Textos

sábado, 11 de octubre de 2014

PIRATAS


                                               

            



Cuando a mi amigo Alfredo le preguntaban qué quería ser de mayor, él siempre contestaba que pirata. Era una obsesión que no había quién le quitara de la cabeza. “Pues tú verás”, le decía yo. “Tendrás que cortarte una pierna y quedarte tuerto. Vas a estar hecho un cromo.” Pero no se desanimaba. Era un poco pesetero, esa es la verdad, y en cuanto encontraba una moneda en el suelo, seguía un protocolo inamovible: la pisaba, miraba a su alrededor, se agachaba sigiloso, la cogía y salía corriendo a esconderla en el jardín de la casa de sus abuelos. Luego hacía un plano pormenorizado del lugar exacto dónde la había escondido, ponía una X y guardaba el plano en un bote de tomate frito Solís.  Por eso lo de esconder un tesoro en una isla desierta se convirtió en su objetivo vital. Alfredo, Raúl y yo leímos juntos “La Isla del tesoro” de Stevenson, y decidimos repartir los papeles según nuestras habilidades.
Para los piratas de entonces conseguir oro y piedras preciosas suponía una ardua tarea. Primero tenían que conseguir una goleta y una tripulación de tíos feísimos, luego hacerte con una bandera negra y pintar a plumilla una calavera, comprar un loro para llevar en el hombro, abordar a otros barcos cargaditos de oro y piedras preciosas, matar al que se pusiera tonto, esconder el botín en una isla desierta, hacer un plano para localizarlo al regresar, y seguir matando a todo aquel que lo supiera para no tener que repartir o verse engañado. Es decir, tenías que ser, no solo  el más malo, sino también el más listo y con la pata más de palo que existiera. La verdad es que yo lo veía un poco complicado, y decidí hacer el papel de la que cuenta cuentos a los piratas por las noches para que descansaran de tanta fechoría. Raúl, sin embargo, se lo pensó mucho y decidió que él lo que quería ser de mayor era jubilado como su abuelo. No era hombre de acción.
Nos hemos hecho mayores y solo Raúl ha conseguido su objetivo que a la vez engloba el objetivo de los otros. Consiguió ser pirata sin abordar goletas, sin tener que enarbolar una bandera negra, sin calaveras a plumilla.
Consiguió ser consejero de Caja Madrid porque era amigo de un amigo..., quiero decir que logró que lo admitieran en la tripulación. No solo no se tuvo que cortar la pierna ni quedarse tuerto, sino que ni siquiera le pidieron que fuese más listo, solo que mantuviese la boca cerrada y trincara sin medida ni clemencia. En vez del plano de la isla, le dieron una tarjeta, eso sí negra para que no olvidara sus orígenes. Esa tarjeta le llevaba a los tesoros más bellos jamás encontrados, a las piedras más exóticas soñadas por el hombre, y al oscurantismo total, porque si quería no se lo contaba ni a la familia, que siempre es un engorro. El tesoro opaco lo consiguió atracando, pero sin violencia, como el que no quiere la cosa. ¿Empobrecía a los otros?, sí, pero sin cortar orejas ni arrojar a nadie a los tiburones, que eso a la larga merma mucho la conciencia.
Raúl se ha jubilado como su abuelo, pero con el ciento por uno. Consiguió ser pirata y ahora pasea indemne su tesoro por las tabernas de los puertos con un yate de infarto.  Alfredo se volvió funcionario y tuvo que contar cada moneda para llegar a fin de mes. ¿Y yo?, pues eso, que cuento y cuento sin parar.

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