
(imagen: Rafel Olbisnki)
Tengo miedo a la M30. Sí, quizás parezca un poco absurdo pero sueño con ella por las noches. Son pesadillas que alteran mi descanso.
Todo empezó cuando comenzaron esas obras que nos iban a dejar Madrid hecho un pincel. Las hicieron todas a la vez. Era mejor así porque se terminarían para las elecciones municipales y autonómicas, olvidaríamos los malos ratos pasados, y babearíamos ante lo bonito y útil que nos habían dejado Madrid y sus emes correspondientes. Pero sobre todo, les volvieramos a votar.
No contaron con mi rencor, con mi incapacidad para olvidar esas dos rayas; una amarilla y otra blanca, que me encontraba en el suelo cada vez que cogía la eme sin saber a cual debía obedecer. Me jugaba la vida continuamente. Una era recta, la otra curva, una discontinua, la otra continua, una se iluminaba por las noches, la otra al atardecer. Todavía lo recuerdo; los coches serpenteaban en busca de la raya verdadera, la raya a seguir. La que no empotrara un vehículo contra el otro. Los conductores rezaban para que el carril que seguían fuese el correcto, para que los coches que les que les precediesen estuvieran también en lo cierto, la verdad, para que la divinidad les aportara un sexto sentido y guiara su vehículo por el buen camino, que pasara pronto ese cáliz.
Muy duro, fue muy duro, sí señor.
Hoy todo ha terminado. Tal y como nos vaticinaron en la propaganda electoral, con lo bonito que ha quedado todo, lo mejor es olvidar. El fin justifica los accidentes y todo ese rollo.
Pues bien, ha pasado mucho tiempo desde aquello, y todavía continúo jugándome la vida cada vez que me adentro en la cruel y despiadada M30.
Si vengo desde la Avenida del Manzanares a Ventas, me siento tentada de pedir la extremaunción, porque en cuanto sales del túnel tienes tan solo unos metros para atravesar tres carriles, colocarte en el lateral derecho y poder salir al Puente de Ventas. No puedes despistarte. Si no lo haces en un tiempo récord y casi sin mirar, te sales de ruta y ya no puedes llegar a tu destino. Sí, podrías ir al tanatorio, eso es verdad, pero supondría un desvío inútil si todavía no te has pegado la toña, claro. Porque si ya te la has pegado, ahorraría muchos tramites, eso es cierto.
Acabo de emprender esa trágica tarea. Vengo de la M30. Por eso estoy tan alterada. Me ha pitado un Mercedes que venía por detrás a toda pastilla. El conductor de un autobús me ha sacado los cuernos. A ver qué culpa tengo yo. Y un camionero me ha llamado una cosa muy fea. Pero yo he atravesado los tres carriles en tiempo y hora, y estoy en casa. Hoy me he salvado. Y mientras me preparo una tila, lo digo y lo repito.
Qué miedo le tengo a la M30.