Textos

sábado, 26 de enero de 2008

RELATO









EL LENGUAJE DEL CUERPO



A Samuel lo conocí porque me inoculó un herpes en el ojo derecho. No fue a mala idea, ya lo sé. Esas cosas nunca se hacen a conciencia. Lo raro es que se le colara un virus a él, un hombre tan cuidadoso.
Samuel hacía poco que había puesto la consulta en la misma calle donde yo trabajo, sólo dos manzanas más allá. Y a mi me acababa de salir un orzuelo.
Mis orzuelos no son como los que salen a todo el mundo, esos granos que inflaman el párpado y que antes o después acaban poniéndose como unos zorros para terminar desapareciendo. No, los míos se paralizan en un momento determinado del proceso, a la mitad más o menos, y se acomodan a mi organismo. Es como si entre mis leucocitos y los virus se estableciera una especie de pacto de no agresión. Algo así como quedar en tablas en una partida de ajedrez. No se agreden, no se molestan, y terminan conviviendo sin interferencias. Los virus se acomodan en mi cuerpo que los recibe sin encono, y se hacen a mí, como si cogieran el mando a distancia de mi organismo y tomaran posiciones en mi sofá. No era la primera vez que tenía que acudir a un oftalmólogo para que me sajaran ese forúnculo de grasa. Algo desagradable.
-Usted es que somatiza mucho –me dijo una vez el médico de la empresa.
Por eso no quise ir a su consulta en aquella ocasión. Él siempre ata cabos, descubre por qué somatizo. Me dice que le pregunte al orzuelo, que le haga preguntas sin miedo, me dice que le pida explicaciones de por qué ha salido, que qué hace ahí. El médico de la empresa es que además es psicólogo, y cree que el organismo te habla y te cuenta esas cosas y otras más. Pero yo no creía que mi ojo fuera a darme explicaciones. Por eso acudí a Samuel. Fue tres días después de que la jefa me llamara inútil. Lo dijo así, tal cual: Eres una inútil por escribir esto tan enrevesado, y aunque no lo había escrito yo, aunque lo cierto era que lo había escrito ella, no fui capaz de decírselo y me empezó a picar el ojo. Por eso decidí ir a consulta.
Samuel parecía un hombre muy cuidadoso y esmerado, me hizo levantar varias veces del asiento, una porque la silla estaba en línea recta con los alógenos del techo, y si se desprendían podrían caer justo encima de mi cabeza. Otra porque la silla estaba colocada en ángulo recto con la puerta y la ventana. Y otra, porque en la pared de mi espalda caía el hueco del ascensor. Eran cosas que a Samuel le preocupaban.
Quizás fue por todas esas precauciones por lo que nunca me expliqué el descuido del virus. Parecía tenerlo todo tan controlado.
-Vamos a medir la tensión del ojo –me dijo. Y me hizo sentar en una silla giratoria. Allí me pidió que mirara dentro de un cono oscuro y que no cerrara el ojo. No lo hice. Una ráfaga de aire penetró en mi pupila y en principio no pasó nada más.
-Póngase este colirio –dijo- Y también esta pomada, y vuelva la semana que viene.
Y volví, pero el ojo, lejos de mejorar, había crecido una barbaridad. Era tan grande que casi no lo podía cerrar. Sentía como si toda la arena de la playa se hubiese metido en él y el agua del mar saliera a borbotones por el lagrimal.
-¿Usted cómo lo ve?
Samuel me miró con estupor, se levantó del sillón giratorio, dio unas cuantas vueltas por la habitación y luego se volvió a sentar Pero lo extraño fue que durante el paseo percibí una débil cojera en su pierna izquierda.
-Esto se está poniendo mal. Muy mal -dijo.
Después de reconocerme insinuó que la cornea se empezaba a resentir. Me dijo que tirara todas las cremas que me había recetado la vez anterior y que me pusiera unas nuevas, un tratamiento consistente en gotas, toallitas, enjuagues, y lavados.
Semana tras semana acudía a su consulta con el ojo peor y síntomas de contagio en el otro. Y él me recibía aumentando cada vez más su cojera hasta que comencé a percibir también un leve tartamudeo al hablar.
Fue después de un mes, cuando ya Samuel en silla de ruedas, tartamudo y sin olfato, me aconsejo que pidiera una nueva opinión, cuando me decidí a hacerlo.
-La opinión de un colega –dijo rendido, como sin ganas. Daba mucha pena la forma en la que me lo dijo.
- Es un herpes –dictaminó el nuevo oftalmólogo. Le han debido inocular un virus que ahora será difícil de curar. Los aparatos de tomar la tensión a veces son armas peligrosas. Puede que un paciente anterior…Quién sabe.
Recordé la ráfaga de aire pero no quise contárselo a Samuel. A esas alturas habíamos intimado, y sabía que una afirmación de ese calibre iba a poder minar las defensas de su organismo hasta niveles preocupantes.
Acudía a su consulta regularmente, como si sólo él me pudiese curar, y como mis ojos iban mejorando con el tratamiento del otro oftalmólogo, él también mejoraba. Empezó con el gusto, continuó con el tacto, dejó el tartamudeo, y por fin volvió a tener movilidad en las piernas. Recuperó plenamente la salud el día que yo recuperé mis dos ojos y los virus desaparecieron. Pero no dijimos nada, era como si continuáramos la consulta, él me daba cita para la semana siguiente y yo acudía puntual. Él me miraba el ojo totalmente curado y yo le sonreía. Él me decía que debía tener mucha higiene en ese ojo y yo asentía. Así día tras día nos fuimos contando cosas, cosas de aquí y cosas de allá. Le hablé de las somatizaciones y de la posibilidad de someter a nuestro organismo a un proceso de preguntas, una especie de test psicotécnico para saber a qué se debía su extraño comportamiento. A Samuel todo aquello le hizo gracia y dijo que estaba de acuerdo, y que era mejor esperar a que él cerrara su consulta para hacer preguntas al cuerpo. Que las preguntas que se le hacen al cuerpo son íntimas, y que era mejor que no hubiera pacientes en la sala de espera. Dijo que el cuerpo es muy suyo, y que tiene sus cosas. Dijo que le preguntaríamos. Y así, casi sin darnos cuenta, hemos acabado liándonos. Su cuerpo y el mío nos lo pedían a gritos. Y nadie como nosotros sabe lo peligroso que puede llegar a ser llevarle la contraria al cuerpo.

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