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jueves, 20 de agosto de 2009

EL YO, EL ELLO, EL SUPER YO, MI MADRE Y EL SENEGALÉS




foto: Chema Madoz

Mira que me cuesta decir no. Lo he intentado todo. He comprado miles de libros de autoayuda. “Aprenda a decir no sin sentirse culpable” “El no en nuestra vida” “Una vida llena de noes” No sé, hay muchos libros de esos en mi librería, y sin embargo sigo cayendo en la complacencia ajena. Qué pensará ese hombre de mí, cómo le voy a hacer el feo.
Fue mi madre, estoy segura. Ella me enseñó a prestar mis juguetes, a no pedir los de los demás, a conformarme con los regalos que recibía, a decir que todo lo que me daban para comer estaba de morirse aunque se me quedara atragantado en la glotis, a pedir una tortilla a la francesa como todo alimento cuando el que pagaba no era mi padre. Es bonito ser educado, complaciente, amable. El problema es cuando a los demás no les han dado la vara con esos compromisazos y te enfrentas al mundo real, hostil y cicatero. Que no me gusta tu regalo, tía, así que cámbialo. Que no te dejo mis juguetes pero quiero jugar con los tuyos. Que aprovechando que me invitas me pido una langosta a la marinera que no se la salta un galgo. Porque entonces se me cruzan los cables y se me pone carita como de gilipollas. Y es que el mundo desde lo de mi madre ha cambiado mucho. Ahora se lleva otra cosa, el cuchillo en la boca y la navaja en la liga. Pues diga no, mujer. Diga no, una y mil veces. Estámpele el regalo rechazado a su amigo en toda la cocorota, y pásele la cuenta de la langosta al convidado antes de huir por la ventana del aseo de caballeros. Sí, claro, eso es muy fácil decirlo pero cuando se ha incrustado en las neuronas ese conformismo elegante y tontón, es como si te clavaran un cuchillo cada vez que vas a sacar los pies del tiesto. Cuando estás a punto de desaparecer dejando la cuenta a tu amigo, se materializa en medio del lavabo tu madre, tu padre, el pasado y el pretérito imperfecto. Todos a la vez para decirte que eso no se hace, que eso no es correcto. Por eso esta mañana cuando me disponía a tomar al sol y un senegalés ha dejado toda su mercancía oculta bajo mi tumbona para huir de la policía, yo no he gritado con tu pan te lo comas, tío. He callado y guardado la mercancía como oro en paño, como si me fuera la vida en ello. Con el pie empujaba restos de collares y de gafas de sol que sobresalían de mi tumbona, mientras temblorosa veía pasar por mi lado a los agentes en pareja buscando “top mantas”. Husmeaban con las esposas tintineando a cada paso. Así he pasado la mañana, huyendo de la policía y soportando el masaje de un chino por si me había visto y me delataba.
Eran las tres de la tarde y se había marchado la policía, pero no había restos del senegalés, y ¿cómo me iba a marchar yo con mercancía ajena o dejándola abandonada en medio de la playa? No, eso no podía hacerlo. Mientras esperaba su regreso me han vendido una falda de lentejuelas, dos pareos, una sombrilla contra los rayos uva, un sombrero con ventilador incorporado, y una botella de agua de Solares.
Ha sido alrededor de las seis cuando por fin he logrado devolver lo que no era mío. He vuelto a casa con la sombrilla de los rayos uva, la botella de agua, las faldas, la sombrilla, el sombrero, y los pareos. Pero lo peor de todo, iba dolorida del extraño masaje que el chino me he dado por la friolera de diez euros.
Mañana no vuelvo a la playa. Bueno, a lo mejor vuelvo, pero antes me tengo que leer un nuevo libro de autoayuda que me ha vendido una gitana en un mercadillo ambulante. Qué mal comienzo, Dios mío. Maldita educación.

1 comentario:

Lispector dijo...

Jajaja me ha encantado, y me siento de lo más identificada, creo que la frase que más he dicho en mi vida- después de que me han hecho una faena es... No entiedo por qué la gente confunde educación con gilipollez, soy educada no tonta y al próximo le gritaré "No te confundas"-, pero al final nunca grito, ni digo que no. Cuando termines el nuevo libro de los "Noes" pásamelo, por favor :).