sábado, 10 de abril de 2010

UN CASTING PARA PATRICIA







Menudo disgusto me he llevado al volver a casa. Ha sido nada más dejar la maleta en el suelo, al salir mi madrastra a recibirme. He pegado un grito casi tan alto como el de ella.
Mi padre se había marchado un mes a Estados Unidos por trabajo, o por yo qué sé. El caso es que he querido aprovechar las vacaciones de Semana Santa y le he dicho a mi madrastra que me iba a casa de Puri, que me había invitado a Sevilla a ver al Cristo de los gitanos y a la Macarena. Ella, me refiero a su tercera mujer, ha dicho que estupendo, porque estaba deseando ir a visitar a su prima Paquita que vive en La Manga y así aprovechar para descansar y tomar el sol unos días. No le hemos dicho nada a papá porque a él lo que le encanta que nos llevemos la mar de bien, que pasemos las vacaciones juntas y de compras. Idos de compras, anda, nos dice continuamente. Pero eso es imposible porque su “tercera”, es insoportable, incluso un poco peor que “la segunda” e infinitamente peor que “la primera”. Me refiero a las “ex” porque la primera, primera, quiero decir, mi madre, les da ciento y raya a todas juntas. Pero eso ahora no viene a cuento.
En casa vivimos todos, como mi padre tiene dinero nos acomodamos, “la primera” y “la segunda” mandan a los niños para que los mantenga y les de una buena educación. A veces se marchan con sus madres, pero eso es esporádico. La primera, aprovechando el tumulto, envía también a sus hijas, las que tuvo con el piloto de carreras, dice que lo hace porque quieren a mi padre una barbaridad, como si fuera su verdadero padre, y lo echan de menos. Son dos gordas que no hay quién empareje. Mi padre dice que serán la alegría de su vejez. Mi padre a veces es un poco duro con mis hermanastras, si es que se les puede llamar así, porque si uno lo piensa bien, qué parentesco tienen los que no comparten ni padre ni madre. Bueno, pues ellas me llaman hermanastra, y yo no discuto.
Pero a lo que íbamos, ella, la tercera, se ha marchado a La Manga y yo a casa de Puri a Sevilla. El soponcio nos lo hemos llevado cuando nos hemos encontrado en el hall esta mañana. Las dos éramos Elsa Pataki. Menudo disgusto.
-Tú no has ido a casa de Puri –ha dicho la muy lista.
-Ni tú a la Manga- le he contestado
-Te callas, maleduca- me ha gritado-.Vete a tu cuarto ahora mismo.
En menudo lío nos hemos metido por no ponernos de acuerdo y acudir a cirujanos plásticos diferentes. Mi padre a punto de llegar y dos Elsas Patakis esperándolo. A ver, qué le íbamos a explicar. No había tiempo para nada y ella me he dicho que me fuera al campo con los hijos de la primera y la segunda, que estaban de acampada, y que mientras tanto ya pensaría la forma de salir de ese embrollo.
No me ha importado, la verdad. Mis hermanastros son simpáticos y bucólicos. Mientras me marchaba he escuchado a mi madrastra preguntarle a la portera que a cual de las dos veía más bella, pero no tenía ganas de esperar el veredicto de la portera, y he salido corriendo con la maleta aún sin deshacer.
He encontrado a mis siete hermanastros en una tienda destartalada y mugrienta. La tenían hecha un estercolero.
-¿Pero se puede saber cómo podéis vivir así? –les he gritado nada más entrar.
-¡Elsa Pataki! –han chillados muy contentos.
-Que no, que soy yo, Patricia, que me he hecho un arreglito y ahora debo esconderme de papá para que no se enfade.
Han tardado en asimilarlo porque todavía son pequeños y bajitos, pero al final hemos pactado. Ellos podrán salir todas las mañanas a hacer senderismo, y yo les recogeré la casa, les limpiaré la tienda, me ocuparé de la comida. Y a cambio ellos me darán refugio hasta que se aclararen las cosas. Se han marchado al bosque cantando y yo he aprovechado para fregar los cacharros.
Todo iba la mar de bien hasta que se ha presentado en casa una de esas naturales que no se retocan, ni se tiñen el pelo, ni nada de nada. Me ha ofrecido un yogur de manzana con antioxidante y rejuvenecedor al máximo. No me gusta la manzana, ni me fío de la alimentación macrobiótica, pero me he sabido mal hacerle el feo y se la he cogido. La pobre era un cromo, llena de arrugas y de canas. Así que ¿qué iba a hacer?
-¿Cuanto se debe? –le he preguntado.
-Nada, bonita. Es un regalo.
Me debía de haber mosqueado porque hoy en día nadie da duros a peseta, pero se lo he agradecido y delante de ella, como dice mi madre que se debe hacer cuando te regalan algo, he dado el primer chupeteo.

Me ha despertado con un tío muy cursi besándome en los labios.
-Pero, oiga –le he gritado fuera de mí.
Siete tíos se han puesto a saltar y a gritar:
-Ha vuelto, ha regresado.
-¿Pero es que me había ido? –he preguntado. Y mientras lo hacía me he dado cuenta de que eran mis hermanastros, pero que estaban de lo más creciditos, hasta con pelos en las piernas y bigote.
Me lo han explicado todo a prisa y corriendo porque el cursi ha dicho que se iba a casar conmigo y que no debíamos demorarnos.
Dicen que he estado en coma por el dichoso yogur de manzana ni se sabe el tiempo, que la culpa ha sido de la tercera ex que no me puede ni ver desde que la portera le dijo que yo era mil veces más bella. Y que el beso del cursi me ha despertado de mi letargo.
He salido corriendo porque no estaba dispuesta a casarme con semejante espécimen por muy bien que besara, que tampoco era para tanto.
He corrido por el bosque sin GPS y he dado más vueltas que un tonto hasta que he visto una casa muy bonita en la que se celebraba una fiesta. Me he asomado por una de las ventanas y he visto a mis dos hermanastras vestidas de pijas, llenas de bisutería, y bailando como peonzas. El caso es que me he animado a entrar. El “segurata” me ha pedido el santo y seña. No me lo sabía pero cuando ya me marchaba, se me ha acercado un tío cuadrado y rubio, tipo Brad Pitt, y me ha dicho que podía entrar aunque no tuviera invitación porque él era Bruster and Bruster junior, y que ahí pasaba el que él quisiera.
Hemos bailado hasta hartarnos. Hip hop, Bacalao, Tecktonick, y sobre todo Reggaeton. Y cuando he bailado “Gasolina” ha sido cuando él no ha podido más y me ha pedido que me casase con él. Dos peticiones en el mismo día. Estaba de lo más subida, es normal. Y en este caso, con Bruster and Bruster junior, nada menos. Le iba a decir que sí cuando he visto a las focas de mis hermanastras acercarse a nosotros, y he salido corriendo. No quería que me descubrieran. Así que he vuelto a mi casa disfrazada de asistenta mora, para que nadie me reconociera.
Creo que Bruster junior ha puesto miles de anuncios en el periódico. “Baila Reggaeton como los ángeles”, pone. Y ha montado un casting para encontrarme. En cuanto pueda me presento y nos hacemos pareja de hecho. Ya no aguanto más madrastras, hermanastra, brujas sin teñir, y enanitos con pelos en las piernas. Me merezco una vida mejor ¿o no?

jueves, 18 de marzo de 2010

UN DÍA VERDE




Aquella mañana el cielo se había teñido de verde. Nadie podía precisar a qué hora exactamente pero lo cierto era que su tono era verde pistacho. Las nubes en vez de tamizarlo le daban un aspecto irreal como de película de dibujos animados.
La señora Torres estaba preparando un cocido cuando entró su hijo muy alterado.
-El cielo está verde. Pero verde, verde –gritó.
Ramón y Blas que descargaban botellas de cerveza en el supermercado “Ahorramas” sintieron como si una nube los cubriera, como si el sol se hubiera escondido. Y escucharon una exclamación, y vieron como los coches se paraban, los balcones se llenaban de gente. Hasta doña Pilar dejó caer las muletas y miró al cielo, sin acordarse de que se debía caer, que sin muletas ella debería estar en el suelo. La gente comenzó a salir de los bares, de las tiendas, de sus coches. Salían mujeres con el tinte en la cabeza, señores con heridas a medio curar, dentistas con la mascarilla, auditores con el portatil.
Todos, absolutamente todo el mundo salió a ver el cielo. Ese cielo color pistacho veteado de nubes. Las bocas se abrieron a lo largo de miles de kilómetros. Bajo la luz del medio día se extendían pueblecitos donde la gente de pie sobre sus sombras alzaba los ojos. La señora Torres tapó la olla, se secó las manos con un trapo, y se fue lentamente hacía el fondo de la casa.
Y comenzó a llover, la lluvia era tan fina y tan persistente que teñía de verde todo lo que encontraba a su paso. Los pelos verdes, las manos verdes, las mascarillas verdes, y los coches verdes. Se perdieron los contornos
A lo lejos, una nave redonda y blanca, se fue aproximando lentamente. Y mientras la gente miraba extasiada como esa nave se acercaba. Gritaron que no iban a consentir que ningún extraterrestre se metiera en sus vidas. “Los echaremos a todos” “Nos avasallarán con sus costumbres” “Nos quitarán el trabajo” “Bloquearán la Seguridad Social” “Fuera, fuera”, gritaban indignados. La lluvia verde iba cayendo lentamente, por encima de sus cabezas, haciéndoles no solos verdes sino irreales, como si fueran monigotes, personajes de cómics que gritaban indignados. “Es nuestra tierra” “No queremos intrusos”
La nave redonda y blanca pasó por encima de sus cabezas, poco a poco. Y fueron saliendo pequeñas virutas que se desperdigaban aquí o allá.
De pronto se dieron cuenta de que ya no estaba Ahorramas, ni Ramón, ni Blas, ni siquiera la señora Torres, ni los dentistas. Conforme pasaba la nave por encima de ellos iban desapareciendo, hasta que no quedó nadie ni nada. Habían sido borrados con una goma Milán.
Y el niño, mientras cerraba el estuche de las acuarelas, pensó que tendría que comprar más verde pistacho porque lo había gastado.

domingo, 14 de marzo de 2010

PORQUE EL RENCOR CUESTA MENOS QUE EL OLVIDO





Leo en el periódico que conmemoran el atentado del 11 M por separado; PP por un lado, PSOE por otro. Y yo pregunto: ¿Pero de qué van nuestros políticos?
Ya es hora de que los ciudadanos pongamos un poco de cordura dónde no la hay. ¿Acaso es posible vivir en un país en el que se inocula el odio desde la infancia? Quieren que los vascos y los catalanes odien al resto del país. El resto del país a los catalanes y a los vascos. Los de derechas a los de izquierdas, los de izquierdas a los de derechas.
Me recuerdan a esas familias en las que los padres separados enseñan a odiar “sin medida ni clemencia” al otro cónyuge. ¿Cómo es tu padre, hijo mío? Le preguntaba una mujer a su hijo, ya adolescente. El chico se levantó como si le hubieran dado cuerda y dijo: Un hijo de puta. Luego se volvió a sentar.
Se enseña a odiar al padre, a la madre, a los abuelos, a los tíos, a la enemiga de mamá, o al vecino del cuarto. Se enseña a odiar desde la cuna, desde los colegios, desde los recuerdos. Los rojos torturaron a tu abuelito, nene. Los fachas lo mataron, corazón. ¿Y cuándo fue eso? Hace tantos años que no conoces ni a tu abuelo ni al torturador, pero no lo olvides, que el frutero de la esquina tiene las mismas ideas que el torturador de tu abuelito, ángel mío. Y así un día, y otro, y otro.
El verano pasado visité el Elizondo, un pueblo navarro precioso. Se celebraban sus fiestas y hubo una cabalgata. Salía una carroza en la que un falangista pegaba a un niño por no hablar español. ¿Sabrán esos niños quienes son los falangistas? Bueno, esos sí lo sabes. ¿Pero los demás?, el resto de los niños o jóvenes ¿los saben? No presencié al vasco pegando a un niño por no hablar euskera, porque estábamos allí. Pero cualquier día me lo enseñan en Madrid, por ejemplo. Porque cuando se trata de enseñar a odiar, lo bordan unos y otros. Nos abren tumbas, nos recuerdan la guerra, la recuerdan hasta aquellos que ni la olieron. Y odian. Porque el caso es que odien, como odiaron sus padres, y sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos. Y por eso no somos capaces de ir juntos a manifestarnos ni por los atentados de al qaeda. Ni siquiera por eso.
“El odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño. Hay que guardarlo avaramente”. Y yo me pregunto ¿quién quiere eso para sus hijos? Pues esos seres brutales y egoístas que solo piensan en ellos, en sus votos, en sus elecciones, en su provecho. Maldito provecho.
Ya está bien, politiquillos del tres al cuarto. Gobiernen según sus principios, legislen como les dicten sus electores. Pero, por favor, aprendan a respetar y a permitirnos tener un país que no sea de opereta.

viernes, 5 de marzo de 2010

POR TU CULPA




Alberto Segura dormía plácidamente junto a su mujer cuando una pareja de la guardia civil entró en su dormitorio. Se despertó de pronto y al hacerlo no se fijó en que acababa de amanecer, ni siquiera en que era domingo. Tan sólo fue capaz de fijarse en aquel hombre, el más alto, el que se había parado a los pies de su cama. Y fue entonces cuando volvió a su memoria un pelo rizado, un bigote y una voz bronca. El hombre que permanecía quieto a los pies de su cama, no hablaba pero tampoco dejaba de mirarle. Amalia, su mujer, pegó un grito, y él, al escucharlo, se incorporó de un salto. De pronto se sintió incómodo con su pijama a rayas, la barba poblada y ese aliento que intuía hediondo. Sospechaba que tenía mal aspecto, y en un principio eso le preocupó bastante. Pero al observar al hombre detenidamente se dio cuenta de que no había agresividad en su expresión. De todas formas y a pesar de su falta de agresividad, estaba seguro de que no lo aprobaba, de que no aprobaba su aspecto, de que jamás lo aprobaría.
El pasado volvió a su memoria con tanta fuerza que se sintió de nuevo aquel niño. Todo había sucedido muchos años antes, antes incluso de que Amalia y él se casaran. Fue cuando al enviudar su madre, decidió comprar un gabán y un tricornio de guardia civil para colgarlos en el perchero de la entrada.
-De esta forma disuadiremos a posibles ladrones- había dicho ella- No se atreverán a robar a un guardia civil.
Él era todavía un niño, y poco a poco ese gabán y tricornio se envolvieron en fantasías infantiles. Así fue como aquellas prendas se rellenaron de pelo rizado, de bigote, y de voz grave.
Alberto llegó a odiar a ese padre imaginario que se introducía entre el gabán y bajo el tricornio para comportarse de forma autoritaria e intransigente. Y cuando dejó de estudiar para ocupar un oscuro puesto de mozo en una empresa, él se deshacía en insultos ante ese padre opresivo que siempre lo había dominado.
-Nunca me dejaste hacer aquello que yo realmente quería -le decía al gabán que colgaba del perchero-. Dejé de estudiar por culpa tuya. Claro, es fácil apoyar a un hijo que deja de estudiar. Un ahorro ¿verdad? No me obligaste y ahora tengo un negro porvenir por tu culpa.
Así fue como Alberto pasaba las tardes, sentado en la entrada de su casa mientras su madre se afanaba tratando de salir adelante con la exigua paga que le quedaba de viudedad.
Ella nunca conoció la relación de su hijo con el gabán de guardia civil que colgaba del perchero, pero trató de proporcionarle una vida decente. Por eso, aquella mañana en la que Alberto vio al guardia civil en su dormitorio, se le despertaron todos aquellos resentimientos dormidos, y se desahogó con aquel número que lo miraba. Una infinidad de reproches fueron saliendo de su boca mientras se ponía las zapatillas y se cubría con la bata.
-Jamás te comportaste como un verdadero padre conmigo -decía mientras se señalaba con el puño cerrado-. Ni una palabra amable, ni un cuento por las noches. Nada. Tan sólo rigurosidad y malos modos.
-Pero oiga, usted me está confundiendo -dijo el guardia civil mientras miraba de reojo al compañero absolutamente desconcertado.
Alberto se paseaba de un lado para otro de la habitación mientras su mujer lo miraba atónita.
-No, eso es muy fácil decirlo. No traemos hijos al mundo para abandonarlos. ¿Yo acaso te pedí nacer?
-Pues… -dijo el hombre rendido.
-Mi madre trabajó como una burra para sacarme adelante y ¿tú? ¿Dónde te encontrabas?
-¿Yo? -preguntó el guardia intentando comprender.
-No podía hacer nada. Era joven y no iba a ponerme a ayudarla. Tenía mis problemas.
-…
-Me casé -dijo señalando a su mujer que los miraba-. Y ni a la boda viniste. ¿Conoces a tus nietos? No, yo era poco para ti. Y ella también ¿No es cierto?
-Pero…
-No insistas ni trates de justificarte, porque aquí me tienes ahora, hecho un desgraciado, con un sueldo que no da más que para sobrevivir, con un porvenir frustrado. Y toda la culpa la tuviste tú. Tú y solo tú -dijo cayendo desfallecido en el silloncito azul que había al lado de la cama. Luego se tapó la cara con las manos y sollozó.
Su mujer aprovechó ese momento para preguntar:
-¿Qué es lo que está pasando aquí?
-Que su marido está fatal -dijo el guardia.
-¿Pero ustedes que hacen entrando en una casa sin llamar?
-Unos vecinos han encontrado a una anciana deambulando por la calle, iba descalza y en camisón. Nos dijeron que vivía aquí. Su puerta estaba abierta y...
-Madre ¿cómo se ha levantado tan temprano? -preguntó la mujer dirigiéndose a la anciana.
-¿Es familiar suyo, verdad?
- Si, es mi suegra, tiene Alzheimer.
Alberto seguía sentado en el sillón insultando en susurros al guardia civil que lo miraba de reojo.
-Un mal padre, eso es lo que fuiste.
-Hombre, tranquilícese -decía el guardia mientras preguntaba intrigado -¿Y a éste que le pasa?
-No lo sé, es la primera vez que lo veo tan mal. ¿Pero es que usted no lo conocía de antes?
-No. Además, cómo voy a ser su padre si soy mucho más joven.
-Siempre fuiste más joven, y más guapo, y más listo.
-Pero...
-Coartaste mi libertad y hoy no soy nada por tu culpa.
-Llama a un médico que la ha tomado conmigo -dijo el guardia a su compañero mientras trataba de calmar a Alberto.
La anciana se acercó a su hijo y lo abrazó, pero Alberto no dejaba de mirar cargado de rencor a ese guardia civil que tan culpable había sido de todas las desgracias de su vida

martes, 2 de marzo de 2010

PELICULAS PARA NO DORMIR



El día de la tormenta perfecta fui al cine a ver una perfecta tomadura de pelo. Eso me pasa por no hacer caso de los medios y salir a la calle en vez de quedarme en mi casita tan ricamentem. Pensaba ir a ver "Avatar" pero en Plaza norte no la ponían en 3D, y con las prisas me animé a ver "Shutter Island" (la película más vista)
Como no soy critica de cine ni tengo conocimientos suficientes al respecto, solo puedo hablar desde mi experiencia literaria, como lectora, más que cómo escritora. Sobre lo que yo llamo contar bien, no timarte, no sacar conejos de debajo de la manga para impresionarte, no poner música de malos para que sepas quienes son, o de miedo para que se te pongan los pelos de punta cuando ellos decidan. Así, sin más. No utilizar el morbosismo para alucinarte cantidad... En fin, todo eso.
No me salí porque quería saber en qué quedaba el bodrio y no me desengañó, fue mucho peor. Una monumental tomadura de pelo para dejarte extasiada con un final "Deux est machina". Anda, fijate tú por dónde.
Bueno, es mi opinión. Solo eso. Una opinión.

miércoles, 24 de febrero de 2010

LA BODA





Gonzalo me ha pedido esta noche que me case con él. Y lo ha hecho mientras cenábamos en un restaurante íntimo. Me había dicho que me invitaba a cenar porque le habían ascendido en el trabajo y quería que lo celebrásemos. Esa ha sido la excusa que ha puesto para sorprenderme. No me lo esperaba, la verdad. Gonzalo no es de esos hombres a los que le gusta comprometerse, y yo creía que lo nuestro se enquistaría como se le ha enquistaba todo en la vida. Pero no, estábamos la mar de a gusto y yo ya había pedido una copita de licor, cuando me lo ha dicho. Mira, Paula que yo te quiero, me gustaría que nos casáramos, y tener hijos, y envejecer juntos. Bueno, lo de envejecer no sé si lo ha dicho, pero lo de tener descendencia lo he escuchado perfectamente. Luego ha sacado del bolsillo de su chaqueta una sortija con brillantes, muy bonita. No es que los brillantes fueran enormes pero lo cierto es que era preciso, me refiero al diseño. Porque a Gonzalo le va lo del diseño, y la marca, y todo lo que tenga un precio que no haya que decir pero que se sepa.
- Sin alcohol -me ha dicho él-. No te pidas el chupito con alcohol que no has parado de beber en toda la noche.
Y ha tenido razón porque en cuanto veo una copa grande, me gusta beber vino. La cojo con las dos manos y no paro de darle sorbitos pequeños como en las películas. En casa solo tengo vasitos de los chinos, y quizá es por eso por lo que no tengo mucha costumbre de beber y la pillo con facilidad.
-Hombre, si solo es una chispirritina -le he dicho muerta de risa-. Si no va a pasar nada. Total no tenemos que conducir.
Me había dicho que prefería ir al restaurante en taxi. También eso me debería haber sorprendido porque Gonzalo no deja el coche ni para ir a comprar el pan. Pero lo cierto es que cuando vi la sortija en mi dedo, casi me muero de la alegría. Luego ha cogido mi mano y se ha puesto a hablar de la boda mientras yo me bebía a chupitos lentos el jarabe ese de manzana sin alcohol que no sabía a nada.
Me ha dicho que teníamos que ponernos en marcha cuanto antes porque las celebraciones se demoran mucho, que si la partida de nacimiento, de bautismo, empadronarnos. Yo qué sé. Él hablaba y hablaba y yo no he hecho otra cosa que servirme un chupito detrás de otro, porque no he podido dejar de darle vueltas a la boda. He pensado en los invitados, en la segunda mujer de mi padre, la madre de Raúl, mi hermanastro. No tengo muy claro si debo invitarla porque se metió en el matrimonio de mi padre, y mi madre no la traga, aunque luego ella sufrió lo mismo cuando la que se metió fue Dorita. A nadie se le ocurrió pensar que mi padre tuviera nada que ver en todo eso. Ellas se llevan de pena, y él pone paños calientes. En eso siempre ha tenido mucha suerte. No creo que fuera conveniente que se volvieran a encontrar en mi boda. Pero enseguida he pensado que si no la invitaba, Raúl se iba a sentir molesto. Al fin y al cabo es su madre y lo mismo se negaba a venir, porque Raúl es de esos que piensa que todo lo que sucede en el mundo está orquestado para jorobarlo a él.
Gonzalo seguía hablando de la boda y el camarero nos trajo una copa llena de bombones Richart que por lo que se ve son para sibaritas.
-Anda, prueba uno de esencia de frutas –me ha dicho, y eso me ha recordado que tendríamos que poner tarta. Ya no se lleva, pero mi madre dice que sin tarta no hay boda porque representa mucho. Y no me apetece tener una discusión con ella por algo tan nimio. Luego le sube la tensión y dice que si se muere es por mi culpa. Lo dice mucho, y como sé que un día se morirá y dejará escrito en el testamento que fui yo, prefiero no adelantarme.
Ha sido de pronto, he imaginado a mi madre en la mesa presidencial, y se me ha atragantado el bombón. Porque ella tiene un novio de Guadalajara que es vegetariano y naturista. No es que piense que va a venir desnudo, pero puede que se enfade mucho solo porque el mantel no es algodón cien por cien, o porque los huevos sean de granja clandestina. Ya nos dio la comida una tarde que se dedicó a contarnos lo que hacen con las gallinas para que pongan muchos huevos; que si las martirizan, que si les colocan focos para que se crean que es de día, que si las tiene apelotonadas. Desde entonces no como ni un solo huevo. Pero el problema no solo es ese, porque mi padre no iba a consentir que el naturista se sentara junto a él, sería un error. Además mi madre odia a Dorita aunque no fuera ella la que tuviera nada que ver con su separación. Pero lo cierto es que el padrino tiene que ser mi padre, y no lo voy a mandar con Dorita a la mesa de los niños, como propondrá mi madre. Me ha entrado un calor tremendo y Gonzalo le ha dicho al camarero que por favor abriera la ventana que me estaba mareando.
-¿Estás bien, cariño?
-Sí, ya parece que se me pasa.
Gonzalo ha seguido hablando de los invitados y de la celebración y yo he continuado a lo mío porque la madrina va a ser la madre de Gonzalo, eso está claro. Además con sus padres no va a haber ningún problema porque son católicos y practicantes, así que no tienen consortes con aspiraciones a mesa presidencial. Mi suegra será la madrina, de eso no hay ninguna duda. Y no va a dejar de llorar en la ceremonia, porque ella a quién de verdad quiere es a Gonzalo, lo de su marido fue un medio para alcanzar un fin; Gonzalo. Y ahora que lo tiene se lo quito yo. No lo ha dicho así pero me lo da a entender cada vez que puede. ¿Dónde vas a estar mejor que en casa, hijo? le dice continuamente, solo le falta decir ¿quién te va a lavar a ti los dientes, corazón? Gonzalo es que le ríe todas las gracias, por eso temo casarme un poquito también con ella. A partir de ahora cocinaré las albóndigas de Agueda y quitaré las manchas a la ropa con su detergente. Me gustará coser botones y dejar los baños como los chorros del oro, mujer, que hay mucha guarra por el mundo, me dice, y siempre cuando sale de mi cuarto de baño. Es un poco sospechoso, la verdad.
Llevaran las arras mis hermanastros, los hijos de Dorita, que son muy monos y los vestirán iguales, con banda azul y pantaloncitos de terciopelo. Lo que continuo sin saber es dónde colocaré a Dorita, es evidente que no puede sentarse en la mesa presidencial con mi madre, ni tampoco puedo colocar al novio de mi madre. Mi padre no lo va a consentir. Dirá que con ese desgarramantas no se sienta. Pero a mi padre y a mi madre no los debería colocar cerca por si les da por reírse de las cosas que les pasaban cuando vivían juntos, que últimamente se llaman para comentar cualquier tontería y a lo mejor los consortes se enfadan y se estropea todo. Menos mal que por mi suegra no habrá ningún problema porque llorará, llorará mucho. Se pasará la boda llorando mientras mi suegro no parará de levantarse para llamar por teléfono a la empresa porque hay cosas que son ineludibles. Luego bailará el vals con mi madre, y saldrá muy deprisa hacia el trabajo, que mira, que me están esperando para una reunión urgente. Y lo dirá aunque sean las doce de la noche. Pero a Agueda eso no le importará porque se habrá convencido de que la única familia decente en este mundo, es la suya; casados hasta que la muerte los separe. Y se sentirá muy orgullosa del ejemplo que ha dado a su hijo y del mal ejemplo que mis padres han imbuido en mí.
Pero, bien pensado, lo peor no va a ser la mesa presidencial, sino las de los invitados porque tanto Dorita como la madre de Raúl querrán que venga su familia, esa que tanto me quiso cuando vivía con ellas. Y tendré que invitar a los familiares de una y de otra, y a las parejas de unos y de otros, a las de ahora y a las de entonces. Y cada mesa será una réplica de la mesa presidencial.
Gonzalo me ha dicho que deje de beber chupitos que se me está poniendo una cara muy rara, como de muerta. Y yo me he levantado, y lentamente me he ido al baño para vomitar la cena. Y mientras vomitaba, he recordado la comunión de Raúl a la que tuvo que acudir hasta la policía porque las familias de Dorita y de su madre decidieron llevarse al niño a su celebración, y cada una tiraba de mi pobre hermano, que no hacía más que decir que lo habían hecho adrede y que lo tenían todo programado para amargarle ese día tan importante. Acabamos todos en comisaría, y él en casa de la asistenta viendo la tele hecho un mar de lágrimas.
Gonzalo me ha preguntado que si voy a llevar el vestido de Vittorio y Luchino o de Versace, y yo he dejado el anillo encima de los bombones Richart con sabor a esencia de frutas y he salido corriendo del restaurante.
Hacía una noche de perros. Un viento helado me levantaba la falda y yo no sabía exactamente a dónde ir. Aunque lo cierto es que me sentía bien con el viento huracanado levantándome la falda como a Marilyn Monroe.

jueves, 18 de febrero de 2010

TUTANKAMÓN Y EL DERMATÓLOGO







Ya sabemos a ciencia cierta de qué murió Tutankamón. Mira tú por dónde. El hombre sufrió una enfermedad ósea a los 19 años. Y no solo eso, sino que se descubrieron nuevas patologías; mal de kholer, necrosis avascular del hueso navicular del pie, y presencia del parasito de la malaria o paludismo. O sea, un diagnostico certero, concienzudo, trabajado. Lo malo es que mi amiga Elena no ha tenido tanta suerte como Tutankamón y casi le sajan una protuberancia ósea del cráneo, convencidos de que se trataba de un quiste de grasa sin la menor importancia. Y lo que es peor, una vez descubierto que no era grasa, sino hueso, él medico, enardecido en su afán destructor, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, utilizó una herramienta más apropiada al caso, una especie de sierra eléctrica (o como se llame el artilugio) con la que intentó cortarlo. Oiga, que me tiembla todo el cuerpo, dijo ella, que aún anestesiada sintió el peligro. Bueno, quizás sea mejor dejarlo para que haga la intervención un cirujano máxilofacial. Y es que el intrépido doctor era dermatólogo y poco ducho en la sierra eléctrica o lo que sea. Luego lo cerró, le dio unos cuantos puntos, y aquí paz y después gloria. Mi amiga ha estado una semana con la cara deformada y una inflamación que la hacía parecer un monstruo. La infección que ha tenido ha sido de campeonato, los dolores, insoportables, y el aspecto de terror. Todavía hoy, dos semanas más tarde, tiene los ojos inyectados en sangre y la nariz hinchada. Pero eso no tiene la menor importancia, porque lo cierto es que nunca pasa nada. Los errores médicos se suceden sin que se le mueva una ceja al facultativo.
Siempre he pensado que los médicos se arriesgan mucho porque el cuerpo humano no siempre responde de la misma forma, y que no se les puede estar denunciando a toda hora. Es cierto. Creo que merecen un respeto y un margen de confianza, vale. Pero si se protegen entre ellos en asuntos como este, la cosa ya varía radicalmente. Porque lo del dermatólogo aserrador me parece de juzgado de guardia.
Y mientras, Tutankamón diagnosticado con certera sabiduría. Y es que cuanto más avanza la ciencia, más inútiles nos volvemos en el aquí y ahora.