miércoles, 19 de enero de 2011

CÓDIGO DE BARRAS







El otro día, mientras esperaba en la caja del super a que me cobraran, me dio por pensar que las personas somos como esos productos que llenan los carros. Es decir, uno nace arroz, pongo por caso. Arroz en cuanto a herencia genética, células madre, y demás zarandajas. Luego el entorno te envasa, o sea te da un ligero retoque Puede envasarte SOS o NUMEN, o CALASPARRA. Una vez que ya tienes asignado el código de barras, el precio sale solo. Y ese es nuestro valor.
Ya sé que lo que digo suena un poco claustrofóbico, pero es que cada vez veo más difícil cambiar nuestra forma de ser. Quieres transformarte, quitarte de la cabeza ese run run que te martiriza, ese genio que te agota, o esa tranquilidad que te impide avanzar, pero no puedes.
Comienza el año y dices; está vez si que me voy a convertir en otra. No me pienso tomar disgustos, o seré menos egoísta, o menos glotona, o menos..., lo que sea. Pero en el fondo sabes, porque lo has intentado otras veces, que lo vas a continuar siendo.
Me comportaré como arroz SOS, que es lo que soy y lo que me ha convertido mi entorno.
Cuando me tocó el turno la cajera me preguntó qué me pasaba, debió verme un poco pálida.
¿Será el juicio final del que habla la Biblia, un simple paso por el lector del código de barras del super?

miércoles, 5 de enero de 2011

LAS MUJERES Y SUS LABORES







La carga de feminismo que me acompaña desde la universidad se me acaba de desmoronar por completo este año.
Devoraba libros de Simone de Beauvoir en el que se hablaba del trabajo de la mujer como “la perpetuación del presente” Era lo más claustrofóbico que había escuchado nunca. Solo de pensarlo se me erizaban los pelos y se me quitaba el sueño.
Hannah Arent, daba un significado a lo que ella llamaba “laborar”: trabajo improductivo por el que se satisfacen las necesidades vitales. No deja huella tras de sí.
Es el trabajo del que las mujeres lo sabemos todo, son las labores domésticas, quitar el polvo hoy para volver a empezar mañana. Este trabajo que es una lucha contra la invasión de la naturaleza, contra la degradación.
Y hoy, después de tantos años, tantas lecturas, y tanto feminismo.
Hoy, que me he convertido en Rey Mago de mi nieta, le he comprado una fregona chiquitita, un cubo, y un delantal como el de su madre.
¡Qué vergüenza!, he pensado, pero... ¡Cuánto le va a gustar!
Y es que antes de leer a Simone de Beauvoir y a Hanna Arent, yo tenía un cuarto de juguetes lleno de planchas, muñecos llorones, delantales y escobas. Porque lo que yo hacía, lo que me encantaba hacer, era imitar a mis mayores, y de ellos lo que más me ilusionaban no eran las metralletas, ni las pistolas de los aguerridos vaqueros del lejano oeste, sino la vida plácida de la mujer cuidando a los suyos. De mi madre, de mis tías. Ese pasar la vida perpetuando el presente para que no se notase el deterioro. Ese acoger a las personas mayores de las familias para que no se sintieran tan solas, ese jugar con los niños y atenderlos sin prisas.
No es que no me gustaran otras cosas; adoraba los teatros, los de guiñol y los otros, los de obras dramáticas, con decorados y luces entre bambalinas. Organizaba espectáculos y vendía entradas. Yo era la actriz, la acomodadora, la que vendía palomitas, y el héroe.
Mi mundo estaba a rebosar de fantasías. Pero nunca abandoné los juegos con muñecos, la simulación de los bizcochos al horno, y los recortables. Supongo que iba quemando etapas como todo el mundo, y un día tiré a la basura a la adorada muñeca pelirroja para contestar las notas que me enviaba mi vecino del cuarto derecha. Pero eso ya fue otra historia.
Y ahora, al pensar en mi nieta, en lo que podría hacerla feliz, he recordado las tardes pasadas imitando a mi madre, curando a mis muñecos, decorando la mesa, cocinando tartas de mentira. Y he querido que ella pasé los buenos ratos que yo pasé antes de convertirme en trabajadora, y escritora, y lectora acérrima, y en un maremágnum de cosas.
Y es que ese trabajo de cuidar a los otros, de perpetuar el presente, lo veo ahora como una auténtica heroicidad, la heroicidad de nuestras madres y de las madres de nuestras madres. Ese “laborar” con tanto cariño, con tanta paciencia, nos hacía saber que siempre las ibas a encontrar al volver del colegio, saber que los ancianos, los parientes con problemas, los que no encontraban un lugar en la vida, lo iban a encontrar en la familia, porque una mujer “laboraba” para ellos.

Supongo que fueron los estereotipos, los desprecios que la sociedad inflingía a las mujeres por realizar una labor no remunerada, el abandono, y la falta de compresión hacia ellas, lo que nos hizo a nosotras, esa nueva generación, levantarnos en armas, salir a ganarnos la vida como ellos, traer dinero a casa para ser libres, respetadas, luchar por encontrar un lugar en el mundo.
Claro que demostramos que éramos libres, y autosuficientes, y capaces. ¿Pero era eso exactamente lo que querían “todas”? ¿No se ha resentido la sociedad por haber subvalorado a esas mujeres dignas de todo respeto? ¿No estamos un poco más solos, más abandonados, un poco más frágiles?
Las injusticias siempre acaban por pasar factura. Me reafirmaré en que mientras la sociedad no recompense la labor de las mujeres, no debemos dar un paso atrás ni para coger impulso, que conste. Pero yo, por de pronto, le he comprado a la niña una fregona y un delantal.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

MOROS Y CRISTIANOS




La fiesta de moros y cristianos llegó por fin.
Ramón, el capitán moro, entró en el pueblo con su caballo negro, su sable y la capa ondeando al viento.
Trotó a lo largo de la avenida de la Constitución, y luego frenó en seco.
Saludó elevando los brazos y sacó el sable en un gesto agresivo y triunfante.
El público en las gradas aplaudía entusiasmado, y sus hombres, es decir, las filas moras, esperaban su indicación para iniciar la marcha hacia el castillo, contra los cristianos.
Ramón inclinó su cabeza a ambos lados y luego hizo un gesto con el brazo. Una fila de moros perfectamente alineados comenzó entonces su marcha. Todo un alarde de colorido y destreza.
Detrás iba Fabián, el hermano mayor. Desfilaba con sus hombres del bando cristiano; cruzados, contrabandistas, templarios. Toda una mezcolanza dispuesta a conquistar el castillo que ya ocupaban los moros.
La fachada del castillo, de cartón y púrpura, estaba sostenida por grandes tablones de aglomerado, tras los cuales, unas rudimentarias escaleras permitían la subida al torreón. Ramón se asomó desde lo alto y saludó victorioso. Y así fue como esperó la llegada de los cristianos.
Llegó Fabián a sus puertas, se entrecruzaron frases provocativas y burlescas. Formalizaron retos y arengas, se fueron ajustando al combate a base de ensordecedores disparos. Y fue entonces, en ese momento crucial en el que Ramón debería haberse rendido, cuando se negó a hacerlo. Y aunque ensillado y hambriento de venganza, debería haber caído inerte porque el capitán cristiano lo habría logrado vencer un año más. No fue así, no cayó fulminado como exigía el guión de las fiestas. Ramón, disfrazado de capitán Moncofar, ante la rabia que le producía el fracaso, la ya inminente victoria de Fabián, se mantuvo firme en lo alto del castillo. Ni siquiera la soldadesca mora huyó hacia la playa como estaba previsto que ocurriera si su capitán hubiera sido vencido. Pero no sucedió como se esperaba. No este año. A su mente llegaron un montón de recuerdos infantiles, de afrentas, de comparaciones. Se sintió fuerte, por fin iba a vencer a su hermano.
Las cosas empezaron a torcerse cuando Ramón, movido por ese súbito deseo de venganza se negó a dejarse ganar por los cristianos. Todo el pueblo lo miraba incrédulo. Él gritó desde la torre que no entraría ese vil cristiano, esa chapuza de hombre, ese enmascarado y torpe. Y se mantuvo inflexible ante el ruego del público que le pedía que se dejara de tonterías y que cediera la torre de una vez, como todos los años, que esto, al fin y al cabo, no es más que una representación, una obra testimonial, sin trascendencia. Pero él, haciendo caso omiso a sus filas, levantó el sable y le gritó a Fabián que subiera a la torre si era valiente.
-Ramón, hombre –le gritó su hermano- que eres el moro, que debes entregar el castillo. ¿Es que la tienes que montar siempre?
Pero él ya no escuchaba, sólo quería continuar con su desafortunada batalla.
-Y una mierda –respondió Ramón, loco de envidia -. Tendrás que arrebatarme el castillo con las armas. Lucha, cobarde y chapucero.
Hasta que Fabián, cansado del empecinamiento y chulería de Ramón, le dio la espalda, levantó su brazo en señal de despedida, y se sumó al griterío, a los vinos, a la fiesta del pueblo.
Los pocos soldados moriscos que se habían quedado observando el castillo, se cansaron también de esa lucha absurda de celos y venganzas, por lo que al escuchar los acordes de la orquestina instalada en la plaza mayor, se sumaron a la fiesta.
Y así fue como él solo, enfervorecido y babeante por la rabia. Llamándose el mejor y el conquistador del castillo, insultaba a Fabián desde lo alto de esa torre de aglomerado y cartón, mientras una fina lluvia comenzó a caer sobre el pueblo.
Eran ya cerca de las tres de la madrugada cuando los vecinos pidieron a la guardia civil que bajasen al fantoche ese que no paraba de dar gritos desde lo alto de una escalera.
Y es que esa noche el agua había deshecho el castillo y la fachada de cartón había cedido bajo el peso de la lluvia, dejando tan solo a la vista una vulgar escalera desde la que Ramón se sentía “victorioso”.

lunes, 22 de noviembre de 2010

PERRA VIDA






Qué preocupada me tienen los mensajes. Enciendo el ordenador y me avisan de que si por la noche me cruzo con un coche que lleva las luces apagadas, no se me ocurra hacerle señales. Se trata de una banda de rumanos, cuya prueba de iniciación para poder entrar en la susodicha banda consiste en matar a todos los ocupantes del primer vehiculo que les haga luces.
Consejo; si ves un coche en esas circunstancias, llama a la policía y huye.
Decido no salir de casa a partir de las seis de la tarde en invierno, nueve y media en verano. Sin embargo, el siguiente mensaje me hace pensar que no por eso voy a librarme.
Si lanzan huevos al cristal de tu vehiculo, no enciendas el limpiaparabrisas porque se te formará una plasta que te dejará invidente, y ayudará a los rumanos (se supone que a los ya iniciados) a entrar en tu coche y robarte mientras tú no sabes qué está pasando.
Decido apagar el ordenador y contratar una cabina antipánico para el coche, pero mi vecina me cuenta que cuanto más segura te sientes encerrada en el bunker, los ladrones les prenden fuego y te achicharran. Comprendo que es mejor los huevos. Dentro de todo es lo menos agresivo.
El ordenador parpadea de nuevo. Que no, que no lo abro, me digo. Pero mi voluntad flaquea y lo abro.
No se te ocurra bajar sonidos de llamadas al móvil porque te pillarán la cuenta, llamarán a partir de ese momento desde tu número de teléfono a cualquier lugar del mundo. Y que sepas que ni telefónica, ni vodafone, ni orange, te darán razón de las facturas millonarias que a partir de ese momento recibirás.
De nuevo pienso en la cabina antipánico, me veo achicharrada y me entran unas ganas enormes de vomitar. Otra vez el parpadeo. Un nuevo mensaje:
No dejes la tarjeta de la habitación que te den en los hoteles al marcharte. Tienen todos los datos de tu vida, la cuenta bancaria, el número secreto, tu santo y seña, los informes de tu jefe. Saben hasta cómo se llaman tus seres queridos y dónde encontrarlos. En fin, tu vida y milagros en una tarjetita. ¿Qué cómo han logrado meter toda esa información en la llave de la puerta? Pues ni idea, pero el mensaje es muy claro, dice que destruyas la tarjeta en cuanto te marches.
Apago el ordenador y me tumbo en el sofá a hacer respiraciones profundas con la tripa. Noto como si fuera a tener una crisis de ansiedad.
Todavía no han llegado los rumanos, ni los ladrones, ni los de telefónica, ni los empleados del hotel, y yo ya estoy híper ventilando como una loca.
Suena el teléfono, es del banco, que dicen que me han embargado la cuenta por una multa publicada en el boletín oficial de la provincia cuyo término municipal es “Cuculina de la sierra” lugar donde excedí la velocidad. Cometí la supuesta infracción en un día y hora que ni recuerdo. Por no recordar no recuerdo qué hacía yo en “Cuculina” a la hora de la siesta y a toda pastilla.
No puede ser que me embarguen, si no me lo han comunicado, pienso inocente. Llamo a “Legalitas” o a “Devuelta”, que ya ni me acuerdo. Me dicen que ahora no tienen por qué comunicármelo a mi domicilio. Que todas esas seguridades legales son muy antiguas, del jurásico, señora. Me explican que lo de embargarte la cuenta sin comerlo ni beberlo, es la mar de legal, ¿o es que vive usted en Babia?
La multa, que fue publicada en el boletín oficial de “Cuculina de la sierra” no ha recibido alegaciones, ni descargos, por lo que procede cobrarse sin reducción, con sanción, e intereses de demora.
Lloro amargamente agarrada al teléfono, y ellos, me refiero a los de Legalitas o Devuelta, me dicen que por una módica cantidad se encargan de recurrir y todo lo que necesite, faltaría más.
Pues dígame si tengo alguna multa, le pregunto para probarles, porque ya sé que soy objeto de embargo y escarnio. Me dicen que no, qué suerte ha tenido usted. En los archivos a nuestra disposición no consta multa a su nombre. Lo dice y queda tan pancho, el tío. O sea que ni ellos han logrado encontrar el boletín que avala el despojo de mi efectivo.
Lloro más y cuelgo.
Decido coger el coche al anochecer, hacer luces a todo bicho viviente que se tropiece conmigo por la carretera. Busco rumanos en proceso de iniciación para ver si dejo esta perra vida de una vez. Pero de pronto me acuerdo de que ni tengo coche, ni sé conducir.
Qué mal rollo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LES SUENA



El caso Gurtel, Brugal, la exis y la zeta, no tendrían importancia si los ciudadanos tuviésemos una escala de valores lo suficientemente depurada como para no perdonar esos desmanes. Pero lo peor es que los escuchamos como el que oye llover, nos parecen hasta normales. Si lo hacen todos. Qué más da. Esa aceptación de la inmoralidad como un mal menor, ese no castigar a los que la cometen, ese dejar hacer o mirar hacia otro lado demuestra que nuestra sociedad está enferma, agonizante, carente de principios, embotada.
¿Es que acaso tú no lo harías? ¿No cogerías de aquí o de allá una chispirritina?
Pone los pelos de punta el dinero invertido en obras que se inauguran, que hacen salir en la foto al político de turno, pero... ¿Y los baches? ¿Se inaugura el arreglo de los baches? ¿Y la salubridad de los barrios marginales? ¿Y las ayudas a la dependencia? Se acabó el dinero, mira tú qué pena, pero no me dirás que no ha quedado hecha un pincel la calle Serrano, hombre, con sus aceras tan anchas y lustrosas. Pues yo prefiero que la calle Serrano tenga las aceras más estrechas, y que dejen de marear la estatua de Colón de una vez, pero que las personas dependientes sean ayudadas, y los enfermos no tarden tanto en ser atendidos, y que se invierta el dinero en lo que no se ve pero se siente.
A lo mejor algún día el dependiente eres tú o tu madre, y entonces que no vengan a contarte que se les acabó el dinero para ayudas pero que te van a montar un concierto en la calle que vas a flipar, porque no.
Vendrán las elecciones, los políticos pactarán hasta con el demonio para conseguir votos. Nosotros no podremos ni siquiera elegir a quienes respetamos porque nunca habrá listas abiertas. Votaremos, y con nuestro voto y nuestra anuencia, pondremos el granito de arena para que continúe la corrupción sin control.
¿Acaso es que tú no pillarías una chispirritina de aquí y otra de allá?
Pues mire oiga, no. Y no quiero dejar esos principios a mis hijos o nietos.
Frente a mariscadas, aviones privados, hoteles de lujo, comilonas, regalos, dispendios y enchufes. Valores humanos, principios, moral, ética, coherencia. ¿Les suena?

lunes, 1 de noviembre de 2010

DESPIERTA











Hoy no me he despertado omnisciente, hoy simplemente me he tomado la libertad de convertirme en un narrador en tercera persona. Y la culpa la ha tenido Ana. Me ha dicho, como sin darle importancia, que ayer me vio hablando sola por la calle, qué graciosa ¿no? La verdad, a mí no me ha hecho ni pizca de gracia. Me he imaginado como esos majaras que andan ensimismados con sus problemas, esos que hacen gestos por la calle, de disgusto o de aceptación, qué sé yo. Los hay a miles; en el metro, en las tiendas, dentro de sus coches. Y hasta ahora yo me creía a salvo de todos esos alardes de mismidad. Pero no, el desvelamiento de Ana me ha alertado. Y el caso es que observándome, observándome, he descubierto que es cierto, que me paso la vida conmigo, que no me entero de casi nada de lo que me rodea, que voy del pasado al futuro, sin pasar por el presente. Y de pronto me he sentido muy agobiada. Me he visto dentro de un oscuro y estrecho túnel, regodeándome en mis propios pensamientos, la mayoría de ellos agresivos, como si me clavara una daga cada vez que pienso en lo que me hizo tal o cual persona. He descubierto mi vida de tacita de chocolate, de terroncito de azúcar, y lo he decidido. Se ha acabado, me he propuesto. Me voy a ver mundo. Y es por eso por lo que he decidido abandonar ese túnel oscuro en el que doy vueltas y más vueltas alrededor de mi misma, inapropiada siempre, y lo que es peor, contándomelo hasta en voz alta.
He decidido emprender un viaje de aventuras. El viaje al presente, al narrador en tercera persona, ver sin juzgar.
Un narrador en tercera persona es aquel que cuenta solo lo que ve, no juzga, no se implica. Constata, como un notario, lo que pasa a su alrededor. Así, por ejemplo, vemos que Dashiel Hammet en “El halcón maltés” comienza su tercer capitulo de la siguiente forma “Cuando Spade llegó al despacho a las diez de la siguiente mañana, Effie estaba sentada ante su mesa, abriendo el correo matutino. Su cara de muchacho estaba pálida, bajo la piel tostada por el sol. Dejó sobre la mesa el puñado de cartas y la plegadera de metal blanco y dijo en voz de aviso...”
Y así he pasado la mañana, observando caras de muchacho tostadas por el sol. He comprobado como un hombre conduciendo escribía encima del volante mientras se metía por el carril de su izquierda, he confirmado que hay una calle que tiene escaleras y al final se cierra con una verja. He visto como Lola, mi compañera, se inventaba su vida, y después de colorearla la envolvía en un lazo rosa. He visto como el conductor del autobús se ha bajado en Cuatro Caminos y nos ha dejado quince minutos esperando porque le ha apetecido, como la señora que tenía frente a mí se tocaba el pelo y cerraba los ojos, como la chica de enfrente comía una ensaimada mirando el cielo. He observado que un hombre miraba fijamente a una mujer mientras subíamos en el ascensor, y como ella no apartaba los ojos del suelo. Y ¿por qué, todo eso? pues no lo sé, ni siquiera importa, porque solo soy un narrador en tercera persona, pero lo que sí tengo claro, es que hoy no he hablado sola, ni siquiera sé cómo me sentía. No he recordado afrentas ni remordimientos. Hoy no me he sentido culpable ni indignada, el mundo estaba ahí afuera y se movía. Estaba en el presente, y pasaban cosas, y yo solo las veía, despierta y callada.