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lunes, 2 de noviembre de 2015

CONSULTA POR TELEFONO






Hace tiempo que he decidido dar mi voto en las próximas elecciones al que  me prometa cargarse las cintas grabadas de organismos oficiales, ambulatorios, compañías de seguros, hospitales…
 Perderé la posibilidad de escuchar el Himno de la Alegría, eso es cierto,  pero recuperaré mi salud mental.
Si llamas con la intención de pedir hora para una radiografía, pongo por caso, te cantan, o mejor dicho, te ponen una cinta de Beethoven o La Primavera de Vivaldi para que no te mosquees, aunque eso sí, con interrupciones constantes  para que mantengas alto el ánimo, o quizá para que no cuelgues a un novecientos dos y se les vaya al garete el negocio.
Si quieres pedir hora para hacerte una prueba, no tienes más que llamar y después de pasar por todos los dígitos de tu teléfono, te dicen que esperes y entonan el consiguiente himno. Cada minuto o menos, una voz te anima a seguir esperando porque todos los técnicos están ocupados, ya ves tú, y solicitan que permanezcas atento porque en breves momentos te atenderán. Continúan con el himno cual cámara de tortura. Si tienes paciencia y pones el manos libres, puedes preparar mientras tanto una sopa de pollo para los niños, una tarta de cumple y alguna que otra empanadilla o croqueta. Beethoven y el ánimo para que esperes serán tu guía durante la elaboración. Si te falta algún ingrediente puedes llevarte el móvil al super por si de pronto se les ocurre contestarte. A veces pasa, pero lo mejor es no ilusionarse demasiado. Algunos han llorado de la alegría y luego se han venido abajo, porque en vez de ponerles con el departamento de radiología, como querían, les han puesto  con el de neurología, y han tenido que volver a empezar de cero, o sea marcando dígitos. Aunque en el fondo se gradece, porque a esas alturas ya estas, muy, pero que muy deteriorado, neurológicamente hablando.
Y no solo ocurre eso cuando pides hora para el médico o para hacerte pruebas, sino con tu seguro, cuando solo pretendas saber si la prueba de marras necesita autorización.
Los ambulatorios, los centros y las oficinas: todos iguales. Algunas cintas cambian La Primavera por El Otoño. Vivaldi, Bach o Mozart, pero en plan melódico. Resisto hasta que  me doy cuenta de que estoy llamando a un novecientos dos. Imagino a telefónica frotándose las manos y decido borrarme de Movistar fusión en castigo por tortura y factura.
Cuando ya tengo los pelos verdes decido acercarme a las oficinas de mi compañía para saber, por lo menos, si mi prueba necesitaba autorización. Cojo el metro, el autobús y después de un recorrido penoso, me dicen que no, que no necesito autorización. Ya solo me queda acercarme al centro para que me den hora. Lo cual logro después de tres transbordos.
“Oiga”, pregunto a la que da las citas, “si necesito urgentemente hablar con el médico para saber si una medicación que estoy tomando es incompatible con otra, ¿qué hago?” “Pues lo mismo que todos, coger el coche, aparcar donde Dios le de a entender, pagar la multa o la grúa, y esperar a que le den hora “in situ”. “¿Y si estoy fuera de Madrid? “Pues se coge el Ave y se viene”. O sea que de teléfono mejor no hablamos”. “Inténtelo, pero ya sabe, es muy difícil”. “¿Y por internet?” “Está en su derecho, pero a uno que lo intentó, apretó tantos botones equivocados que le cargaron en su cuenta dos billetes de avión para Guatemala, ida y vuelta con desayuno incluido”.
“En ese caso va a ser mejor personarse en el lugar de los hechos ¿no?”
“Sí, mucho más seguro”.

Regreso a casa y decido hacerme antisistema.

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