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sábado, 9 de abril de 2016

TWITTER






Conforme vas cumpliendo años te colocas en función Carpe Diem y pasas de casi todo, por eso no comprendes la cantidad de previsiones que la gente hace sobre su futuro, y lo que es peor, a voz en grito. Hoy, por ejemplo,  he leído que Cristina Pedroche ha incendiado las redes, se ha convertido en trending topic porque se le ha ocurrido decir en twitter que le gustaría tener un hijo pero que nunca lo querrá tanto como a su marido. Lo primero que me he preguntado es lo que estaría haciendo en ese momento para que necesitará contar por las redes semejante enormidad. La imagino buscando el móvil, la tablet o el ordenador por toda la casa para dar un comunicado inminente, trascendente e insípido. Pero lo que me ha llamado más la atención es que, una vez admitido que las redes sociales son para eso, para un “te cuento” continuo y perpetuo, es que haya un montón de personas pululando por el espacio cibernético que han recibido la noticia como si de un cataclismo mundial se tratara, se hayan rasgado las vestiduras y hayan perdido su tiempo en convencer a la chica que decir eso es una imprudencia, una banalidad, una irreflexión. Han salido miles de voces dispuestas a discutir su paradigma como si lo que hubiera puesto sobre el tapete fuese la teoría de la relatividad, parte 2ª.
 “A los hijos se les quiere mucho más que a los maridos porque son para siempre”, le contesta una. “Ya veremos cómo se  queda cuando se separe de su marido” dice otro. “Los hijos son lo primero” afirma otra. En fin, oye, no sigo, basta con decir que la mera posibilidad de que Cristina Pedroche tenga algún día un hijo menos querido que a  David Muñoz ha conmocionado a las redes sociales.
Lo cierto es que recibí esa información en mi móvil con pito incluido, que si me llega a sonar a las tres de la madrugada me lío a gorrazos contra la Pedroche.
Pero lo que son las cosas, de pronto se me abrió un abanico de explicaciones. Comprendí el lío en el que está metido este país, los papeles de Bárcenas, los de Panamá, que haya varios aeropuertos sin aviones, que Rita Maestre entre a pecho descubierto en una iglesia para decir que somos aconfesionales, que se haya construido una caja mágica que vale un valer y no sirve para nada. Oye, lo comprendí todo. Fue como una epifanía de las gordas. La explicación es que nos falta un hervor como  a mi tía Mariana que lloraba a moco tendido cada vez que su hija de siete años le decía que se casaría con un torero”. “Hija no, con un torero no, gritaba hecha un mar de lágrimas”. Pero es que la tía Mariana no era muy espabilada, y la niña le había cogido el gusto al martirio. Sin embargo lo de la Pedroche, el supuesto niño segundón en afectos futuros, la reacción de las redes y todo lo demás, es muy orientativo de lo que nos pasa. Nos falta un hervor y nos la da con queso todo el mundo.


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