
No suelo leer best seller. No es que todos sean un bodrio, ni mucho menos. Hay algunos buenísimos. Pero he perdido la fe en los gustos multitudinarios. Desde que la antigua Tamara, esa que iba con su madre a todas partes, arrasara con su canción: “No cambie”. Llegue a la conclusión de que lo mío no era lo multitudinario. Sin embargo no niego que, muy de cuando en cuando, me sumerjo en alguno de esos libros de seiscientas páginas o más.
Algunas veces me parece que el tema es interesante pero está inflado con páginas absolutamente prescindibles, o hay tramas en las que se inserta enormes párrafos sacados de Wikipedia sobre algún tema histórico, para parecer más cultos. Otras veces la trama se sigue bien y los personajes tienen una cierta dimensión pero las minuciosas descripciones me adormecen.
En cualquier caso, podía decir hasta ahora que todos ellos, antes o después, los he terminado.
Pero este, del que voy a hablar hoy, no. Este se me ha atragantado en el capitulo seis y ya no he podido continuar. Best seller donde los haya. “Tiempo de costuras”. Una bomba editorial.
Preguntaba con interés. ¿De verdad es tan bueno? Y todo el mundo me contestaba lo mismo. Bueno, que quieres que te diga, entretiene.
Estaba muerta de curiosidad y decidí hincarle el diente.
Desde el primer momento me di cuenta de que pertenecía al género melodramático dónde los haya: Madre soltera, hija natural, modistilla a punto de casarse con un hombre bueno pero un huevo sin sal. Cantamañanas que la lía. Ingeniero que resulta que es el padre y le deja una herencia de bigotes. Hombre de ringo rango que jamás dejó de amar a la madre pero que no se lo dijo. Aún así, después de veinticinco años le da el pronto y le deja una pasta a la hija natural, fruto de sus amores juveniles. La hija que es muy borde con la madre pero una pánfila con el cantamañana, le entrega todo su dinero para que ponga un negocio. El cantamañanas se larga con la pasta y la deja en Tanger sin un duro y un montón de deudas. Ella se desmaya de la mala suerte que tiene y despierta en una clínica medio atontada. Un policía irrumpe de pronto en su habitación y ella se asombra. Quiere tomarle declaración ¡Ah, Dios mío!, piensas. El cantamañanas ha dejado mil pufos y la pánfila se va a la cárcel derechita. Que interesante ¡madre mía!
Pero no.
Hasta ese momento lo he pasado mal, he jurado en arameo y me he preguntado que quién me manda meterme en estos líos, pero continuaba, quería saber hasta dónde llegaba la hija natural del ingeniero, y por qué todo el mundo bebe los vientos por esa novela.
Pero cuando ha llegado un policía a entrevistarla y el narrador interrumpe el momento de tensión, el climax o el punto de giro, lo deja con la palabra en la boca y se dedica a explicar que la luz entraba a raudales por las amplias ventanas del pabellón. Tras ellas, el viento mecía levemente las palmeras y los eucaliptos del jardín sobre un deslumbrante cielo azul.
He decidido que ya estaba bien, que ese libro no se llevaba ni un minuto más de mi tiempo.
Me ha recordado a esas personas plúmbeas que cuando les preguntas qué les han dicho sobre el tumor maligno que le habían detectado, te responden con parsimonia. Verás, me recibió un doctor de mediana edad…, o cuando te interesas por el viaje que han disfrutado, se acomodan en el sillón y comienzan de la siguiente forma. Salida, nueve cuarenta y cinco…
La verdad es que con amigos así de pesados una tiene que guardar la compostura y hacer de tripas corazón, pero con un libro, un libro de seiscientas treinta y cuatro páginas, ni hablar. Lo he cerrado. Lo he cerrado de golpe, en el metro. He hecho tanto ruido al hacerlo que una señora me ha mirado mal.
Sí, señora, me hubiera gustado explicarle. Esto no hay quien lo termine por muy best seller que sea, por mucho que a la gente le distraiga la historia de huerfanitas memas y vientos que mecen las palmeras.
No y no. Esa es mi opinión.
Que a lo mejor si sigo leyendo me encuentro con una joya literaria, una bomba de creatividad y buen hacer. No digo que no, pero por de pronto he cerrado el libro y no creo que tenga la tentación de volverlo a abrir.