Textos

domingo, 3 de febrero de 2008

POR EL SIMPLE ROCE DE MIS DEDOS


Nada más especial que los momentos anteriores a la redacción de un relato. Cuando todavía no hay una historia definida, cuando todavía no albergo la esperanza de terminarlo. No quiero rebuscar todavía entre mis notas, o perseguir la imagen sugerida por cualquier pensamiento entre sombras y recuerdos. Aun no me apetece convocar alguna música, y solo el repiqueteo constante de la lluvia en los cristales rompe el silencio. Y es que es en este momento, cuando puedo mirar con los ojos cerrados. Porque solo cerrando mis ojos podré conseguir abrirlos de veras.
Puedo saborear lo que la magia, si es que crees en ella, está a punto de deletrear desde una voz tomada. Determinar los secretos de cualquier fantasía y percibir en cada uno de ellos lo lejos que estoy de sentirme a salvo de morir destilando sus venenos.
Mis dedos se alzan sobre el teclado a punto de clavarse sobre mil vidas distintas, en un centenar de mundos imaginarios, en mil islas desprovistas de banderas, o en una simple y escueta premisa; la estela de un beso.
Porque muchas veces una llega a percibir que el acto mismo de la escritura, el hecho en sí, no su propósito, es la forma más ambiciosa de una intuición. Y es por esto que antes de dejar grabadas las oscuras huellas en un papel en blanco necesito pararme un rato, dejarme guiar por ese impulso.
No hay libertad parecida. Dentro de un instante seré capaz de horadar murallas hasta entonces inexpugnables con el simple roce de las huellas de mis dedos, o aplacar una revolución. Podré llamar de nuevo a ese astuto pirata que tantas veces me presta su barco para ver pasar olas sobre un horizonte de sonrisas. Todo es posible, escribir sobre la paz, sobre duendes heréticos o sobre esa mujer, quizás chiflada, que se llama como yo y que no sabe creer en la maldición de lo que ella considera un talento.
Y aunque la certeza solo dura un instante podría jurar que tengo la cabeza llena de vientos.
Y por fin, como sumo cuidado, voy abriendo los ojos. El cursor se hunde y flota en el lago gris de la pantalla. No tardo en acudir a su llamada. Porque me basta con mantener apretada una sola tecla para representar una ráfaga de ametralladora o el grito de la siguiente víctima al descubrir que su vida está en mis manos.

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