Textos

martes, 17 de noviembre de 2009

Vivir sin vivir






Cuando me preparaba para sacar el carné de conducir, estaba segura de que no lo lograría jamás. Pero, hija, si se lo sacan hasta los zoquetes, me decía mi padre. Pero para mí, eso de desembragar muy despacito mientras aceleraba con la primera puesta, esa tensión contenida, ese ruido del motor que se me metía en los oídos…, era horrible. Y cuando se te iban pasando los sudores ya tenías que volver a embragar de nuevo para poder pasar a segunda, o es que no ves que si no cambias te cargas el motor, me decía el profesor de la autoescuela. Y de nuevo el embrague, y el acelerador, y esa tensión en las piernas. A veces, te adelantaba un coche por la izquierda que tú no habías visto. ¿Pero es que no miras el retrovisor?, me gritaba el tío. Para retrovisores estoy yo ahora, le decía. Si me tiemblan las piernas de tanta contención. ¿De verdad crees que voy a embragar, acelerar, cambiar de marcha, y ser capaz de mirar por el espejo retrovisor? Sí, y no solo el de delante sino también el de ambos lados: izquierda y derecha. Qué no, hombre, que yo eso no lo podré hacer en la vida. Menudo estrés.
Pero lo cierto es que acabas haciéndolo, y lo más gordo, es que no solo controlas todos esos movimientos, sino que eres capaz de enfadarte con el que se te cuela, y a la vez contarle al copiloto la juerga del viernes con todo lujo de detalles. Y es que de tanto repetirlo, los movimientos se vuelven mecánicos, tan mecánicos que no serías capaz de contar las veces que cambiaste de marcha, o adelantaste a un coche durante el viaje. Eso son cosas que pasan solo al principio. Recuerdo cuando mi padre se sacó el carné y nos vinimos de la costa a Madrid para probar. Cuatrocientos kilómetros de tensión. Nos adelantaron todos y cada uno de los coches con los que nos encontramos. De pronto, un camión se rezagó y tuvo que echarle valor. ¿Tú crees que podré?, preguntó muerto de miedo. Claro que sí, papá, tú acelera sin pensarlo. Y lo adelantó. Y fue tanta la alegría que sentimos, que tuvimos que parar en un bar de carretera la mar de ilusionados, para celebrarlo.
Y es que esas cosas solo pasan al principio, cuando es la primera vez y uno le echa mucha ilusión a todo.
Pero después cambia, y la vida se hace rutinaria, aburrida. Y toda esta historia del embrague y el acelerador viene a cuento por los movimientos mecánicos. Es una suerte poder realizar tareas de forma mecánica, hablar con los demás de forma mecánica, andar por la calle de forma mecánica. Comer chicle, sacar el bonobús, conectarte los auriculares y pedirle a la del lado que te deje pasar al asiento vacío. Se aprovecha mucho el tiempo, eso es cierto, pero el problema es que no nos enteramos de la mitad de las cosas que nos suceden.
En cierta ocasión una amiga se paró a hablar con un hombre al que saludó muy efusiva, le preguntó por su familia, y mientras él le contaba que a su madre la acababan de ingresar, ella le dijo: No sabes lo que me alegro. A ver si nos vemos un día de estos. El pobre se quedó alucinado. Y es que ella llevaba el piloto automático puesto y no estaba preparada para la sorpresa, para el cambio de planes.
Mi amigo Alberto, que le da vueltas a todo, dice que si el día del juicio final Dios sienta a la derecha a los justos y a la izquierda a los injustos, él lo pasará fatal porque no tendrá claro qué ha hecho en su vida. ¿Qué obras has hecho, hijo?, preguntará el Padre, y él se quedará en blanco. Pues es que así, de pronto, no me acuerdo de mucho. Yo he vivido con el piloto automático, y ya ve. Pero, se acordará de algo ¿no? Sí, mire usted, el 23 F estaba comprando gominolas y escuché la radio de la quiosquera. Menudo susto, sabe usted. Y también me acuerdo del 11 S. Madre mía, las torres gemelas ardiendo y yo en el taller de automóviles embobado… ¿Pero no se acuerda de más? Bueno, del día que cayó el muro, mi boda, la comunión del pequeño, que se atragantó mi suegra, y cosas por el estilo. Pues váyase al limbo, que usted no ha vivido, le dirá. Usted no ha sido más que un zombi. Y la verdad, bien pensado, Alberto tiene razón. Desde que me lo dijo, trato de fijarme un poco más en lo que me rodea y he descubierto que hay gente que habla sola por la calle, otros que sonríen a nadie, otros que corren como si les persiguieran. Pero no veo yo gente que esté en lo que tiene que estar. Ah, bueno, sí, a los turistas, que hacen fotos super tópicas con unas sonrisas que dan ganas de abofetearles. Esos parecen fijarse más en lo que les rodea. Pero poco más, no vayas a creerte, me dice Alberto.
A partir de ahora voy a vivir como cuando aprendí a conducir, primero se embraga, y muy despacito se va levantando el pie para acelerar. Sin brusquedad, con tino. Hay un momento en que ambos pedales se contrarrestan, y ese es el momento en el que se arranca. ¿Qué los coches ahora son automáticos? Pues la hemos hecho buena, nunca sabremos entonces, como muy bien dice Alberto, si nos tocará estar a la diestra o a la siniestra, llegado el caso.
Menuda forma de vivir.













4 comentarios:

leo dijo...

Qué buena decisión, Carmen. Estar atentos, concentrados en lo que hacemos cada minuto. Yo creo firmemente en eso, en que es casi la base de la felicidad. Y procuro hacerlo, aunque me sale fatal: me distraigo, voy pensando en las musarañas, bueno: lo de siempre. Procuro recordar varias veces al día un proverbio zen que, por simple, me encanta: "Cuando como, como; cuando duermo, duermo".
Vaya rollo te he echado, además seguro que ya te había soltado lo del proverbio y todo. En fin...
Hasta luego, guapa.

Carmen dijo...

No es un rollo, me gusta mucho. Y ahora te toca a ti ser muy feliz por el premio. "Cuando me premian, me premian". No te despistes ni un solo minuto. Eso también es Zem. Huuuuurraaaa.

Angel dijo...

ya, a mí tb me gustaría concentrarme más, sobre todo cuando escribo, pero es verdad que hay tanto ruido alrededor nuestro que es muy difícil estar solo a una cosa.
Lo de los automatismos es muy cierto; nos perdemos la vida haciendo el gili, buscando procesos automáticos que no nos hagan ni pensar, para poder ir más deprisa y eso, y poquito a poquito perdemos la humanidad :-(

Lispector dijo...

Yo para ser sincera estoy crónicamente como en un mundo paralelo, no me enorgullezco ni mucho menos, al contrario hago esfuerzos sobrehumanos para pisar tierra. Un abrazo grandote.