
Tengo una fobia. Es una fobia rara, inhabitual. No puedo soportar las colas. Según mi psicólogo eso debe ser porque de pequeña me debió pasar algo en la cola de un cine, y lo he olvidado. Es que él es muy freudiano y todo lo lleva a la más tierna infancia. Aunque yo reconozco que no es habitual, porque a la mayoría de gente le vuelve loca. Es más, si ven una cola les entra un gusanillo de curiosidad que les impele a ponerse al final y luego preguntar.
No vi la Expo de Sevilla por no hacer colas. No he visto la exposición de Sorolla, por lo mismo, ni la de Velazquez. No sabe usted que hay cuadros de Sorolla que nunca más volveremos a ver, que son de colecciones privadas. Es cierto. Pero lo entendería si el que me lo dice es un gran aficionado a la pintura, si entiende, si la disfruta. Pero ¿cuántos visitantes saben de verdad lo que están viendo, lo que significa esa luz, ese brochazo, ese color, esa estructura, esa composición? Y si eso fuera así, sería estupendo, un país de gente sensible y culta que hubiera desechado ya Gran Hermano, a María Teresa Campos, y los programas de cotilleo.
Que a mí no me la dan, hombre, que Belén Esteban o Sorolla.
Me pierdo cosas, es cierto. Si tuviera paciencia y ganas de echarle horas de pie, podría estar tan al día, contarlo a todo el mundo. Decirles que me anonadé viendo al Cristo de Velázquez, como le pasó a una señora a la que le preguntaron en Televisión si le había gustado la exposición itinerante de Velázquez, y contestó que sí, que sobre todo el Cristo. Qué bonito el Cristo, madre mía. Solo por eso merece la pena el tiempo de espera, dijo. La pobre no sabía que el Cristo está en el Prado desde tiempo inmemorial, y que no hacía falta esperar tantas horas a la intemperie, ni una exposición itinerante para poder verlo, que se puede ver cualquier día sin excesivo problema. Pero es que el Cristo sin cola, es como si ya no tuviera tanta gracia, ni fuera tan velazqueño, ni tan antiguo. Porque ir al museo Sorolla un día cualquiera, así, sin más, es hasta aburrido, oiga, porque ahí no va casi nadie. Y en un lugar dónde no hay nadie, donde no se forma una cola en condiciones, es como si se perdiera el tiempo, como si se viera algo sin valor. Y es que hoy el valor nos lo dan las cifras y las colas. Sobre todo, las colas. Si no que se lo digan a todos esos que se pasaron la noche en blanco haciéndolas para que les repartieran un globo, para que les hicieran un dibujo, para que les dejaran tocar en la orquesta de botes que montó el Corte Inglés. Colas para ver las cocinas del Palacio de Oriente y para visitar la Casa de la Moneda, colas para entrar en el Banco de España o en el Círculo de Bellas Artes. Colas para cenar en la Finca de Susana o para tomar una copa en el hotel de Las Letras. Colas y más colas. De todas formas, las mejores, las que más me fascinan son las que se forman en la puerta del metro para conseguir bollitos de chocolate o sobrecitos de Nescafé gratis. Eso sí es pasión.




