Textos

domingo, 6 de junio de 2010

Saberlo todo


Hoy me he despertado omnisciente. No era algo que tuviera previsto, ha sido de pronto. Llevaba yo tiempo queriendo serlo, la verdad. Me lo decía todo el mundo. Es que siempre lo ves todo desde un punto de vista muy personal, deberías cambiar. Ya es hora de que te acostumbres a ser omnisciente, por ejemplo. Pero yo me resistía. La vida siempre me ha parecido muy personal, muy..., cómo diría yo, creada por cada uno a su conveniencia.
A veces, cuando bajaba al metro, me preguntaba cómo vería el andén la señora del vestido rojo, o el tío de la rasta, o el niño de la mochila.
-¿Te gustaría ser uno de esos? –me preguntó Catalina, que también le da muchas vueltas a todo.
-Pues francamente, no.
-A ellos tampoco les gustaría ser tú.
Así que desde entonces comprendí que nunca podría ser omnisciente, que eso era muy difícil, para gente que cree saberlo todo, comprenderlo todo. Pero no para mí que siempre estoy más liada que las patas de un romano, que no logro aclararme con nada. Por eso, cuando está mañana he salido a la calle y me he visto tan sabihonda, me he llevado una agradable sorpresa.
Al entrar en el metro, detrás del niño que arrastraba la mochila con ruedas, una voz en mi interior ha dicho: “El pasillo le parecía más largo que antes, más que ningún otro día. Estaba cansado, un poco dormido aún. Un pedazo de cielo asomaba por la rendija de una puerta abierta allá, en la calle, en el portal 35 de la calle Albarán. Una mariposa activó las alas, y la envergadura del colibrí era a penas más estrecha que el pasillo del barco”.
Jo, qué chulo, pero si por fin soy omnisciente, he pensado.
“El quiosquero de la esquina había oído cómo lo llamaba una voz por el auricular de su móvil, mientras el hombre de la chaqueta gris había echado a correr por el pasillo para ver si todavía cogía el metro a punto ya de partir. Pero las risas burlonas del conductor del vagón resonaban en el andén cuando él todavía intentaba entrar. Había cerrado las puertas justo cuando el hombre de gris tenía medio cuerpo dentro. El chulo de mierda del conductor, había pensado el impecable hombre de traje gris. Y había aguantado el dolor de verse atrapado sin aparentar desconcierto. Su rostro adquirió una tonalidad verdosa, pero no quería aparentar susto. De hecho aparentaba ser fuerte, valeroso. Era la primera vez que se enfrentaba a la prepotencia de un conductor del metro. El conductor, por su parte, enroscó los dedos alrededor de las palancas de mando y cayó en la cuenta de la cantidad de tiempo que había pasado desde que se había despertado esa madrugada, de que no estaba de humor para dejar que un miserable hombre de gris llegara a tiempo a su trabajo. Le faltaba mucho todavía para el relevo. El loco ese se había quedado atrapado en la puerta, pues que se jorobe, pensó, que se hubiera levantado antes como él. Pero tuvo que abrir las puertas, no sin cierto resentimiento. Por él lo hubiera dejado ahí, atrapado, confuso, asustado. Pero al supervisor no le iba a gustar su comportamiento y estaba seguro de que lo vigilaba desde su cabina.
Esteban, el supervisor, desde la cabina de mandos, percibió su turbación.
Un brillo de perspicacia asomó a los ojos del joven de las rastas, y el niño de la mochila colgada al hombro esbozó una sonrisa radiante porque le había gustado el salto del hombre del traje gris.
El quiosquero que se hallaba en la superficie, dentro de su quiosco, se retorció con gesto avergonzado. Eso era exactamente lo que temía, que su amante lo llamara justo a la hora en la que su mujer llegaba al quiosco para sustituirle”.
Qué confusión, Dios mío. Todo el mundo pensando a la misma vez y yo escuchándolo todo. He cerrado los ojos y me he tapado los oídos. Lo tengo absolutamente decidido: no quiero ser omnisciente porque a mi qué me importa que al quiosquero lo haya pillado in fraganti su mujer, que el conductor tenga un mal día y se alegre de pillar entre las puertas a un pobre hombre de gris, que el niño de la cartera se ria, y que el chico de la rasta sea un perspicaz de la vida.

4 comentarios:

Angel dijo...

Dí que sí, Carmen. La omnisciencia es un rollo macabeo. A mí me gusta muy poco, por no decir nada.
Tú no te hagas omnisciente, que eso son marranadas ;-) Ya lo has visto, casi te vuelves loca.
besos

Bego dijo...

Es genial este cuento. Nos reímos tanto cuando lo leíste...

leo dijo...

Qué bueno, Carmencita, me has alegrado el lunes con tu conato de omnisciencia. Además, sospecho que es mucho más sano ignorar lo que piensa ese que está sentado enfrente y que nos mira los zapatos sin parpadear.
De los dos narradores mejor hablamos otro día ¿verdad? ;-))
Besis.

Carmen dijo...

Sí, Angel, tienes razón. Mejor no saber. ¿pa qué?
Bego, esta es la versión adultos del que leí en clase. En la infantil hablaban las mochilas ¿te acuerdas? A mi siempre me gustaron más los niños. Menudo blog nos espera, je, je.
Leo, ya le he pillado el tranquillo a los dos narradores. El miércoles te lo cuento.
Bessis