Textos

sábado, 29 de diciembre de 2012

HAY AMORES QUE MATAN


imagen: Rafal Olbinski


Mi vecina Leo me ha comentado que estas Navidades las ha celebrado exclusivamente con sus hijos. “Ni yernos, ni nueras” me ha dicho la mar de orgullosa. Me ha extrañado esa separación familiar. “Pues verás, cuando se encuentran los hermanos tienen cosas que contarse, risas que compartir, anécdotas y vivencias que no importan más que a ellos. Los extraños siempre traen la discordia a la familia, ponen cara de aburrimiento, no participan. Y lo que es peor, a mi ya se me han divorciado dos hijos por culpa de “los papas” de la parte contraria, tan intrigantes, tan manipuladores.”
Las madres no saben renunciar a sus hijas y las hijas tampoco a sus familias de origen.
He recordado que mi amiga Laura aseguraba que la vida de su suegra se acabó el día que abandonó a su familia para casarse. Que sus vivencias llegaban hasta ahí, y que a veces hasta se olvida de felicitar a un hijo. Que su marido tuvo que vagar solo por el país porque no estaba dispuesta a seguirlo en sus constantes destinos. Su familia de origen era para ella su único asidero. Me contaba que cuando pasaba una Navidad alejada de ellos, ni siquiera abría los regalos que recibía y que se acumulaban en una habitación vacía de una casa grande y triste.
Me pregunto quiénes son los culpables del desafecto de sus hijos hacia la nueva familia, esa posibilidad de acabar siendo abandonados, y esa desgracia que pueden generar en los suyos por mantenerse en el centro, en el poder matriarcal o patriarcal. Y sobre todo, me pregunto qué dependencia y vacío  puede tener una madre o un padre para agarrar a sus hijos de esa forma tan enfermiza y manipuladora.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

RESPONSABILIDAD




 imagen. OLEG SHUPLAY

¿Tan difícil e pedir responsabilidades a los gestores, a los políticos, a los periodistas, a los jueces, a los funcionarios, a los médicos que han fallado,  en vez de promulgar leyes que los fastidien a todos?
¿Tanto cuesta investigar, por ejemplo, a los trabajadores y a los médicos que simularon bajas por enfermedad? ¿No es más ético investigar que demonizar a todo empleado porque se pone enfermo? ¿No es más justo pillar a los defraudadores que subir los impuestos? ¿No es más correcto, por ejemplo, pedir responsabilidad al funcionario que firmó y permitió a Dívar cobrar dietas escandalosas y derrochar dinero del Estado (o sea nuestro), que esperar a que el juez renuncie “motu propio” a 208. 240  euros de indemnización?
¿Dónde está el funcionario que arriesga la liquidez de una empresa haciéndole depositar una fianza enorme durante años( que quizá lo empuje a la quiebra) cuando después los jueces le quitan la razón?  ¿Dónde está la responsabilidad del político que promete y promete hasta conseguir el poder, no cumple ni una de sus promesas y además se alía con el demonio para mantenerse en “la poltrona”? 
Es mi voto, oiga, y no estoy dispuesto a regalárselo a nadie.
Vanagloriarse de la cantidad de funcionarios de la Comunidad de Madrid que se encontraban de baja y se reincorporaron cuando salió la ley que permite recortar el sueldo en estos casos, es una obscenidad.  Poner verde a los funcionarios y decir que son unos vagos por parte del ministro del ramo, el encargado de hacerlos trabajar,  es reconocer que se es un incompetente. Hablar de que se sube el IVA para que no pase eso tan común de “las facturas con IVA o sin IVA”  por parte del ministro encargado de la vigilancia del fraude, es vergonzoso, y además demuestra que no se tiene la más mínima intención de investigar, que los vagos son ellos. Y eso sí requiere una bajada de sueldo, el 50% los tres primeros días de soltar leyes generales para atajar problemas individuales, y responsabilidad penal por cobrar un sueldo y no cumplir con la obligación que se le requiere a todo gestor; investigar, imputar  y corregir al que no cumple. 
El otro día Jordi Évole, le preguntó al señor Duran i Lleida, por qué no existe responsabilidad para los que no cumplen promesas, y él, con la prepotencia que da el cargo, contestó. “Lo siento, no hay ley que lo recoja.”
 Toma, claro, ni tampoco había ley para quitar la extra a Navidad a los funcionarios, ni para subir el IVA, ni para rebajar la indemnización por despido. Ya sé que no hay ley, pero se promulga. Para eso está el  parlamento, para ser más justo, para no ampararse en que no hay ley. Y no hay ley porque los que las aprueban son los que no quieren responsabilizarse de sus actos.
Dicen que hay una separación entre el pueblo y los políticos. La hay, si señor, y cada día es más grande y más peligrosa, porque como los políticos éticos no luchen contra esta falta de seriedad, los meteremos también a ellos en el mismo saco.
 El problema es saber cuánto tiempo creen que pueden alargar esta situación. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

QUE EL FIN DEL MUNDO TE PILLE BAILANDO




Para la mayoría estás Navidades ya no serán lo mismo(unos sin extra, otros sin trabajo, otros con hipoteca, algunos en la ruina).
Ya tienes la monster high, (dos horas de cola) lo último en juegos para la play (hora y media),  una gargantilla “uno de cincuenta”(encargada por internet), la pulsera Pandora con los últimos colgantes, la malla de carbono para bicicleta (vedette de la colección primavera verano) y el turrón de Alicante (traído desde lo más recóndito del levante español para ti solito).
Has comprado un décimo en doña Manolita (diez horas de cola y cuatro peleas).
Has recibido una cesta llena de Grand Marnier (a la empresa ya no le da para el jamón)
Dentro de un momento saldrás a comprar papel con dibujos de Papá Noel y lazos rojos para envolverlos. 
Mañana es el fin del mundo, quieres que te pille rodado de regalos con lazos y pompones. Si fuera posible con  alguna lucecita intermitente envolviendo tu casa.
Haces bien. Lo mejor es llegar al Más Allá con la misma pinta de “pringao” que se ha tenido en vida.
Feliz Navidad para todos, se acabe o no se acabe el mundo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

CATALANES





Ahora resulta que tenemos que tener manía a los catalanes, y la verdad, a mí, así de golpe, no me sale. Para tener manía, para odiar, se necesitan años de machaque. Se necesita que alguien te haya estado dando la vara sobre esto o aquello, como pasaba con la tía Felisa. “Estábamos muertos de hambre y no fue ni para abrirnos las puertas de su casa.” “Fue por su culpa que se cayó el abuelo y se quedó cojo para los restos”. “Ella nunca nos miraba a la cara…”
Son cosas que contadas así, poco a poco, van haciendo mella, creándote un resentimiento. Pero a mí, que jamás se me había ocurrido pensar en los catalanes como seres perversos dispuestos a hablarme raro para que no los entienda, enemigos del alma, no se me puede poner a mal tan de hoy para mañana.
Nunca he visto en ningún super un letrero: “productos catalanes, no compre” Ni me habían dicho que gritara enarbolando la Bandera de España: “Fueraaaa” .
Y qué quiere que les diga, se me hace cuesta arriba menospreciarlos.
Ahora no solo tenemos que ir al super con lupa para que no nos cuelen productos caducados, sino que también debemos tener claro si son catalanes, si los distribuye un catalán o si los envasa un tío de Tarrasa. De verdad ¿es necesario que nos enfrenten de esa forma? La pregunta no es por qué, sino para qué. ¿Quién gana con eso?
Ojala un día desaparezcan los manipuladores y podamos mirarnos a la cara con respeto, ojala podamos caminar de la mano, ojala nos ayudemos en vez de darnos de bofetadas, ojala la enseñanza no sea un arma arrojadiza para desunirnos, para crear adictos a su causa, para doblegarnos. Ojala sirva para abrir nuestra mente, dejarnos pensar por nosotros mismos. Ojala dejen de crear consignas que nos posicionan y etiquetan. Ojala la escuela nos enseña a caminar y opinar, con nuestro raciocinio. “Imagine”

domingo, 2 de diciembre de 2012

ÚLTIMOS VIERNES DE MES





He pensado en ir a visitar a Paquito. Hace mucho que no lo veo, y a lo mejor ni siquiera se acuerda de mí. Imagino que debe haber cambiado mucho. Como yo, que ya no rompo las suelas de los zapatos jugando al fútbol, ni me como las uñas, ni llevo flequillo. Y además, se me ha oscurecido el pelo.
Nuestros padres deseaban que fuésemos amigos pero nosotros no queríamos. Recuerdo su mirada torva tras las gafas, esa mirada que ponía cada vez que mi padre se empeñaba en invitarle a merendar. Y mi rabia cuando le sacaba unas galletas largas con sabor a canela y azúcar que guardaba en una caja de latón para las ocasiones.
Seguramente fueron ellos, nuestros padres, los que tuvieron la culpa de que nos negásemos a ser amigos.
Mi padre siempre me lo decía. Me lo decía continuamente, pero sobre todo los últimos viernes de cada mes. Ese día tenía miedo de volver a casa. No importaban las notas que hubiese sacado porque sabía que me lo iba a repetir una y otra vez: que Paquito, el del segundo derecha, el hijo de don Bartolomé, había sido el primero de la clase, que había vuelto del colegio antes que los demás niños para poder darle esa alegría a su padre. Y que le había pedido a don Bartolomé que le comprara una enciclopedia de la tierra donde se hablara de la fotosíntesis y del carbono y de volar, sobre todo de volar. Porque a Paquito lo que más le gustaba en el mundo eran los aviones. Y por eso de mayor iba a ser ingeniero aeronáutico, para diseñar aviones.
 Jo, qué difícil debe ser eso, pensaba yo cuando me lo contaba mi padre. Y volvía a pensarlo cada vez que veía el cielo dividido por  una estela, la que dejaba un avión tan lejano que sólo podía dejar a su paso eso, una estela.
-Mira hijo. Ha  atravesado la barrera del sonido –decía al escucharse un estallido.
Y Paquito iba a lograr que todo eso  continuara sucediendo, o quizás mucho más. Que el hombre llegara a Marte, o diera  vueltas y más vueltas por la galaxia Andrómeda, o por todas, quién sabe.  “Porque Paquito va a ser ingeniero. Mientras que tú, hijo, tú sólo jugarás al fútbol”.
Recuerdo el día que metí aquel  gol que le dio el triunfo a mi equipo. Porque a mí lo que mejor se me daba era jugar al fútbol, y ese día metí un gol fantástico, el mejor gol del colegio. Por lo menos eso fue lo que dijo el entrenador. Y gracias a eso el colegio se clasificó y representamos a la provincia. Todo el mundo me felicitaba, y yo sólo tenía una idea en la cabeza,  volver a casa para contárselo a mi padre.
No he olvidado aquel día, último viernes de mes. Llegué a casa antes que Paquito, subí las escaleras de dos en dos,  me lancé a su cuello y lo abracé. Abracé a mi padre como nunca lo había hecho. Él me preguntó satisfecho si había sido el primero de la clase ya, si iba a diseñar aviones, si por fin había superado a Paquito.
Me acuerdo muy bien de aquel día. No le contesté. Me di la vuelta y bajé lentamente las escaleras. Ya en la calle no sabía  dónde ir y acabé en los billares, pero no jugué, tan sólo estuve allí mucho tiempo. Fue Evaristo, el dueño, el que me acompañó a casa porque se había hecho muy tarde. Me dijo que tenía que cerrar y que no podía quedarme allí toda la noche, sentado en una banqueta y con la cabeza apoyada en  un póster de Maradona.

Luego me hice mayor, probablemente fue cuando me dejaron de gustar esos palos de regaliz que vendía un hombre sin dientes. O cuando dejé de coleccionar cromos de la selección y de ponerles nombres de jugadores a los botones de nácar que me regalaba la abuela. He terminado la carrera y ahora diseño aviones. Soy ingeniero aeronáutico, aunque jamás miro al cielo cuando veo una estela que lo cruza, porque ya he visto muchas, y porque cada vez me fijo menos en eso.
He dejado de vivir con mis padres y me he ido del barrio. Han quitado los billares y han puesto una tienda de chinos en la que venden de todo. Siempre pensé que quitarían esos billares, y que no volvería a ver a Evaristo ni a Maradona. Tal vez porque me gustaba Evaristo, y porque hubo demasiadas tardes en las que me refugiaba en los billares y me apoyaba en ese póster para no volver a casa.
Y he recordado a Paquito porque alguien me ha hablado de él y me ha contado que es jugador de fútbol, que su padre siempre le animó a que lo hiciese, que le decía que no estaba en forma y que debía entrenar hasta conseguirlo. Que Paquito entrenó mucho y que al fin lo consiguió. Que ahora juega en un equipo de tercera, y que siempre está en el banquillo.
He pensado en ir a verle a su casa, frotar los zapatos en el felpudo, entrar, y sentarme a su lado con una enciclopedia que hable de fotosíntesis, y de carbono, y de volar. Porque supongo que todavía le sigue gustando, y porque es eso sólo lo que quiero, sentarme a su lado, en el sofá y ojear la enciclopedia junto a él.
Y es que es ahora cuando me he enterado de que cada último viernes de mes, cuando Paquito volvía a casa con las notas y le decía a don Bartolomé que quería ser ingeniero,  él le preguntaba si al fin  ya lo habían seleccionado para formar parte del equipo de fútbol, como a mí y que gracias a eso el colegio se había clasificado e iba a representar a la provincia.