viernes, 24 de abril de 2009

DÍA DEL LIBRO


Acabo de escuchar en la radio que se lee poquísimo. La verdad, no hace falta escuchar la radio para saber eso, pero sí para descubrir los entresijos de esa información. Han hecho una encuesta, y una señora ha dicho que a ella le gusta mucho leer, vamos, que es lo suyo. Y cuando le han preguntado que cuántos libros ha leído este año, ha respondido: Ah, bueno, eso es otra cosa. Este año solo he leído uno. Yo lo que leo son revistas.
Con ese panorama no es de extrañar que me deje insomne que Stephen Hawking, haya vendido quince millones de ejemplares. Quince millones de personas se han puesto a leer sobre “…conseguiría unificar la Teoría de la Relatividad General, que da una explicación a la interacción gravitatoria, con las teorías unificadas, dominadas por la postura de la mecánica cuántica, que logran un modelo para explicar las fuerzas nucleares y la electromagnética. El abismo entre estas teorías es principalmente conceptual: ¿cómo fundir ideas relativas a la relación entre puntos y el espacio-tiempo con otras que rechazan la existencia física de puntos frente a "posibles zonas"?...”
La verdad, ahora comprendo porque a mí tía Felisa, que necesita la bendición papal hasta para poder levantarse por las mañanas, le encantó la película: “Todo sobre mi madre” Me gustó mucho, si señor, insistía ante mi asombro. Fue el año en que le concedieron el oscar a Almodóvar. Yo soy una admiradora incondicional de Almodóvar, pero jamás pensé que lo sería también la tía Felisa. Le pareció estupenda una peli en la que salía un travestí descocado que había dejado embarazada a una mujer, y una monja non sancta. Ella, que reza para que los homosexuales se conviertan, para que aumenten las vocaciones, para que se practique la abstinencia como método anticonceptivo, salió del cine tan ilusionada. Y es que el marketing tiene eso, que donde va Vicente, va la gente. Y si no que me expliquen a mí la desbordada venta de “El doncel de Don Enrique el doliente” Ese que doña Leticia tuvo a bien regalarle al príncipe como presente por la pedida. No se desbordó la venta de “Vuelva usted mañana”; fresco y divertido, no. Que lo que yo quiero es la novela del doliente ese, hombre. Que no me líe. Y se editaron miles de ejemplares.
Eso es la literatura, esa es la sociedad en la que vivimos, eso es lo que tenemos. Buaaaa.











lunes, 20 de abril de 2009

PUBLICIDAD ENGAÑOSA




Soy adicta a teletienda, ya lo sé. No lo puedo evitar. En cuanto hago zaping y se me cruza el canal, ya no puedo continuar. Mira que lo intentó. Me engolosino, se me queda la boca abierta y las manos aprisionadas al mando. Me he apuntado a terapia de grupo, una de esas sesiones que te obligan a reconocer que estás fatal como método infalible de curación. Pero por ahora no mejoro. Dice el doctor Andreu que si no le pongo voluntad, mi vida será un infierno. Un infierno, repite, porque el doctor Andréu lo repite todo. Supongo que para afianzarlo en el subconsciente.
Hace ya tiempo que caí con una aspiradora que pululaba por la casa. Era una esfera metálica y pequeña, que deambulaba de acá para allá, y que chupaba el polvo que encontraba a su paso. Si se cruzaba con un obstáculo, lo rodeaba y seguía a su aire, hasta que te dejaba la casa como los chorros del oro.
Que eso es una engañifa, dijo mi marido. ¿Pero es que no te das cuenta?
No puede ser, hombre. Eso lo he estudiado yo, y se llama: Publicidad engañosa. Te pueden sancionar, incluso llevar a la cárcel. El Estado esas cosas no las permite, no te va a dejar abandonada a tu suerte así como así. Eso fue lo que le dije. Entonces me aconsejó que me apuntara a terapia, algo para desbloquearme la inocencia.
La esfera infernal ahora está abandonada en el trastero, con otros artilugios inservibles. Por eso acepté su consejo.
El martes caí de nuevo. Fue de pasada, yo estaba dispuesta a detenerme en Inter economía, en el canal porno, o en las clases de ingles, pero en cuanto salió teletienda perdí todo lo ganado. Esta vez era un horno con aire. Daba un gusto. Era un recipiente transparente y podías ver cómo se cocía el alimento. Una chica muy mona vestida de cóctel, metió unos trozos congelados de salmón con aspecto de piedra pómez, le dio al interruptor y se fue transformando. Al principio perdió ese color blancuzco y terroso del congelado, para convertirse en rodajas de salmón que acabaron siendo salmón al horno con ajo y perejil. Un ajo y un perejil que salió de dentro, del interior del salmón. Que eso lo vi yo con mis propios ojos: tostadito, crujiente, sabroso. La chica mona sonrió y propuso que lo compráramos cuanto antes, porque si eras de las primeras en hacerlo, te regalaban un termostato que te avisaba en cuanto se producía el milagro. O sea que, mientras, tú podrías estar haciendo cualquier otra cosa; leer un libro o escuchar a Bach, por ejemplo. Porque para cocinar así de fácil no era preciso vestirte de zarrapastrosa y pasar la mañana en la cocina. Me cegué, la verdad. Sabía que traicionaba a Andréu, las sesiones de terapia, y a todo lo avanzado hasta el momento, pero la adicción tiene eso.
Mientras me acercó a la consulta del doctor Andréu, cabizbaja y contrita, tropiezo con una manifestación. Un hombre alto me entrega un papel explicativo.
“GRAN MANIFESTACIÓN EN DEFENSA DEL AHORRO INVERSIÓN”
BASTA YA DE FRAUDES FINANCIEROS Y ABUSOS AL AHORRO DE LAS FAMILIAS.
FONDO SANTANDER, BANIF INMOBILIARIO, FORUM, AFINSA, ARTE Y NATURALEZA, GESCARTERA. CNMV, EL BANCO DE ESPAÑA.
No puede ser, le explico al hombre. ¿Se imagina usted una gasolinera que dispensara agua de solares? El Estado esas cosas no las permite, las controla, previene los abusos, protege al ciudadano. Pues estaríamos buenos si no lo hiciera.












martes, 14 de abril de 2009

SOLEDAD


Dicen que había conseguido una orden de alejamiento, que vivía por fin libre, con sus hijos. Pero decidió irse con él de vacaciones, darle una oportunidad, otra más. Él la mató. ¿Qué miedo infernal a la soledad le indujo a apoyarse en su agresor, en su verdugo?
Quizás dentro de nosotros se albergue el miedo al abandono, a la soledad. Quizás nos de pánico la libertad, la responsabilidad de nuestras vidas, y necesitemos ir dejándola en manos de unos y de otros a cambio de unas migajas de afecto.
Necesitamos un muñeco de trapo que nos diga te quiero todas las noches, un poco antes de dormirnos, un muñeco inerte e irreal, repetitivo y falso, porque nosotros no nos lo sabemos decir, porque hemos perdido la costumbre de abrazar lo que somos, o lo que tenemos, o lo que hemos conseguido con nuestro esfuerzo. Quizás no nos abandonemos al verdugo de esa forma tan desgarrada como lo hizo ella, pero continuamente estamos apoyándonos en la ingratitud de otros, en sus cambios de humor, en sus agresiones, en sus falsas promesas, qué más da. El caso es no tener que coger con mano firme las riendas de nuestras vidas de una vez por todas. El caso es no tener que mirar de frente ese camino que parece tan largo, tan tortuoso, y tan imprevisible. Hace tanto frío allá afuera que preferimos la muerte lenta de la descalificación, del engaño, del ataque.
Quererse no es darse besitos en el espejo y dejarlo lleno de babas, quererse no es poner fotografías nuestras por toda la casa. Quererse es no consentir agresiones, desprecios, injusticias. Quererse es encontrar la forma de abrazarse uno mismo cuando sopla el viento. Es afrontar los propios pasos; demasiado lentos, demasiado torpes, demasiados erróneos. Porque solo así se puede compartir, y convivir, y querer de verdad, con toda tu libertad. Porque solo así eres alguien. Se necesita mucha valentía para decir basta, y quizás demasiada audacia. Pero es que no veo otra salida.
Hay quien prefiere vivir arrodillado para no morir, y quien prefiere morir a vivir arrodillado. ¿Vendrá eso también grabado en nuestros genes?










jueves, 2 de abril de 2009

BANCOS


A ver si me entero.
Si yo deposito en una cuenta bancaria una determinada cantidad de dinero, el banco puede utilizar una aparte muy importante de este para lo que él o sus gestores crean menester. Sin embargo, eso sí, me cobran por habérselo dejado. Faltaría más. Si hago transferencias o movimientos, también me cobra, aunque los extractos que me envía no son reales porque una parte de mi dinero no está, ya que lo invirtieron en váyase usted a saber dónde. Si la inversión fue mala y se quedan sin dinero, sin el mío y sin el de todos los catetos como yo, el Estado, o sea yo, le garantiza que ese saldo que me debe, me lo podrá pagar, o sea a mí, y eso lo logrará con mi dinero, que es el que no me pueden devolver. Así, que si un banco deja de tener liquidez o es insolvente, para que no me lleve el disgusto de ver cómo me quedo sin todos mis ahorros, mis nóminas y mi hacienda. El estado, o sea yo, le presta a ese banco, o le da un aval.
Y si ese dinero que me gestiona el gobierno o la comunidad autonómica pertinente, no es suficiente, pues se dictan leyes para poner multas a diestro y siniestro (creo que ya multan hasta a los peatones) para que haya más ingresos en nuestras urnas y así poder hacer frente al pago de mi dinero, el que unos gestores invirtieron por ejemplo, en prestar dinero para construir un aeropuerto en Ciudad Real, que ahora no quiere nadie. Ni siquiera yo, que soy la dueña del dinero del banco, del dinero que se presta al banco de España, para que intervenga, y por lo que veo, de todo el dinero que gestionan otros que parecen nos ser responsables de nada, y … ¡Ay, Dios mío! que creo que he perdido el oremus. Será que estoy muy deprimida y todo lo veo en plan negativo. Debe ser eso, porque si no, ¿cómo voy a prestar yo dinero para salvar mi dinero? No ves que no.

jueves, 26 de marzo de 2009

LA RUPTURA


La separación de los seres queridos tiene algo de mutilación propia. Una grieta se abre a tus pies y al hacerlo siempre te coge en uno u otro lado. No quieres elegir pero estás allí, cayendo escorado, sin proponértelo. Triste por la pérdida que se avecina. La razón acaba siendo del que más cerca te encuentres, porque quieres justificarlo, porque lo quieres. Todo se puede comprender, hasta el engaño. Y tomas partido por cercanía, por afecto, por ceguera. Aseguras que no lo harás, que te mantendrá imparcial, pero la imparcialidad no existe, ni la verdad, ni siquiera la razón total. La vida está hecha de extremos. No hay existencia sin contrarios. Todo tiene doble cara. Los griegos inventaron la tragedia cuando el mundo se empeñó en juzgar. Llegó la ley, sus normas frías, la abstracción. Y llegaron los trágicos para mostrarnos casos particulares, con sus agravantes y atenuantes. Subieron al escenario a un hombre frágil, cargado de deseos, vencido por sus pasiones, incontrolable, solo e indefenso. Y explicaron a todos esos que querían hablar de justicia, que era muy difícil juzgar. Y mostraron a una Antígona luchando por enterrar a su hermano, aún a pesar de infringir las leyes de la ciudad, las que habían dictado los hombres. Y a una Medea capaz de asesinar a sus propios hijos, enloquecida por el engaño y la humillación. Y así, una obra tras otra, mostraron al hombre con sus frágiles resortes para sobrevivir. No hay verdad, nos dijeron, no existe lo justo universal porque el humano es sujeto y subjetivo. La verdad, aunque en la distancia se perciba como tajante y clara, al acercarnos se distorsiona. Y cuando vamos desbrozando los hilos de esa madeja de confusión, dejamos de ver la verdad tan clara, tan nítida, tan transparente. Se vuelve opaca, y esa opacidad la cargamos de sentimientos. El hombre, sus instintos, sus ambigüedades, la dificultad para ser justos. Eso nos mostró la tragedia.
Las leyes existen porque son necesarias, por nuestra convivencia pacifica, pero cuando tenemos que decantarnos, nos sentimos identificados con los fracasos o debilidades de aquellos a quienes amamos, y nos inclinamos hacia su lado, acabamos siendo injustos, nos rompemos con ellos. Y su sufrimiento se hace nuestro.

lunes, 23 de marzo de 2009

CARTAS DE AMOR


Antiguamente. Me encanta esa palabra, es como si pudiese uno apoyarse en ella y echar una siestecita. Pero a lo que íbamos. Antiguamente, las parejas se escribían cartas de amor. Las cartas de amor se envolvían en cintas de colores, o en gomas. Se guardaban en cajones, baúles, o simples cajas de cartón. Se devolvían o se quemaban en la chimenea. Algunas cartas de amor se conservaban toda la vida, y a veces, hasta más allá de la vida. Las leían los hijos, o los nietos, muertos de envidia, o de risa, dependiendo del talante. Y es que no todas merecían la pena. Algunas sí, claro. Pero la mayoría no eran capaces de decir más que obviedades, tópicos, párrafos copiados de libros, o exaltaciones momentáneas de seres demasiado burdos. Te quiero, ¿me quieres? Yo te quiero más. No, no, yo más. Y así hasta la hartura. Y si daba la casualidad de que la luna rielaba en el mar en ese preciso instante, ya era la repera en verso. Entonces esas cartas se llenaban de lirismo, y la mermelada se salía de la tostada por todos los lados. Porque el amor es así: un estado de enajenación mental transitorio pero idílico. Ya he comentado en mi link sobre el amor, que cuando una pareja se llena de la oxitocina, hormona del enamoramiento, entra en una etapa de idiotez sin límite, por la que debe ser perdonada. Y lo debe ser, entre otras cosas, porque también es feliz, y flota, y la hormona dichosa hace que merezca la pena vivir, durante una temporadita, claro, porque eso, en permanencia, no lo soportaría el organismo, y se desharía hasta convertirse en polvo, aunque: “polvo enamorado”. Pero como nos ha pasado a casi todos, pues lo entendemos, qué narices. Que el chico/a está enamorado/a, hombre, déjalo/a en paz. Aunque como he empezado diciendo, eso era en la antigüedad, porque la antigüedad era otra cosa. Ahora no, ahora lo que se hace es escribir e-mail o sms. Te quiero ¿me quieres? Yo más. No, no, yo más… El problema es cuando el enamorado/a ya está comprometido o tiene otra pareja, cuando el objeto de su arrobo se esconde tras las ondas cibernéticas, o hertzianas, que no sé ni lo que son ni me importa. Entonces se presenta el conflicto. Y es que la parte inocente, inocente y recuperada ya de esos efluvios enajenantes, abre el correo o el móvil, y se encuentra con el amor de su amado; tan fuera de contexto, tan a desmano, tan traicionero él, que se le paraliza "el mousse". Se encuentra con todos los mensajes guardados en negrilla, con moticones que ríen, o se besan. Con “Ja,ja,ja” cómo si les diera mucha risa algo y pudieran hacerlo desde la red.
Me lo contó Paula, lo encontró por casualidad. Abrió su correo y salió el de él; ¿mal cerrado?, ¿mal abierto? Yo lo mato, me dijo. Y es que con lo fácil que es borrar, o dell, o lo que sea, los enamorados continúan prefiriendo guardarlos con lazos de colores, como antaño. Y conservarlos en negrilla, aunque se la jueguen.
Oh, l´amour…

lunes, 16 de marzo de 2009

SOLO HUMANOS


Veo a Mario Conde en la tele y reflexiono. El cuento de "La bella durmiente" viene a mi memoria. No lo puedo evitar. Una niña recién nacida, las hadas concentradas alrededor de su cuna conceden dones y más dones. Será inteligente, dice una, tendrá talento, dice otra. Y así es como una tras otra van depositando cualidades a ese nuevo ser. Pero, de pronto, llega el hada mala, la no invitada, la insufrible aguafiestas, acerca su varita negra. Y con una simple frase, una sola, habrá dejado sin sentido lo otorgado hasta ese momento. Nada de lo dicho servirá. El resto de virtudes habrán caído en un saco sin fondo, un agujero negro de proporciones inmensas. Eleva su voz y grita malhumorada. Se pinchará con una rueca: la rueca de la soberbia. Será soberbio, repetirá , y un trueno resonará en el horizonte. Y a partir de entonces, incapaz de desarrollar su potencial caerá una y otra vez ante esa implacable actitud. Ese ridículo pensar que es superior que nadie podrá contra él. El olimpo le pertenece y se mofa de todos.
Mario Conde es un ejemplo de lo poco que importa ser inteligente, trabajador, hábil, atractivo, buen conversador y un gran etc, si una hada madrina ha pronunciado la terrible palabra: Soberbia.
Cuando lo estaban interrogando en los juzgados llegó a sacar la lengua al juez, cuando quería que el pueblo lo comprendiera, escribió una carta plagada de palabras inteligibles y rimbombantes. Incapaz para el acercamiento, para el calor humano, iba metiendo la pata una y otra vez. Y esas cualidades cedían ante su implacable soberbia.
El otro día lo observé sonreír con prepotencia contenida, con un misticismo propio de los llamados por Dios, de los elegidos. Mario no solo no ha devuelto lo que robó sino que continúa considerándose superior, continúa echando arena sobre su propio tejado, y lo que es peor, no se da cuenta.
Una pena lo del hada mala. Y lo triste es que de alguna manera nos ocurre a todos. A todos nosotros nos visitó un hada mala al nacer y vamos perdiendo las cualidades que nos fueron otorgadas sin ser conscientes de ello ¿De qué nos sirven todas ellas si están anuladas por la vanidad, o la soberbia, o la envidia o… ¿Para qué seguir?

Ellas nos destrozan y nos ponen en lo que realmente somos; humanos, indefensos, llenos de sombras.