Textos

martes, 19 de febrero de 2008

HASTA QUE LA MUERTE OS SEPARE




Hoy le he descerrajado dos tiros en la cabeza a Gustavo. Ha caído en el acto y a mí me ha sabido mal. Sé que tengo que tener más contención. Un poco de mano izquierda, dice mi hermana Carolina.
-Hija, si es que te lanzas como un toro y a la pobre vecina ya no le queda sangre en el cuerpo –me dice.
Y es verdad, ella no se hace a mis prontos y por eso llama a la policía a la primera de cambio.
-Si lo mataras más suavemente, ella no se enteraría y podría ahorrarse muchos disgustos –me dice Carolina que está al tanto de todo
Pero es que yo ya no puedo más Y la policía, tampoco. Está harta de venir y de tomar declaración a unos y a otros. O sea que ya ni vienen. La conocen. Lo peor es su familia, que enseguida la ingresan en un sanatorio para enfermos mentales y aunque yo les digo que la dejen que eso no es peligroso, ellos se empeñan en que no está bien. La pobre, me da mucha pena. Si yo pudiera contarle. Pero no puedo. Se descubriría todo. Y lo malo de esto es que no sirve para nada, porque a la mañana siguiente Gustavo vuelve a quitarme el baño y a decirme que se le hace tarde y que le prepare el desayuno. Y de todo esto la culpa la tiene Carolina que siempre se está metiendo en lo que no le importa. Ella dice que lo hizo por mí, por lo mucho que lloraba cuando me enteré de que Gustavo me la estaba pegando. Si se va, Carolina, dice que yo le decía. Si se va y me deja. Yo, yo, no sé lo que puede ser de mí. Me mataré, Carolina. Lo haré cualquier día. Y no digo yo que no lo dijera. Pero son cosas que se dicen en esos momentos. Uno siempre cree que si su pareja le abandona se morirá, o se acabará el aire, o habrá un cataclismo, y que la pareja reaccionará y volverá arrepentida. Yo qué sé. Pero no es así, no suele ocurrir nada de eso. La vida sigue, y al final uno, no voy a decir que se alegra pero sí que se hace a todo. Son cosas que se piensan en el momento. Pero Carolina es de las que se toma todo al pie de la letra, y sufre, claro, de tanto darle vueltas. Dice que no pudo soportar la idea de perderme, que tuvo miedo y que por eso lo hizo. Por eso empezó a venir a casa y a grabar Gustavo en video.
-¿Qué haces?-le preguntaba él.
-Pues nada. Es para tener un recuerdo tuyo- contestaba.
Algunas veces lo hacía a escondidas, o dejaba la cámara oculta en la cocina o en nuestro dormitorio. Pero a mi tampoco me quería decir para qué tanto vídeo y tanta grabación.
Fue el día de mi cumpleaños. Gustavo hacía un mes que se había marchado de casa y a mi no me llegaba la camisa al cuerpo, cuando apareció Carolina de la mano de Gustavo.
-Saluda a tu mujer. Hombre. No seas vergonzoso.
-Y Gustavo entró tan propio, me preguntó sin alharacas que si ya estaba la cena porque tenía prisa. Dijo que lo esperaban los de la timba a las once. Luego entró en casa, pasó por delante de mí sin siquiera saludarme, cogió el periódico y se puso a leerlo.
-Gustavo, cariño. Has vuelto –le grité. Pero él no hizo alusión a mi algarabía y preguntó por sus pantalones grises.
-Gustavo –grité desconcertada – ¿Has vuelto para siempre?
-Te puedes creer que al tío Manuel le ha salido un sarpullido en la oreja y ahora le tienen que operar –dijo sin hacer alusión a mi alegría ni a mi pregunta.
-¿Otra vez? Si eso ya le pasó el mes pasado. ¿Gustavo te pasa algo? –pregunté. Y al intentar abrazarlo se diluyó. Sin más.
-Gus, Gus –gritaba a su imagen transparente sentada en el sillón.
Carolina me apartó con cariño.
-No lo abraces. Es lo único que no puedes hacer con él. Pero te da lo mismo porque tampoco os abrazabais cuando vivíais juntos.
-¿Se puede saber que es lo que está pasando aquí?
- Siéntate, cariño. Verás, es que este no es Gustavo. Quiero decir el Gustavo de carne y hueso, sino su holograma. Lo he adquirido en el mercado negro. Algo que está todavía sin desarrollar. Se vende de tapadillo. Mira, mira todo lo que es capaz de hacer –dijo ella, y se colocó tras unas cortina y se puso a manipular una especie de proyector que hacía un ruido enorme.. Al momento Gustavo se puso a pasearse por la habitación, se fue al baño, llamó por teléfono, y me insultó. Gustavo hizo una representación de sus movimientos habituales con la precisión con la que lo había hecho todo en su vida.
Me quedé paralizada y le pedí a Carolina que me enseñara a usar ese extraño aparato.
Al principio me sentí bien. Era como volver a tener compañía. Las tardes viendo la tele, los domingos viendo el futbol, las noches escuchándole roncar, y sin pegar ojo. Todo de pronto me pareció idílico. Las cosas que tanto me molestaban se convirtieron en un sustituto de mi soledad. ¡Qué bien me encontraba de nuevo!
-¿Vamos al cine, Gus? Le preguntaba sólo por escuchar sus exabruptos.
- ¿Al cine? ¿Cómo se te ocurre a estas alturas pretender llevarme al cine? Anda, llama a tu hermana y déjame pasar la tarde tranquilo.
Yo entonces me marchaba con mi hermana a merendar y a contarle lo acompañada que me sentía de nuevo y lo feliz que me había hecho con el holograma ese.
Fue poco a poco, al principio ni me di cuenta. Por algún extraño motivo no podía controlar el proyector a mi voluntad. Ni siquiera apagarlo un rato. Y en medio de la noche me pedía los pantalones grises o me contaba la operación de oreja de su tío Manuel. ¿Es que no me has preparado el café?, me gritaba.
-Pero, hombre, si son las tres.
- Pues yo me largo al Futbol porque a ti no hay quien te aguante- me decía.
-No podemos seguir así –le dije a Carolina-. Debes llevarle el proyector a los que te lo vendieron. Ellos sabrán sincronizarlo.
- Trataré de ponerme en contacto con el servicio técnico –dijo ella.
- Y si es posible, pregúntales si lo podría desconectar algún ratito. Me haría tanto bien.
-Eso ya es más dificil.
- Entiéndeme, no es que no quiera tener a Gustavo cerca pero, de vez en cuando...
Era lunes el día que llegó Carolina la mar de alterada. Entró en casa y se puso a hablar bajito, como si la persiguiesen. Dijo que habían detenido a todos los que estaban implicados en la trama de los hologramas y que ahora ya no se podía resolver el conflicto.
-Qué quieres que te diga. Lo tienes para toda la vida. Ya sabes, en las alegrías y en las penas, hasta que la muerte os separe.
-No puede ser.
-Lo siento, yo creía que te iba a hacer feliz. Estabas tan sola.
Y así vivo desde entonces, atormentada por la imagen repetitiva de Gustavo, viendo como va al lavabo, escuchando sus ronquidos nocturnos, la búsqueda de sus pantalones grises que había echado a lavar, sus insultos. Gustavo está ahí más que nunca. Tan igual a sí mismo que ya no lo soporto. Noche tras noche invento formas de asesinarlo. Le pongo cianuro en la leche, le empujo por la ventana, arrojo aceite hirviendo sobre su cabeza. Y los días en que pierdo los nervios le descerrajo dos tiros en la nuca. Pero él vuelve una y otra vez. Vuelve a pedirme el desayuno. Me cuenta lo de su tío Manuel y la operación de la oreja. Y yo ya no puedo más. Pero la única que ha salido malparada de todo esto es la vecina que llama una y otra vez a la policía. Dice que escucha tiros. Mire usted, les dice a los de la científica, que yo les prometo que ella lo mata noche tras noche. Y la familia pidiendo disculpas y jurando que la van a volver a ingresar. Pero yo no puedo hacer nada. Me da mucha pena pero si no lo mato, si no le descerrajo dos tiros noche tras noche, me acabo tirando por la ventana.

7 comentarios:

Bea dijo...

Hola Carmen, me ha encantado este relato, tanto como el relato de la señora coma y el señor punto. Felicidades. Ah!, y gracias por añadirme en tus enlaces.

Carmen dijo...

Gracias Bea.
Todavía no me has mandado tu correo para que te pueda enviar al señor punto, ni hacer los ejercicios respiratorios del diafragma, con lo dificiles que son. Pienso que a lo mejor no te entra mi correo, a Alfonso Fernanadez Burgos por algún extraño motivo le pasaba eso. Si es así dímelo y te envio otro. O dime el tuyo.
Me gusta mucho tu blog.
Un abrazo
Carmen

Carmen dijo...

Gracias Bea.
Todavía no me has mandado tu correo para que te pueda enviar al señor punto, ni hacer los ejercicios respiratorios del diafragma, con lo dificiles que son. Pienso que a lo mejor no te entra mi correo, a Alfonso Fernanadez Burgos por algún extraño motivo le pasaba eso. Si es así dímelo y te envio otro. O dime el tuyo.
Me gusta mucho tu blog.
Un abrazo
Carmen

NIKE dijo...

hi carmen!!
muy interesante la historia, me ha impactado la forma como algunas personas se logren aferrar tanto a una persona que a veces no distinga la realidad de la fantasía, las 2 no debería pasar, el aferramiento trae consigo consecuencias nefastas de llanto y dolor y la virtualidad nos hace pobres, muy pobres.
de hecho esto no tiene nada que ver con tu texto que está muy hermoso, solo que hay en el muchisimas cosas de que filosofar, al fin y al cabo es una humilde opinión.

un abrazo
te sigo

Carmen dijo...

Hola Nike.
Es exactamente lo que yo quería expresar. El miedo tan enorme que le tenemos a la soledad nos hace dependientes de situaciones que son infinitamente peores.
Un abrazo
Carmen

leo dijo...

Qué buenoooooo, Carmen. Me ha gustado muchísimo. Y que cierto además: lo que daríamos por recuperar a algunas personas, aunque fuera en holograma. Y que error más grande sería. Bravo. Un besote.

Carmen dijo...

Hola Leo.
Muchas gracias por estar ahí. Me encanta encontrarte.
Escribe mucho esta semana ¿eh?. Que no me entere yo de que no es así. Vas de miedo.
Un besote
Carmen