Textos

viernes, 23 de noviembre de 2012

ADIOS




No soy partidaria de guardar cosas, las cosas esclavizan, agobian, ocupan espacio, te ponen melancólica y paralizan. 
 Me encanta tirar, desprenderme, pensar que cada mañana nazco de nuevo. 
Me gusta mirar a mis amigos como si no los conociera, como si tuviese que descubrirlos cada día. 
 Pero hoy, precisamente hoy que me marcho, que me prejubilo y dejo el trabajo, hoy que debía limpiar el despacho con un plumero en la mano y una copla en los labios, me he llenado de morriña. 
Hoy que me marcho a casa a escribir, a leer, a pasear, a practicar tai chi o a lo que se tercie, me ha dado por acumular, como si todo lo que hubiese vivido en ese despacho, pequeño y sin luz, fuese vital para mi supervivencia. 
Guardo los correos de mis compañeros, los divertidos y los cursis, los beatos y los atrevidos. 
Guardo la Ley General Tributaria, los libros de Iva, de Renta, de Sociedades.
 Me llevaría a hurtadillas las fotocopiadoras que he ido atascando inexorablemente y sin dejar huella, los escritos de los ascensores anunciando loterías que no han tocado jamás, el cártel de completo en la puerta del garaje, los fríos tornos custodiados por Pilar, los archivadores de expedientes “añolatana”. Me llevaría los desayunos en el despacho de Chelo y Esther, las manzanas de Tere, la infusión de Gloria, la papelera en la que se sienta Juju. 
Me llevaría esta “Ventana digital” que tanto me ha apoyado, a Luis de Luis Otero y a José Miguel Panizo por creer en mí, al foro de Teo, a Constantino y sus divertidas historia. 
 Me llevaría el extraño lenguaje de los informáticos, a Milagros, al expediente electrónico, la puesta de manifiesto y los informes sin comas. 
Me llevaría a Auspicio y sus carpetas tricolores
Me llevaría a tanta gente y tantas cosas que me han hecho reír  o simplemente  feliz, tantas que me resultaría imposible enumerarlas. 
Me llevaría todo lo bueno que he vivido,  porque lo malo ya lo olvidé. 
 Un beso muy fuerte a todos y todas por haber estado en mi vida durante 33 años, y sobre todo, a los “Sujetos pasivos” por haber inspirado mi primera novela. 
Y es que ahora sí, ahora sí tengo el síndrome de Diógenes.

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