Textos

domingo, 6 de marzo de 2011

PÁJAROS O POESÍA







Catalina y Leopoldo se habían conocido en una fiesta. Una de esas fiestas que da alguien que ni siquiera conoces. Contactaron enseguida. Fue por algo relacionado con una bebida que ya se había terminado. Un no importa quédatela tú que a mí me da lo mismo.
Hablaron de poesía, de naturaleza, de senderismo. Él creyó dejarla embobada cuando le habló del movimiento de migración de los pájaros. A él le gustaban los pájaros. Y ella pensó lo mismo cuando le dio una extrema explicación sobre la obra poética de Valente. A ella le gustaba la poesía.
Alguien dijo que porqué no continuaban la juerga en otro sitio, y fue entonces cuando se dieron cuenta de que ya se acababa, que los pocos que allí quedaban cogían el abrigo para marcharse. Habían perdido a los amigos con los que habían acudido a aquella fiesta, que por otra parte les pareció que acababa de empezar. Decidieron irse por su cuenta a cualquier sitio. Nadie les echó en falta cuando se marcharon. Ellos habían pasado desapercibidos.
Fueron a un bar de las afueras y continuaron fumando y bebiendo. Y hablaron otra vez de pájaros y de poesía, y también de música. Leopoldo dijo que le gustaba mucho la música country americana y a Catalina el jazz. Ella habló de Ray Charles y Leopoldo le contestó que Garth Brooks era su preferido. Ella le confesó a Leopoldo que no sabía bailar pero que esa noche bailaría, que se sentía atrapada por la música. El se quedó mirándola fijamente y pensó que nunca había sentido su propia mirada tan intensa, ni sus ojos tan claros, ni su sonrisa tan seductora. Minutos después ella se contoneaba con provocación ante él. Leopoldo salió a la pista de baile, elevó un brazo y se echó el pelo hacia atrás. Debió ser entonces cuando se dio cuenta de que Catalina lo miraba con tanta intensidad que llegó a preguntarse si esa mujer no iba a amarle ya para toda la vida. Ella por su parte lo había estado observando mientras bailaba, y había visto sus ojos hacerse agua ante sus piernas. Fue en ese momento cuando él la agarró por la cintura y la besó. Y ya no pudieron dejar de besarse ni siquiera cuando se desnudaban en la habitación del hotel.
Él no podía marcharse aquella noche, le gustaba mucho lo que era capaz de decir delante de aquella mujer. Se trataba de hablar sin importar de qué, como si el contesto no tuviera importancia. Ambos llegaron a la conclusión de que sus cuerpos estaban diseñados para abrazarse.
Leopoldo continuaba en la habitación cuando despertó la mañana del domingo. Y estaba seguro de que ella empezaba a soñar con él. Pero al tantear la cama buscando su cuerpo cálido comprobó que se había marchado.
Fue un momento después, al descorrer las cortinas, cuando pudo ver una carta en la mesilla de noche. Era de ella, le decía que debía marcharse para no tener líos en casa, pero que se encontrarían de nuevo a las ocho de la tarde. Que lo esperaría en la boca del metro de Bilbao. Le decía otras cosas sobre su encuentro y sobre la noche. A Leopoldo le gustó la idea. No había habido intercambio de números de teléfonos, ni direcciones, sólo la nueva cita. La promesa del reencuentro tan sólo unas horas más tarde. Era excitante, pensó.
A las siete de la tarde Leopoldo pensaba en ella. No había dejado de hacerlo ni un solo instante del domingo. Se había encerrado en el cuarto de baño y se había estado contemplando en el espejo. Había cogido la loción de afeitar mientras observaba sus ojos, esos ojos claros que la habían conquistado. Se sintió intenso y seductor. Pensó en lo largo que se puede hacer un domingo y en lo corta que es una fiesta de sábado. Se sonrió y pensó que ya sólo faltaba una hora para el reencuentro.
A las siete, Catalina se había puesto una mascarilla hidratante y leía en voz alta las poesías de Valente. Le alegró su sensibilidad. Había estado brillante y él se lo había dicho. Le gustaba la poesía igual que a ella, y le gustaba el jazz y el baile. No era normal encontrar a un hombre que valorara sus gustos de esa manera. Indudablemente aquello había sido un flechazo, algo en lo que no había creído hasta aquel sábado.
Busco en el armario una falda corta, la más corta que tuviese. A él le habían vuelto loco sus piernas, creía habérselo escuchado.
Cuando Leopoldo estaba cerrando la puerta, sonó el teléfono, era su amigo Sebastián
-Sebastián, tío, te tengo que dejar. Una cita. Una cita, Sebastián. Una mujer extraordinaria, la mujer de mi vida, por fin. Ya no me tendrás que decir que tengo que sentar la cabeza. Oye, ¿por qué no me llamas mañana?
-Vale, vale –contestó el amigo-. Y si la chica te gusta, no te pases haciéndote el duro, ¿sabes? Uno nunca sabe, las mujeres son misteriosas.
Amaba a Catalina. Acaso la amara porque vendría a su encuentro y le acompañaría. Porque lo miraba con ternura y admiración. Sospechaba que tenía una inteligencia excepcional. Había admirado todas sus opiniones. Pensaba en ella como una reina que a su lado reinaría sobre sus colecciones de música country, sobre la de pájaros, y sobre la naturaleza en medio de la cual y sin ella, se sentiría solo y superfluo.
Por su parte Catalina ya en el metro, pensaba en Leopoldo. Tenía ganas de correr ahogarlo con sus palabras, abrazarle. Recitarle todos aquellos versos, dejarle su música de jazz.
Cuando salió de la estación había varios jóvenes esperando, los había acompañados y también solos. Intentó recordar su rostro pero se le desdibujaba. Se habían conocido en una fiesta con poca luz. Se habían amado en una habitación de hotel en penumbra... Sin embargo se reconocerían al encontrarse, estaba segura. Él no iba a olvidar sus piernas tan fácilmente. Se reconocerían por la poesía, por el jazz. Sabrían encontrarse y sin embargo…No recordaba. Cerraba los ojos y no recordaba.
Cuando Leopoldo llegó a la estación de Bilbao observó que había muchas mujeres solas esperando y que Catalina podría ser cualquiera de ellas. No tenía en ese momento su rostro muy definido. Confiaba en que fuera ella la que lo reconociera. Sus ojos claros de los que ella no había apartado la vista la guiarían hasta él.
A las diez de la noche Catalina llamó a Clara
-¿Quien daba la fiesta el sábado?
-Ni idea chica, una fiesta de tantas.
Él por su parte llamó a Miguel
-¿Una chica que estuvo contigo? Ni me acuerdo. Iba ciego, ya sabes. ¿Tenía las piernas bonitas?
-Ah, ¿que no lo sabes, que crees que llevaba pantalones? No me acuerdo. En esas fiestas todo el mundo se parece. Vete tú a saber quién fue el que dio la fiesta, y quién la que estaba contigo. Duerme Leopoldo, y no pienses más que mañana tenemos que trabajar duro. Olvídala, anda.
Pero él asumió ante el espejo de su cuarto de baño, mientras se lavaba los dientes aquella noche, que jamás volvería a encontrar a una mujer como aquella, que amara los pájaros, la naturaleza y el country.
Y… bueno, sus ojos.
Catalina escribió a Clara “Me voy de Madrid. Él ya no está. Echo de menos sus silencios más elocuentes que cualquier conversación. Nunca volveré a encontrar un hombre que me ame tanto por mi misma como él. Y sobre todo, jamás olvidaré cómo miraba mis piernas esa noche mientras escuchaba embelesado los versos que yo le recitaba. Un hombre que como yo, amaba la poesía y el jazz”
Porque aquel domingo, a las ocho, en el quiosco de prensa que hay cerca de la boca del metro de Bilbao, él había estado ojeando revistas de pájaros, mientras ella, unos pasos atrás, había leído una y otra vez un libro de poemas. Al cabo de unos minutos, Catalina había tropezado con Leopoldo y a este se le había caído la revista que ojeaba. Catalina pensó que hay que ver que gustos tan raros tiene la gente ¿Pájaros?
¿A qué tipo de mujer le puede gustar la poesía? se iba preguntado él mientras bajaba tristemente las escaleras del metro de Bilbao

4 comentarios:

Ángel dijo...

Pájaros, querida Carmen, pájaros. Que la poesía da mucho dolor de cabeza :-)
No obstante, estos dos son uno poco despistados, ¿no? mira que no reconocerse al día siguiente....
claro, es que él sólo se fijaba en las piernas; si es que somos asi....

leo dijo...

Qué triste, Carmencita, no poder ver caras, no buscar nada más que espejos. Y decirnos tantas mentiras, además.
Jo. :-(

Cisne Gaseoso dijo...

A mujeres como nosotras...nos gustan el jazz, la poesía y los pájaros.

Hace poco escribía sobre los gorriones en la Poesía de Luis Feria. Te invito a leerlo.

Bonito relato, algo triste, melancólico...

Carmen dijo...

Nos miramos a nosotros, Angel desengañate.
Leo, esos espejos dan miedo, ¿a que sí?
Cisme gaseoso, he tardado en entrar porque ando algo liada pero me voy rauda a leer tu blog. Gracias por visitarme.