
Creo que los que escribimos no deberíamos opinar sobre otros escritores, así, en general. Es difícil, ya lo sé. Nuestros gustos y nuestras opiniones parecen bajadas del cielo, y contundentes, y magnificas, pero… Es que a veces se nos ve tanto el plumero, nos ponemos tan fantásticos y tan evidentes, que sería mejor que dejáramos las opiniones para nuestros amigos, nuestra familia, nuestro pequeño círculo de confidencias. Mira, Pepe, a mi es que “El niño del pijama a rayas”, me parece, cómo te diría yo, sobre valorado. Y Pepe se sube las gafas y dice que es una obra maestra, y tú entras en esa vorágine en la que lo que menos importa es el niño y su pijama, sino tu sesuda y doctrinal opinión, avalada por miles y miles de novelas leídas y cotejadas con grandes hombres del panorama literario. Vale, es tu derecho, como lo es el criticar el humor o el esoterismo. Pero subirte a un podio y decir que tu hablas de literatura con mayúsculas, pues qué quieres que te diga, da un poco de risa. Es como si dijeras: “Yo soy la literatura con mayúsculas, a ver si os enteráis escritores de pacotilla”.
No hay nada que despierte más mi prevención que un escritor opinando sobre otros en televisión, en la radio, o en un medio de comunicación. Y si para colmo generaliza, ya es que me muero de risa. No hay buenos narradores en España, ni buenos novelistas, ni buenos cuentistas, dice el mayúsculo. Toma ya. Siempre que escucho eso en boca de algún escritor siento como si a su alrededor se hubiera formado un gran espacio vacío, un cráter de santidad, un agujero negro de aislamiento. Es como si bajara con una barba blanca portando las tablas de la ley. Con el peso de la verdad cargado a sus espaldas. Una cosa tremenda, en serio. Luego lo sueño y todo.
El caso es que como ellos son narradores, o cuentistas, o novelistas, pues dejan muy claro su extrema superioridad respecto al entorno. Y ese escritor al que se le acaba de caer el Espíritu Santo en la coronilla, opina y sentencia. Nada, oye, malísimos. Luego bebe un sorbo de su vaso y se repantinga en su sillón ante el entrevistador.
Por qué no dejamos las opiniones para nuestros blogs, nuestros amigos, nuestro entorno más cercano, y a los críticos que hagan su trabajo, que para eso cobran. Aunque no estemos de acuerdo. Por lo menos, ellos no escriben y no aprovechan las críticas para echarse botafumeiro.
No hay nada que despierte más mi prevención que un escritor opinando sobre otros en televisión, en la radio, o en un medio de comunicación. Y si para colmo generaliza, ya es que me muero de risa. No hay buenos narradores en España, ni buenos novelistas, ni buenos cuentistas, dice el mayúsculo. Toma ya. Siempre que escucho eso en boca de algún escritor siento como si a su alrededor se hubiera formado un gran espacio vacío, un cráter de santidad, un agujero negro de aislamiento. Es como si bajara con una barba blanca portando las tablas de la ley. Con el peso de la verdad cargado a sus espaldas. Una cosa tremenda, en serio. Luego lo sueño y todo.
El caso es que como ellos son narradores, o cuentistas, o novelistas, pues dejan muy claro su extrema superioridad respecto al entorno. Y ese escritor al que se le acaba de caer el Espíritu Santo en la coronilla, opina y sentencia. Nada, oye, malísimos. Luego bebe un sorbo de su vaso y se repantinga en su sillón ante el entrevistador.
Por qué no dejamos las opiniones para nuestros blogs, nuestros amigos, nuestro entorno más cercano, y a los críticos que hagan su trabajo, que para eso cobran. Aunque no estemos de acuerdo. Por lo menos, ellos no escriben y no aprovechan las críticas para echarse botafumeiro.