
Son las doce del medio día. Voy en el metro leyendo que el Everest está lleno de gente congelada a la que no han podido rescatar, que incluso hay uno que sirve de señalización para los escaladores. Da una angustia tremenda. Pobre hombre, toda una vida de esfuerzo para acabar de señalización. Continúo leyendo, por lo visto es imposible el rescate, a esa altura las fuerzas fallan.
Es un día cualquiera de julio y he acudido a mi trabajo vestida de luto. Soy funcionaria y me había dado un poco de vergüenza que los viajeros se diesen cuenta y me llamasen vaga, como hizo Montoro: ” Y que no se crean que con sacar una oposición ya lo han hecho todo”. Continúo leyendo: “Cívica repartirá 4,2 millones a cuatro directivos por sus blindajes”. “La entidad absorbida por Caixabank ha recibido 977 millones del Estado. Los pagos coinciden con un recorte de plantilla de 1.453 trabajadores. Banca Cívica había negociado la indemnización económica con sus directivos. A nosotros sí, a nosotros nos suben el IVA, nos quitan la deducción por vivienda, nos quitan derechos, nos rebajan las vacaciones, nos quitan prestaciones, nos obligan a estornudar al vecino y contagiarlo para no correr un riesgo de impago de hipoteca por reducirnos el sueldo al enfermar. Pero a los directivos, los que han gestionado el banco haciendo mangas y capirotes con el dinero que se les encargó que custodiaran, aquellos a los que el Código Civil les exige que gestionen con la diligencia del buen padre de familia, a esos no. No pueden sancionarlos porque sus contratos están blindados ¿Son tanques intergalácticos acaso? ¿Provienen de otra dimensión?
Me manifiesto, me coloco detrás de una pancarta y salgo a la calle. La pancarta se da la vuelta; es de CCOO, me vuelvo al trabajo. No puede ser que aquellos que no movieron un dedo mientras este país era expoliado, aprovechen ahora mi indignación. No y no. Miro hacia adelante; los sindicatos, miro hacia atrás; las leyes intercambiables para el pueblo, los contratos blindados para los directivos de los bancos. Me he quedado en la puerta de la oficina como el congelado del Everest, sin saber hacia dónde dirigirme, paralizada, sola y con complejo de polo. Me temo que acabaré sirviendo solo de señalización para los siguientes manifestantes si antes no han muerto todos de inanición e injusticia.





