Textos

domingo, 20 de mayo de 2012

LOS TONTOS Y EL MACHU PICCHU







Tengo un amigo con teorías. Son teorías basadas tan solo en la observación, sin argumentos, sin elaboraciones concienzudas y tediosas. Él dice, por ejemplo, que el que conduce un todoterreno se transforma en un prepotente, y cuando se baja del todoterreno y se sube a una moto, arrasa, caiga quien caiga, que si luego se sube a un Jaguar, te mira por encima del hombro y el mundo se le hace tan pequeño que casi no lo ve, y que si después baja al metro, se reduce. Vamos, que se convierte en un “sí señor” de la vida. También tiene una teoría sobre los que llevan barba o bigote, pero como me parece menos elaborada, le cuento la mía.
Le digo que los tontos, es decir, aquellos que están en el límite, lo son un poco menos si son malos. Es como cuando pones el coche a nombre de tu mujer, el seguro siempre te sale más barato. Un punto menos, vale, pero más barato. Supongo que habrá algún motivo, estadísticas, encuestas, qué sé yo. Pero las mujeres, que según dicen, nos pintamos “los morros” mientras nos saltamos el semáforo en rojo, resulta que, mira tú por donde, somos más prudentes conduciendo, y a la hora de asegurarnos damos más confianza a las compañías aseguradoras. Mi amigo dice que no se fía de las aseguradoras, me habla de los viajes de la tercera edad, dice que después de subir al Machu Pichu, de bailar como peonzas hasta las tantas de la madrugada, de tomar mojitos y cochinillo al horno, los decesos son más… cómo diría yo, profusos. Dice que un tío suyo murió enganchado a un matasuegras y a una rubia despampanante en pleno crucero por las ruinas mayas. Dice que eso las compañías de seguros lo tienen estudiado y lo saben, igual que él sabe que los que llevan camisetas sin mangas te quitan el aparcamiento.
Pues para mí, igual que para mi amigo que solo elucubra, la maldad da un punto de coeficiente sobre el resto de los tontos. Los malos, de alguna forma, se lo tienen que currar, aunque solo sea buscando a otros más tontos que ellos para conspirar. Y eso, lo quieran o no, mueve las neuronas. Es como una gimnasia, un entrenamiento. Solo con el trabajo de tener que convencer, de aparentar que se es listo y que controlas la situación, ya hace falta un esfuerzo mental considerable. Luego hay que continuar disimulando para que nadie se de cuenta de que has metido a los demás en un buen marrón, de que han salido perdiendo, de que cada día están peor. Conspirar contra alguien, currarse los argumentos, pasar como el que todo lo soluciona cuando lo ha emplastado hasta la médula, todo eso requiere un esfuerzo que la mente agradece.
Teorías, observaciones, comparaciones.
Nuestra forma de defendernos de las agresiones de la vida

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