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jueves, 2 de junio de 2016

CUANDO A UNA SEÑORA MAYOR, LA LLAMAN: “SEÑORA MAYOR”



imagen: RAFAL OLBINSKI




Cuando era niña  y jugaba con mis primos a saltar olas, a rebozarnos en la arena o simplemente a hacer castillos en la orilla, siempre acabábamos prometiendo lo mismo: “Cuando nos hagamos mayores nunca seremos tan aburridos como para echarnos en una toalla a tomar el sol”.
Cuando mi amigo José Luis me hizo ver una mañana, mientras paseábamos por la orilla del mar, las pocas personas que tenía buen tipo, le di la razón.
Cuando salí en una función del colegio disfrazada de ancianita con un moño y el pelo lleno de polvos de talco, estaba segura de que, llegado el día, yo sería una ancianita la mar de mona.
Los años han pasado y me han hecho comprender que lo de jugar con las olas o rebozarte en la arena, no hay quién lo soporte a partir de una edad, que los cuerpos de los diecisiete años no se mantienen durante toda la vida y que envejecer no es solo tener el pelo blanco sino que conlleva otros deterioros que empeoran mucho el aspecto. Pero lo que nunca necesité que nadie me dijera o me explicara, es que cuando viera a una señora mayor y tuviera que rellenar un cuestionario sobre mayores del barrio, tuviese que decírselo a boca jarro, como le pasó el otro día a mi tía. “No es que yo me las de joven, me explicaba la pobre, pero es que no le veo la necesidad de soltártelo así”.
Puedes no entender cómo se sienten los demás, puede hacérsete cuesta arriba comprender, cuando eres muy joven, que a  las personas muy mayores les cueste hasta entrar en una bañera. Pero de eso, a ir por la calle haciendo encuestas a los mayores por mayores, a los feos por feos, a los gordos por gordos, y decírselo sin pizca de filtro, ya es otra cosa.

Todo se hereda, como el color del pelo, los dientes podridos, la celulitis y la mala educación. La ventaja es que todo llega.

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