
Veo a Mario Conde en la tele y reflexiono. El cuento de "La bella durmiente" viene a mi memoria. No lo puedo evitar. Una niña recién nacida, las hadas concentradas alrededor de su cuna conceden dones y más dones. Será inteligente, dice una, tendrá talento, dice otra. Y así es como una tras otra van depositando cualidades a ese nuevo ser. Pero, de pronto, llega el hada mala, la no invitada, la insufrible aguafiestas, acerca su varita negra. Y con una simple frase, una sola, habrá dejado sin sentido lo otorgado hasta ese momento. Nada de lo dicho servirá. El resto de virtudes habrán caído en un saco sin fondo, un agujero negro de proporciones inmensas. Eleva su voz y grita malhumorada. Se pinchará con una rueca: la rueca de la soberbia. Será soberbio, repetirá , y un trueno resonará en el horizonte. Y a partir de entonces, incapaz de desarrollar su potencial caerá una y otra vez ante esa implacable actitud. Ese ridículo pensar que es superior que nadie podrá contra él. El olimpo le pertenece y se mofa de todos.
Mario Conde es un ejemplo de lo poco que importa ser inteligente, trabajador, hábil, atractivo, buen conversador y un gran etc, si una hada madrina ha pronunciado la terrible palabra: Soberbia.
Cuando lo estaban interrogando en los juzgados llegó a sacar la lengua al juez, cuando quería que el pueblo lo comprendiera, escribió una carta plagada de palabras inteligibles y rimbombantes. Incapaz para el acercamiento, para el calor humano, iba metiendo la pata una y otra vez. Y esas cualidades cedían ante su implacable soberbia.
El otro día lo observé sonreír con prepotencia contenida, con un misticismo propio de los llamados por Dios, de los elegidos. Mario no solo no ha devuelto lo que robó sino que continúa considerándose superior, continúa echando arena sobre su propio tejado, y lo que es peor, no se da cuenta.
Una pena lo del hada mala. Y lo triste es que de alguna manera nos ocurre a todos. A todos nosotros nos visitó un hada mala al nacer y vamos perdiendo las cualidades que nos fueron otorgadas sin ser conscientes de ello ¿De qué nos sirven todas ellas si están anuladas por la vanidad, o la soberbia, o la envidia o… ¿Para qué seguir?
Ellas nos destrozan y nos ponen en lo que realmente somos; humanos, indefensos, llenos de sombras.
Mario Conde es un ejemplo de lo poco que importa ser inteligente, trabajador, hábil, atractivo, buen conversador y un gran etc, si una hada madrina ha pronunciado la terrible palabra: Soberbia.
Cuando lo estaban interrogando en los juzgados llegó a sacar la lengua al juez, cuando quería que el pueblo lo comprendiera, escribió una carta plagada de palabras inteligibles y rimbombantes. Incapaz para el acercamiento, para el calor humano, iba metiendo la pata una y otra vez. Y esas cualidades cedían ante su implacable soberbia.
El otro día lo observé sonreír con prepotencia contenida, con un misticismo propio de los llamados por Dios, de los elegidos. Mario no solo no ha devuelto lo que robó sino que continúa considerándose superior, continúa echando arena sobre su propio tejado, y lo que es peor, no se da cuenta.
Una pena lo del hada mala. Y lo triste es que de alguna manera nos ocurre a todos. A todos nosotros nos visitó un hada mala al nacer y vamos perdiendo las cualidades que nos fueron otorgadas sin ser conscientes de ello ¿De qué nos sirven todas ellas si están anuladas por la vanidad, o la soberbia, o la envidia o… ¿Para qué seguir?
Ellas nos destrozan y nos ponen en lo que realmente somos; humanos, indefensos, llenos de sombras.





