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miércoles, 16 de junio de 2010

Protección de datos


Últimamente me siento vigilada. Si engordo dos kilos, mi buzón de llena de cartas anunciándome las últimas cremas anticelulíticos o los mejores métodos de adelgazamiento sin pasar hambre. Si me voy a pasear por la feria del libro, a mi regreso encuentro anunciada la enciclopedia británica a cómodos plazos mensuales. Si me sale una arruga intempestiva, el anuncio es para un viaje de la tercera edad a las Lagunas de Ruidera. Y así todo. He llegado a pensar que los que me robaron el bolso la semana pasada habían sido los de la compañía de seguros. Se pusieron en contacto conmigo nada más suceder el hecho para ofrecerme un seguro de cerrajero inminente con anulación de tarjetas.
Ya no sé dónde esconderme de tanta vigilancia. Observo las paredes para ver si han escondido micrófonos o vídeos camuflados entre los azulejos de mi baño. Desmonto la televisión para saber dónde está el interruptor por el que conocen mis preferencias de audiencia. Es un sin vivir. Ya ni cojo el teléfono por si son los del super que se han enterado de que me acabo de tomar un zumo de naranjas y necesito reponer.
Y así andaba yo, desasosegada y con peluca para pasar desapercibida cuando fui a visitar a una amiga a la clínica Quirón. Me llevé una gran sorpresa, la verdad, porque al preguntar por el número de habitación, se negaron a dármelo.
-Esa es información reservada por la ley de protección de datos- me dijo una señora con gafas de concha y corrector en la boca.
Le ofrecí mi carné de identidad, mi carné de conducir, mi certificado de nacimiento, oiga, lo que sea antes de volverme de vacío. Con lo lejos que está.
-Lo siento, son normas. La ley de protección de datos es muy rigurosa. ¿Es que acaso no lo sabía?
-Puessss.
Al volver a casa me encontré en el buzón un montón de cartas, llamándome pardilla y ofreciéndome los servicios de un detective privado al que por una suma de dinero ridícula me informaban del número de la habitación de mis amigos pacientes, y por otro ridículo suplemento, me proporcionaban un taxi para que no dejara a mi pobre amiga sola y desamparada.
Efectivamente, ella me llamó por la noche.
-Nadie, entérate bien. Ni un solo amigo ha venido a visitarme- me explicó hecha polvo. Lo que no sabía era que nos habían largado a todos para protegerla.
Esa misma noche recibió en su buzón miles de páginas de contactos.
“No se sienta sola, mujer. Nosotros podemos ayudarla a encontrar al hombre de su vida en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quiere gozar?”
Pero eso ya fue otra historia.

3 comentarios:

leo dijo...

Pues es verdad que, basta que te pase algo para recibir una publicidad que solucionaría la cuestión... Recuerdo que cuando llevé ortodoncia no veía más que anuncios de clínicas dentales por todas partes, aunque yo pensaba más bien en asesinos a sueldo, mal de ojo, y cosas así. Llevé fatal lo del aparato, qué se le va a hacer. En fin, eran los tiempos preLOPD. Ahhhh, qué tiempos aquéllos.
Besito!

Bego dijo...

Dímelo a mi que me dedicaba a eso... no sabes el miedo que dan los estudios que tienen sobre nosotros. Que si las amas de casa que compran en Mercadona y tienen hijos en edad escolar consumen esto o lo otro... es terrorífico.

Carmen dijo...

Leo, te comprendo porque yo también llevé aparato y aún lo sueño.
Bego, con que eras tú la que me perseguías por Mercadona ¿eh? Pues en el nuevo relato no me conformo con dejarte de portadora de chuches. Te saco de asesina o de víctima. Que lo sepas.