Textos

jueves, 30 de julio de 2015

LA LIBRERÍA ENCANTADA


 

 

 

En alguna parte leí que no somos nosotros los que buscamos un libro, sino el libro el que nos busca a nosotros.

Cuando a alguien le atrae un libro que me entusiasma, me siento compenetrada. Es como si dejara de estar sola en el universo, como si me diese cuenta de que hay otro,  aunque lejos, en el espacio o el tiempo, que comparte algún tipo de energía conmigo.

Me cuesta mucho analizar un texto que me entusiasma, de la misma forma que me encanta dejarme llevar por la magia o los cuentos. Jamás observaré al mago para ver si pillo el truco. Dejaré que me engañé, que me cuente, que me sorprenda. Me dejaré engatusar como si se tratara de los piropos de un amante  largamente esperados.

Sé que como escritora, debería aprender de aquellas novelas o relatos que me gustan, buscar el por qué y tratar de desentrañar el misterio de mi fascinación, pero no puedo. Ni siquiera puedo dejar de avanzar. Ya lo analizaré más tarde, me digo. Lo releeré, y la segunda vez comprobaré la estructura, los personajes, la trama, los puntos de giro. Pero cuando lo releo vuelvo a caer en la ilusión y me dejo llevar.  “El amor en los tiempos del cólera” lo tengo subrayado en sus comienzos,  pero poco a poco las marcas, los avisos, las llamadas, van desapareciendo porque ya no puedo analizar más, porque me parece que estoy perdiendo la ilusión, porque necesito dejarme llevar. 

Acabo de terminar uno de esos libros que me cuesta analizar: se titula “La librería encantada” de  Christofer Morley. Se publicó en 1917, y  de nuevo me he preguntado  ¿por qué me ha gustado tanto? ¿Quizá sea por la ternura de los personajes, la forma de contarlo, la atención a los pequeños detalles, o solamente porque van evolucionando a lo largo de la historia, como ocurre en “La reina de África” o en “Las aventuras de Huckleberry Finn”? Lo cierto es que no lo sé, pero cuando lo comparo con novelas de extraordinario éxito actual, me preguntó. ¿Dónde están los míos? Por qué ese o aquel libro no me llama. Quizá porque no me atraen las tramas detectivescas, las románticas empalagosas con aire de misterio, o las novelas pseudo históricas. Me gusta que me hablen de ese ser capaz de transformarse, sufrir o querer a secas. Un ser a la vez  héroe o villano con el que me siento identificada, que lucha contra su condición. Me gusta que me hablen sin tapujos del ser humano.

Eugene O´neill, dijo poco después de obtener el Premio Nobel de literatura. “Cuando tengo ganas de sonreír un poco para que sean más ligeras las tardes, leo las novelas de Morley.” A veces el término “ligero” está muy mal interpretado. Para mí significa: sencillo, directo, que da en el clavo, que no se engola.

La buscaron los libros de Morley como me buscaron  mí, y todavía no sé por qué.   

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