, una piscina iluminada de verde. Habrá una pareja bailando, y una mujer feliz despidiéndose de alguien, su madre, por ejemplo. Será su viaje de novios. Habrá maletas llenas de regalos para los parientes, para novias, para… Amantes. Lo ha dicho ella bajando un poco el tono de voz. Y lo repite apagada: Para amantes. Habrá parejas enfadadas, le digo. Palabras duras, de las que no se olvidan. Habrá crueldad y engaño. Habrá, envidia, y soledad, y abandono. Habrá dolor y falta de comprensión. Puede que algún hombre, quizás, en ese instante, o dentro de un momento, hable a escondidas con su amante, le diga que la quiere, que solo desea regresar, acabar ese maldito crucero para abrazarla, insiste ella. Habrá dolores de cabeza, gente constipada, alguien con un esguince o con migrañas. Habrá manipuladores, ¿por qué no?
El barco va alejándose lentamente. Las luces se empequeñecen. Ya no se escucha la música. Se ha apagado Strauss.
Entramos en el estudio y ella trae una jarra con café. ¿Lo quieres descafeinado?, pregunta. Sus ojos brillan un momento. Tampoco era allí, en el barco, donde ella quisiera estar. Ahora lo sabe. Quizás no exista barco en el mundo donde poder huir. Mejor con un poquito de leche, le digo. Ella sonríe. Se está bien aquí ¿verdad? Estamos bien ahora ¿no? Sí, ahora sí, le digo. Estamos muy bien.















martes, 27 de octubre de 2009

EL MAR RONCA











He pasado unos días en la playa, lo necesitaba. No estamos preparados para perder salud, y cuando eso ocurre, te coge a desmano. Otra vez el corazón, otra vez pruebas, otra vez… Y entonces te pones a mirar dentro de ti y te das cuenta de que ese es el problema, el auténtico y único problema; mirarte tanto. Es agobiante ver siempre lo mismo. Y un día levantas la vista solo un momento, por levantarla, así, casi sin darte cuenta, y de pronto ves la arena, y la luz, y descubres que el mar respira, es una respiración sosegada, tranquila, un poco como de vuelta de todo, como condescendiente, como si quisiera decirte; vacíate de una vez por todas de ti, de esa falacia sobre ti que te has construido, y mira a tu alrededor. ¿Pasan cosas sabes? Cosas que ni siquiera ves. Se va conformando tu destino poco a poco, y hay miles de señales que te dan las pistas, pero no escuchas porque estas afanado en continuar construyendo tu realidad como si de una obra de teatro se tratara. Un guión a nuestra imagen que nunca será el que se represente al final. Es como estar en el cine y no ser capaz más que de escuchar al vecino comiendo pipas, o a los novios de la fila anterior peleándose, o... Qué sé yo. Todo menos ver la peli, la tuya, la de tus propios cambios, tus desmoronamientos y los puntos de giro, la catarsis que se avecina.
Se rompe el I pod, y gracias a que no puedo escuchar música mientras paseo, descubro el jadeo del mar, porque hasta entonces no he escuchado nada. Y de la misma forma que escucho ese cansancio milenario, me doy cuenta de que he pasado la vida intentando no fallar a nadie. Siempre esa impresión de decepcionar. Ya estamos otra vez, les fallé a todos. A la editorial, a los jefes, a los amigos, a los tertulianos, a mi familia… Hasta que te das cuenta de que no eres tú la que decepcionas a todos, son ellos los que solo piensan a su vez en no decepcionar a otros, y en ese no decepcionar, caes tú y tu culpa, y esa mala conciencia que arrastras como un fardo. Ellos están en la construcción de su propio guión. No eres tú el que hace mal el trabajo, es tu jefe el que te hace sentir culpable porque también quiere no decepcionar al suyo, porque prefiere declinar responsabilidades en ti. No eres tú la que falla, son ellos. El mar lo dice; contraataca tú primero. Decepciónales tú a ellos antes de que te decepcionen ellos a ti. Sé tú misma de una vez por todas.
No, no es casualidad que te pida Rosario que te leas su novela porque ella se ha leído la tuya, que descubras decepcionada que solo se leyó la primera página para engañarte, para que le digas en un tiempo record cual ha sido tu opinión ante su obra de arte. No, no es casualidad. Nadie va contra ti, van a su rollo. Y tu egocentrismo te hace caer una y otra vez en la trampa. Ponte las gafas, deshecha las lentillas, escribe lo que quieras, trabaja como debes, escucha y lee lo que te apetezca, y escucha los sonidos de ese curioso destino que va dejando huellas a tu alrededor mejor que cualquier libro de intriga.
A lo mejor era necesario que el corazón se pusiera chungo, y tuviera que pedir una baja e ir a la playa para pedir otra opinión, y que se rompiera el I pod. Quizás era necesario que me engañara Rosario. Quizás estoy en pleno punto de giro y no me había dado cuenta, quizás dentro de muy poco se produzca una catarsis. Y es que el mar no siempre respira, a veces hasta ronca.














domingo, 25 de octubre de 2009

INDECISOS


La verdad es que la política me lleva a mal traer. Todavía no comprendo las pasiones desaforadas que despierta. Es cierto que determinadas formas de pensar o ver la vida, se traducen en opciones políticas diferentes, que es difícil votar a la derecha si se es muy progresista, y a la izquierda si la forma de ser es más tradicional. Vale, no me refiero a eso. Acepto las ideas y los compromisos a los que ellas nos llevan. Pero de eso a tragar por todo lo que nuestros líderes de uno u otro bando hagan, la verdad, va un trecho. Todo, todo, todo, no, señores políticos. La gente vota a su partido como si de un equipo de fútbol se tratara. Visceral, apasionadamente, entregados, llenos de pasión embrutecedora, con entrega total. La razón, el pensamiento, la valoración, se va directamente al estómago cuando de valorar cuestiones políticas se trata. Se pierde el norte, la cabeza, la capacidad de análisis, todo. Si lees un artículo cualquiera enseguida sabes de qué color va, de quién depende. Ya está bien.
Menos mal que existe una masa incorruptible, un grupo de gente que hace que la balanza se incline a uno u otro lado cuando llegan las elecciones. Indecisos, se les llama. Yo les llamaría hombres pensantes, cabezas frías, seres que todavía no han perdido su capacidad de valoración sean de la tendencia que sean. Que no admiten corrupción, que hacen pagar muy cara la prepotencia y la falta de capacidad para escuchar al otro. Que no confunden justicia ni libertad de expresión. Personas que no se casan con sus políticos ni con sus ideas. De no ser por ellos, por los mal llamados indecisos, no existiría alternancia y tendríamos que sobrevivir a corrupciones, fraudes, ineptitudes… Tanta prepotencia y tanto engaño.
Me gusta que exista esa gente, la masa pensante, la masa no entregada, la que todavía tiene su cabeza para decidir esto o aquello. La que no comulga con ruedas de molino. Benditos seáis vosotros, indecisos, por reflexionar, por cambiar los colores de un lado y de otro, de una comunidad y de otra. Solo vosotros sois dignos de respeto. Ya está bien de cabezudos manipuladores, de cabezudos manipulados, de cabezudos. El pensamiento se le dio al hombre para algo, y si hay que cambiar de voto una y mil veces para acabar con mentiras y trapicheos, bienvenido sea. Esa es la democracia, esa es la esperanza. Que no nos engañen, por favor. Que no nos engañen.




miércoles, 21 de octubre de 2009

ESOTERISMO O REALIDAD









Me gustan los temas esotéricos, no lo niego, pero he comenzado a obsesionarme con las noticias reales, con el día a día.
-¿No me digas que nos van a cobrar las tasas de basura en otro recibo? -le pregunté indignada a mi compañera Adela.
- ¿Ahora te enteras? -me dijo- ¿Por qué en vez de leer las profecías de Nostradamus, no te lees la prensa diaria?
Y la verdad, me dolió.
Desde entonces no sé como demostrarle que me informo. Ella dice que eso me pasa porque siempre ando en las nubes. Y, claro, cuando desciendo me pego unos sustos tremendos.
-¿Te has enterado de que en Teruel han descubierto al asesino del Turiasaurius riodevensis? -le conté ilusionada al entrar en el despacho al día siguiente.
Pensé que se daría cuenta de mi esfuerzo y empezaría valorarme.
-Era nada menos que un Tiranosaurio de hace mil cuatrocientos años. Fíjate, todavía andan buscando a un tío con cara de viruela que dicen que pudo ser el asesino de Melani, y sin embargo lo saben todo del Mesozoico, del Turiasaurius y de su asesino.
-Déjalo ya, anda, que tengo mucho trabajo -me dijo sin pizca de respeto
-Te prometo que esto no es como lo de los pollos -le expliqué-, que esta vez no ha sido en el ADN, que lo he escuchado en el Telediario de las 9, en Antena3, que no me lo he inventado.
Pero ni me miró. Y es que para ella he perdido credibilidad y haga lo que haga no me la va a reconocer.
La verdad, me sabe mal que me vea como una de esas que andan en las nubes a toda hora. Así que he decidido informarme, saber por dónde anda el País.
He comprado dos radios y las he colocado en lugares estratégicos; una en la cocina y otra en el baño. Mientras me ducho oigo “La Ser” y mientras desayuno, “La Cope” Es decir, que voy de Carlos Francino a Jiménez Losanto en un denodado intento por conocer la verdad, de recuperar la credibilidad de Adela. Empecé hace una semana y ahora estoy hecha un lío. Es que no logro formarme una opinión respecto a nada. Ni al caso Gurtel, si la culpa la tuvieron por pringar a sabiendas, con maldad y alevosía, o los pringados por caer en las garras del bigotes y otros muchos. Tampoco tengo claro si la manifestación sobre el aborto fue multitudinaria o solo fueron cuatro. Si los presupuestos son una chapuza, o son los mismos que los del G20. Si la economía va de cine o estamos a un tris de la guerra civil. Y así voy, de la cocina al baño desaforada, sin norte, sin afianzamiento.
-¿Pero no hay ninguna emisora que de las noticias en plan aséptico? le pregunto a Adela, y ella me alarga una tarjeta de visita en la que leo:
“Vidente, chamán, lectura de de pies y de manos, anulación del mal de ojo”. Chu Iian.
-La recogí pensando en ti -dice, y luego sigue a lo suyo.













lunes, 12 de octubre de 2009

POR ELLOS






















Por la magnifica presentación de Marta, por los ánimos de Chituca y Ana que asentían en la primera fila como si estuvieran de acuerdo en todo lo que yo decía. Porque me quitaron el miedo y los nervios. Por los amigos que se acercaron, por los amigos de mis amigos, por el criado de los Reyes Magos que aunque me persiguió en la infancia, también me acompañó en la presentación de mi segunda novela. Por la herida en combate, que se empeñó en aguantar hasta el final y gracias a Dios que no la dejaron. Por los primos, por los espontaneos, por mis hermanos y mis cuñados. Por el resto de gente que me acompañó y confió en mí. Por la portada de Álvaro. Por los que no pudieron estar y me llamaron con pesar. Por mi cuñado Enrique que hizo de trípode durante todo el acto, y nos inmortalizó aunque se le durmiera el brazo y tuviera que dejar de respirar para sacar esa magnifica pelicula. Por las estupendas fotos de Cocke, Carlos, y las que espero de Elena. Por estos días tan maravillosos que he pasado en Alicante, y por lo mucho que me he bañado a pesar de ser octubre. Por la paellita de Chitu y por las clases de Facebook de Cocke. Porque hay momentos fantásticos que no se olvidan nunca.




domingo, 4 de octubre de 2009

ADIÓS

dibujo: MARGARITA DIAZ LEAL
Para tí, MCarmen. Porque sé lo que sientes, porque sé de tu sonrisa triste, de tus ojos hinchados. Porque los hermanos nunca se debían morir. Para tí esta carta que de algún modo nos acercará, porque aunque veas que te quiero hacer reir, distraerte, sé lo que sientes. Por eso te envío la carta con la que despedí a mi hermano mayor; mi confidente, mi amigo. Insustituible.



ADIÓS A CARLOS



Hoy, 28 de marzo, primer día sin Carlos. Veo salir el sol rojo y sin brillo por detrás de los edificios, más allá del mar. Un sol todavía sin fuerzas, el que calienta, el que hace nacer la vida y sin embargo tan ajeno a ella, a la que cae, a la que se marchita, a la que ya no será.
Irá ascendiendo poco a poco mientras yo escribo, iluminará la mañana con su fuerza, llenara las playas de turistas, y volverá a ponerse esta tarde. Desaparecerá de nuevo tras las montañas; ajeno, repetitivo, imposible.
Hoy, Carlos, el sol ha salido sin ti, tan ajeno y redondo, tan caliente y orgulloso como si no hubiera pasado nada. Lo miro ascender con las manos en los bolsillos de mi bata, con las manos crispadas de impotencia. Lo veo crecer y crecer por encima del mar, de los edificios. Nada se mueve a mí alrededor. Escucho esa inmovilidad, ese silencio que se mete en mis oídos y me grita ¿Pero qué quieres saber? ¿Qué quieres que yo te diga? No sé que preguntarle, sólo se me ocurre mirar a ese nuevo día sin Carlos. Ese día triste que avanza sin sentido, doloroso y vacío.
Adiós, Carlos. Quizás ya no tengas que hacerte preguntas, quizás por fin descansaste de tanto no entender. Porque la vida era eso; los boleros que bailabas con Conchita el día de fin de año, el cuerpo de tu nieto descansando en tu regazo, la maquina calculadora inmensa que utilizábamos para quitarte gastos de la declaración de la renta, las comidas con tus hijos que te hacían tan feliz. Tus amigos de toda la vida, esos a los que no conseguiste dejar de querer. Porque eso era lo que más te costaba; dejar de querer.
El sol asciende deprisa, tú te has ido. Y mientras te veo marchar, recuerdo tu sillón de orejas, tus libros releídos y subrayados, tus pequeñas respuestas encontradas aquí o allá.
Recordaré tus noches viendo películas de John Ford, tu director preferido, al lado de Conchita. Siempre Conchita. “Nos han timado, Conchita”, “Aquí no hay aparcamiento, Conchita” “¿Dónde podemos ir a cenar, Conchita?” Y por último: “Me muero, Conchita.”
Descansa Carlos, porque tú también lograste ser un héroe de película de John Ford. Tú también, al igual que Gregory Peck en "Horizontes de Grandeza", subiste a un caballo salvaje para domarlo, y lo hiciste como él, por la noche, cuando nadie te veía, porque no era el aplauso de los demás lo que buscabas. Sólo saber si ibas a ser capaz de lograrlo.
Todas las noches ensayabas. Querías ser un hombre de verdad, los que te queríamos nos dimos cuenta. Te observábamos subir una y otra vez a ese caballo que daba coces, sin rendirte.
¿Y para qué todo? preguntabas. Sin darte cuenta de que era para eso, para domar al caballo de la vida, para conseguir ser cada día un poco más humano, más íntegro, más bueno. Tú sólo en la lucha, como ese héroe de “Horizontes de Grandeza”, tú héroe. El que llegaste a ser sin siquiera darte cuenta.
Descansa tranquilo, Carlos, porque al fin lo lograste.

viernes, 2 de octubre de 2009

DESAHOGOS


El Tribunal Superior de Justicia de cataluña determina improcedente despedir a un empleado por llamar "hijo de puta" a su jefe, ya que el término es de uso corriente.

"El insulto es sincero siempre, el elogio puede ser interesado"

A lo mejor es por eso por lo que lo ha determinado el Tribunal.

Una vez leí que en algunas fábricas japonesas les dan unos minutos de descanso a los empleados, para que puedan arrojar piedras a muñecos con las caras de sus jefes. Dicen que de esa forma se descarga mucha adrenalina.

Madre mía, si se entera el Tribunal de justicia de cataluña y dice que se dejen de muñecos, que mejor directamente a los jefes. Quita, quita.

lunes, 28 de septiembre de 2009

RECICLADO









Estoy un poco confusa con el reciclado. No es que me niegue a reciclar, todo lo contrario. A mí todo lo que tenga que ver con la capa de ozono, la fundición de los casquetes de hielo del Polo Norte y de la Antártida, el cambio climático y el efecto invernadero, me trae de cabeza. Estoy dispuesta a hacer lo que me digan para que eso no ocurra, para dejar un mundo mejor y más limpio a las generaciones venideras. Faltaría más. Mi problema ahora es que noto cierto afán recaudatorio en los políticos. Un afán descontrolado y cicatero que aprovecha la mínima para sacarte el dinero. Tengo una sensación como de cabeza de turco, como si tuviéramos que pagar los contribuyentes el desaguisado en el que nos han metido otros. No sé, es una sensación difusa pero aterradora. Ya solo el hecho de que quieran cambiar la estatua de Colón de lugar así porque sí, me produce desasosiego, desconfianza. Y no veas si lo que trasladan es el Oso y el Madroño. ¿Para qué cambiarlos? No, verás, me explica Sagrario. Es por dar trabajo a los parados. Ah, y ¿por qué no adecentan barrios más pobres que no hay quién limpie y dejan a Colón y al Oso ubicado dónde siempre? Pero ella no me contesta, quizás porque tampoco lo tiene muy claro. Bebe un poco de café y me dice que no me lo tome a la tremenda, que últimamente me ve un poco como obsesiva. Y es posible que tenga razón, quizás esté entrando en un proceso de neurosis crónica, o de manía persecutoria. Y eso me desconsuela porque no lo puedo evitar. Sueño que un grupo de seres con gabardina y gafas de sol controlan todos mis pasos para pillarme en falta y sancionarme. Porque sí, oiga, porque la hemos visto tirando un chicle al contenedor equivocado. No ha cumplido las normas con la diligencia del buen padre de familia, como dicta el Código Civil. Y me despierto empapada en sudor y escorada a la izquierda de lo mal que lo he pasado.
Esta mañana, por ejemplo, me ha dicho Sagrario que si no reciclo bien, me pueden poner una multa de 750 euros. Oye, que no lo digo yo, que ha salido en la prensa, me dice, y luego se sube las gafas. Madre mía. ¿Y cómo saben que he sido yo la mal recicladora? Pues porque van a poner personal experto, y husmearan en las basuras. ¿Los mismos que van a cambiar a Colón de sitio, o contrataran a nuevos? No lo sé, pero ni se te ocurra echar a la basura un sobre con tu nombre, tus huellas dactilares, o tu dirección. Cualquier dato puede identificarte. Y ellos … Ellos saben en todo momento si has echado el yogur a medio terminar en el bote orgánico o en el inorgánico. ¿Y qué debo hacer? Muy fácil, primero echas el resto del yogur en el orgánico y el envase en el inorgánico. Ah, y cuida mucho que no te quede leche en el bric cuando la tires porque eso esta penadísimo. Lo peor, me dice bajando la voz, son los papeles de envolver el pescado. Uno nunca sabe a dónde echarlos, por el olor, más que todo. Yo lo echaría al contenedor de papeles, que no se si es el mismo de los cartones. Y ten en cuanta que la chapa de la cerveza es diferente al vidrio y que una copa rota no es vidrio sino cristal. Si queda pescado adherido al papel, despréndelo antes de tirarlo, porque si no ya la has liado, porque entonces echas el papel al cartón y el pescado a las pilas y … Te multan fijo.
Acabo de llegar de la compra, he subido escondiéndome de los vecinos, no quería que nadie me identificara. He limpiado los envoltorios con agua y jabón, he arrojado las espinas al orgánico, el envoltorio de plástico al inorgánico. He echado al water las cartas del banco, los anuncios a mi nombre, las cartillas de Caprabo, las revistas de la semana fantástica y la de Ikea, la lista de la compra, por si han contratado a algún grafólogo. Todo lo que he encontrado por la casa. Pero se ha atascado. Y ahora estoy aquí encerrada en el baño, sin querer abrir a nadie y tratando de desatascar el inodoro para poder anular mi identidad, que ya no sé si es orgánica, inorgánica, de papel, de cartón, alcalina o de niquel camio.

lunes, 21 de septiembre de 2009

COLAS



Tengo una fobia. Es una fobia rara, inhabitual. No puedo soportar las colas. Según mi psicólogo eso debe ser porque de pequeña me debió pasar algo en la cola de un cine, y lo he olvidado. Es que él es muy freudiano y todo lo lleva a la más tierna infancia. Aunque yo reconozco que no es habitual, porque a la mayoría de gente le vuelve loca. Es más, si ven una cola les entra un gusanillo de curiosidad que les impele a ponerse al final y luego preguntar.
No vi la Expo de Sevilla por no hacer colas. No he visto la exposición de Sorolla, por lo mismo, ni la de Velazquez. No sabe usted que hay cuadros de Sorolla que nunca más volveremos a ver, que son de colecciones privadas. Es cierto. Pero lo entendería si el que me lo dice es un gran aficionado a la pintura, si entiende, si la disfruta. Pero ¿cuántos visitantes saben de verdad lo que están viendo, lo que significa esa luz, ese brochazo, ese color, esa estructura, esa composición? Y si eso fuera así, sería estupendo, un país de gente sensible y culta que hubiera desechado ya Gran Hermano, a María Teresa Campos, y los programas de cotilleo.
Que a mí no me la dan, hombre, que Belén Esteban o Sorolla.
Me pierdo cosas, es cierto. Si tuviera paciencia y ganas de echarle horas de pie, podría estar tan al día, contarlo a todo el mundo. Decirles que me anonadé viendo al Cristo de Velázquez, como le pasó a una señora a la que le preguntaron en Televisión si le había gustado la exposición itinerante de Velázquez, y contestó que sí, que sobre todo el Cristo. Qué bonito el Cristo, madre mía. Solo por eso merece la pena el tiempo de espera, dijo. La pobre no sabía que el Cristo está en el Prado desde tiempo inmemorial, y que no hacía falta esperar tantas horas a la intemperie, ni una exposición itinerante para poder verlo, que se puede ver cualquier día sin excesivo problema. Pero es que el Cristo sin cola, es como si ya no tuviera tanta gracia, ni fuera tan velazqueño, ni tan antiguo. Porque ir al museo Sorolla un día cualquiera, así, sin más, es hasta aburrido, oiga, porque ahí no va casi nadie. Y en un lugar dónde no hay nadie, donde no se forma una cola en condiciones, es como si se perdiera el tiempo, como si se viera algo sin valor. Y es que hoy el valor nos lo dan las cifras y las colas. Sobre todo, las colas. Si no que se lo digan a todos esos que se pasaron la noche en blanco haciéndolas para que les repartieran un globo, para que les hicieran un dibujo, para que les dejaran tocar en la orquesta de botes que montó el Corte Inglés. Colas para ver las cocinas del Palacio de Oriente y para visitar la Casa de la Moneda, colas para entrar en el Banco de España o en el Círculo de Bellas Artes. Colas para cenar en la Finca de Susana o para tomar una copa en el hotel de Las Letras. Colas y más colas. De todas formas, las mejores, las que más me fascinan son las que se forman en la puerta del metro para conseguir bollitos de chocolate o sobrecitos de Nescafé gratis. Eso sí es pasión.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

INVIERNO DURO


Fotografia: Elena Artigues



La verdad es que este invierno se presenta duro. Más que duro, extraño.
Todavía no se sabe si van a congelar el sueldo a los funcionarios o se les subirá un poquito, para que no digan. Si subirán las retenciones del trabajo personal, solo las del ahorro. O quizá, más bien, los impuestos indirectos. Si pagaran los “ricos” que cobran a partir de 23.000 euros al año, o los que cobran a partir de 60.000. Si los pensionista pagarán el pato o lo pagarán los niños porque no se les piensa vacunar. Si hay vacuna o no. Porque si “Nos enfrentamos a un virus desconocido, casi imposible de detener y capaz de infectar a toda la población mundial” como ha dicho Margaret Chan, directora de la OMS (Organización Mundial de la salud) y máxima responsable del control de la pandemia, ¿de qué vacuna nos están hablando? ¿No dicen que es desconocido? ¿Qué virus nos inoculan, entonces? ¿El primero que pase por ahí?
Mira, de verdad, con esas noticias tan contradictorias con las que nos desayunamos todas las mañanas, han conseguido que no me llegue la camisa al cuerpo.
Por qué no se callan, lo piensan, y luego emiten un comunicado. Yo lo digo más que nada por eso de la credibilidad, y el pánico, y la confianza.
Mientras enciendo la tostadora suben los salarios, cuando ya están las tostaditas calientes, los salarios se congelan. Mientras enciendo la cafetera, solo habrá vacuna para los enfermos crónicos, cuando sale el café, ya hay vacuna para todo el mundo. Al extender la mantequilla CMM es absorbida por Ibercaja, al dar el primer bocado, ya no la absorbe nadie porque el Estado se hará cargo. Cuando meto la cuchara dentro de la mermelada me entero de que van a probar la vacuna en unos niños. Y cuando la saco pienso. Menuda pachorra tienen los padres de las criaturitas en aceptar algo así. Porque ni parece saberse nada de la gripe A, ni de la crisis B, ni de la solución C. Así que, como decía al principio; menudo invierno nos espera.

martes, 1 de septiembre de 2009

ROSA


FOTO: CARPOCRATES



Tengo siete años, ella se llama Rosa y viste de negro: la veo con tanta claridad que pienso que el tiempo no existe, que no es más que una puerta que se abre o cierra a voluntad. Un agujero negro que traspaso. Ella está allí, haciendo ganchillo. Dice que no me preocupe, que se quedará tejiendo hasta que me duerma. Tengo miedo, y por la rendija de la puerta veo la luz de su habitación, una luz constante. Una luz que jamás se apaga. Pero eso ahora no importa, porque es por la tarde y hace ganchillo, y me cuenta que en la plaza de Benejúzar, su pueblo, se tocan pasodobles los domingos. Suspiros de España, me explica. Que su casa está cerca de un río que yo imagino caudaloso, porque no existen más ríos que los que ella me cuenta. Habla despacio y luego ríe, y al hacerlo enseña las encías. Tiene una boca grande y sus dientes son blancos como su pelo, lo tuvo siempre blanco. Quizás nació con el pelo blanco y con vestido negro.
-¿Por qué vas de luto?- le pregunto.
-Por los muertos.
-¿Quién se ha muerto?
- Ya ni me acuerdo -me dice, y mete el ganchillo alrededor de su dedo para coger el hilo.
A veces reza rosarios, dice que lo hace porque sabe que cuando muera nadie los rezará por ella, dice que quiere tener saldo positivo por si eso pasa. Lo del saldo no lo dice pero yo lo entiendo así.
Ha sonado el timbre, es el cartero que me pide que firme un impreso.
Ya no tengo siete años, ella ya no está en la habitación de al lado haciendo ganchillo. Apago la televisión y rezo por ella, por haber mantenido la luz encendida durante tanto tiempo, por quitarme el miedo, por su pueblo, por los pasodobles de los domingos, por su inexplicable luto. Pero sobre todo, por encima de todo, por haber estado allí cuando yo tenía siete años.

lunes, 24 de agosto de 2009

EXTRAPOLAR


Cuando el cardiólogo detectó mi arritmia cardiaca, le pregunté si la causa podría haber sido el estrés que tenía en el trabajo. Mira, me explicó. En el corredor de la muerte no se produce tu arritmia. Una persona puede ponerse muy nerviosa ante una situación límite, pero lo que no se tiene, no aparece. Es decir, que si no hay arritmia estructural, no se produce, por muy de los nervios que te pongas.
Me hizo pensar, la verdad. Tengo una clara tendencia a extrapolar. Lo hago desde pequeña. Mi padre extrapolaba mucho. Como era analista no tenía más remedio. Ponía una gota de sangre en el microscopio y contaba todos los bichitos que pululaban por allí. Luego me lo enseñaba. Mira, eso es un segmentado, y eso un eosinófilo, y aquello que corre tanto un linfocito o un monocito. Yo me quedaba obnubilada de lo que veía. Si él contaba una cantidad determinada de leucocitos, luego extrapolaba, que era como hacer una regla de tres, y llegaba a conclusiones. Si por cada 100 células había tantos eosinófilos, en todo el organismo había… Madre mía, se lamentaba, este hombre tiene infección. Así extrapolaba él, y así extrapolo yo con lo que me cuenta el cardiólogo.
Cuando alguien intenta justificar sus actos con el consabido “Me puso en la tesitura de hacer eso”, yo enseguida pienso en el corredor de la muerte, en los leucocitos, y en la regla de tres. Entonces alzo un dedo acusador.
-De eso nada, tú lo has hecho porque lo tienes dentro.
Mira, le fui infiel porque no me trataba bien, porque dormía con rulos, o porque engordó unos kilitos. Perdí los nervios y le dije cosas horribles porque me sacó el intermitente. Le di un bofetón porque me levantó la voz o rozó mi chaqueta. Le insulté porque se lo buscó, que yo no soy agresivo, mire usted. Y así hasta ciento.
Si el mundo que nos rodea fuera bueno, generoso, amable y mimosón, nosotros seríamos la biblia en pasta ¿no? Pues no, oiga. Usted es un hijo de su madre, un vengativo, y un mala idea. Y que sepa que lo tiene de nacimiento, que es algo estructural, como yo la arritmia. Está en su naturaleza y le sale a la primera de cambio. El problema es que no solo queremos justificar nuestros actos sino también el de las personas a las que queremos. Les damos miles de oportunidades a ver si voy a ser yo el culpable de cómo se ha puesto. Así pasa luego lo que pasa, que las matan porque eran suyas.
Si extrapoláramos más encontraríamos enseguida la infección y nos cuidaríamos de tanto mártir de pacotilla.

jueves, 20 de agosto de 2009

EL YO, EL ELLO, EL SUPER YO, MI MADRE Y EL SENEGALÉS




foto: Chema Madoz

Mira que me cuesta decir no. Lo he intentado todo. He comprado miles de libros de autoayuda. “Aprenda a decir no sin sentirse culpable” “El no en nuestra vida” “Una vida llena de noes” No sé, hay muchos libros de esos en mi librería, y sin embargo sigo cayendo en la complacencia ajena. Qué pensará ese hombre de mí, cómo le voy a hacer el feo.
Fue mi madre, estoy segura. Ella me enseñó a prestar mis juguetes, a no pedir los de los demás, a conformarme con los regalos que recibía, a decir que todo lo que me daban para comer estaba de morirse aunque se me quedara atragantado en la glotis, a pedir una tortilla a la francesa como todo alimento cuando el que pagaba no era mi padre. Es bonito ser educado, complaciente, amable. El problema es cuando a los demás no les han dado la vara con esos compromisazos y te enfrentas al mundo real, hostil y cicatero. Que no me gusta tu regalo, tía, así que cámbialo. Que no te dejo mis juguetes pero quiero jugar con los tuyos. Que aprovechando que me invitas me pido una langosta a la marinera que no se la salta un galgo. Porque entonces se me cruzan los cables y se me pone carita como de gilipollas. Y es que el mundo desde lo de mi madre ha cambiado mucho. Ahora se lleva otra cosa, el cuchillo en la boca y la navaja en la liga. Pues diga no, mujer. Diga no, una y mil veces. Estámpele el regalo rechazado a su amigo en toda la cocorota, y pásele la cuenta de la langosta al convidado antes de huir por la ventana del aseo de caballeros. Sí, claro, eso es muy fácil decirlo pero cuando se ha incrustado en las neuronas ese conformismo elegante y tontón, es como si te clavaran un cuchillo cada vez que vas a sacar los pies del tiesto. Cuando estás a punto de desaparecer dejando la cuenta a tu amigo, se materializa en medio del lavabo tu madre, tu padre, el pasado y el pretérito imperfecto. Todos a la vez para decirte que eso no se hace, que eso no es correcto. Por eso esta mañana cuando me disponía a tomar al sol y un senegalés ha dejado toda su mercancía oculta bajo mi tumbona para huir de la policía, yo no he gritado con tu pan te lo comas, tío. He callado y guardado la mercancía como oro en paño, como si me fuera la vida en ello. Con el pie empujaba restos de collares y de gafas de sol que sobresalían de mi tumbona, mientras temblorosa veía pasar por mi lado a los agentes en pareja buscando “top mantas”. Husmeaban con las esposas tintineando a cada paso. Así he pasado la mañana, huyendo de la policía y soportando el masaje de un chino por si me había visto y me delataba.
Eran las tres de la tarde y se había marchado la policía, pero no había restos del senegalés, y ¿cómo me iba a marchar yo con mercancía ajena o dejándola abandonada en medio de la playa? No, eso no podía hacerlo. Mientras esperaba su regreso me han vendido una falda de lentejuelas, dos pareos, una sombrilla contra los rayos uva, un sombrero con ventilador incorporado, y una botella de agua de Solares.
Ha sido alrededor de las seis cuando por fin he logrado devolver lo que no era mío. He vuelto a casa con la sombrilla de los rayos uva, la botella de agua, las faldas, la sombrilla, el sombrero, y los pareos. Pero lo peor de todo, iba dolorida del extraño masaje que el chino me he dado por la friolera de diez euros.
Mañana no vuelvo a la playa. Bueno, a lo mejor vuelvo, pero antes me tengo que leer un nuevo libro de autoayuda que me ha vendido una gitana en un mercadillo ambulante. Qué mal comienzo, Dios mío. Maldita educación.

martes, 18 de agosto de 2009

DIARIO DE ABORDO




20 DE JUNIO

Hace ya muchos años pensaba que ser rica consistía en que tus padres te llevaran a Disneylandia, tener un “Mercedes”, y viajar en crucero. Mi amiga Maribel se marchó con su familia a recorrer el mundo en un barco. Cuando me enseñó las fotos y vi que su hermano y su padre llevaban una corbata de pajarita para la cena del capitán, pensé que eso no me pasaría a mí nunca, que esas cosas solo le podían pasar a la familia de Maribel y gente de esa que come langostinos y bebe champang.
Pero hoy, tantos años después, por fin salimos en crucero. Y es que actualmente hacer un crucero es algo que esta al alcance de cualquiera. Hay descuentos por mayores de cincuenta y cinco y por menores de catorce, por familia numerosa y por impares, por aniversarios y por graduaciones. Por contratar el viaje dos meses antes, o por viajar cerca de las bodegas. Todo tiene su pequeño ahorro.
El avión salía a las 11,45 y teníamos que estar en Barajas a las 8 en punto. Para facturar las maletas y esas cosas. El viaje lo hemos hecho con mi hermano y su mujer, que ha tenido la mala suerte de estropearse la rodilla unos días antes, un derrame sinovial de esos que te dejan hecha polvo. El seguro no cubre más que “el articulo mortis” y la UCI, le han explicado cuando ha ido a anular. Ella ha decidido que para pagar y quedarse en el sofá de casa, prefería ver el mar, y las noches blancas, y cenar con el capitán aunque sea con un vestido largo y una silla de ruedas.
Después de esperar veinte minutos en una cola interminable para facturar las maletas, un señor con chaqueta roja y cuaderno, nos pide que nos pongamos en otra cola porque estamos en la equivocada. Diez menos cuarto, volvemos a empezar.
Los asientos en el avión son tan estrechos que nuestras piernas chocan con el de delante, nos cuesta respirar, y vamos tiesos como palos. Pero lo peor todavía no ha llegado, lo más insoportable sucede cuando una chica muy mona nos permite desabrocharnos los cinturones y repantigarnos en el asiento. Veo con horror que el hombre de delante inclina su sillón hacia mi persona abarcando la totalidad del espacio disponible. A partir de ese momento viajo encajonada y estrecha durante cuatro horas y media. Trato de inclinar mi butaca pero es peor, porque entonces me siento no solo encajonada sino inerte, yerta, como sin vida. El hombre que tengo delante no se conforma con expandirse sino que de vez en cuando da un gran impulso a su incomodidad y abalanza su asiento contra el mío. Es como si me pegara un puñetazo. Gracias a los ejercicios de respiración que había llegado a dominar en mis clases de yoga, logro conservar la calma durante al menos veinte segundos. A fuerza de hiperventilar me sumo en una inconsciencia casi placentera. Ya casi no respiro. No tenemos derecho ni a un refresco, que para eso le sale tan barato, oiga. Olivia, una niña que viaja con sus padres, berrea nada más sentarse. Grita que está harta del viaje y que quiere llegar ya. Su queja se convierte en un lamento repetitivo y constante que destroza mis tímpanos. Todavía no hemos encontrado la pista de despegue cuando ha empezado con la letanía del yo quiero llegaaaar. El hombre de delante se pone nervioso y da unos cuantos impulsos más a su asiento. Emito un leve sonido de desespero y últimas voluntades, y me la cargo. ¿Y qué quiere que yo le haga?, me grita indignado. Yo también necesito espacio.
La azafata pregunta si queremos comprar algo para almorzar. Comprar, repite, por si alguien se había hecho ilusiones de un tentempié de cortesía. Pido un sándwich que parece de caviar por el precio, y de polo por la textura. Al morderlo dejó salir el agua de la descongelación. Olivia continúa gritando, el padre le pide con dulzura que comprenda, ella no comprende y le pega un bofetón, la madre le afea el acto a la niña, la niña llora y patalea. Olivia y sus padres se repiten incansablemente. No hay variación, no se produce la catarsis en su comportamiento. Todo es igual. El agua desciende por la comisura de mis labios mientras el viajero de delante me enviste de nuevo. Ya no siento mi cuerpo cuando una voz nos anuncia que nos abrochemos los cinturones e incorporemos el asiento. Vamos a aterrizar. Estoy paralizada. Da lo mismo que el hombre me haya dejado liberada al fin, ya no puedo moverme. Pienso que me quedaré así para siempre, un poco escorada a la derecha y bastante aplastada por la parte frontal. No siento las piernas, ni la boca, ni siquiera sé si soy yo la que se va de crucero como los ricos.


“Les deseamos que hayan tenido un excelente vuelo”.
Hemos llegado a Copenhague.
-¿Quieren ir directamente al barco o prefieren coger una excursión por la ciudad y los canales? 47 euros por barba.
-No, claro, mejor los canales. A ver ¿para qué he venido yo si no veo nada?
-Pues paguen la excursión y síganme despacioso -nos dice una chica morena y menuda que lleva una gorra azul, una chaqueta vaquera, y que parece mandar mucho.

lunes, 17 de agosto de 2009

VERANO


Sopor en la siesta y zumbido de mosquitos.
Miedo a lo hondo y sabor a sal de tu madre joven.
Ensalada en el porche
Una sombrilla de rayas entre mil sombrillas de rayas.
Los brazos de tu padre sosteniéndote en el agua.
Pantalones cortos y helado de vainilla.
La pamela de tía Clara.
Cuentos de miedo por las noches.
El chico del niqui verde, lluvia de estrellas.
Cuaderno de vacaciones, cine de verano.
Tortilla de patata y el biquini de Ana.
Figuras en la arena, excursión a la isla
Olor a pescadito, arena fría en las sandalias.
La vespa del tío Ramón, los cuentos de mamá Ana.
Una pelota de goma, bicicletas de dos ruedas.
Ahogadillas, luna llena, escondite.
Verano, infancia, recuerdos

jueves, 16 de julio de 2009

TINTO DE VERANO


El caso es que como mañana por la tarde me voy de vacaciones, quería despedirme de mis amigos del blog. Seguramente no podré leer vuestras entradas porque en la playa no tengo Internet. Estoy intentando comprar un aparatito de esos que se enganchan al ordenata y te conectas, o alguna tarjeta de prepago. Me refiero a esas que pagas y luego si te he visto no me acuerdo, porque no logras conectarte jamás. Si lo consigo, escribiré y leeré. Y si no, me pondré como un conguito en la playa y haré jornada intesiva cuando regrese. Al igual que los abuelitos batallas, os contaré miles de cosas. Y hasta entonces, os deseo un estupendo verano, mucha lectura de la buena, y alguna lotería que otra de esas que permita vivir sin trabajar, y tumbarte a la bartola, y...

Un beso a todos en el día de mi santo.

Carmen

jueves, 9 de julio de 2009

QUE DISGUSTOS NOS DAN




Que estamos en crisis, se sabe. Que el estado y las autonomías necesitan recaudar, se huele. Pero que te multen hasta por parar en el arcén unos minutos para que tu hija vomite, me parece excesivo. Y es que ahora te pueden embargar directamente, sin explicaciones, sin una palabra más alta que otra. Según la ley de tráfico, te comunican la infracción directamente a través de edictos. Todo eso de las garantías y defensa del contribuyente, se ha convertido en pura filfa, minucias, pamplinas, oiga, que ya no saben ustedes cómo justificarse.
Si el cartero no tiene a bien entregarte la notificación porque ese día está perezoso y mohíno, ni te enteras de que te han multado. No puedes alegar, no puedes defenderte, ni siquiera pedir el expediente, nada de nada. Y es su palabra contra la tuya (me refiero a la del cartero. El mío rellena las citaciones en el bar, que lo he visto yo). El caso es que publican el nombre de los supuestos infractores “no localizados” ¿?, en una lista en la Dirección General de Tráfico, y si tú, por una de esas, no se te ocurre pasar por allí, pues la has liado, porque te embargan sin que se les mueva un pelo del bigote. Lo descubres el día que ves tu cuenta en números rojos. Y es entonces cuando te entra el tembleque y te rasgas las vestiduras, y clamas en el desierto. Pero no hay nada que hacer porque el dinero ya ha pasado a las arcas públicas, y aquí paz y después gloria.
Legalitas te lo está avisando desde hace tiempo. Que se haga usted socio, que nosotros nos pasamos por allí habitualmente, y le ponemos al corriente. Me parece un detalle por parte de Legalitas, no digo que no. Pero que me obliguen a pagar un seguro para no ser extorsionado, no es legal. O mejor dicho, legal sí, porque se ha aprobado por ley, pero te deja indefenso. Y una ley así, abusiva y contraria a la razón, es injusta.
Hoy, mientras venía por la carretera de Extremadura, he visto que se disparaba el flasch varias veces, estaba desbarrado. Los coches reducían la velocidad recelosos, y hemos estado a punto de una colisión múltiple.
Ha salido en la prensa: “Han multado un cura por exceso de alcohol en sangre ya que celebró cuatro misas”. Muchas me parecen, pero oye, es su oficio ¿no?
En fin, ahora comprendo porque anoche soñé con Gallardón. Me multaba por cruzar la castellana sin casco, me quitaba el carné de identidad, me hacía la prueba de alcoholemia, y se quedaba con mis puntos y con mi hacienda. Pero yo no podía hacer nada porque no era de Legalitas y me habían pillado por sorpresa.
Qué mal lo he pasado, en serio.

miércoles, 8 de julio de 2009

Días amarillos


Hay días amarillos, llenos de tristezas, que no se acaban nunca, que saben a presente, que lo abarcan todo, como si nunca fueran a marcharse, como si no existiera ya otra cosa.
Hay días en los que cada minuto, cada paso, cada mirada, cada cajera, cada semáforo, cada director de banco, cada ser con el que te tropiezas, se confabula contra ti.
Hay días que pueden con una, que te aplastan, que te contraen, que te reducen, que te marchitan, que saben a fiebre y calentura.
Hay días de lluvias internas.
Hay días que te apagan.
Hay días amarillos que al final pasan.

jueves, 18 de junio de 2009

Escritores contra escritores


Creo que los que escribimos no deberíamos opinar sobre otros escritores, así, en general. Es difícil, ya lo sé. Nuestros gustos y nuestras opiniones parecen bajadas del cielo, y contundentes, y magnificas, pero… Es que a veces se nos ve tanto el plumero, nos ponemos tan fantásticos y tan evidentes, que sería mejor que dejáramos las opiniones para nuestros amigos, nuestra familia, nuestro pequeño círculo de confidencias. Mira, Pepe, a mi es que “El niño del pijama a rayas”, me parece, cómo te diría yo, sobre valorado. Y Pepe se sube las gafas y dice que es una obra maestra, y tú entras en esa vorágine en la que lo que menos importa es el niño y su pijama, sino tu sesuda y doctrinal opinión, avalada por miles y miles de novelas leídas y cotejadas con grandes hombres del panorama literario. Vale, es tu derecho, como lo es el criticar el humor o el esoterismo. Pero subirte a un podio y decir que tu hablas de literatura con mayúsculas, pues qué quieres que te diga, da un poco de risa. Es como si dijeras: “Yo soy la literatura con mayúsculas, a ver si os enteráis escritores de pacotilla”.
No hay nada que despierte más mi prevención que un escritor opinando sobre otros en televisión, en la radio, o en un medio de comunicación. Y si para colmo generaliza, ya es que me muero de risa. No hay buenos narradores en España, ni buenos novelistas, ni buenos cuentistas, dice el mayúsculo. Toma ya. Siempre que escucho eso en boca de algún escritor siento como si a su alrededor se hubiera formado un gran espacio vacío, un cráter de santidad, un agujero negro de aislamiento. Es como si bajara con una barba blanca portando las tablas de la ley. Con el peso de la verdad cargado a sus espaldas. Una cosa tremenda, en serio. Luego lo sueño y todo.
El caso es que como ellos son narradores, o cuentistas, o novelistas, pues dejan muy claro su extrema superioridad respecto al entorno. Y ese escritor al que se le acaba de caer el Espíritu Santo en la coronilla, opina y sentencia. Nada, oye, malísimos. Luego bebe un sorbo de su vaso y se repantinga en su sillón ante el entrevistador.
Por qué no dejamos las opiniones para nuestros blogs, nuestros amigos, nuestro entorno más cercano, y a los críticos que hagan su trabajo, que para eso cobran. Aunque no estemos de acuerdo. Por lo menos, ellos no escriben y no aprovechan las críticas para echarse botafumeiro.











domingo, 14 de junio de 2009

FERIA DEL LIBRO







Ayer firmé en la feria del libro y estuvo muy bien. Bien por los amigos que se acercaron y estuvieron conmigo en la caseta, por las sorpresas que me llevé, porque últimamente me agarro con fuerza a lo que me gusta, y me agarré fuerte al momento. Mal por las ausencias que no esperaba y que ni se dignaron a contestarme. Bien por el cariño de los que sí me escribieron a pesar de no poder venir, de los que sí me recordaron, de los que sí me apoyaron. Bien porque mi corazón aguanta, bien porque me voy de viaje dentro de unos días, porque por fin me ha dado permiso el médico para zascandilear por San Petersbusgo. Bien por mi amiga Charo, compañera de colegio, que se enteró y compró tres libros para que se los dedicara a otras amigas de entonces. Bien por mencionarme que un día jugué al baloncesto y fui pívot, y que llevaba una camiseta amarilla con un siete a la espalda. Y bien por recordarme que aprovechaba los descansos para ir a comprar pastelitos de nata. Mal por el calor bochornoso, por tener e María Teresa Campos en la caseta de al lado. Bien por la cervecita de después, bien por los espontáneos que compraron el libro sin conocerme. Mal por los que ya no están y siempre me apoyaron. Bien por mis compañeras de trabajo que sufrieron el calor sin despeinarse. Bien por mi tertulia de ahora. Mal por la de antes. Bien por los mensajes de apoyo, bien por mis hijos, por los amigos de mis hijos, los amigos de mis amigos, mis compañeros de clase de novela, de relato.
Y bien, muy bien por la editorial, por darme esa oportunidad de saber que no estoy sola.

miércoles, 3 de junio de 2009

ESTADOS DE ÁNIMO




Unas horas antes de su muerte, a las doce de la noche del día de su santo, Juan Valero decidió escribir una carta de despedida a su amada. Una carta póstuma. Había ido al cuarto de baño, había sacado todas las pastillas del armario y las había ido poniendo en la mesa de la cocina por colores, por tamaños y por densidad. Pensó que la mezcla de barbitúricos, aspirinas, vitaminas, jarabe para la tos, y ginebra, iba a ser suficiente para acabar con toda esa desazón que le oprimía.
Poner fin a su vida después de que Milagros se hubiera marchado con ese hombre; el maestro, como ella lo llamaba, era lo más lógico. Sabía que no iba a ser capaz de sufrir la humillación de despertarse cada mañana sin ella. La mujer que había ocupado el centro de su vida hasta ese momento, le había dejado por un profesor de griego. Un hombre de letras, ilustrado. El hombre que le iba a declinar día tras día el verbo “Lío”. Ese verbo tan raro que se escribía en otro alfabeto. El que le iba a hablar de Agamenón y de Aquiles noche tras noche mientras ella se fuese bebiendo a sorbitos lentos su coca cola con ginebra. ¿Cómo iba a continuar viviendo después de eso? ¿Cómo iba a poder levantarse por las mañanas sabiendo que Milagros estaría desayunando café con magdalenas mientras el hombre de letras le podría estar recitando los versos más hermosos de la Iliada o la Odisea?
Su muerte, después de todo, no sería más que una trasgresión a la normalidad de sus vidas. Les recordaría que no hay felicidad posible si se monta sobre la desgracia ajena. Sólo su muerte lograría hacerles saber que él había sufrido. Confiaba en que a partir de entonces las vidas de ellos no iban a poder ser más que un continuo recuerdo de su fechoría.
Y fue entonces cuando se le ocurrió la idea de escribir esa carta.
Mientras buscaba folios se imaginó a Milagros desencajada cuando la llamara el juez para darle la noticia. “Ha dejado una carta para usted. Una carta póstuma”, le diría. Imaginó su expresión de dolor. Y a él, al maestro, mesándose los cabellos al darse cuenta de que su felicidad se había truncado por culpa de ese hecho tan luctuoso. Diría algo, en latín o griego, claro, cuando la viera echarse a llorar desconsolada, porque comprobaría que a Milagros después del dolor le venía el resentimiento, y después la culpa. Y es que ella se acusaría de no haberlo sabido comprender, de haber sido cruel. ¿Acaso tú, maestro, hubieras sido capaz de quitarte la vida por mí como lo ha hecho él? le preguntaría. Y él, no sabiendo qué responder, se alejaría cabizbajo, derrotado y hundido. Seguramente en ese momento comprendería que ya nunca iba a poder ser feliz con esa mujer eternamente enamorada de un espectro. Y con esa esperanza comenzó a escribir: “Son las doce de la noche del día de mi santo. Me voy, Milagros. Me voy porque no podría soportar un día más sin sentir tus piernas enlazadas a las mías mientras dormimos. Ni podría verte agarrada del brazo de ese hombre que te encandila. Comprendo que no puedas amarme pero debes entender que yo sin tu amor, tampoco pueda vivir...”
Cuando repasó lo escrito hasta ese momento pensó que la palabra encandilar a lo mejor se escribía con hache. Que ella se había marchado con su profesor porque lo admiraba, y no iba a escribir una carta póstuma llena de faltas de ortografía. De esa forma lo único que iba a conseguir era confirmarle que él no era más que un patán, un inculto
Se fue a buscar un diccionario y encontró la palabra encandilar, pero también encontró otras muchas que le gustaron. Encontró engaitar: que significaba engañar con promesas y con palabras artificiosas, embaucar. Y pensó que era correcta, ¿Qué había hecho ese hombre con Milagros si no eso? La palabra le pareció rotunda. Y continuó mirando el diccionario por la misma letra. Y encontró engibar: Hacer jorobada a una persona. Y decidió que sería una buena idea utilizarla. Puso que era mejor que muriese porque si no, a lo mejor le pegaba una paliza al maestro que lo dejaba engibado ya para toda la vida, y que él no se podía hacer responsable de lo que un estado de ánimo le impulsara. Luego miró engolillado: chapado a la antigua. Y escribió que ese engolillado no se merecía a una mujer como ella. Y que lo que pasaba era que ella nunca había sido capaz de quererle, y que lo que había hecho era engarbullarle, porque se había enterado de que eso significaba enredar.
La carta póstuma tuvo varios borradores; un montón de folios arrugados se encontraban desparramados por el suelo. Sentado en la silla de la cocina, envuelto en la bata de dormir, y con la única compañía del ruido de la nevera, fue buscando una tras otras las palabras que mejor expresaban su estado de ánimo. Y fue corrigiendo la ortografía, y trató de mejorar la redacción. Buscó después un libro de lengua, y probó a variar las frases, hacerlas más largas, cambiar de lugar el sujeto. Intercaló palabras homónimas, homófonas, y parónimas. Y así, casi sin darse cuenta, llegó el amanecer y se sintió agotado. Volvió a leer la carta, y se dio cuenta de que aquello era un galimatías que había acabado por no significar nada, por lo que decidió irse a dormir.
Ni siquiera se acordó al acostarse de que le faltaban las piernas de Milagros. Es más, pensó que quizás en el fondo era una suerte poder acostarse solo en una cama tan grande. Abrió las piernas ocupando todo el espacio disponible, y llegó a la conclusión de que menos mal que se le había ocurrido escribir esa carta póstuma, porque de no haber sido así, a lo mejor lo hubieran descubierto a la mañana siguiente “exangüe”, ¿o…quizás tan sólo “extinto”?