miércoles, 9 de febrero de 2011

UN MAL GESTO



Había estado con esa pelirroja la tarde anterior y sabía que sería suya desde el primer momento. Sin embargo le gustaba prolongar la conquista ¡Era tan joven!
-¿Te apetece que cenemos esta noche? -le había dicho con esa sonrisa contenida que él sabía poner.
-Como quieras
Era una estudiante preciosa e inexperta, aunque resultaba tierna queriendo aparentar aires mundanos. Lo recordaba ahora en su cerebro embotado, mientras pasaban imágenes de esa noche que imaginó tan placentera.
Tenía que recogerla a las nueve, pero antes pasaría por el hotel para darse una ducha y transformar su aspecto de profesor atareado por el de profesor conquistador; unos ligeros retoques.
-Estás guapísima -dijo cuando ella entró en su coche-. ¿Quieres que suba la capota?, parece que ha refrescado.
-Oh no, está bien así.
Él acarició sus mejillas con gesto estudiado y arrancó de forma ruidosa mientras dibujaba en su cara una sonrisa de medio lado que le daba un aspecto pícaro y le había aportado tantos éxitos en el pasado.
El aire helado de la noche congeló su gesto.
-¿Qué te pasa? -preguntó ella al ver que seguía con esa sonrisa puesta sobre su cara como un elemento discordante.
-Los músculos no responden –dijo él aminorando la velocidad y dirigiéndose hacia el arcén.
-Debe ser el frío de la noche. A mi abuelo le pasó algo así, y no sabes lo que tardó en recuperar la fuerza en los músculos faciales.
- No fastidies.
-No, si yo lo digo para que te acerques a algún hospital. Ya recuerdo. Se llama “rigor frígoris”.
-No puede ser -dijo con la sonrisa picarona todavía pegada a sus ojos enfurecidos.
-¿Quieres que conduzca yo?
-Si, anda. Que tal y como estoy, podemos tener un accidente -dijo con una voz cada vez más gangosa.
Helena metió el pie en lo que creía que era el embrague y el coche salió despedido.
-Que eze ez el acederador.
-Hijo, qué mala suerte has tenido.
La luces del hospital se veían a lo lejos, mientras el coche se acercaba dando tumbos y frenazos. Al entrar por la puerta de urgencias le atendió un enfermero.
-¿Quién es el enfermo? -dijo con hilaridad al ver la sonrisa torcida e insinuante de Ramón.
-¿Usted cree que esa sonrisa se trae a un hospital si no es porque se ha quedado congelada?
-Sí, ahora que lo dice...-dijo el enfermero dispuesto a llenar el cuestionario
-¿Nombre?.
-Mamoz.
-No le entiendo.
-Se llama Ramón -dijo ella tomando las riendas -Ramón Hernández, por lo menos eso dice, y se le ha puesto esa expresión, de pronto.
-Señorita, esa expresión la ha puesto él. La paralización habrá sido después.
- No podrían relajarle el músculo de alguna forma y dejarle una expresión más, cómo le diría yo, más profunda. Cualquiera menos esa.
-Mientras llega el médico ¿Me podría contar que es lo que le estaba diciendo?
-A usted qué le importa. LLame al médico inmediatamente.
-Que se lo cree. Con la cantidad de apendicitis y taquicardias que hay esta noche, no nos vamos a dedicar a recomponer la expresión de su amiguito -dijo alejándose.
-¿Porqué no me ponez una venda en le cara para que no ce ría nadie máz?
El enfermero apareció por la puerta.
-Ha tenido usted suerte, el médico se ha compadecido de su situación y lo va a intervenir inmediatamente.

Había luchado toda la noche para darle un aspecto riguroso a su semblante, y ahora estaba desfallecido. Se quitó los guantes y salió del quirófano. Helena lo esperaba al fondo del pasillo.
-¿Qué me dice doctor?
-Parece que hemos podido cambiarle la expresión pero tardará mucho en recuperar la elasticidad en los músculos, y quizá no la recupere del todo.
-Sí, estaba destrozado.
Le hemos dado un aspecto sombrío y apesadumbrado, más acorde con la situación. No se preocupe.
Comenzaba a amanecer y las luces penetraban pintando de rayas luminosas la habitación. Helena se encontraba al lado de la cama. Ramón que tenía la cara tapada con vendas alargó su brazo hacia ella.
-Ya se ha resuelto todo, debo dejarte. Han avisado a tu mujer y a tus hijos. Vendrán en el avión de las nueve.
Él se removió nervioso.
-Debería haberme imaginado que estabas casado y tenías familia. De todas formas, con la expresión que te han dejado ya solo podrás acudir a funerales, quiebras y catástrofes. Espero que sepas adaptarte a esa nueva vida -dijo cerrando la puerta tras de sí.
Ramón emitió un gruñido y las vendas se llenaron de un líquido viscoso y salado.

viernes, 4 de febrero de 2011

¿PORQUÉ LAS CEBRAS NO TIENEN ÚLCERA?





Me gusta el título, lo he cogido prestado de un párrafo del libro “El viaje a la felicidad” de Eduardo Punset. Ese hombre cada día me gusta más. No solo es interesante su programa: “Redes”, sino la forma que tiene de acercarnos a la ciencia.
Pero a lo que íbamos.
Parece ser que los homínidos, a diferencia de otros animales, les basta con imaginar que lo van a pasar mal para pasarlo fatal y desencadenar idénticas descargas hormonales y estragos físicos que los provocados por una amenaza real.
Y ahí comienza la historia de la cebra. Si es atacada por un león y al final, por hache o por be, no se la puede comer. Una vez repuesta del susto, se marcha tan campante y recupera su condición de animal libre y feliz.
Los homínidos, sin embargo, lo imaginaremos una y mil veces. Nuestro impacto emocional será el mismo que si el león nos atacara continuamente; mientras desayunamos, al ir a llevar a los niños al colegio, viendo la tele, o preparando ñoquis con setas. Es decir, nos pasaremos el resto de nuestra vida siendo atacados por el dichoso león, o lo que el más probable, por gente aviesa que nos insulta o nos ataca cual león hambriento.
El ataque del león solo le sirve a la cebra para prevenirla de posibles nuevos ataques y huir en cuanto lo huele.
Los homínidos, o sea nosotros, no solo comeremos, cenaremos, o dormiremos con la afrenta recibida, sino que en cuanto los desgraciados que nos atacaron nos hagan dos carantoñas, se nos olvidará el olor a león que desprenden, y nos volveremos a poner a su alcance para que nos la vuelva a jugar.
De ahí la úlcera de los homínidos, o sea la nuestra, y la felicidad de las cebras.
¿Pero estamos realmente seguros de que los “sapiens” somos nosotros?

sábado, 22 de enero de 2011

UN CUENTO SOBRE SENTIMIENTOS


La soberbia, el miedo, la avaricia, el amor, el respeto y todos esos sentimientos, son saltamontes nerviosos que saltan de un lado para otro y se esconden para sorprendernos. Que no tienen cara, ni pelo, ni andan encorvados, ni llevan gafas. No tienen nombre ni se están quietos. Por eso hay que estar muy atentos para descubrirlos
En Arionzas, un pueblo lejano, más allá de las montañas verdes, cerca de la desembocadura de un río, cuando no hay nubes y el aire empieza a enfriarse, se les puede ver saltar de un cuerpo a otro.
Esa amiga que hoy te apoya y se preocupa por ti, la que te llama y te escucha, mañana puede darte la espaldad, criticarte, pedirte explicaciones, ningunearte. Porque la generosidad y el cariño han saltado de su cuerpo y ese hueco lo ha ocupado la avaricia y la maledicencia. Y el orgullo se ha metido despacito en el hermano que más querías y te clava una daga por la espalda.
En Arionzas se saben esas cosas por los días claros y fríos de primeros de septiembre. Pero en la ciudad, no. Por eso piensan que sus amigos, o sus hermanos, o sus compañeros, les traicionan, y por eso sufren, y se aíslan.
Cómo les gustaría a los habitantes de Arionzas explicarle a los cegatos de la ciudad que no es su amigo, o su hermano, o su compañero los que traicionan, que son los sentimientos que no logran estarse quietos, y que debemos buscarlos por todas partes y desenmascararlos. Y explicarles, sobre todo, que el más peligroso es el rencor, que va a todas partes con cama plegable y mochila. Por eso hay que saber echarlo con cajas destempladas antes de que tome posiciones y te destruya.

miércoles, 19 de enero de 2011

CÓDIGO DE BARRAS







El otro día, mientras esperaba en la caja del super a que me cobraran, me dio por pensar que las personas somos como esos productos que llenan los carros. Es decir, uno nace arroz, pongo por caso. Arroz en cuanto a herencia genética, células madre, y demás zarandajas. Luego el entorno te envasa, o sea te da un ligero retoque Puede envasarte SOS o NUMEN, o CALASPARRA. Una vez que ya tienes asignado el código de barras, el precio sale solo. Y ese es nuestro valor.
Ya sé que lo que digo suena un poco claustrofóbico, pero es que cada vez veo más difícil cambiar nuestra forma de ser. Quieres transformarte, quitarte de la cabeza ese run run que te martiriza, ese genio que te agota, o esa tranquilidad que te impide avanzar, pero no puedes.
Comienza el año y dices; está vez si que me voy a convertir en otra. No me pienso tomar disgustos, o seré menos egoísta, o menos glotona, o menos..., lo que sea. Pero en el fondo sabes, porque lo has intentado otras veces, que lo vas a continuar siendo.
Me comportaré como arroz SOS, que es lo que soy y lo que me ha convertido mi entorno.
Cuando me tocó el turno la cajera me preguntó qué me pasaba, debió verme un poco pálida.
¿Será el juicio final del que habla la Biblia, un simple paso por el lector del código de barras del super?

miércoles, 5 de enero de 2011

LAS MUJERES Y SUS LABORES







La carga de feminismo que me acompaña desde la universidad se me acaba de desmoronar por completo este año.
Devoraba libros de Simone de Beauvoir en el que se hablaba del trabajo de la mujer como “la perpetuación del presente” Era lo más claustrofóbico que había escuchado nunca. Solo de pensarlo se me erizaban los pelos y se me quitaba el sueño.
Hannah Arent, daba un significado a lo que ella llamaba “laborar”: trabajo improductivo por el que se satisfacen las necesidades vitales. No deja huella tras de sí.
Es el trabajo del que las mujeres lo sabemos todo, son las labores domésticas, quitar el polvo hoy para volver a empezar mañana. Este trabajo que es una lucha contra la invasión de la naturaleza, contra la degradación.
Y hoy, después de tantos años, tantas lecturas, y tanto feminismo.
Hoy, que me he convertido en Rey Mago de mi nieta, le he comprado una fregona chiquitita, un cubo, y un delantal como el de su madre.
¡Qué vergüenza!, he pensado, pero... ¡Cuánto le va a gustar!
Y es que antes de leer a Simone de Beauvoir y a Hanna Arent, yo tenía un cuarto de juguetes lleno de planchas, muñecos llorones, delantales y escobas. Porque lo que yo hacía, lo que me encantaba hacer, era imitar a mis mayores, y de ellos lo que más me ilusionaban no eran las metralletas, ni las pistolas de los aguerridos vaqueros del lejano oeste, sino la vida plácida de la mujer cuidando a los suyos. De mi madre, de mis tías. Ese pasar la vida perpetuando el presente para que no se notase el deterioro. Ese acoger a las personas mayores de las familias para que no se sintieran tan solas, ese jugar con los niños y atenderlos sin prisas.
No es que no me gustaran otras cosas; adoraba los teatros, los de guiñol y los otros, los de obras dramáticas, con decorados y luces entre bambalinas. Organizaba espectáculos y vendía entradas. Yo era la actriz, la acomodadora, la que vendía palomitas, y el héroe.
Mi mundo estaba a rebosar de fantasías. Pero nunca abandoné los juegos con muñecos, la simulación de los bizcochos al horno, y los recortables. Supongo que iba quemando etapas como todo el mundo, y un día tiré a la basura a la adorada muñeca pelirroja para contestar las notas que me enviaba mi vecino del cuarto derecha. Pero eso ya fue otra historia.
Y ahora, al pensar en mi nieta, en lo que podría hacerla feliz, he recordado las tardes pasadas imitando a mi madre, curando a mis muñecos, decorando la mesa, cocinando tartas de mentira. Y he querido que ella pasé los buenos ratos que yo pasé antes de convertirme en trabajadora, y escritora, y lectora acérrima, y en un maremágnum de cosas.
Y es que ese trabajo de cuidar a los otros, de perpetuar el presente, lo veo ahora como una auténtica heroicidad, la heroicidad de nuestras madres y de las madres de nuestras madres. Ese “laborar” con tanto cariño, con tanta paciencia, nos hacía saber que siempre las ibas a encontrar al volver del colegio, saber que los ancianos, los parientes con problemas, los que no encontraban un lugar en la vida, lo iban a encontrar en la familia, porque una mujer “laboraba” para ellos.

Supongo que fueron los estereotipos, los desprecios que la sociedad inflingía a las mujeres por realizar una labor no remunerada, el abandono, y la falta de compresión hacia ellas, lo que nos hizo a nosotras, esa nueva generación, levantarnos en armas, salir a ganarnos la vida como ellos, traer dinero a casa para ser libres, respetadas, luchar por encontrar un lugar en el mundo.
Claro que demostramos que éramos libres, y autosuficientes, y capaces. ¿Pero era eso exactamente lo que querían “todas”? ¿No se ha resentido la sociedad por haber subvalorado a esas mujeres dignas de todo respeto? ¿No estamos un poco más solos, más abandonados, un poco más frágiles?
Las injusticias siempre acaban por pasar factura. Me reafirmaré en que mientras la sociedad no recompense la labor de las mujeres, no debemos dar un paso atrás ni para coger impulso, que conste. Pero yo, por de pronto, le he comprado a la niña una fregona y un delantal.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

MOROS Y CRISTIANOS




La fiesta de moros y cristianos llegó por fin.
Ramón, el capitán moro, entró en el pueblo con su caballo negro, su sable y la capa ondeando al viento.
Trotó a lo largo de la avenida de la Constitución, y luego frenó en seco.
Saludó elevando los brazos y sacó el sable en un gesto agresivo y triunfante.
El público en las gradas aplaudía entusiasmado, y sus hombres, es decir, las filas moras, esperaban su indicación para iniciar la marcha hacia el castillo, contra los cristianos.
Ramón inclinó su cabeza a ambos lados y luego hizo un gesto con el brazo. Una fila de moros perfectamente alineados comenzó entonces su marcha. Todo un alarde de colorido y destreza.
Detrás iba Fabián, el hermano mayor. Desfilaba con sus hombres del bando cristiano; cruzados, contrabandistas, templarios. Toda una mezcolanza dispuesta a conquistar el castillo que ya ocupaban los moros.
La fachada del castillo, de cartón y púrpura, estaba sostenida por grandes tablones de aglomerado, tras los cuales, unas rudimentarias escaleras permitían la subida al torreón. Ramón se asomó desde lo alto y saludó victorioso. Y así fue como esperó la llegada de los cristianos.
Llegó Fabián a sus puertas, se entrecruzaron frases provocativas y burlescas. Formalizaron retos y arengas, se fueron ajustando al combate a base de ensordecedores disparos. Y fue entonces, en ese momento crucial en el que Ramón debería haberse rendido, cuando se negó a hacerlo. Y aunque ensillado y hambriento de venganza, debería haber caído inerte porque el capitán cristiano lo habría logrado vencer un año más. No fue así, no cayó fulminado como exigía el guión de las fiestas. Ramón, disfrazado de capitán Moncofar, ante la rabia que le producía el fracaso, la ya inminente victoria de Fabián, se mantuvo firme en lo alto del castillo. Ni siquiera la soldadesca mora huyó hacia la playa como estaba previsto que ocurriera si su capitán hubiera sido vencido. Pero no sucedió como se esperaba. No este año. A su mente llegaron un montón de recuerdos infantiles, de afrentas, de comparaciones. Se sintió fuerte, por fin iba a vencer a su hermano.
Las cosas empezaron a torcerse cuando Ramón, movido por ese súbito deseo de venganza se negó a dejarse ganar por los cristianos. Todo el pueblo lo miraba incrédulo. Él gritó desde la torre que no entraría ese vil cristiano, esa chapuza de hombre, ese enmascarado y torpe. Y se mantuvo inflexible ante el ruego del público que le pedía que se dejara de tonterías y que cediera la torre de una vez, como todos los años, que esto, al fin y al cabo, no es más que una representación, una obra testimonial, sin trascendencia. Pero él, haciendo caso omiso a sus filas, levantó el sable y le gritó a Fabián que subiera a la torre si era valiente.
-Ramón, hombre –le gritó su hermano- que eres el moro, que debes entregar el castillo. ¿Es que la tienes que montar siempre?
Pero él ya no escuchaba, sólo quería continuar con su desafortunada batalla.
-Y una mierda –respondió Ramón, loco de envidia -. Tendrás que arrebatarme el castillo con las armas. Lucha, cobarde y chapucero.
Hasta que Fabián, cansado del empecinamiento y chulería de Ramón, le dio la espalda, levantó su brazo en señal de despedida, y se sumó al griterío, a los vinos, a la fiesta del pueblo.
Los pocos soldados moriscos que se habían quedado observando el castillo, se cansaron también de esa lucha absurda de celos y venganzas, por lo que al escuchar los acordes de la orquestina instalada en la plaza mayor, se sumaron a la fiesta.
Y así fue como él solo, enfervorecido y babeante por la rabia. Llamándose el mejor y el conquistador del castillo, insultaba a Fabián desde lo alto de esa torre de aglomerado y cartón, mientras una fina lluvia comenzó a caer sobre el pueblo.
Eran ya cerca de las tres de la madrugada cuando los vecinos pidieron a la guardia civil que bajasen al fantoche ese que no paraba de dar gritos desde lo alto de una escalera.
Y es que esa noche el agua había deshecho el castillo y la fachada de cartón había cedido bajo el peso de la lluvia, dejando tan solo a la vista una vulgar escalera desde la que Ramón se sentía “victorioso”.