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martes, 13 de diciembre de 2011

PALMERAS DE CHOCOLATE






Era gorda, eso es verdad. Mi madre me metía una manzana en la cartera del colegio para desayunar porque decía que engordaba menos, pero yo les quitaba el desayuno a mis amigas a base de poquitos a poquitos. Y claro, no adelgazaba a pesar de la manzana asquerosa del desayuno. Pero todo aquello se acabó el día que decidí dejar de comer. Y no fue porque siempre me sacaran en las funciones del colegio de rico Epulón, el gordo ese que le echaba miguitas al pobre Lázaro. Qué va. Fue por lo de las “patorras”. Ocurrió una tarde que salíamos Magdalena y yo del colegio comiéndonos unas palmeras de chocolate y muertas de risa. Magdalena me decía que reír engorda y que ella creía que nosotras estábamos tan gordas porque nos pasábamos la vida riéndonos. Magdalena es que se reía de todo, luego cruzaba las piernas para no hacerse pis, pero se hacía. A mí me volvía loca ver como se iba al baño muerta de risa, con las piernas cruzadas, y la esperaba a la salida poniéndole alguna cara o recordándole algo que nos diera mucha risa, y ella que acababa de salir, tenía que volver a entrar. No tenía fin.
Pero el día de las palmeras se estropeó todo. Pasaron dos chicos por nuestro lado, y uno, el más orejudo, nos dijo:
-¡Menudas “patorras” tenéis, nenas!
Yo me encaré con él y le dije que si se había mirado en el espejo con esas orejas de elefante trasnochado, y no sé cuantas cosas más. A Magdalena le dio por reírse de las cosas que le dije al orejudo. Pero yo no pude dormir esa noche. Hasta aquel momento yo había vivido sin percatarme de mis piernas y de sus dimensiones. Pero aquel día las sentí como una losa. El orejudo había tenido razón, mis piernas eran horribles. Cada vez me las veía más grandes y más voluminosas. Y empecé a pensar que todo el mundo se habría dado cuenta. Cuando estaba en casa me las tapaba con una manta, y en el colegio me las tapaba con la cartera. Tenía miedo de que todos se percataran de que, por fin yo también lo sabía, y de que no me las miraran para no ofenderme. El caso es que lo de las “patorras” cambió mi vida. Ya no comí más palmeras, ni siquiera probaba los desayunos de mis amigas. Todo, absolutamente todo, me parecía que iba a agrandar mis “patorras”. Estaba tan obsesionada que no dejaba de buscar sistemas para adelgazar. Un día leí en una revista que había un método infalible, se llamaba “El método Sumberlim” Me gasté todo el dinero del aguinaldo y lo pedí por correo. Por fin llegó un sobre con una carpeta amarilla. El método Sumberlin consistía en convencerte de que estabas delgada a base de control mental. Llevaba un disco incorporado y una voz monótona te hablaba susurrante: “Túmbese y relaje sus piernas.” Y así, hasta que relajabas todo el cuerpo. Luego te obligaba a repetirte una y otra vez que estabas delgada, más y más delgada, y que odiabas los helados, y los dulces, y los chorizos. Que lo que de verdad te gustaba eran las judías verdes hervidas, sin aceite ni nada, a pelo. Infinidad de judías verdes, decía la voz monótona. “Coma cantidades ingentes”. Luego sonaba una musiquilla y a continuación te decía que te imaginaras en la cubierta de un barco, alta y delgada, con un vestido negro de fiesta y acompañada de un caballero con esmoquin blanco. Luego sonaba otra vez la musiquilla. Y así, hasta que te dormías.
Pasé la peor noche de mi vida ¡qué obsesión! Soñé que el caballero del esmoquin blanco me perseguía por la cubierta del barco con un plato de judías verdes sin aceite. Hasta que desesperada me arrojaba por la borda, y un tiburón se comía mis “patorras”. Me desperté temblando y empecé a tener un pánico terrible a la noche que siempre me traía el mismo sueño. Fue a partir de ese momento cuando dejé de comer.
El método Sumberlin no lo volví a utilizar jamás, pero cuando veo un dulce se me hiela la sangre. Fue a partir de entonces cuando empecé a adelgazar y a no apetecerme nada de nada. Fue una pena porque cuando comía con ilusión me lo pasaba mejor. A partir de entonces es que ya todo me daba asco. Era un buen método, en serio, porque conseguí que ya nadie más me volviera a llamar “patorras”, ni nada por el estilo. Aunque también es cierto que nunca más me volví a reír tan a gusto como cuando comía palmeras de chocolate.

2 comentarios:

leo dijo...

Ains, Carmen, qué tiempos en los que comíamos palmeras de chocolate sin culpa, y fumábamos sin culpa... Voy a ver si me funciona para las patorras eso de repetirme lo de las judías verdes sin aceite antes de dormirrrrrr.
:-)

Carmen dijo...

No funciona, Leo.
Cuando el hambre aprieta, nada funciona.
Y eso que ahora se acercan los turrones.
OMMMMMM