Textos

sábado, 4 de julio de 2015

SUSPIROS DE ESPAÑA


 
 
 




No soy una esotérica de esas que se pasan la vida interpretando signos del más allá. Simplemente me sorprenden las casualidades y sorpresas que nos depara el destino. ¿Está escrito, no está escrito, nos lo montamos…? Yo qué sé. Lo que sí tengo claro es que algunas veces las circunstancias ponen los pelos de punta, y una de ellas sucedió cuando murió “la tata”. Ella trabajó en casa de mi abuelo, luego en la de mi madre, y se vino conmigo a vivir ya jubilada, hasta que encontró a la persona que consideró idónea para cuidar a mis hijos cuando me iba a trabajar. Era una segunda madre para mí.

Recuerdo que los domingos de mi infancia, cuando la banda municipal tocaba “Suspiros de España” debajo del balcón de nuestra casa, ella dejaba todo lo que estuviera haciendo y se quedaba como extasiada. Entonces yo salía corriendo, la agarraba por la cintura y bailábamos juntas ese pasodoble.  Recuerdo el sol alicantino, la Explanada llena de gente, el balcón desde donde mirábamos a la banda tocar, los espectadores. Pero, sobre todo, recuerdo su cuerpo rechoncho moviéndose entre mis brazos con la agilidad de una bailarina del Bolshoi.

 Era domingo, era “la tata” bailando, era mi infancia.

Un día, como ocurre siempre, todo cambió. Olvidamos nuestro pasodoble, la banda de la explanada y ese sol que iluminaba nuestros domingos.  

Murió mayor, tenía 90 años y la enterraron en su adorado pueblo: Benejuzar. Un pueblo del que me había hablado tanto, que aun a pesar de no haberlo visitado hasta entonces, me convertí en el google maps de mi familia cuando fuimos a su entierro,

Con su féretro enmedio de la iglesia y una pena que me impedía mantenerme en pie, lo escuché claramente, al principio sonaba muy lejos, como si lo trajese el aire o el viento de otro lugar, un viento de mar o de olas, como el que percibíamos en casa muchos años antes. Pero poco a poco el sonido se fue acercando, metiéndose entre los bancos, llenando la iglesia, impidiendo al sacerdote hacerse oír. Era nuestra canción, la que tantas veces habíamos bailado frente al balcón de la Explanada. “Suspiros de España” sonaba en aquella pequeña iglesia con la fuerza de una despedida alegre, como si se marchara bailando su pasodoble preferido, sin pena, sin recuerdos, deseosa de quitarme la angustia. Me lo estaba explicando de la única forma que había hecho siempre, bailando pasodobles.

No sabía qué pensar, las piernas me temblaban y sentí su sonrisa, su cintura moviéndose entre mis brazos, su enorme boca riendo.

Los miembros de la banda municipal ensayaban para las fiestas del pueblo en la plazoleta que había frente a la iglesia. Nadie había encargado ese pasodoble, fue espontaneo.  Nos pidieron disculpas al enterarse que se celebraba una misa de difuntos. Pero no importaba porque ella bailaba en algún lugar que yo ya no podía ver.

Por eso, todos aquellos que hayáis leído  mi última novela: “Fotos en el congelador” comprenderéis por qué el abuelo de la protagonista se niega a bailar “Suspiros de España” interpretada por otra banda que no fuese la del pueblo de Benejuzar. Ese ha sido mi homenaje a esa mujer extraordinaria que nunca dejó de estar a mi lado y a la que nunca olvidaré.

 
  

2 comentarios:

Carmina Botella dijo...

Yo también tuve a la "tata" que nos crió a mis hermanos y a mí y después a mi hija, cuando me iba a trabajar.Después aparecía y desaparecía como el Guadiana:en invierno en casa de mis padres y en Septiembre a la vendimia a Francia, donde tenía una "chambra· Ahora tengo la suerte de poder ayudarla en su vejez, pues tiene su casita en Villafranqueza (y siempre nos cuenta que mi padre le dió las quince mil pesetas para comprarla )y le llevo alguna cosa, que sé que nunca pedirá, pero que le viene bien si se la llevo. Y sobretodo le llevo a mis nietas que, curiosamente, se sientan en sus rodillas como si supieran que es de la familia mientras ella les cuenta cómo llevaba a su mamá al monte a ·coger caracoles" y ellas la escuchan embelesadas. Sus fotos familiares se entremezclan con las de mis padres: ("el señorito" y "Dña,Angelita") y con las de todos nosotros: Somos su familia y ningún PODEMOS conseguirá que anide en su interior el deseo de revancha del "explotado". Nos quiere y la queremos y eso no tiene bandera.

carmen dijo...

Ellas siempre vivirán en nuestro recuerdo, en tus poesías, en mis novelas, en todo aquello que seamos capaces de crear. Una suerte haberlas tenido, y tu mas por tenerla todavía.