
Últimamente mi afición favorita consistía en ir a Mediamark y conocer los últimos adelantos tecnológicos. Más que todo para no perderme.
Mire usted, me dijo el encargado. Esta tele se ve en tres dimensiones. Y efectivamente, casi me pica un mosquito, o me da un zarpazo un aguerrido tigre de la selva. ¿Pero es TDT o LCD? Le pregunté para que se diera cuenta de que controlaba. No, es LED. Ah.
Pregunté precios, hice cuentas y propósitos de la enmienda. Si dejara de comprar en la galería de alimentación de mi barrio y fuera al mercado central, si no utilizara el móvil más que al anochecer con tarifa plana, si en vez de ir al cine, paseara. Si sacara los libros de la biblioteca en vez de comprarlos. Si comprara los bolsos en los “top mantas”
Sí, señor la quiero. Está decidido.
Preparo mi cena en una bandejita y me dispongo a ver la fauna y flora en mi salón. Espero oler el suave aroma de geranios y jazmines, el cosquilleo de las mariposas en mis orejas, el rumor inaccesible de las cascadas. En fin, todo ese rollo. Pero es encenderla y aparecer Carmele Marchante, se sienta a mi lado y pica una patata de mi plato. Empieza contando que tuvo un lío en una isla griega, allá por los años noventa. Un tal Kiko, le contesta que él sabía eso y mucho más, porque la pareja, no se sabe si hombre o mujer, se lo había contado con pelos y señales en su día. Carmele se ofende muchísimo, deja mi patata, se levanta y dice que se marcha. Todos le piden que se quede, ella dice que no, y Jorge Javier Vazquez, el glamour hecho hombre, escupe en su vaso y le pide que beba de él. Ella hace caso omiso a la humillación y dice que si Kiko cuenta lo que sabe, ella se marcha. Deja el vaso con el escupitajo de Jorge Javier en mi bandeja de la cena, y se levanta a recoger sus enseres. Todos intentan convencerla de que se quede, mujer, que no es para tanto. Me llevo la bandeja a la cocina y lo tiro todo a la basura. Desde allí escucho a Carmele peleándose con todo bicho viviente. La gente que acude al plató ha tomado posiciones en el sofá de mi casa, me arrincona y aplaude enfervorecida, no sé a quién ni por qué, aunque a estas alturas ya me importa un pimiento. Entró en el salón haciéndome un hueco y cambio de canal lo más deprisa que puedo. Un anciano de ochenta y nueve años busca pareja. No más de sesenta y cinco, y que no sea culona, exige el tío que es selectivo a pesar de no tener un solo diente. Yo funciono todavía, le explica a la audiencia y a mí, porque también ha entrado en mi casa. La mujer que me consiga debe saber que tiene hombre para rato. Luego se desnuda de cintura para arriba para que veamos sus tetas caídas y su tripa gelatinosa. Quiere salir de la tele para que compruebe sus protuberancias. Tengo el tiempo justo para cambiar de canal. Un chaval se mete en mi casa y baila rap, un rap ramplón, para salir del paso porque va a entrar en Fama. Una de las chicas del jurado, muy mona ella, pone cara de madre mía que mina hemos encontrado. Saco una escoba y le pego dos o tres escobazos al rapero hasta que logro meterlo de nuevo en la tele. Estoy agotada pero hago un último intento. Belén Esteban baila un vals. Logro apagar antes de que se me cuele. Subo el televisor tridimensional el trastero, cierro con llave, busco un trabuco del diecinueve largo, y un cuchillo jamonero. Temo que se escapen los personajes durante la noche. Los escucho golpear las paredes, rascar la puerta. Bajo las escaleras sin hacer ruido, me meto en la cama e intento dormir, pero no puedo. Escucho los insultos de Kiko Matamoros, los escupitajos de Jorge Javier, los gritos de la Patiño al ex de Concha Velasco que quiere pegarse con no sé quién. Llamo a la policía, me dicen que si es por una alarma que se ha disparado, marque el uno, si han forzado la cerradura de mi casa, el dos, si...
¡¡Socorro!! No quiero tres dimensiones, no quiero tecnología punta. Sáquenlos de mi vida, de mi casa, por favor. Con la programación que tenemos mejor con rayos catódicos y blanco y negro de toda la vida.
En ese caso marque el trescientos cincuenta y siete con nueve, dice la grabación. A ser posible en números romanos
Me he despertado sudando, he llamado a Mediamark para anular el pedido y me he tomado una tila.