Textos

viernes, 5 de agosto de 2016

LAS COSAS


 

                                                             

 

 

Siempre me han obsesionado las cosas, entendiendo por cosas las pertenencias personales. Quizá sea porque cuando murió mi abuelo me pasaron inmediatamente a su habitación. Fue un poco traumático, la verdad, porque ni siquiera me habían comprado mis propios muebles  y tenía que compartir su escritorio, su sillón en el que dormitaba por las tardes,  sus libros, su olor. Sobre todo, su olor. Era un poco como si no se hubiese muerto del todo, como si deambulara de aquí para allá en una dimensión que yo percibía pero no era capaz de ver.

Día tras día se iban llevando sus muebles, su sillón, sus gafas. Cada tarde, cuando volvía del colegio, encontraba un nuevo hueco en mi habitación y una nueva posibilidad de poner lo mío; mis juguetes, mis cuentos, mis lápices de colores. A pesar de ilusionarme con los nuevos espacios, siempre acababa topándome de golpe con algo que se parecía mucho a la melancolía.

Una mañana encontré a mi madre arrastrando un baúl por el pasillo, dijo que era para vaciar el armario del abuelo y meter su ropa, dijo también que se lo iba a enviar  a mi tío, a Madrid.

Cuando regresé del colegio, el baúl ya no se encontraba en la puerta, su armario estaba vacío. Creo que fue aquella noche cuando tuve el sueño. Se trataba del abuelo, deambulaba por el pasillo de la casa en calzones, buscaba su ropa. No le quise decir que se la habían llevado a Madrid para mi tío, porque no quería que se diese cuenta de que ya no la iba a necesitar nunca más. No sabía cómo explicarle que se había muerto y que las camisas no le iban a servir, ni los libros, ni siquiera su sillón

Desde entonces, cada vez que alguien fallece en mi familia, sueño que regresa a por sus cosas y que yo disimulo para no tener que explicarle que es que se ha muerto y que ya para qué.

 Quizá es por eso que cada día me gustan menos las compras, las rebajas, los recuerdos de los viajes, las figuritas o los abalorios. Y cuando llegan las ofertas o me entero de que tal o cual persona se ha corrompido por tener cien trajes de Armani en su armario, o me enseñan su mansión llena de comedores y salones incapaces de albergar la confortable sala de estar en la que se lee o se comparte lo pequeño, lo imagino en el futuro, por los pasillos de su mansión, buscando las trescientas camisas de diferentes colores, o la colección de coches, tan atareados ellos en sus cosas,  y es entonces cuando recuerdo al abuelo y su baúl, y las rebajas, y las mansiones enormes en las que parece que vivas en un hotel.

Es posible que todo este agobio que me producen las cosas se deba a que me trasladaron demasiado pronto, o demasiado deprisa, o demasiado niña, a la habitación de mi abuelo.

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