
El martes entró en el metro un hombre de unos cuarenta y pocos años. No escuché lo que dijo pues llevaba los cascos puesto. Me llamó la atención que se dirigiera a los pasajeros y me los quité. Pedía dinero. Por su aspecto no lo esperaba.
Recogió algunas monedas y salió en la misma parada que yo. Subimos las escaleras a la vez. Al torcer a la derecha me di cuenta de que se ocultaba, estaba llorando.
Sentí su llanto como mío. Sentí una rabia tan enorme que deseé pegar un puñetazo en algún lugar. Lo hubiera pegado en la junta de alguna Caja de Ahorros, donde se resuelve quién se va a quedar con el poco dinero que han dejado los administradores. Lo hubiera pegado en la sede de la auditoría que ha dado el visto bueno a las cuentas amañadas, las que han llevado la Caja a la quiebra. Lo hubiera pegado en el Banco de España, en la de todos los responsables que han permitido esos gastos, esos sueldos, esas atrocidades. En los que debían de haber sabido y en la de los que lo sabían. Lo hubiera pegado en la mesa de los políticos que no han tomado medidas a tiempo, que no han cortado el despilfarro para que eso no sucediera. Lo hubiera pegado en las redacciones de los periódicos dónde se ha mantenido ese silencio cómplice.
Hubiera pegado miles y miles de puñetazos en todas las mesas que encontrara para no ver a un hombre llorar de impotencia, de desesperación, para no ver como se cierran comercios, para no ver desahucios. Para no ver a aquellos que valoraron el piso por el doble de lo que valía esperando pingues beneficios, y ahora no se conforman con lo recibido en prenda.
Quieren abocar a la pobreza a todo aquel que les pidió un préstamo.
Un hombre llora en el metro, cuántos lo harán en su casa, en los parqués, en las esquinas de cualquier sucursal. Cuántas ilusiones rotas, cuántos jóvenes sin futuro.
Solo escucho una pregunta en la calle. ¿Por qué no hay nadie en la cárcel?
También escucho una afirmación.
Esto va a tener que cambiar.
“Un antes y un después”.
Eso espero.
“Un antes y un después”.




