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martes, 1 de enero de 2013

LA LARGA CENA DE NAVIDAD



                        


Estas Navidades he ido a ver una obra que me ha gustado mucho aunque ha aumentado mis nostalgias.
Su autor, Thornton Wilderg fue profesor, escritor y guionista. Ganó el premio Pulitzer en 1928, 1938 y 1943, con “El puente de San Luis Rey”, “Nuestra ciudad” y “La piel de nuestros dientes” respectivamente. Uno  de sus relatos que más éxito le reportó fue “La casamentera” que, adaptada, dio origen a “Hello Dolly”.
“La larga cena de Navidad” forma parte de una colección de pequeñas obras teatrales.

Dice mucho porque en vez de diálogos lo que parece haber son estribillos, repeticiones intercaladas que dan estructura a la vida de los personajes, como ocurre con la vida de cualquiera, con la nuestra. Se nos repiten los acontecimientos como si estuviésemos atados a una cuerda invisible, como si nunca acabara de redondearse la escena y hubiera que repetirla una y mil veces.
Es en Navidad cuando se sacan de los armarios la vajilla de la abuela, la cristalería cada vez con más faltas, los cubiertos de alpaca o de plata, o simplemente los de siempre, los de esa noche. Se trasmiten de generación en generación tan solo para ser usados ese día, para perpetuar ese presente que un día nos hizo felices. Tanto la mantelería, como  el pavo, como los padres, y los hijos, y como algún primo o pariente, parecen haber sido sacado de armarios antiguos, acicalados con un plumero para la ocasión. Y la moviola representa la salida de tono del tío tal o la prima cual. Los ausentes son cada vez más numerosos, así como para enfrentar a las nuevas generaciones, los celos, las envidias, las herencias y las profesiones tan diferentes a las que quisieran los padres.
La alusión a la nieve o al tiempo, el recuerdo de aquel suceso.
Pero lo peor de esa noche es que alguna silla se va quedando vacía para ser ocupada por otro miembro.
Una cena que dura noventa años.  No importa los que se vayan ni los que llegan porque siempre se dice lo mismo, y sucede lo mismo, y duele lo mismo.
Unos entran y otros salen mientras los que permanecen sentados van envejeciendo en el escenario, disimuladamente, sin alharacas, casi sin darse cuenta. Se colocan las gafas con disimulo, pasan sus manos impregnadas de polvos de talco por su cabello  y lo van haciendo blanquecino. Sus movimientos se vuelven torpes y por último se marchan. Y es al marchar cuando las luces del escenario se atenúan y una música suave y triste despide a los que se ausentan. Los demás continúan comiendo el pavo, asombrándose de la nieve, relatando las anécdotas de siempre, las afrentas, los abrazos, los brindis, mientras las sillas continúan vaciándose y ocupándose.
Salí del teatro con tristeza, con la sensación de haber vivido esa misma Navidad año tras año. Repetitiva, enganchada al hilo invisible que nos empuja a repetirnos,  a decir lo mismo, a hacer lo mismo, a llorar lo mismo, con la única diferencia de las gafas, el blanquecino pelo, y las sillas que van quedando vacías

2 comentarios:

Ángel dijo...

Hola Carmen!
puessss que el autor se leyó bien el Eclesiastes. Vanitas vaninatis et omnia vanitas.
Besos

carmen dijo...

Pues qué susto. La verdad es que te deja pachucha.
Felices Navidades, Ángel, y que el 2013 te traiga todo lo que necesitas.
Besos