Textos

sábado, 5 de diciembre de 2009

CARTA A LOS REYES MAGOS



Este año les he pedido a los Reyes Magos un corazón. Un corazón nuevo, con ritmo, con sentido de la armonía. No uno de esos roqueros descontrolados, sino algo con clase. Lo que de verdad quería era un corazón lo que se dice, afinado. Lo cierto es que procuré escribir la carta a escondidas, no quería dejar rastro en el correo para que mi antiguo corazón no se sintiera maltratado. No había ninguna necesidad de herir sus sentimientos. No se lo merece, es cierto. Creo que él actúa así porque está en su naturaleza. Pero yo no tengo la culpa, no puedo vivir con él y punto. Lo cierto es que me debí dejar el correo abierto, o se abrió solo, qué sé yo. Porque estas cosas de Internet tienen eso, parece a veces que hay brujas. El caso es que la debió leer en algún descuido. Lo leyó todo; que si lo quería sustituir por otro, que si ya no me funcionaba en condiciones, que si se prolongaba nuestra indivisibilidad se deteriorarían muchas otras funciones en mi vida, que cuanto más esperará en tomar la decisión, peor sería para mis arterias, su estructura. En fin, les explicaba todo eso. Y también les hablaba de que los años pasan inexorablemente y la convivencia se resiente sin solución. A ver qué voy a hacer yo con las arterias coronarias ampliadas y sin fuerzas, no ya para hacer senderismo, que hace mucho que no hago, sino para dar una vuelta por el parque sin cansarme. Todo eso les explicaba a los Reyes Magos para que comprendieran mi necesidad. Y él, me refiero a mi corazón, lo debería haber sabido desde siempre. Pero no, me esperaba sentado en el sillón de orejas, con un vaso de güisqui en la mano, y haciendo ruido con los cubitos. Me quería intimidar, lo noté nada más verlo. Tan estirado, tan suficiente. Algo no andaba bien, y pensé en la carta de los Reyes. Hasta llegué a pensar si se habrían puesto en contacto con él y le habrían avisado. Pero luego me di cuenta de que lo más lógico es que no hubiera cerrado bien el correo. Decidí no darme por aludida y cogí un periódico atrasado que había encima de la mesa. Hice un Sudoku. Él no dejaba de mirarme fijamente a los ojos. No es que lo viera es que lo notaba. Era como si un puñal me sajara de lado a lado, pero continué sin hacer ningún gesto sospechoso, ni siquiera dejé traslucir mi miedo a sus reacciones. Me preguntó al fin con voz agria qué tal me había ido en el trabajo. Contesté con monosílabos, bien, mal, no me acuerdo, pero seguí como enfrascada en el Sudoku. Se levantó de pronto y dio una vuelta por la habitación. Se acercó a la librería y tocó algunos lomos. Luego descorrió las cortinas y se paró frente a la ventana. Tosió, carraspeó, y se giró en redondo. Afrontó el tema sin más rodeos.
-De modo que lo que tú quieres es otro corazón ¿no es así?
Pensé hacerme la loca, decirle que no sabía a qué se estaba refiriendo. Pero ya era demasiado tarde para eso. Me di cuenta de que no tendría ningún sentido, que lo sabía, y que había llegado la hora de afrontar el asunto sin tapujos.
-Pues sí. Ya no puedo más -le dije.
Bebió un sorbo de su vaso y volvió a mover los cubitos. Cerró la cortina y me pidió explicaciones.
-Tengo derecho a saber en qué te he fallado.
Lo miré, estaba frente a mí, el muy cínico, preguntando en qué me había fallado. Cómo si le hubiera cogido por sorpresa, cómo si yo le hubiera asestado una puñalada trapera. Recordé entonces que mi hermana Paula, psicóloga, me había contado que la gente nunca escucha lo que no quiere escuchar, que cuando no quieren saber algo, cierran los oídos a cal y canto y dejan pasar las palabras, como si le cedieran la vez en la caja del supermercado, como si un viento helado los sorprendiera y quisieran evitarlo a base de cerrar las ventanas, de no percibirlo. Me explicó también el motivo de que los psicoanalistas jamás te hablen, que dejen que seas tú misma la que te des cuenta al hablar y hablar, que hay algo que no funciona, que llegues a conclusiones tú solito, porque es la única forma en la que se dan cuenta.”Darse cuenta”, es el secreto, me había dicho ella cuando no conseguía que Pablito se lavara los dientes.
-Un día se los lavará, porque él solo, sin que nadie se lo diga, lo habrá interiorizado. Tendrá la necesidad de verse limpio. Será porque le gusta una chica o porque se han reído de él en el colegio, cualquier nimiedad lo despertará, “se dará cuenta” y ya nadie podrá hacerle desistir de su acto, de lavarse los dientes. Lo mismo pasa con el tabaco, la gordura o los adicciones. “Darse cuenta” por sí mismo, es la clave para evitar que siga haciéndolo.
Todo ese asunto de la sordera me dejó un regustillo amargo pero no llegué a creérmelo del todo hasta que no vi a mi corazón buscando las botas de pre esquí para marcharse de casa ofendidísimo. Ese corazón que me pedía explicaciones cargado de argumentos, todavía no era capaz de entender lo que me estaba pasando.
Puedes hablar hasta hacerte daño, puedes decirle a alguien que algo te molesta, que no lo soportas, pero si no quiere escucharlo, no lo escuchará. Tan solo lo hará el día que decidas marcharte, o pedirle que se marche él, o escribir a los Reyes Magos pidiéndoles que lo sustituyan, pidiendo otro corazón más rítmico, más trabajador, más sensible.
-¿Podrías haber avisado de que no te gustaba mi forma de latir? –me dijo el muy desvergonzado. Y lo más extraño es que parecía decirlo de verdad, como si lo sintiera, como si no se estuviera riendo de mí.
- Tenía derecho a saberlo- insistió.
Cerré el periódico y le expliqué que se me había secado la boca de pedírselo, que eran tantas las veces que se lo había reclamado, que ya salían las palabras de mi boca sin modulación, como si tuviera encendido el piloto automático.
-No es cierto –gritó- Jamás me dijiste que para ti el ritmo era tan importante.
-En fin -le dije-, no importa. Y creo que es mejor que hasta que encuentres otro cuerpo, continuemos viviendo juntos sin molestemos demasiado.
Arrojó el vaso contra la estantería y salió de la habitación. Todavía caían gotitas por entre los lomos de los libros cuando escuché su ruidoso ir y venir. Arrastró una pequeña maleta, era una maleta de ruedas en la que solo cabría algo de ropa interior y alguna camisa. Supuse que se iba a marchar provisionalmente para convencerme de que no iba a ser capaz de soportar su ausencia. Que reconsideraría mi decisión antes de que el saliera por la puerta. Qué sé yo lo que él esperaba con tanto ruido y tanto arrastre de bultos. Lo escuchaba abrir y cerrar cajones con brusquedad. Y fue entonces cuando lo vi recoger las botas de pre esquí. ¿De pre esquí? Y todo porque para cogerlas tenía que hurgar en el armario de la entrada, y yo no tendría más remedio que verle. También recogió sus palos de golf. Pero permanecí hojeando el periódico sin darme por aludida. Luego escuché el portazo de la entrada y cerré los ojos. Necesitaba digerir su marcha. Para mí tampoco resultaba fácil soportar su ausencia. Era irregular y agresivo, es cierto. Era despreciativo y prepotente, claro. Pero también habíamos vivido juntos muchos años. Recordé la primera vez que se desmadró, la primera arritmia, los primeros desacordes de nuestra convivencia. Cómo lloré en aquella ocasión, cómo paseaba por las clínicas como un zombi buscando ayuda, cómo los médicos intentaban calmarlo con miles de fármacos para que volviera a latir en condiciones. Y lo lograban, pero solo por un tiempo. Luego volvía a las andadas.
Al principio sus ataques de descontrol eran esporádicos.
-¿No será que está usted muy nerviosa? -me decía el médico.
- Pues a lo mejor sí. ¿Qué quiere que le diga?, quizás soy yo la culpable de todo, quizás me lo merezca.
Pero cada vez sus desplantes se fueron haciendo más frecuentes. Me dejaba descentrada y muerta de miedo, porque cuando regresaba, parecía que se me iba a salir del pecho y que me dejaría definitivamente. Que me iba a morir de tanto cabalgar sin control.
Ahora se ha marchado y yo ando sin corazón, sin sentimientos, sin amargura. Veo la vida de una forma muy mental. No es que me guste pero me tranquiliza. Ahora domino los Sudokus, incluso estoy aprendiendo a jugar al ajedrez. Son juegos que necesitan mucho cerebro y muy poco corazón.
Espero a los Reyes Magos con alegría. Confío en que mi nuevo corazón sea comprensivo, rítmico, respetuoso. Un corazón que me toque por las noches Take Five, al estilo de Paúl Desmon, que me que arrulle por las mañanas al despertarme, que me quite los rencores y los malos recuerdos, que me haga reír. Y sobre todo, que me escuche cuando hablo. Sueño con ese nuevo corazón que he pedido a los Reyes.
He sido buena, les he dicho en la carta, y no tendría sentido que me fuerais a traer algo deteriorado, arrítmico, descompensado. Porque para eso, para que me traigáis algo rancio, casi prefiero que me dejéis sin corazón. Se ven las cosas fríamente, pero eso, puestos a elegir, tampoco es malo.

6 comentarios:

Fernando Alcalá dijo...

Y una vez más te hago una reverencia, Carmen. Me ha encantado. Pero mucho.

Don Nadie dijo...

Que raro llegar antes que Leo y Angel. Estarán de puente. Madrid es lo que tiene.

Siempre he pensado que en los relatos está una parte del autor presente. Los escritores suelen pensar lo contrario.
Espero equivocarme esta vez.

En mi blog, para ti, Paul Desmond.

Angel dijo...

A lo mejor tienes que recurrir a algún arbitraje amistoso, como un marcapasos, que os consiga reconciliar.
Lo de vivir sin corazón es más fácil, más cómodo; pero no es mejor. Aunque hay quien te dirá que yo no tengo corazón.
A ver si hay suerte y los Reyes se portan bien. A mí un día alguien me dijo que no existían, pero siempre me dejan algo :-) eso es que existen, ¿no?

Lispector dijo...

Cómo me ha gustado!!!!! Una nota para los reyes de mi parte, cuando traigan el nuevo corazón, debe ser uno también capaz de producir junto contigo las maravillas que escribes. Un abrazote.

leo dijo...

Estoy segura de que los Reyes te traerán ese corazón sano y bueno que te corresponde, a juego con todo lo demás en ti. Ya lo verás. Ellos saben que no se puede vivir sin corazón, ni tampoco con un corazón roto.
Ya haremos senderismo por mulaya, ya.
Besisssssssss.

Carmen dijo...

Gracias, Fernando. Cómo me alegro de que hayas retomado tu blog.
Don Nadie, te agradezco la magnifica interpretación de "Take Five"
Angel, yo también creo en los reyes. Solo a los malos, los que no creen en ellos, les tienen que poner los regalos los padres. Fijate
Daniela, eres un sol, un auténtico Rey Mago
Leo, lo del senderismo por Mulaya me hace una ilusión loca. Luego no te rajes ¿eh?
Un beso muy fuerte a todos