Textos

lunes, 27 de octubre de 2008

El Día Tonto





Aquella mañana me había despertado antes de que sonara el despertador. Quizás fue su presencia la que logró despertarme. El caso es que nada más abrir los ojos lo vi, estaba sentado en el silloncito azul, el que está al lado de mi cama. Lo reconocí enseguida por su barriga gorda, su barba desigual, y su mirada altiva. Era él, el Día Tonto.
Al ver mis ojos abiertos me dijo que ya era la hora y que me debía levantar. Salí al pasillo y me siguió, sus andares eran lentos. Llevaba una chaqueta gris bastante rozada por los codos. Parecía que reía sin ganas, casi por costumbre, era como si llevara dentadura postiza y las risas no fueran de verdad sino por los dientes que sobresalían. Pero me di cuenta al verlo andando lento, que sí reía porque se le movía la tripa. Era una risa desde dentro, como si quisiera disimularla.
Cuando llegué a la cocina observé una hilera de hormigas; ordenadas y repetidas, como una letanía. Encendí la cafetera y me fui a la ducha. Estaba enjabonándome cuando escuché un estruendo que me hizo salir del baño mojada y sin ropa. La cafetera había explotado y la cocina estaba envuelta en un humo negro y pegajoso. No había puesto el agua y el Día Tonto reía, como lo hacía él, sin ganas, casi por costumbre, desde dentro. Me corté con los cristales que había en el suelo y me entró una tiritona de las de ir desnuda. Llegué a pensar que no podría ir a trabajar. Pero fui, a pesar del Día Tonto, a pesar del catarro y de la herida del pie. Fui e hice mal, porque el Día Tonto se esmeraba cada vez más en hacerme sentir idiota.
Fue al encender el ordenador e introducir mi clave cuando éste se puso tozudo. “Palabra desconocida, vuelva a intentarlo”, repetía una y otra vez, y sacaba una rayita que daba vueltas y que se parecía a un pie impaciente dando golpes en el suelo.
El Día Tonto se había sentado en la silla que había frente a mi mesa, desde allí me miraba y reía. El ordenador continuaba dando vueltas con lo de la palabra clave incorrecta, y con lo de vuelva a intentarlo. Me acerqué al despacho de los informáticos. Les expliqué que el ordenador no reconocía mi clave. Se volvió el más alto, el que parecía el jefe, y después de mirarme con desprecio, me preguntó que si me refería al password. Y como no sé inglés, me quede callada. Todos rieron, y regresé a mi despacho.
El Día Tonto se quedó un rato mirando a los informáticos con los brazos cruzados, nada afectado por mi situación, y me siguió. De pronto sentí que el jersey se me quedaba grande, las mangas me llegaban a la punta de los dedos. Buscaba mi password cuando entró el jefe. Me dijo que el informe que había redactado era un porquería, y que cómo narices se me ocurría exponer las ideas de forma tan clara, tan escueta. Me explicó que los informes deben ser largos y enrevesados para que nadie los entienda. Que no te enteras, Mercedes. Eso me dijo indignado. Y así pasé el día, tratando de que el ordenador reconociera mi palabra clave o mi password, y pensando cómo se dice algo sin decirlo para que nadie lo entienda, y con dolor en la herida del pie, y tosiendo. Pero sobre todo, recogiéndome las mangas del jersey y poniendo algodones en los zapatos para que no se me saliesen los pies.
Nada más salir de mi despacho noté como también la falda se me caía, era como si de golpe estuviera adelgazando.
Ya oscurecía cuando al intentar entrar en el vagón del metro, el conductor me cerró la puerta en las narices. No lo vi pero lo intuí mirando mi nariz hinchada desde el espejo retrovisor; grande y poderoso como los informáticos, superior como mi jefe, riendo como el Día Tonto. Me derrumbé al verlo sentado a mi lado, había plegado el periódico y movía su tripa. Fue entonces cuando noté que mi pelo sobresalía del cuello del abrigo, y mis pies se redujeron tanto que tuve que coger los zapatos con las manos para no perderlos.
Me sentía diminuta, como una de aquellas hormigas que había visto al despertarme, incluso creo que era una hormiga, con sus patitas y sus antenas. Pero una hormiga que ha perdido su fila y merodea despistada por un andén de metro, con esa laboriosidad inútil de las hormigas aisladas.
Cuando llegué a casa rompí el informe porque no lograba hacerlo enrevesado, y me fui a dormir. El día tonto frunció el ceño. Lo noté descolocado, sin saber qué hacer. Por fin bostezó y se desplomó en el silloncito azul, el que está al lado de mi cama. Y fue con el balanceo de su tripa y sus ronquidos, como me quedé dormida.
Ya amanecía cuando lo vi salir por la ventana. Dejó tras él un olor extraño, a desaliento, a incomprensión, a soledad.
Puse la cafetera y esperé a que saliera el café, me dirigí a la ducha, y antes de salir para la oficina, me puse el abrigo. Era de mi talla.
Mientras llamaba al ascensor pude observar como una fila de hormigas, miméticas y laboriosas, pasaban junto a mí.


Un día como todos.

sábado, 11 de octubre de 2008

VIRUS


Es sábado y llueve.
Acabo de superar con buenas notas al virus del estómago. Es un bichejo espantoso que se mete en tu organismo y te produce una gastroenteritis galopante. Abres un ojo y te preguntas, ¿pero quién, narices, me habrá contagiado semejante virus, que me va a oír? Y lo odias, y lo maldices.
No dura más de veinticuatro horas, me dice una amiga. Es lo bueno, que dentro de poco estarás bien.
Pero no es verdad. A las veinticuatro horas dejas de hacer inventario de tus bienes terrenales y de pensar en tus últimas voluntades, eso sí. Pero te quedas para echarte a la basura, no sé si como residuo tóxico o como vidrio reciclable. Pero en cualquier caso para nada bueno, aunque delgada, muy delgada. Tanto que hasta creo que mi masa corporal no sería admitida en la pasarela Cibeles. Eso me llena de gozo aunque no importe demasiado porque mi palmito tampoco.
Una patata hervida me parece como una fuente de cocido y dos corderos.
Lo primero que he hecho nada mas poner el pie en el suelo ha sido irme a Stradivarius. Stradivarius es una tienda de ropa de mujer monísima en la que siempre salgo con un pañuelito por no dar el cante.
- No tenemos nada de su talla -me dice la dependienta que ya me conoce.
-Pero oiga.
-No es que no trabajemos su talla, mujer. Es que no nos queda en este momento.
Entrar en alguna de sus tallas se ha convertido en una obsesión que me corroe.
No ha sido posible, he continuado sin poder entrar en ninguna prenda, ni siquiera en el jersey, mangas de murciélago, de última en esta temporada.
La dependienta de siempre me ha sacado el pañuelito y me ha dado golpecitos en le espalda.

He salido de allí la mar de desangelada.
No ha sido suficiente. Tendré que encontrar de nuevo al que me contagió el virus. Todavía me sobra masa corporal para Stradivarius.
No somos nada y además llueve.


miércoles, 8 de octubre de 2008