
Me siento inapropiada, como fuera de la norma, y me pregunto si eso será síntoma de enfermedad o falta de algún elemento químico que me permita entrar en el engranaje humano y disfrutar de las mismas cosas.
Lo he confirmado esta semana, cuando se produjo el accidente aéreo en Barajas. No me parece mal que la prensa informe, comunique los heridos y los muertos, que se pregunten por el fallo y las responsabilidades, que alarguen la información hasta la saciedad. Incluso comprendo que nos narren las historias personales, el dolor individualizado, todo eso. Pero lo que no comprendo ni comprenderé jamás, es ese afán por mostrar a los familiares en el momento de llegar a Barajas, en ese instante en el que no saben todavía si su ser querido ha resultado herido o muerto. La llegada a Ifema, el llanto, los abrazos, el desconcierto y la desesperanza. Ni siquiera por respeto al dolor y a la intimidad las cámaras dejan de grabar.
Recuerdo otro incidente, la imagen del padre de Miguel Ángel Blanco cuando llegaba a su domicilio sin saber todavía que habían secuestrado a su hijo, recuerdo cómo las cámaras se le echaban encima para preguntarle, para conocer su reacción de primera mano. Él no daba crédito a todo ese barullo de gente que rodeaba su casa, no entendía, no sabía. Pero nosotros sí, nosotros, espectadores de la tragedia, sí sabíamos lo ocurrido, y lo veíamos trabucarse, preguntar.
¿Qué información es esa? qué placer puede suponer ver derrumbarse a un hombre, qué induce a los medios de comunicación a enseñárnoslo una y otra vez, a no respetar su intimidad, su dolor, su derecho a sentir libremente, a abrazarse a quién ellos quieran, sin que España entera lo tenga que constatar.
Si nos lo muestran, es porque vende, y si vende, es porque le gusta a la mayoría, y si le gusta a la mayoría, yo estoy enferma o soy inapropiada.
Lo he confirmado esta semana, cuando se produjo el accidente aéreo en Barajas. No me parece mal que la prensa informe, comunique los heridos y los muertos, que se pregunten por el fallo y las responsabilidades, que alarguen la información hasta la saciedad. Incluso comprendo que nos narren las historias personales, el dolor individualizado, todo eso. Pero lo que no comprendo ni comprenderé jamás, es ese afán por mostrar a los familiares en el momento de llegar a Barajas, en ese instante en el que no saben todavía si su ser querido ha resultado herido o muerto. La llegada a Ifema, el llanto, los abrazos, el desconcierto y la desesperanza. Ni siquiera por respeto al dolor y a la intimidad las cámaras dejan de grabar.
Recuerdo otro incidente, la imagen del padre de Miguel Ángel Blanco cuando llegaba a su domicilio sin saber todavía que habían secuestrado a su hijo, recuerdo cómo las cámaras se le echaban encima para preguntarle, para conocer su reacción de primera mano. Él no daba crédito a todo ese barullo de gente que rodeaba su casa, no entendía, no sabía. Pero nosotros sí, nosotros, espectadores de la tragedia, sí sabíamos lo ocurrido, y lo veíamos trabucarse, preguntar.
¿Qué información es esa? qué placer puede suponer ver derrumbarse a un hombre, qué induce a los medios de comunicación a enseñárnoslo una y otra vez, a no respetar su intimidad, su dolor, su derecho a sentir libremente, a abrazarse a quién ellos quieran, sin que España entera lo tenga que constatar.
Si nos lo muestran, es porque vende, y si vende, es porque le gusta a la mayoría, y si le gusta a la mayoría, yo estoy enferma o soy inapropiada.




