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jueves, 8 de mayo de 2008

UNA BODA




El viernes fui a una boda. Era una boda civil porque unos días antes se les ocurrió poner andamios en la iglesia contratada y deslucía mucho la ceremonia. Pero eso no fue un inconveniente, el restaurante contratado para la cena se ofreció a hacer un simulacro la mar de creíble. Y lo hizo bien, es verdad. Uno hasta se olvidaba de que se encontraba ante el alcalde. Ahora los restaurantes tienen en cuenta esas cosas y se ocupan de todo. Y los alcaldes o los concejales, entrenados para el evento, adoptan un cierto aire de sacerdotes oficiantes.
Y es que ya no hace falta hacer el paripé para que te canten el Ave María y te lean la epístola de San Pablo a los Corintios. El alcalde se la sabe y la recita de corrido. Un cuarteto de cuerda entona el Ave María de Schubert y otras piezas pías. Luego el alcalde con cara de sacerdote anima a los novios a permanecer juntos en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad por todos los días de su vida, y los novios dicen que bueno, que qué se le va a hacer. Intercambian arras, anillos y oraciones. Y se dan la paz porque lo que un Alcalde ha unido que no lo separe el hombre.
La novia suele llevar velo por respeto a los camareros, supongo, los cuales esperan con la bandeja de canapés que termine la misa, digo el sermón. Y los amigos suben a un púlpito, digo estrado, a decir un discursito, algo parecido a la epístola a los efesios.
Todo muy entrañable. Por lo menos a mí me gusta.
¡Cómo han cambiado las cosas! dice mi tío Bruno, ateo donde los haya. Y pensar que a mí me obligaron a apostatar de mi fe por querer casarme por lo civil, dice nostálgico.
Decididamente luce más así, dónde se va a comparar. Como en la iglesia pero en ateo.
El viernes que viene me han invitado a una primera comunión por lo civil. Ya os contaré.

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