Hace
un año, tan solo uno, que nos reunimos
para hacer pollo trufado en tu casa. Queríamos dar una sorpresa a nuestra
familia en Nochebuena. Recuerdo que habías comprado un pollo de corral y unas
trufas fantásticas. Yo llevaba un pollastre corriente y trufas de bote. Nos
reímos sacando la piel al pollo, extendiendo carne picada y oliendo a Navidad.
José Manuel adornaba la casa y Analía planchaba.
Eran una Navidad más, una de las mil Navidades que todavía nos quedaban por
pasar. “El año que viene no nos metemos en esta”, decías, y yo cosía la piel
del pollo jurando en arameo.
Los
Reyes os trajeron un viaje a Berlín y me llamaste para ver si os acompañábamos.
“Date
prisa, que si no os quitan el vuelo”, me dijiste. Lo logramos. Ya solo
necesitábamos reunirnos para hacer planes. Llenábamos la mesa de panfletos
sobre Berlín y organizábamos el itinerario. Subrayábamos lugares cuyos nombres
estaba llenos de consonantes, impronunciables. “Si compramos la tarifa semanal
nos ahorramos una pasta”, decías mientras acompañábamos con jamoncito y queso
nuestros descubrimientos.
Eran
tardes de sábado, tardes para disfrutar organizando, tardes de amigos, de
ilusiones y proyectos.
Nos
tuvimos que marchar solos.
Tú
estabas enferma y yo fui dejando una vela encendida en cada una de las iglesias
que nos encontrábamos, eran iglesias para creer, para tener fe. Y mi fe estaba
en tu curación. Encendí velas para que repitiéramos el viaje con vosotros, para
repetir las visitas, para enseñaros lo ya visto. A veces te llamaba solo para
contártelo, porque sin vosotros nada era igual.
Hoy
me he despedido de ti, Esther. Estabas rodeada de flores que habían enviado tus
amigos, tus compañeros, tu familia, los que te quisimos.
Hoy
he puesto cara a muchas personas de las que me habías hablado
Mientras
regresaba a casa he recordado el acento circunflejo en el que se convertían tus
cejas al reír. Y también las veces que entraba en tu despacho muerta de
angustia y salía muerta de risa. Sabías desdramatizar como nadie, imitar como
nadie, sacar punta a las penas, expandir el aire cuando se viciaba.
Eras
fuerte, pero sobretodo, eras mi amiga.
Me
han dicho que tu hija te leyó un trozo de mi última novela y me gustaría pensar
que fue el fragmento dedicado a la amistad. Porque es para ti, porque te lo
dedico con toda mi alma.
“La amistad crece igual que las plantas,
lentamente, sin ninguna prisa. Se echan unas semillitas de respeto, dos o tres
gotas de risas, algún apretón de manos para felicitar por los logros. Se cubre
con paciencia. Se abona con perdones, se riega con palmadas en la espalda, y
cuando está a punto de salir se le pueden hacer confidencias sin ningún miedo,
porque lo más seguro es que ya haya florecido y mantenga nuestros secretos como
si fueran suyos.”






